Isabel. La almirante invisible y Reina del mundo.

Dic 2012

 

y

Reina del Mundo

Por; Ertnesto
Pinto Bazurco Rittler

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEL LIBRO

ISABEL,
es una novela histórica, basada en las hazañas de Isabel Barreto, una mujer
bella y mestiza nacida en Lima –según la historia marítima del Perú– y de padre
oriundo de Lisboa. Su destino la llevaría a acompañar a su marido, un navegante
español llamado Álvaro de Mendaña i Neira, a descubrir  territorios en el Pacifico Sur. Este, algunos
meses después de haber partido del Perú, moriría en circunstancias misteriosas,
el 18 de octubre de 1595 en las islas Salomón. Isabel, en secretos amores con
un tripulante, en vez de retornar seguiría la aventura, buscando una ruta a la
lejana China. Durante la travesía descubriría la Isla que lleva su nombre y
después de llegar a estar cerca de territorio chino, arriba a las Filipinas,
donde permanece seis meses recuperándose de la arriesgada y larga travesía, que
costó la vida de las tres cuartas partes de los 380 expedicionarios que
partieron del Perú. Isabel, se casaría  con el General Castro. Volviendo finalmente a
puerto peruano luego de haber recorrido treinta y cinco mil kilómetros.

 

Única mujer, Isabel Barreto,  que comanda una expedición náutica sometida a
tantas peripecias, y que lograra, sana y salva,  el viaje de retorno desde las lejanas islas
del otro lado del Pacífico. Sus aventuras evidencian que la Barreto fue una
mujer extraordinaria, totalmente fuera de las pautas y costumbres aceptadas en
la sociedad peruana en tiempos de la conquista. A pesar de tener el titulo de
Adelantada, y de sus logros sería, a su regreso al Perú, por ello enviada a una
suerte de exilio en algún lugar de Huánuco, antigua encomienda de su fallecido
primer marido, donde se perderían para siempre los rastros de su existencia.

 

La novela
abre interrogantes respecto a la posible presencia de navegantes vikingos y
chinos antes de la llegada de los hispanos. Asimismo recoge algunos datos
relacionados a una  expedición inca a la
Oceanía.

 

Plantea
además interesantes aspectos sobre la contribución de las distintas razas en la
formación de las sociedades en América. Recordando las relaciones entre los
conquistadores y los aborígenes, resaltando las similitudes y diferencias
culturales. Esencialmente va hasta examinar el derecho a la conquista, y el
papel de los  clérigos de la religión
católica.

 

Aun cuandio,
por los cambios frecuentes de nombres, los lugares geograficos de las islas no
son de rigurosa exactitud, la novela nos 
recrea  además con el ameno repaso
de ciudades y costumbres del Perú  del
siglo XVI. Isabel es un personaje que ayuda a describir el contexto social e
histórico y contribuye a desenvolver anécdotas de una época casi olvidada.

 

Desde el
punto de vista marítimo, el siglo XV había sido de los portugueses y en el XVII
destacaban los holandeses e ingleses. Pero el siglo XVI perteneció a los
españoles y a todos los que contribuyeron con ellos. Como Isabel Barreto, la
única Almirante de una Flota con Bandera de Su Majestad.

 

El libro abre la interrogante acerca del porque Isabel
no es tan conocida y lo relaciona con el hecho de que, a diferencia de
territorios similares que pertenecen hoy a Chile o a los Estados Unidos de
América, el Perú no ejerce derechos sobre varias islas que están frente a sus
costas.

Esta novela histórica resalta la
primera empresa hispano-peruana que se presenta ante el mundo con éxito.

 

 

 

 

DEL AUTOR

 

Ernesto Pinto Bazurco
Rittler no solo es un eterno viajero. Sino que su vida ha  sido marcada por contrastes. Nacio en Munich,
Alemania,  despues de la Segunda Guerra
Mundial. Se suponia que sus padres eran enemigos, porque el Peru le declaro la
guerra a Alemania. Pero, al contrario, ellos que estan alcanzando los cien anos
de edad,  formaron una familia muy unida
y viven ahora casi ochenta anos juntos.

 

Ernesto Pinto Bazurco
Rittler se mudo mas de cuartena veces. Vivio en la  Costa 
Sierra y Selva del Peru. Se desarrollo como diplomatico en la Mision del
Peru  ante las Naciones Unidas. Luego
ejercio la jefatura de las misiones diplomaticas en Cuba y China. Tambien abrio
el Consulado General en Frankfurt. Fue Consul General en Zurich, Suiza. Mas
tarde embajador en Bucarest, con concurrencias en Moldavia, Macedonia, Croacia,
Serbia ,Montenegro asi como Bosnia y Herzegovina. Asimismo integro la Mision
del Peru ante los Organismos Internacionales con Sede en Ginebra

Condujo varias
Misiones Especiales y conoce mas de medio centenar de paises.

 

Ademas ejercio la
Catedra Universitaria y escribio varios libros sobre  diplomacia y relaciones internacionales.
Publico, bajo la Editorial Humanitas, una novela titulada Encuentro en el
Paraiso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para  mis padres, 
en agradecimiento a una vida productiva y maravilloso ejemplo para todo,
y mis hijos  por la fuerza que me dan
en   la lucha por el futuro.

 

 

 

Un beso a media noche… otro
al  amanecer

CAPITULO  I

LA
GRAN TRAVESIA

 

El sol inunda de  dorada pulcritud el  ambiente. La pequeñez de lo humano se hacía
notar  en la generosa vastedad de los océanos

 

Olas erizadas
de espuma. Aguas revueltas que mezclaban tonalidades verdes y azules, cubiertas
por un cielo  que muestra  generoso  
todos sus colores acentuados por una contrastante  luminosidad. En medio del escenario y en forma
de una  bola de fuego, que brilla intensamente
hasta el atardecer, irradia el sol. Es la belleza  hecha paisaje, cuando el mar recibe en su
seno, en el horizonte, al astro mayor, Dios de los Incas. La puesta de sol en
alta mar. Distrae la atención sobre los fuertes vientos que levantan olas en borrasca,
en tanto se abre cansada la  noche.

Alzada
esta la luna en el cielo y brilla. La acompañan en  su vigilia  miles de estrellas queiluminan el espacio
enorme en el  que se desarrolla la gran
aventura de encontrar, en un viaje  lleno
de riesgos,  detrás de los misterios y
las leyendas, al país de Ophir, en que, segúnse afirma,   viven exóticas mujeres con pelos rubios
rizados, piel oscura y boca carmín encendido: Tierras alejadas, fantásticas, de
donde – se creía con firmeza – provenían el oro y las piedras preciosas  que adornaban el Templo a Salomón y se
especulaba sobre la maravillosa fuente de Juvencia

Sin poder poner el
espíritu en ninguna idea  Isabel   intuía que la fuerza vital– indispensable
para llevar adelante la empresa- venia de la naturaleza misma y esta había
que  aprovecharla. Mientras los marinos
escudriñaban los vientos ella se dedicaba a los alimentos.  Tenía muy 
en claro que la tarea de una mujer a bordo era más cercana  a la cocina que al timón.  Pero sabía también que para alcanzar su meta,
la de conducir esta gran aventura, necesitaba de todos los recursos. Incluso el
de disimular y luego  deslumbrar.

Unas aves  alzan vuelo entre la bruma acompañadas del
ruido de sus aleteos

–     

¿Que haces? le pregunto el capellán

–     
Dios le da 
la comida a todas las aves. Pero a nosotros sus hijos….no…..tenemos que
buscárnosla.

–     
No sea mal agradecida, el Señor  le doto a los hombres de la  fuerza y astucia para cazar a todos los
animales Y a las mujeres la sabiduría para preparar alimentos, cocinarlos, sazonarlos,
preservarlos. Y contentar a sus hombres.

Isabel  había observado que las aves se alimentaban
de peces y pero algunas preferían  a  los insectos lo que les daba especial energía.
A la vez los insectos  tenían mucha más
habilidades que el hombre. El Ser Humano, más pesado, se alimentaba de animales
macilentos, como el cerdo o la vaca. Pensó entonces  que si  
cambiara sus hábitos y se acostumbraría a saborear insectos podía
extraer de estos una energía mayor.

=-La misma que
mostraba la abeja, laboriosa, que podía poner su peso en vuelo zigzagueante a
gran velocidad.

-Si la gente como la
miel porque no se podía alimentar también de la abeja? Se preguntaba.

=-El secreto estaría
en   convencer a estos Hombres rudos que  tienen el placer de ser carnívoros y de
devorar con sus dientes una pieza  grande
de animal

Ya tenía todo preparado,
en el barco había llevado un contingente de grillos, que además se reproducían
rápidamente, así como una diversidad de 
otros animalitos que trepaban, caminaban 
y volaban. Era difícil mantenerlos en secreto en una embarcación en la
que la intimidad teníalímites no definidos.

Pero a la vez estaba invadida
Isabel por el temor a que la consideren loca o bruja/ Y esto no era cuestión de
broma porque imperaba aun la Inquisición.

 

.

Una noche  se despertó sudorosa. Había soñado que los
insectos de habían multiplicado de tal manera que terminaron por
sobreponerse  frente a los hombres a
bordo. Y estos animalitos habían crecido, 
declarando una guerra entre si y devorándose mutuamente, hasta
dimensiones antes no imaginadas.

Fue casi un alivio
comprobar  que  en realidad cada día que pasaba moría un
contingente o una especie a la que el aire marino no le permitía evolucionar.
Entonces se le ocurrió  someter los
cadáveres de los insectos a un proceso de cocción, secando y molienda. Y ese
polvo mezclare con otros alimentos. Especialmente con el puré de patatas.

 

Un calor de vudú, que
nunca había hallado a sus veinticinco años en plena  efervescencia femenina,  le hacía compensar la fría brisa marina, que
penetraba  en su cuerpo despertando
noctámbulos sueños de aventura.

Isabel Barreto se dio cuenta que  ya
hacía algún tiempo había convertido el sueno en vida y la propia vida misma
en  realizar un sueño  en el que pone, a cada instante y ante
cualquier adversidad,  a su  alcance el universo que descubría día a día,
protagonizando arriesgadas aventuras que la llenaban de exaltación.

 

 

 

Los
astros, como   observadores silenciosos
desde el firmamento,  se convertían en
destellantes guías de estas pequeñas naves 
que  llevaban dentro de sí, las
ilusiones y esperanzas – miedos y temores – de trescientas  ochenta y siete personas. Todas distintas,
pero unidas por un mismo afán .Herederos de una generación de descubridores, se
proponen  emular a sus padres y, a fines
del Siglo  XVI, en el que el Mundo es más
ancho para los conquistadores y mas ajeno para los otros,  emprender una 
empresa en la que juntos – europeos 
y nativos de  América – van al
encuentro de nuevos territorios. No en busca de especies como lo hiciera Colón
para mitigar el hambre del Viejo Continente, sino de riqueza, prestigio, poder
y placeres.

-Álvaro,
que somos conquistadores o descubridores?, pregunta Isabel en la intimidad del
camarote principal.

-El
verdadero poder consiste en crear reglas que otros respeten. Yo, personifico
acá y ahora  el Poder, que en Europa  lejana 
está bastante dividido…. Luego de una pausa, aclara a su mujer


Así que tenemos que  buscar nuevos
hombres, súbditos, a los que impondremos nuestro parecer. Hay que descubrir
primero y luego someter. Nuestra tarea es más compleja que la de Colón, que
solo descubría, o la  de Pizarro, que con
la certeza de donde se encontraba y el respaldo militar se dedicaba a la
conquista, y a la extracción de las ganancias que ella daba.


Entonces la labor de mis hermanos acá a bordo es tan importante como la
tuya.  Afirma Isabel dándoles respaldo a
los   recién
ascendidos militares que  formaban parte
de la expedición.

– Si,
pero  si nosotros los navegantes no
descubrimos nuevas tierras, ellos no tienen nada que conquistar.

Para
Isabel  era claro que  habría una constante  disputa por el Poder, pero que esta se
acentuaría al momento de llegar a territorios importantes. Entonces ella y
su  familia tomarían el rol más
importante y Álvaro y los navegantes  ya
no serian  tan necesarios. Pero había
mucho tiempo aun adelante para ajustar los propios acomodos de poder en un
espacio tan ancho del Mundo y a la vez en una reducida  área, aun 
bajo el dominio de  españoles, de
las pequeñas embarcaciones.

 

 

Esos  días 
que serian interminables en alta mar habían comenzado con el embroque un
diez de abril de 1595, día de San Macario el Armenio.La flota había partido del Callao hacia el norte del litoral.
Luego de reparar algunas embarcaciones  y
aprovisionarse en el  puerto de Paita
cercano a Tumbes localidad donde desembarcara Francisco Pizarro, se hacen a la
mar nuevamente, rumbo al sur, o sea regresan. Ello ocurrió   una madrugada del mes de julio de 1595,
posiblemente el día 18,  
circunstancia  de la queda no
queda registro exacto.

Hoy, día 28 del
mismo mes, lo hacen abandonando la caleta de pescadores al sur de Lima
llamada  Cerro Azul.

 

El puerto se llenó de
ladridos de perros vagos exaltados por el movimiento y la adrenalina que
expiraba de los aventureros. Por encima de los ladridos  se escuchaban las órdenes y algunos quejidos.
Para unos era una aventura para otros una despedida del ser querido, o un
abandono.

Isabel. En el primer
viaje al norte ya se había sentido un poco reina a bordo de aquella fragata
cargada que navegaba entre olas de ancho regazo

 

Con el apremio de la vigilancia de barcos leales al Virrey
García Hurtado de Mendoza Tercer Marques de Canete y posibles espías de
este,  habían hecho  por corto tiempo jarcia, para alejarse
definitivamente de las costas. Las velas desplazadas, así como blasones,
banderas y estandartes, mecidos por el aire, expresaban, con color y sonido, la
presencia y voluntad sin límites de un grupo de expedicionarios.

La
niebla le da al ambiente su mágica luz. En alta mar, el Almirante  Marqués Álvaro de Mendana i Neira y su
esposa, la temida Isabel Barreto, deciden bautizar a las naves, así como
realizar algunos   matrimonios  con las pocas mujeres que se habían embarcado  siguiendo a sus hombres.  Era la primera misa dicha por el
capellán desde lo alto del castillo. El credo y la fe debían estar presentes
para calmar las almas

Isabel  Barreto sabía 
muy bien  que cuando los faroles
se mecían en lo alto de los mástiles, en las noches cada vez más estrelladas,
centenares de hombres soñaban con ella en los camarotes,  y sollados. Ella lo  estaba aprendiendo a disfrutar. Compensaba
las penurias de estar sometida a un anciano porfiado y otras inclemencias
propias del viaje.

 

 

 

 

El Capellán
estaba recargado de trabajo  y la
tripulación entretenida. La nave Capitana, se llama desde ahora en adelante San
Jerónimo. Era una fragata de cuatro palos, igualmente aparejados, es decir con
bregas, juanetes y sobres. La otra moderna fragata, temerariamente incautada
meses antes, se bautizó como Santa Isabel. En tanto la galeota, un buque pequeño
redondo  en proa y popa,  recibe la denominación de San Felipe  y la  comandaba el joven Pedro apodado El Zambo, por
rasgos africanos, Era unode  los africanos que lograron sobrevivir las
inclemencias de la travesía y el mal trato de la esclavitud. Su fortaleza
evidenciaba  cierta superioridad porque
en el comercio de hombres del continente negro solo llegaban los más rudos y
los que tenían ganas de vivir, porque 
cinco de cada seis morían en el 
agobiante trayecto.

.
Por último, después de largas cavilaciones, bautizan al galeón – un bajel grande de alto bordo –
con  el nombre de Santa Catalina.

Todo
parecía estar quieto en un gran espacio sin término. El Marqués estaba  agotado, y aun le asomaba en su rostro
antiguo y agrietado, una sonrisa. No vestía la chaqueta de Almirante, adornada
de charreteras,  que debió confeccionar
Isabel. Lucia festivamente jubón de raso rojo y toca de pluma verde. Atrás
quedan la ansiedad, los temores  y los
sinsabores  para lograr los  vastos recursos necesarios para la expedición
y absolver un proceso de preparativos inseguro e irritante… Los participantes
se mostraban, en estas primeras horas, desbordantemente  entusiastas.

 

Este
fosforescente ánimo, vórtice de ocultas alianzas encauzaba la aventura, a pesar
de que su rumbo no había sido claramente definido. Hombres y mujeres de
diversas razas, que no se conocían aun bien, estaban impacientes por vivir, o
morir, en  las emociones más
fuertes.

El olor a agua que se condensa en el aire, abre
los ánimos y despierta los sentidos, procurando una sensación de inmensidad. De
un  infinito inigualable, aun para los
constructores de la irrealidad o los hacedores de ficciones más imaginativos.

El océano 
se delata como puerta abierta al más allá, a ese infinito misterioso, a
lo que no tiene formas ni  fronteras y
que  cada uno a su manera desea convertir
en destino maravilloso. Los labios 
húmedos, el sabor a sal y las constantes mecidas de la embarcación,
recuerdan a Isabel sus juveniles 
cabalgatas  con los caballos de
paso que ella entrenaba  en las  blandas arenas cercanas al mar en el norte
del Perú, en las que el viento impactaba en su 
joven rostro, del  que brotaba una
sonrisa de felicidad. Ahora en alta mar, las corrientes de aire producidas por
los cambios atmosféricos, que parecían penetrar en todo su joven terso y
resistente cuerpo, soplaban con ímpetu.

Los expedicionarios tenían que aprovechar la
tramontana, que venía del norte para sostener 
las velas llenas, y reunir fuerzas del llamado viento Aquilón, para
mantener la proa al oeste. Todos, timonel, pajes o grumetes,  tienen de aquí en adelante,  que capturar los vientos encontrados,  enredar su fuerza en los velámenes, y administrar
con habilidad este juego constante entre desenfrenos  y resistencias,  para impulsar – con la  ayuda de los dioses – los  galeones a 
un destino incierto. ¿Acaso no se dijo que los dioses nacen de los
océanos?

 

Afrontaban  los expedicionarios – hombres y  mujeres – 
las nuevas disposiciones, así como algunas disputas y rencillas,  por los acomodos en las naos.  Emplazaron a los marineros donde más se le
necesitaban: Los encargados del trinquete y bauprés en la segunda cubierta,
arriba de ellos algunos grumetes en el castillo de proa. En la popa los  militares, el Contramaestre Pedro Merino y su
gente. Encima de ellos, en el mejor lugar, cerca al puente de mando, los
aposentos amplios, en que estaba Isabel Barreto, el Adelantado Mendaña, el
Piloto Mayor Quiróz, su esposa Ana Chacón, el Vicario y el Capellán, así como
la servidumbre de esa élite. En ese lugar estaba prohibida la entrada de las
personas que no contaban con la autorización de Isabel.

Los
hombres se distribuyen en faenas de 
manejo de vela y mantenimiento de la barca. Las mujeres se dedican  a vigilar la cocina.  La limpieza era todos los días, a cada hora,
en cualquier instante,  en una lucha
contra la corrosión,  las algas, los
moluscos y cuanta forma se servía el aire y el mar  para bregar contra ese intruso, – la
nave  y sus tripulantes – que conspiraba
contra la paz de la  naturaleza.

 

Era
necesario  viajar en conserva, es decir,
sin alejarse una nave de la otra, manteniéndose siempre a la vista. En las
cuatro embarcaciones están distribuidos 
soldados alistados para la defensa o el ataque. No estaban en la ruta de
piratas, pero una expedición bien organizada demanda cubrir todas las
eventualidades. Cuatrocientas pipas  de
agua dulce, en cada embarcación, era la carga más pesada. Unas garrafas de
aguardiente y pocos litros de combustible y un aceite espeso de pescado, que
servía de lumbre para  las lámparas de
alumbrado.

 

Una
novedad a bordo: el aparato que permitía medir la temperatura del aire, recién
inventado hace tres años por Galileo. Las mediciones se hacían todas las  horas y causaron gran entretenimiento al
Almirante y sus allegados. Para  que
todos se  diviertan, era obligatorio
llevar  barajas de  naipes para los juegos de cartas,  así como dados. El azar en el juego donde se
pueda ganar,  distraía  la poca fortuna en la vida. Se buscaban en
este viaje  modos de unir a los marineros
– hombres rudos de pisadas firmes- con 
los soldados de tierra, que eran bravucones de otra laya. Mas estos, los
soldados eran los primeros que, no acostumbrados a los frecuentes cambios de
clima, fueron  víctimas de  romadizos
o pechugueras, como eran denominados
el resfrío o la bronquitis respectivamente. También, por la calidad del agua,
sufrían del mal de cámaras o diarreas
que los debilitaban.

Los
marinos  cuando encontraban una cucaracha
en una botija de agua, suministraban esta a los soldados y esto ya no era juego
ni broma. Atrapados estaban todos por igual, hombres y mujeres,  en una misma ilusión y condenados a distinta
suerte. Unos –o tal vez  ninguno-
llegarían a su destino, a  realizar sus
sueños. Otros  se irían quedando en el
camino.  Dentro de sus  cuerpos, corazones acelerados  latían, apresurando chorros de sangre. La
cabeza buscaba constantemente  el  equilibrio, hasta acostumbrarse al bamboleo y
espantar los mareos. Las nauseas, provocadas por intestinos revueltos
impulsaban  los alimentos en vómitos y
arcadas. Se buscaba hacer frente a estos males 
con diversos medios. El caimito – traído de la selva –  contenía 
vitamina con la que se  combatía
el escorbuto.  La lima, – cítrico entre
amarillo  y verde de cáscara dura y  jugo 
amargo – es resguarda por su efecto contra el mareo,  como un tesoro. Papa seca  y yuca, una raíz que aguantaba los trastornos
del tiempo, se habían almacenado en cantidades suficientes para una larga  travesía.

El
experimento con los insectos se había acabado pronto. El alimento principal
debería provenir de la pesca, si  la
suerte así lo proveía. El oro y la plata en cantidad moderada, son
transportados en la nave   comandada por
el Marqués. Estaba previsto que sería usado como medio de pago a los
tripulantes y soldados, así como  para
compras y sobornos. No se sabía con que 
pueblos  se encontrarían los
expedicionarios, por lo que también llevaban objetos de poco valor, como
espejos y coloridas prendas de vestir, 
para intercambiar por alimentos.

 

El
papagayo multicolor tenía asignado un valor especial: Sería una muestra de que
venían de un mundo superior,  en el que
todo es más bello. Los pueblos a descubrir, creerían  que los expedicionarios  llegaban  
de la parte de la tierra más cercana a los dioses. De ahí emana el
poder, ese que necesitaban para imponerse a los hombres que se encontrara. Un
mono  frailecito, traído de la selva,
debió ser el  tripulante  más travieso. Pero este escapó, aprovechando
la confusión  de los momentos tensos
previos al embarque.

 

 

Mar
abierto, perfil abstracto de imágenes. Pasan, después de la primera  jornada  
de  navegación, a catorce grados
escasos de la equinoccial, por Paracas. Esa bahía de la costa peruana donde los
vientos, por misteriosas razones térmicas, soplan tan fuertes, que son
necesarios  todos los esfuerzos para que
los veleros no  se arrimen a las costas.

A Isabel se le  veía esbelta, por un viento que le pegaba el
vestido al cuerpo. Y ella disfrutaba de las miradas insolentes. Todo hacía
pensar que lo más importante vendría  más
adelante, quizá en pocos días

Esa noche el mar era verdecido por
extrañas fosforescencias. Al alba, el vigía descubrió, con grato desasosiego,
la presencia de una mujer desnuda. Erizada por el aliso mañanero, exclamó, sin
mayor pudor.

 

 

¡Qué
maravilla!, grita  Isabel,  cerrando los ojos para  que no se llenen de la arena, que impacta con
la fuerza del viento en la cara. A la vez señala con el dedo  hacia 
cerros  que se  veían cerca dibujados en tierra firme. Se
aprecia  en ellos  claramente la figura de un tronco,  con tres ramificaciones.

–     
¿Un tridente que porta
Lucifer?, pregunta alguien.

–     
No,  yo veo más bien un Candelabro. Afirma Álvaro.

–     
Estoy convencida que es el
árbol genealógico de un Almirante chino, 
figura  que viste tú y yo hace un
año, cuando regresábamos de las islas Ballestas, dijo Isabel.

–     
¿Cómo no se ha borrado de la
frágil superficie  de  la arena, a pesar de los fuertes vientos?

 

El tripulante que se había entrometido en la
conversación,  era el indígena Avelino,
el más  locuaz de todos los cuarenta y
cinco descendientes del incanato que iban a bordo. Explica  entonces, 
en perfecto idioma castellano, que más al Sur en una pampa  llamada Nazca, floreció una antigua cultura
que hacía  gigantescos dibujos
geométricos. Estas, que representaban aves, monos y otros signos, estaban
hechas dando a la superficie salitrosa de la arena en alto relieve que se podía
medir con cuatro dedos de la mano. Si bien los ventarrones eran fuertes, estos
se mantenían a mayor altura  por encima
de  la tierra, porque de ella emanaba
calor y no rozaban por lo tanto  el relieve
del dibujo. Así no llegaban a dañar a las figuras que estaban  grabadas 
en una arena aparentemente floja, pero dotada de una costra fortalecida
por sales marinas.

 

Lo  que no se
explicaba Avelino, es como se habían hecho dibujos tan  grandes, que sólo  podían ser vistos, en su forma entera,  desde la lejanía de una altura considerable.
En la pampa no había cerros. Entonces 
alguien las  debía observar desde
muy arriba, es decir de algún misterioso objeto volador. Esa  noche 
Isabel y Álvaro no durmieron. Al amanecer llamaron a Avelino para que
les explique más detalladamente. El indio introvertido, se atrevió a afirmar
que cada  figura sería una  alegoría y 
regalo de despedida a un  Cacique
importante.

–     
¿Quiere decir que esa
personalidad está enterrada en el desierto, debajo de la gigantesca  figura? Interrumpe Isabel.

–     
No,  al cadáver se le  amarraba a un globo  hecho 
de caña  y forrado en tela
finamente labrada. Con fuego se lograba la térmica necesaria  para que 
esta ligera construcción se elevase.

–     
¿Para qué, a donde  iba? Indagó Isabel.

–     
Hacia  el Sol, que es el Dios Padre. El Cacique
muerto retornaba de donde había venido su espíritu. La figura gigante marcada
en la arena en su homenaje, la podía ver desde las alturas del cielo  y lo conectaba con  su mundo terrenal pasado.

–     
Entonces el   viaje que emprendemos  sobre las 
olas del mar es, en comparación, 
una  tontería,  nada extraordinario… dice  Álvaro resignado.

 

Al día  siguiente –
después de  pasar otra noche casi sin
dormir, pensando en una nave  voladora
–  se divisa la Isla de Lobos, junto al
puerto de  Sangallan. Los lobos marinos,
en grandes cantidades, miraban con indiferencia las naves que pasaban cerca.
Uno de los marinos

sevillanos llamado
Rodrigo, se rascaba el cuerpo con vehemencia. Aparecieron en  la cara algunas manchas. Los primeros
momentos se le atribuya a la intensidad de los rayos de sol y la sal marina.
Luego tuvo fiebre. Álvaro adivinaba  que  Rodrigo tenía varicela, una de las tantas
enfermedades como la viruela o la sífilis, que fueron importadas de Europa. La
posibilidad de contagio era  mucho mayor
que el de curarla. Sin embargo, Álvaro 
tenía dudas sobre que hacer. Luego toma una decisión que se escapa como
una orden

–     
Hay que arrojarlo al agua,
recomendó Álvaro.

–     
Esperemos, dijo 
Isabel.

–     
No podemos  poner en riesgo  la expedición y nuestra propia  salud. Si
tú no decides lo harán los tripulantes. Dijo, ahora en tono insistente, Álvaro.

Isabel  hizo un gesto poniéndose las manos sobre las
orejas, como si el viento no le permitiera escuchar lo que le decía su marido.

–     
Regresaremos a  las islas de los lobos, decidió el Jefe,
luego de adivinar en la mirada de Isabel su desacuerdo.

–     
Si no llegamos  antes del amanecer,  a Rodrigo se le echará al mar, sentenció
Isabel, sabiendo perfectamente que  eso
no sucedería y que más bien  acaba de
tener su primera victoria en alta mar.

La batalla por el poder entre ella,
con sus hermanos  al lado, y los  peninsulares recién comenzaba y  decidiría los rumbos de esta  gran aventura

 

Amanece
entre  friolentas penumbras, y comienza
la  brega de otro día. Pocas horas
después, encontraron una protuberancia rocosa que emergía del mar, una peña
perteneciente a las islas. Rápidamente, cuando Rodrigo  despertaba de su sueño,  fue 
echado a la fuerza, por tres compañeros, al agua. Su grito, que casi no
se oyó por el ruido del oleaje,  se
confundió con el estruendo del impacto del cuerpo con el mar.  Él sabía que debía alcanzar a nado tierra,
aunque de  llegar ahí no salvaría la
vida. Estas enfermedades  tenían pocas
posibilidades de cura. El barco, hinchando las velas,  desapareció en  la bruma, antes de que Álvaro  pudiera ver si su compatriota había logrado
salvarse de morir ahogado. La tripulación 
comentaba la posibilidad de que la enfermedad se expandiera. Álvaro
decidió  seguir adelante. Isabel habla
sobre la eventualidad de que estén transportando a los territorios a descubrir
terribles males. Para evitar eso, estaban dispuestos a las medidas más
drásticas.

 

Los de la embarcación 
San Felipe, que había observado a prudente distancia lo acontecido en
la  Santa Isabel, a la que siguió en  toda la maniobra de retorno a las islas Lobo,
discutieron  sobre lo que pasaría si  en los próximos  días en alta mar, si se presentase un nuevo
caso de enfermedad contagiosa. Zambo, que tenía el titulo y sueldo de
Contramaestre, con voz de Capitán, decidió que el enfermo podría escoger en ser
echado al mar – con una muerte segura en unos minutos – o  puesto sobre una balsa,  que  a
la deriva,  aguantaría algunos días
terribles,  en los que estaría sometido
al hambre y frió antes de sucumbir. Esto 
era válido para todos, sin discriminación, así se tratara de indígenas o
peninsulares.

 

Estaba previsto un sistema de comunicación entre las
naves sobre la base de banderas,  que de
acuerdo a su color, transmiten mensajes conforme a códigos previamente
establecidos. Durante la oscuridad y 
cuando la  neblina quita  la visibilidad, se hacían oír  las campanas, que con su  sonido a veces grave y otras agudo,  son portadoras del intercambio y coordinación
entre los capitanes. Más éstas, labradas en 
bronce, tenían que ser fuertemente amarradas, para evitar que el
bamboleo constante del barco, suelten incontroladamente al aire  sus llamados.

 

En acorde con recónditas brisas bate sus alas que parecen
de seda. No pudo volar ni escaparse de su propio destino. El papagayo con
plumas multicolores que embarcaron como amuleto de buena suerte murió, callando
así su entusiasmo. El Marqués está triste. A cada instante  imita al ave tropical, hablando en la forma
que imitaba el animal a los seres humanos. Durante varias  horas repite la entonación del plumífero con
su garganta carraspeada por el alcohol  y
el frío. Isabel, que le contemplaba dijo: “Lástima, ya no le podemos contar a
los nativos en los territorios donde lleguemos, que venimos del paraíso”.

 

El
oleaje aumentaba de tamaño y el entusiasmo también. Más optimismo que buen
planeamiento.  Todo era   producto de cálculos aproximados, sin
exactitud ni certeza. Por ello, nada era estable en esta aventura. Todos
querían seguir adelante y saber lo que vendría. Estaban conscientes ahora más
que nunca,  que sus nombres
formarían,  con un poco de suerte a la
vez, historia. O algún día, quizás pronto, serían parte de los miles de
ahogados anónimos y olvidados  en aguas
de la corriente azul oscuro, que navega dentro las tonalidades malaquita del
mar, abriendo su propio surco  profundo
en  el 
inexplorado Océano llamado por Fernando de Magallanes,Pacífico.

 

Siempre
asidos a multicolores firmamentos, están penetrando – en esta primera semana de
agosto- el hemisferio Austral. El astrolabio alcanza la Cruz del Sur, y se
orientan con todos los medios posibles en este mar peruano, descubierto por
Balboa pero aún inexplorado. Se estaban dirigiendo al Sur,  buscando las rutas y  el viento que 
los llevara al  extremo   oeste. Atravesando la inmensidad de los
océanos, ahora se alejaban cada vez más de la costa. La nave se movía a la
merced de las olas. Su rumbo lo establece el Almirante y lo define  la voluntad de los vientos. Álvaro,  en las  
noches más oscuras, cerraba los ojos y comprobaba que los párpados se
iluminaban de una claridad que venía de adentro. El poder de su imaginación
hacía  aparecer  la figura del Candelabro o Árbol Genealógico,
que habían visto  grabado sobre un morro
de arena en Paracas. Cuando se quedaba dormido, soñaba con su carabela   navegando por los aires, sostenida por un
gigantesco globo hecho de multicolores 
mantos.

–     
¡Nos caemos! Nooo, paren.
Grita sobresaltado, incorporándose de una pesadilla.

–     
¿Qué pasa?  Pregunta Isabel, despertándose de un frágil
sueño.

 

Si la tierra es redonda y 
nosotros buscaríamos las mismas islas navegando por el aire, nunca
llegaríamos, porque  si se sigue una línea
recta en el espacio… no se llega a ninguna parte… ….  No  me
vas a entender, querida Isabel.

 

En
este mágico viaje a lo desconocido, menos provechoso que deseado, los
hombres,   con el transcurso del tiempo,
comienzan a mostrar los primeros estragos, 
por la escasez de alimentos adecuados y agua dulce.  Y están muchos de ellos en peligro de perder  también el equilibrio mental, metidos en tan
angustioso ambiente, con la única posibilidad de  satisfacción 
– al sentirse hombres –  de tener
cerca, casi acorralada, a una hembra en sus mejores formas. Isabel lo sabía. Ya
se sentía rozada por las miradas penetrantes de los marineros y las tocadas – a
cinco dedos –  provocadoras. Veía en su
imaginación broncas y reyertas. Sangre y agonía, por una pasión.

 

Ella – de esas mujeres, que con la mirada acarician y con
la voz mandan – es  la promotora y figura
central de la aventura. Pero, para que esta funcione, debía delegar toda
apariencia de iniciativa y  comando al
Marqués.  A la señora Barreto de Mendaña  se le 
confió, con su complacencia, la tarea de velar por el bienestar  de todos, sin descuidar la del Marqués. Al
comienzo del viaje, rara vez  se
transbordaba a la goleta o a las otras embarcaciones, ahora tenía el pretexto
de hacerlo con frecuencia.   La ventaja  de administrar bienestar, le abría la
posibilidad de congraciarse con la persona que más le interesaba. Estaba
siempre pensando, calculando, como podía llevar adelante sus planes, para los
que necesitaba la fuerza o el silencio de muchos. Les compraría su complicidad
a cambio de comida bien elaborada, medicina 
o  curanderilla. Sabía de las dos
artes y como combinarlas.

 

En su  bagaje
personal, llevaba más de cuarenta envases con preparados diferentes. No tenían
nombre. Sólo siglas que ella conocía. Cuando se le preguntaba – y eso sucedía a
diario – se daba ella misma importancia, diciendo que eran recetas que se le
había confiado sobre la base de conocimientos venidos de muy lejos.

–     
Quizás, cuando lleguemos a esas tierras,
encontraremos  plantas extrañas con
poderes mágicos, decía ella como si supiese que ayudaría a descifrar un enigma.

–   
O las fuentes de  la sabiduría, afirmaba el Marqués, que no
quería atribuirle a ella más potestades.

 

Extractos de
cactus en  polvo y otras plantas secas,
completaban un botiquín. La boticaria y administradora de bienestar,  se estaba haciendo  así indispensable. Aparecía pulcra, con el
pelo amarrado y atravesado con una peineta. En realidad, era un alfiler
tan  grande y puntiagudo, que servía de
arma punzante. Tenía el tamaño suficiente para 
llegar, con acertado impulso, hasta el corazón. Labrado  en plata con la punta quemada, para hacerlo
más resistente. Isabel recibió esta arma disfrazada de adorno de manos de su
padre, antes de partir de Piura. Debía usarla en defensa de su honor o cuando
su vida este  en peligro. Ella,   no obstante, confiaba más en su argucia y en
las combinaciones de yerbas, que podían envenenar a una persona y hacerla caer
muerta en minutos.

 

Sumergida
en el susurro del silencio, Isabel 
utilizaba, solo su prodigiosa memoria para las cosas que ella
consideraba interesantes, así como su incansable  instinto innovador, alimentado por una
inagotable imaginación, que  la llevaba
a  transportarse en forma más rápida a
las lejanías  tan  distantes, que jamás  serían alcanzadas por las naves más osadas.

 

——

 

Un beso alargado, intenso,  a media noche…. otro, cansado,  al 
amanecer. Ha nacido la pasión. Ésta vence al tedio  y la desazón, rompe la monotonía y mata el
aburrimiento. No era el afán de la marquesa por el Marqués. Tampoco lo era al
revés. No. Ojos traviesos habían descubierto bajo la luna que se insinuaba, el
rostro de un mulato. Era el Capitán del barco San Felipe, que  había acercado la nave tanto, que hacía fácil
su traspaso a la principal, lanzándose sigiloso,  aferrado a una cuerda desde el mástil de su
embarcación  a  la cubierta de la otra. Así frecuentaba  a Isabel mientras su esposo dormía.

 

Proveedor
de alegorías impensables, Zambo, el 
hombre de piel oscura, – que 
había  tomado el nombre de Pedro,
cuando se convirtió por conveniencia al catolicismo –  conocía mejor que nadie  los secretos de los mares. Él mismo los había
surcado de niño, cuando fue traído  desde
el África en uno de esos barcos que contrabandeaban esclavos. Este trayecto que
los europeos forzaban a realizar – pese a su miedo al mar – a los negros. En
contraste,  cuando estos africanos
toman  sus propios medios para llegar a
Europa,  siempre los blancos  se  lo
impiden. Pedro no era esclavo, tampoco negro, sino un hombre de razas ungidas,
piel oscura y rasgos arabescos.

 

Isabel  intuía que su noble gratitud de un alma
sencilla ante los generosos empeños de la ilustración que le impartía Álvaro,
tenían que luchar frente a otras pasiones que le insinuaba su cuerpo. Se  subleva tratando de contenerse, pero no tardaría
– lo sabia ella y lo adivinaba él-  en 
sucumbir   con el ardor juvenil de
algún guapo oficial

 

Este
ya estaba presente y se hacía notar. 
Alardeaba de su disposición de afrontar 
al peligro, amortiguando y dominando el miedo. No se debía hacer fuego
abierto en los barcos de madera, que era material fácilmente inflamable. El
Zambo, los capitanes e Isabel, eran los únicos autorizados para hacerlo, para
cocinar o prender una antorcha. Había que tener paciencia y tener el valor de
apagar – si éste se extendía – hasta con las propias manos, cualquier amago o
amenaza de incendio pero eso no lo hacían los capitanes. El Zambo exhibía, con
el mismo orgullo, cicatrices en el antebrazo, que demostraba su valor o
experiencia en el manejo con el fuego y combustible. Era un arte encender la
lumbre y ver arder, bajo los vientos fuertes, una tea. Adivinar observando el
humo, como se domesticaba el peligro. Tenía un tatuaje grabado en la
espalda,  que se decía era la  marca de familia. Dibujaba  la cabeza de un león, animal que solo
habitaba entonces el continente negro. No había dudas de que Zambo naciera ahí,
y de lo que contaba sobre sus aventuras en la travesía  y experiencias con el mar, era cierto.

 

No tardo el
día en que el zambo e Isabel contemplan su mutua esbeltez. Lo que sucedió
después se un  hizo secreto

 

Los tripulantes se cuentan sus sueños, que es la otra
verdad de sus vidas. Isabel que guardaba para sí muchos secretos, se torna por
un momento introvertida.  Conversa con sí
misma. Con voz apagada se pregunta – en tanto su pensamiento se debatía entre
el deseo y el temor a la mirada de los tripulantes – la razón por la que se
entregó a Pedro el Zambo.

–     
¿Acaso sus músculos, su
fortaleza física?

–     
No.

–     
Entonces sería el misterio
de  su sonrisa.

–     
Tampoco.

–     
¿Ah, quizás  su color de piel?

–     
Pueda ser: Junto a él,  mi cuerpo luce más blanco.

 

Los
ruidos de la madrugada, opacados por el frío llegaban para acompañar el
insomnio. No fueron pocos los que en la estrechez de la embarcación no podían
dormir. Los sobresaltos y la  aparición
de monstruos en forma de camarones con cabeza de caimán  y otras figuras espantosas, hacían  que el sueño sea  un frágil tránsito entre la vigilia y la
imaginación. Al  Zambo, el capitán de la
nave San Felipe, no parecía importarle que lo descubrieran con Isabel. Mejor
así para él. Porque  siendo él más
fuerte  de todos,  estaba seguro que sabría defenderla. Además
de aclararse una situación, que podría resultar ganando el comando y
compartiendo con Isabel,  toda la
empresa. Se sentía cómodo con ser una especie de  Pirata del amor.

 

En
la última cuenta, había sólo ciento dieciséis a bordo de la nave  del Almirante. A un  tripulante que amenazó con delatar al Zambo,
con el afán de congraciarse con el Marqués, lo dieron por desaparecido. No se
sabe quien fue el responsable del hecho. Tampoco se indagó lo ocurrido. ¿Si
hubiese sido Isabel por guardar su pudor?, ¿El Marqués por vergüenza? O ¿el
Zambo en razón de conveniencia? Pocos 
días después se suma otra baja. Fue degollado un mestizo de pequeña estatura
y torso grueso,  que se atrevió a afanar
a Isabel. Nadie atina a decir una palabra. El poder era la justicia, y lo justo
lo que  decidiera quien detentaba en
alta  mar, el poder y la capacidad de
ejercerlo sin dudas  ni arrepentimientos.

 

Cuando
se acabaron las ganas de voltear el reloj de arena,  el tiempo se registraba  con una marca en el mástil  mayor, hecha con machete. Un corte por
jornada  pasada, para no perder la noción
de los días, semanas o meses  
transcurridos  en ese viaje al
infinito. El corte vertical con uno transversal, simbolizando una cruz, marcaba
la desaparición de un  tripulante. No se
registraban nombres.

 

Se estaba 
bajando   hasta el paralelo de
diez grados, para aprovechar mejor posible los vientos australes, que  debían caer por  popa. Ella, Isabel,  era la única que podía utilizar el agua dulce
para su aseo personal. Los  demás  se refrescaban con cubos de agua salada que
curtía aún más la piel. Para ella también había sebo de culebra, para cuidar el
cuerpo de la fatiga de los  rayos  solares. Salía  pocas veces del camarote  cuando calentaba el sol. Así, su  piel lucia más clara que los demás. Aparecía
siempre lozana y soberbia. Había logrado dominar, con su entrega y pasión a los
dos hombres, que a su vez,  tenían   bajo 
control la expedición. De ellos, aprendía los secretos de la  intriga, del manejo del poder, del
sobreponerse a las circunstancias. Y también 
el cómo se conducía una nave. En buena cuenta el  destino y 
futuro de todos.

 

——

 

La tarde seguía su turno
diario. Fue primero un  viento más
fuerte, luego se sentía un brusco  cambio
de temperatura. La mirada al cielo obligada, les advirtió que  nubes de colores distintos  se 
desplazaban a velocidades inusitadas. Felizmente era  de día. Cuando el horizonte se oscureció, un
frente de  color azul plomo, anunciaba
una tormenta en proporciones  que nunca
habían visto.
En la costa del Perú, donde  siempre
había vivido, apenas llovía. Recordaba en esos instantes peligrosos que solo
una vez  cayó sobre  su cuerpo un aguacero – que por las
dramáticas circunstancias  casi no
percibió – el día en que  encontró muerto
a Zcheen en el  lecho del río Viru. El
había sido su primer amor, y el hombre que aun inspiraba la aventura de su
vida. Ahora le abrazaba   la angustia de
enfrentarse en alta mar a lo 
desconocido. Álvaro le había contado que una tempestad no  se ve, sino se siente. Antes de que aparezcan
las descargas de agua y el soplido del aire, el ambiente cargado de energía se
hace notar sobre el cuerpo de las personas. Los animales más  sensibles cambian su comportamiento. En el
barco solo estaban las dos tortugas que se habían refugiado dentro de su
caparazón.  Isabel percibía que los
vellos sobre  su piel se encrespaban, a
la vez que una  enorme emoción la invadía
haciendo que su corazón latiera a grandes impulsos.

 

Ordenó
entonces cerrar  las escotillas y
compuertas, así como todas las vías de agua por donde  podría producirse una  inundación 
en las bodegas. Los pañoles todavía estaban llenos de  alimentos. En ese momento en que debía
enfrentar la verdad, busca con desesperación el 
silbato de mando. Lo había mandado a confeccionar en  dos ejemplares en oro – uno para ella y el
otro para el Almirante – así como en ocho piezas más en plata, que deban
otro  sonido menos agudo, para que el
resto de la tripulación pueda retransmitir, sin confundirse con las del
almirantazgo,  las órdenes de mando. Desesperada
sigue buscando los silbatos. Temía que con el ruido de la tormenta no se
escucharían las voces con las instrucciones. Y ahora estos objetos tan pequeños
pero útiles no estaban a su alcance.

 

Su momentánea
preocupación  fue alcanzada  por un temor más profundo: el Marqués  parecía sentirse  mal. Indispuesto para sumir cualquier
responsabilidad, se había recluido en el castillo de popa. El Piloto Mayor
Quiroz estaba en otra nave, y no podía calmar los ánimos  ni aportar con su experiencia de marino…  El primer aviso  vino en una embestida grande que hizo remecer
la nave  con tal fuerza que  todos cayeron al suelo. La ola  había pasado encima de la cubierta.

 

Los marineros permanecían
de rodillas, tratando de  sacar con
cubos, el agua que se almacenaba en distintos compartimentos. A la vez rezaban
– cada uno en su idioma y credo –, pidiendo al
Todopoderoso que cese la furia de la naturaleza.

 

El
pendón real  fue arrancado por la furia
del viento del mástil mayor. Esta madera, de 
la más noble y mejor calidad, 
parecía exclamar sus gemidos cuando se retorcía. Isabel miró a lo alto.
El  mástil ahora  se mostraba con   la fragilidad de un bastón de ciego, que se
movía buscando en el cielo orientación. En la punta de los velámenes, que
tenían catorce metros de alto, se podía divisar 
los estragos de las ráfagas de aire y agua.

 

La  escasa visibilidad impedía el contacto con
las otras naves. Toda la fuerza y ánimo 
estaba concentrada  en  tratar de rescatar lo propio. No había tiempo
para ocuparse de los demás. Estos en caso de un naufragio podían hacer muy
poco. Isabel pensaba en lo peor, pero no dio muestras de temor.

 

El mar 
parecía  por un instante calmado.
Una enorme ola se veía  venir. A tiempo,
el Piloto Mayor Quiróz maniobra para enfrentar con la proa  a la masa 
de agua. Isabel, que divisaba los acontecimientos dramáticos desde su
barco, pidió que le amarren las manos al timón. Se le obedeció, aun con dudas
sobre su fortaleza para conducir, es estas circunstancias, la nave. El Marqués
se refugió instintivamente  en el
camarote  y apenas se salvó del embate
de  la gigantesca ola. En la
embarcación  San Jerónimo, que estaba
cerca, se mezclan el estruendo del embate 
con el crujido de la madera que anunciaba su herida. La nave se inclinó
peligrosamente hacia babor. Apenas se escuchó el grito de un tripulante, que
desde uno de los mástiles en los que arriaba 
las velas, caía a un mar, que en su furia,  se lo tragó en un instante.

 

Pasada
la tormenta la cuenta fue lenta. Sumaban ahora nueve  docenas 
los tripulantes en la nave principal y sólo una veintena en la comandada
por Pedro. Las otras dos naves llevaban en su conjunto más de doscientos
cincuenta personas. Veinte  habían
desaparecido ese día. Alguien anunció: más alimentos y agua para repartir entre
todos los sobrevivientes. El Capitán Zambo tuvo que dar  otra  
noticia: se habían perdido treinta 
barriles de agua en su barco, el San Felipe.  Con desesperación agradecían ahora la lluvia
que aún caía, y comenzaban a almacenar agua en 
cuanto recipiente se encontraba a bordo. Isabel ordenó utilizar los
trapos para que se mojen. Luego se les exprimía y se ganaba  agua. También 
dispuso que ya no se comiera la cancha, – maíz seco – porque este
producía sed.

 

Isabel pudo contraponer
su  férrea  voluntad a 
la fuerza del miedo. Y así, 
hacerse respetar. Vuelta la calma, 
provista de varias enaguas lila – color de la inocencia – que  blindaban sus piernas de las miradas y el
frío, se paseaba impaciente en la cubierta de la Capitana, dirigiendo, sin
disimulo,  su mirada intensamente
apasionada  hacia la  San Felipe.

 

——

 

¿DÓNDE NOS DIRIGIMOS?;  suena la pregunta en la voz más alta. Acaso
se han perdido las Islas Salomón. Cuanto faltaría aún  para llegar a algún sitio. Alcanzarían las
provisiones. Era un secreto que sólo compartían el Marqués e Isabel, y que
ahora también sabía el Zambo. Los demás tripulantes solo trabajaban y dormían
en ritmos espaciados irregulares. Comían tan 
poco como hablaban. Ambas cosas eran racionadas. Solo se comunicaba lo
necesario. No se comentaba  sobre lo que
hacían o dejaban de hacer los demás miembros de la tripulación, ni menos se
escuchaban palabras respecto a lo que sucedería al día siguiente. Se tomaban
los sorbos de agua indispensables, mezclados con una  hoja de plantas llamada coca, que se
preservaban con todas sus cualidades durante el viaje. Otros la masticaban
directamente, extrayendo su  sabia. Esto
les daba fuerza, quitaba el mareo y les permitía  abstraerse de una realidad que les era
adversa.

 

El oro
tenía menor valor ahora que el agua dulce. Y ese líquido indispensable aún
menos que  las hojitas de coca amargas,
que  parecían emanar magia de los Andes.
El encanto de aferrase a la  vida  y 
vencer la angustia del ánimo, para 
estar dispuestos a entregarse a la faena, que les extraía a estos
hombres rudamente todas sus fuerzas. El Marqués, no perdía su compostura, a
pesar de recrearse, cada vez más frecuente con el aguardiente. No se preocupaba
por la pérdida del número de tripulantes. Estaba dentro de su cálculo. Pensaba,  – pero no lo comentaba –  que podían prescindir  de la mitad de los que  quedaban. El viaje lo hacían para llegar
nuevamente a  las Salomón y encontrar
oro, pero si fracasaban, podían  esconder
su poco éxito, trayendo  nuevos trabajadores.
Conociendo la ruta y  calculando las
provisiones,  las naves  grandes podían acoger a unos ciento treinta
esclavos. El botín se haría  rentable, si
estos incrementaban  el  trabajo de los campos de Cañete, en que la
agricultura florecía gracias al regadío de un sistema de canales  construido en las épocas del Incanato, que
repartía las aguas  que venían de los
andes. Estaba por efecto del alcohol borracho, y preso de ansiedad,  al pensar en un posible  retorno sin 
haber llegado aún a la meta. ¿Pero dónde y cuándo se alcanzaría esta? Al
borde de la desesperación, los tripulantes católicos comenzaron a rezar: “El
dador de  todos los bienes es Cristo,
nuestro Dios y Señor, en todas partes tienen su verdadero poder. Nos otorgará
fuerzas para suplir estas necesidades”. Luego se escucha un cántico: “Arriesgamos, porque hay algo más en la vida
que el solo vivir. Todos unidos en una esperanza vamos  buscando un horizonte. Arriesgamos y no
vacilemos. Ningún camino es largo para el que cree en la meta”.
Repetían la
canción, sin alegría, por varias horas. La fe les dio, por el momento,  la calma necesaria y el valor para seguir
adelante.

 

El cielo era para todos
ahora azul, En el trayecto, los  de la
nave Capitana, podían observar  en el
horizonte,  como  la  San
Felipe, al alejarse parecía que se sumergía. En efecto, al acercarse ambas
naves,  se  divisaba primero la punta del mástil y luego
– rompiendo la línea del horizonte – 
aparecía el casco. Con ello, se explicaba la redondez de la tierra. El
tema  era 
aún  discutido. Algunos creían –
como los indígenas que estaban a bordo – que 
en esa curvatura visual, estaba 
la  constatación de que  los océanos caerían en algún momento en un
abismo.

 

Por eso,  se 
alegraron sobremanera, cuando exactamente  el día treinta de la partida del Puerto de
Cerro Azul, divisaron algunas pequeñas embarcaciones  a vela de pescadores. Además,  aves marinas que surcaban el cielo a baja
altura, anunciaban esperanza.  Se estaría
cerca de tierra. Se bajaron   velas y la
nave se movía lentamente. La impaciencia crecía. El Marqués, llevado por la
emoción, cometió un descuido. De una de las botas que nunca se  sacaba, ni para dormir, extrajo un lienzo que
contenía un mapa. Él se distrajo e Isabel 
pudo por un instante, ver el dibujo y marcó en su memoria  las señales impresas. Más tarde, habló de
ello con el Zambo, con el que compartía todos los líos y  secretos. Éste, interpretó que se trataría de
un croquis  atribuido al príncipe  Túpac Yupanqui, importante guerrero y
conquistador inca, que había llegado – con naves construidas con   la totora que crecía a los bordes del lago
Titicaca – hasta las Islas de Ninachumbi.

 

El Zambo, en medio del
entusiasmo y algarabía se anima a contarle a Isabel: “Ciento cincuenta años
antes del viaje de Álvaro – y quizás por el mismo tiempo que  lo harían los navegantes chinos – Túpac
Yupanqui, hijo de Pachacutec  y la Colla
Mama Anahuara, habría surcado los mares del sur con un ejército de  dos mil 
hombres, repartidos en  cerca
de  doscientas naves. Su odisea lo llevó
tan lejos como a los territorios, que denominó en memoria de su madre, Anachumbi, antes de encontrarse en su
retorno con las  Islas Ninachumbi.”
Ahora, estaríamos,  haciendo la ruta
pasando primero por las Ninachumbi para luego enfilar  la proa en busca de la Anachumbi.

Cuando, muy cautelosos, bajaron a tierra, se
impresionaron de las figuras de piedra, registran una lucha entre los hombres
de orejas cortas y largas, evidentemente, los orejones pertenecían a la nobleza
de los Incas, y a los guerreros que  lo
acompañaron y dejaron ese testimonio en esas alejadas Islas. ¿Serian las Islas
después conocidas por Pascua? Ahora había en ellas menos habitantes de lo
que  habían calculado. Estos, que por su
color a tierra oscura, parecían inexpresivas figurillas de barro, los trataron
con indiferencia. Con la misma actitud, recibieron el pago de  tres monedas de oro por llenar los barriles
de agua, abastecer el barco de leña seca y proveer   catorce canastas, con tres docenas cada una  de huevos de aves de corral.

——

 

Con el entusiasmo fortalecido por el éxito de
haber llegado, sin contratiempos mayores, a islas desconocidas,  el Zambo y Álvaro estudian atentamente el
cuero de  piel de la Iguana – una
lagartija grande de aspecto prehistórico, que puebla  el norte del Perú –  que contenía otros secretos de la ruta.
¿Sería  entonces cierto, todo lo que  podría interpretarse de estos grabados, que
tuvo en su poder Zcheen? La tinta no era conocida. Después se supo, que la
llamaban tinta china, que era hecha con la mezcla de sustancias – tan
concentrada, que su color era negro intenso – que solo se encontraban en los
conocimientos de escritura y dibujo, que poseían los chinos. Ahí, en esa
piel,  se habían marcado con un dibujado
a alto relieve,  cuatro continentes.  El país que destacaba en la parte central del
mapa,  era  Chongo – o el país del medio – como se
llamaba  a la China. Y  del otro lado, a gran distancia, otro
territorio de enormes extensiones atravesadas 
por la Cordillera de los Andes y 
un río caudaloso, que recibiría el nombre de Amazonas. Estas
tierras,  – le contaba el Marqués al
Zambo con voz de erudito –  que “emergían
para los  navegantes,  eran 
descritas como Milu o costas misteriosas”.  Más detalladamente explica, que “las aguas
del Océano Pacifico  cercanas al  ecuador, tienen que  ser 
muy calientes. Pero, una corriente fría 
– seguía aclarando Álvaro de Mendaña en forma paternal –  venida de la región austral, hace que  pierdan su temperatura,  evaporando 
una niebla que se cuelga  en el
cielo, como si  quisiera propiciar un
escenario brumoso, en el que se pueden esconder o perder los navegantes”. Con
la licencia del entusiasmo, Álvaro interrogó a los presentes:

–     
Si fuera cierto que vinieron  al Perú los chinos: que aportaron?

–     
No lo sé exactamente. Debe estar afianzado en la
cultura, desde hace años, contesta Isabel.

–     
Quizás no trajeron algo  ostensible, pero tampoco se llevaron el oro y
las cosas valiosas. Intervino Pedro. Y luego de un instante tenso  – que los presentes creían que se arrepentía
–  agregó:

–     
Tampoco mataron. Y eso es lo principal. Quitarle la
vida a un pueblo es lo peor que se pueda hacer a la humanidad.

 

De pronto, como salidos
de la nada,  aparecieron unos nativos en
canoas armados con lanzas y flechas, que rodearon las embarcaciones. Estaban
dispuestos a enfrentarse. Pero ese día, con desgarrones de tormenta, los dos
bandos  habían perdido ya el sentido
oportuno para atacar, así  como la
ligereza para huir: Así, en medio de la tempestad, y arrastrada por esta, se
hicieron nuevamente a la mar. Pedro el Zambo, en contraste con lo que
aparentaba, poseía una gran sensibilidad y sabía  de todo. Por añadidura, trepaba mejor que
nadie en los mástiles. Antes de aprender a caminar en el frondoso continente
africano, se trasladaba con habilidad entre los árboles,  afianzándose a las lianas, como  ahora lo hace con las  sogas que abundaban en la embarcación. Todos,
sin distinción de lo que  hacían o
sabían  como tampoco de rango,  raza, credo o color  se mojan por igual en cubierta, por las
olas  que salpicaban y por el sudor que
emanaba del trabajo intenso.  El Zambo
también tenía mejor  equilibrio que los
otros para  trabajar sobre la resbaladiza
cubierta. Andaba pisando fuerte y meneando los 
talones como si sacara de sus recuerdos los momentos que trabajaba en
las tierras de Chincha,  cosechando
camotes con los pies.

 

Después
de haberse librado, gracias  a los
vientos y la lluvia, de los nativos que los perseguían, lo  apremiante era enrumbar hacia el noroeste,
hacia Anachumbi. El nombre de estas islas no exploradas emocionaba a Isabel,
porque le evocaba el recuerdo de la mujer que la crió, – la concubina de su
padre – que llamándose Adriana, ella  le
decía Ana. Sabían que las distancias eran grandes, pero no exactamente cuánto.
Contaban más las noches que los días, en los que trabajaban arduamente. En la
oscuridad dormían la mayoría. Los que se dedicaban a la vigía probaban suerte
con la pesca.

 

Nubarrones
en el cielo, fuertes vientos y el cielo que caía en forma de agua. Truenos que
retumbaban y los rayos que deslumbraban. No sería ni la primera, como tampoco
la última tempestad en alta mar. Luego de la tormenta,  el mar y todo el ambiente se sobrecogió en
una calma, que hacía parecer que el tiempo se había detenido. Las barcas no
avanzaban por falta de viento. Todo era silencio e incógnita. Isabel, estaba
entrando en trance de fiebre y sufría alucinaciones ¿había acaso tomado  en demasía el líquido en el que se hervían
las  hojas de esa rara planta prodigiosa
de los andes? Llamada coca, esta planta crecía con  las energías más complejas, extraídas de
tierras llenas de  vitalidad detrás de
los Andes.

 

Ella
comienza a cantar. Y a contar, en melodías entonadas con una voz  dulce, 
las angustias y amarguras por 
haberse entregado, como  mujer
codiciada y bella, a un hombre feo y cruel. 
En trance de sufrimiento, revelaba a los presentes,  su martirio de  cada día y la callada vergüenza de  haber claudicado, por llevar adelante una
empresa, que ella sola no  podía
realizar. En un ambiente, en el que parece que el aire y el tiempo se hubieran
detenido, los demás tripulantes escuchaban. 
En la anchura de los mares y con la soledad, cada uno hacía
reminiscencias de un  pasado que echan
ahora al viento. Es la forma más  simple
de protegerse  de un  futuro 
tan incierto. De tal modo, en ese ambiente, el Marqués se desinhibió
contando ante todos, que él había escogido a la joven Isabel – aun  dadas las circunstancias de que ella era de
alma mestiza –  en razón que la joven
mujer es hábil y útil para todo. Y enseguida se quejó porque la decisión no le
fue fácil, ya que en el Perú se la segregaba de una sociedad que estaba
acostumbrada a la  porfiada constancia
de  discriminar y disimular, para engañar
y actuar con discreción para esconder su mediocridad.

 

Isabel
en cambio,  había aprendido el arte de
encantar. No se le podía atribuir 
brujería, pero atraía adivinando. Era conocida también como curandera de
cuerpos y almas. Confidente y consejera. Una mujer que se ganaba la confianza.
Pedro el Zambo, como recolector de enigmas, dejaba saber poco de él. Se decía
que venía del Continente Africano. No sólo por la raza y  color, sino porque sabía contar aventuras del
mar y de animales que vivían en  esas
lejanías. Lo hacía con gracia y naturalidad que se mezclaba con una fe,  que – él decía –  le
transmitían los dioses. Ojos grandes que 
emanaban confianza y sonrisa amplia que mostraba dientes blanquísimos.
No se sabía cuántos años tenía, – se calculaba que estaba  iniciando los veinte – y ya estaba prestando
servicios a la Corona, conduciendo una nave, con enigmáticos conocimientos,
hacia tierras que le darían más prestigio y gloria a España.

 

Estaban
conscientes el Zambo e Isabel, que a pesar de los atributos que ambos
mostraban, ellos quedarían en el anonimato. No eran castizos. Sus hazañas nunca
se las atribuirían. Los que detentaban el 
poder, cuidarían de que no aparecieran en ningún libro de historia.
Ellos lo sabían. Por eso decidieron, casi por instinto, vivir  la mejor oferta que se les presentaba: la
dulce y placentera  debilidad de dejarse
atraer  entregando su cuerpo a frenéticas
sesiones de amor.

 

La
noche de luna llena, ven  reflejados en
los brillos del mar algunas formaciones rocosas. Varias balsas con indígenas,
que no se les veía armados, rodearon a las naves. Pedro Merino, el militar,  ordenó hacer fuego. Felizmente, solo
impactaron los proyectiles en una de las frágiles embarcaciones, que se hundió.
No hubo muertos ni heridos. Mendaña y Pedro el Zambo, se esfuerzan por
encontrar el diálogo haciendo señas. Las frágiles embarcaciones vuelven a
acercarse a la fragata. Los aborígenes llevan fruta en unas canastas. Hay un
abrazo entre los expedicionarios y el jefe del comité de recepción, que sube a
la San Jerónimo y se presenta con el 
nombre Don.

–     
¿Don te llamas?,
pregunta el Marqués.

–     
Si, así me dicen todos.

–     
Nosotros te llamaremos Dongo,
la palabra Don está reservada para los gentiles, los generosos, los que
tenemos  dignidad y estirpe. Fue una
afirmación altiva.

En los
primeros contactos  con los pobladores,
se enteraron con sorpresa,  que   un estrecho que separaba las islas, llevaba  el nombre de Túpac. Lo habían bautizado así,
en honor a los hombres colorados, que llegaron hace muchos años  en balsas a vela. Los  indígenas 
quechuas, que viajaban en la San Jerónimo, se entendían con los
aborígenes del lugar, con quienes compartían una raza y los significados de las
palabras principales. Los nativos, se mostraban confiados e interesados en
hacer algún intercambio. Les dieron unas baratijas. Unos espejos a cambio de
cien gallinas y  doce cerdos, que los
tripulantes comieron en dos días.

 

Las noticias dadas a
gritos acompañaban  las armas de filo
amenazantes. Pensamientos encontrados sorbían las tibias brisas del estrecho de
los vientos. El Marqués ordena seguir el viaje. Antes de embarcarse los
soldados, a modo de probar  puntería,
mataron a los restantes ciento veinte cerdos que se encontraban en la Isla,
condenando así a los aborígenes al hambre. Isabel estaba enfadada con la
actitud innecesaria de  la
soldadesca,  a órdenes  del 
Maestre de Campo Pedro Merino. No hubo sanción alguna. La isla o el
atolón de  Marutea no estaría lejos, y de
ahí  tendrían que emprender otro  largo, muy largo viaje, hasta Tuvalu, si las
cartas eran exactas.

 

Tropiezan
con otra isla pequeña. Ahí, después de 
entonar – un coro de doscientas 
voces exaltadas –  el Té Deum de
Laudamus, agradeciendo al Todopoderoso por 
la  ayuda recibida, deciden enviar
al Maestre de Campo en un batel con 
ocho  soldados,  para que antes de explorar la isla,  llenaran las 
botijas de agua  y trajeran
algunos cocos. Los expedicionarios se encontraron con algunas piedras  labradas en estatuas. Figuras humanas con
rostros serenos. Parecían estar en un mundo despoblado, en el que  sólo las piedras hablaban y reconvertían a
los hombres.

 

Una estrella fulgura y un
ave canta. Nadie sabe dónde. Transcurren varias horas y recién al amanecer  ven 
habitantes. Estos eran   más parecidos
a  los quechuas. Estaban en los
territorios llamados por los Incas, Anachumbi
.Ahí se sabía  lo que  había pasado con Túpac Yupanqui. Después de
los saludos  les cuentan, con detalles,
que convierten  una leyenda en  historia, 
que Tupa Yupanqui retorna a Paracas, y de ahí al Cuzco, donde lo
proclamaron Inca, en reconocimiento  de
tamaña hazaña. Como tal, siguió ensanchando el Imperio, haciendo campañas en
Chinchaysuyo y en Continsuyo. El Incanato se había convertido en síntesis de la
cultura  del continente. Si los
Incas  ya estuvieron acá  y no se 
quedaron, será por algo, acotó el Marqués.

–     
Tampoco era para alarmarse. No se había encontrado
nada valioso, dijo un marinero español primo del Marqués.

–     
Si no hay
oro y plata, aquí tampoco  habrá codicia.
Sin ella desaparece la  pelea.

–     
¿Por qué 
no?, pregunta Isabel.

–     
Tenemos que 
guardar fuerzas para más adelante…Ya se presentaran enemigos con los
que nos enfrentaremos. Total, vamos en busca no de isletas,  sino de una cultura grande como la China.
Lo  afirma – para asombro de todos – el
propio Álvaro de Mendaña.

 

Isabel,
que esa tarde cálida emanaba de su cuerpo un olor como si transpiraba los
aromas de Madreselva – la exótica flor que crea ilusión –  interrumpió el diálogo iniciando  un monólogo. Con voz suave y pausada
enfatizó: Túpac Yupanqui venía de una tierra donde el  sol 
brillaba. Tenía  una civilización
que, como todas las grandes,  sintetizó
las culturas de los Andes. No se quedaría sólo para gobernar una isla en medio
de un océano. Centro de la nada. El príncipe Inca, se detuvo en esos
territorios, porque iría en busca del Gran Continente. De aquel, de  donde 
habrían venido los enormes 
barcos. Los antepasados de Zcheen y de los Incas,  estaban en lo mismo que nosotros, con
similares empeños  y propósitos. Túpac
retornó y cosechó la gloria. Lo nombraron Inca, Jefe Supremo de vastos
territorios  y  millones de súbditos. Fue un poderoso
soberano, que le dio el último esplendor al Gran Imperio.

 

También
les habían contado que pasaron por ahí expedicionarios con  cien 
barcos y miles de personas. Como las islas ofrecían  solo un poco de agua dulce y  productos agrícolas, estos se iban pronto. El
Marqués y Zambo mantenían ahora sus cabezas cerca, intercambiando
interpretaciones de los distintos  mapas
– el inca, la piel de iguana y otra cartografía del Marqués – que se tenía para
orientarse y seguir rumbo hacia lo desconocido. El Marqués estaba
impaciente….. “A nosotros, con solo cuatro embarcaciones, nos van a ignorar.
¡No nos van a temer, y por lo tanto  no
nos  respetaran! Caminaba con pasos
apurados de babor a estribor en la pequeña nave. Estarían por partir
nuevamente, pero ¿dónde? Una voz 
femenina se escuchó: “Lo que unen los cielos, juntan los mares” afirmó
Isabel con un grito de angustia, que a la vez, 
sonaba a gloria. “Este  territorio al que llegamos por casualidad es
la continuación del Imperio Incaico”.

 

Isabel se sintió confirmada en sus apreciaciones y
se  atrevió  a comentar: “Ya ven, no  solo son inventos de Zcheen o cuentos  de los Incas. Estos viajes se realizaron no
por dioses, sino por personas emprendedoras como nosotros”.

 

Estaban
-sin saberlo entonces- en la región de las 
Mangarevas, perteneciente al
grupo de  las islas Gambier.

 

Álvaro
no estaba interesado en lo que ella pensaba. Álvaro Mendaña decidió llamar a
estas tierras – como contradiciendo cualquier vinculación al pasado del Perú –Marquesas en
honor a Teresa, la marquesa de Cañete, esposa del Virrey.

 

PASAN TRES SEMANAS; Divisan a lo
lejos,   con su fondo de
imágenes que difícilmente se  visualizan,
unas   montañas difuminadas

En el  amanecer llegan a unas costas de arena blanca
que emergían de un mar picado. Era el atolón que los expedicionarios llaman Magdalena. A corta distancia – unas
diez leguas –  divisaron una isla  que 
bautizan con el nombre de San
Pedro
y cercana a esta otra, 
que  por ser vista un domingo, la
denominan Dominica. La cuarta a solo
una legua de distancia,  recibe el nombre
de Santa Cristina.

 

Agua dulce necesitamos. ¿De dónde la sacan? Indagaron una  y otra vez.

 

Es ahora  más necesaria que el oro.
Ningún nativo dio respuesta. Intuían  que
si  encontraban los  intrusos la fuente o manantial de agua dulce,
estos se quedarían. Solo  con su fino
olfato – que podía ser de un felino en acecho de sangre- Isabel,
acompañada  por doce soldados,  encontró 
las  vitales fuentes de agua  en esa isla inhóspita. La expedición se había
salvado. Llenan las pipas y se abastecen para un mes.

 

Por
la contextura de la tierra arenosa,  se
podía percibir  que no encontrarían oro.
Tendría que ser en otras islas cercanas. Por ello, decidieron seguir el ímpetu
de los aborígenes en despachar a  sus
visitantes, marchándose pronto.

 

En aquellos dominios, de un invisible
infinito, pasaron dos días  navegando ¡Oh
sorpresa! Otra isla, grita exaltada Isabel. El viento  soplaba con 
fuerza, los marineros silbaban acercamiento y en la angustia de pisar
tierra nueva, fértil, temblaban sus corazones.

 

No, que pena, era una noticia falsa. No es
tierra lo que  había divisado Isabel. Era
una formación densa de nubes que  emergía
del horizonte. El Marqués, piensa en ese instante, si debe castigar la falsa
alarma. No,  a ella tampoco le podía
quitar autoridad. De otro lado, estaba consciente que el  hermano de Isabel, Lorenzo, con hombres
armados a sus órdenes, estaba en el barco cercano, la Santa Catalina.

 

No obstante, El Marqués,
versado en vivencias  y creencias – más
que en  alguna ciencia – y  dispuesto siempre a  envenenar las 
glorias, se enfrentaba por primera vez a su mujer, delante de una   tripulación que lo observaba desde la
cubierta. Entonces Álvaro de Mendaña, ensaya antes de actuar una mirada directa
al  Zambo – como un desafío a un impostor
o un ánima oscura.

 

El silencio
más profundo que la soledad de los océanos, fue interrumpido:

–     
¡Zaasss!

 

Un
hachazo cortó con fuerza el aire y acertó su destino. Partió en dos el  caparazón de una de las dos tortugas, únicos
animales vivos que por ser longevos, llevaban en la embarcación como reserva de
carne. Pero no solo para ello: Álvaro había aprendido de su anterior viaje a
las islas Salomón que los nativos ponían en la 
proa de sus embarcaciones a tortugas marinas hembras. Estos nobles  animales los ayudaban a encontrar las islas,
porque  estaban dotados de un
instinto  para otear los lugares donde
depositarían sus huevos que les permitía rastrear  tierra – y orientarse hacia ella- a muchos
kilómetros de distancia.

 

Dispuso
con gesto altanero, casi de desprecio, 
repartir el animal  entre todos.
Isabel no comió. Estaba consternada. La tortuga Ana le había lamido con esmero
las heridas  que le produjeron  las amarras del timón en los antebrazos,
cuando Isabel  mantuvo firme el curso del
barco  en 
aquella pasada tormenta. En agradecimiento, Isabel la alimentaba y se
había encariñado con la tortuga.

 

Trató
de escudriñar si el Marqués había escogido a la tortuga hembra – la que  puso 
huevos  hasta el décimo día de  viaje – para darle un mensaje ¿Cuál sería
este? O solo  como una señal de que él
podía decidir sobre la vida y la muerte. Esos gestos de crueldad no eran
frecuentes en los primitivos guerreantes peninsulares para demostrar un valor
que no  tienen.

 

Entonces Isabel decidió hablar  en voz alta – para que todos oigan- sobre las
cualidades de la tortuga hembra, 
destacando repetidamente, que  con
su olfato podría en alta mar encontrar 
tierra firme. Y comparó  esto  con los atributos que ella tenía. Isabel se
sintió confortada con la reafirmación de que existían  cosas que parecían sobrenaturales pero que se
repetían en la naturaleza. Luego recordó que 
el animal de aspecto 
prehistórico, actuaba para poner en seguridad a sus crías, es decir  por el instinto de perpetuación de la
especie. Entonces Isabel – ya en callada intimidad – se  sintió más mujer, y por primera vez pensó en
tener hijos. Se sentía en la necesidad de enmendar esa vida llena de misterios
y ausencias. Se  hizo en ese momento la
pregunta: ¿con quién?

 

Fue interrumpida en su abstracción
por la fuerte  tos de Álvaro.  Comprobó al instante  que no lo deseaba a  él como padre de sus vástagos. Solo como
compañero  de sus ilusiones que se
estaban contagiando de codicia

 

Las
huellas de 67 machetazos marcaban en  el
mástil principal los días pasados….. Otros vestigios en los cuerpos – surcos
en la piel – revelaban el maltrato físico 
al que  se sometieron  los aventureros. El cansancio mental,  se notaba también en manifestaciones de  mal humor, 
así como en  indiferencia  y falta de 
voluntad. Isabel, en contraste con la mayoría, estaba fuerte, sana,
radiante.  Pasados unos días cambió de
pronto su ánimo. Se le nota melancólica, triste y cabizbaja. El recuerdo de
Zchenn, y sobre todo la cartografía que había dejado en la piel de iguana, la
que ella  escondía en la intimidad de su
cuerpo, le servía de abrigo y esperanza, que fuera donde estén o donde
llegaran, ella no estaría perdida. Su instinto o intuición de mujer, confiaba
en el  hombre de origen chino que había
cambiado su vida, pero él no estaba para alentarla.

 

Álvaro
le pregunta:

–     
¿Qué 
pasa  con tu  estado de ánimo tan cambiante?

–     
La melancolía es el placer de estar triste. Es mi
parte mestiza. Nos educamos en esa contradicción.

 

Isabel
se sentía cada vez más vigilada, 
asechada, espiada por ojos 
escondidos detrás de la barba de 
algunos españoles. Lo intuye y a la vez, disimula. Estaba ahora Isabel
Barreto con un impulso que le venía del alma, y una fuerza que se alimenta con
un corazón ardiente,  más que nunca,
dispuesta a afrontar todo. Isabel sentía nostalgia, de la Piura que la vio
crecer. Por ello a diferencia de los españoles que empeñaban su conquista  con  
la voluntad de quedarse en los nuevos descubrimientos, ella prometió a
su familia regresar. Ese sentimiento confirmaba, que era distinta al Marqués
y  a los 
insulares. Esto le hacía sentirse más fuerte. Ahora  creía que no tenía límite alguno.

 

Sobrándole redaños,
Isabel  adivinaba – porque creía que
podía predecir el futuro – que quedaría viuda, 
en algún lugar perdido, a  miles
de  leguas de distancia de  todo control y sospecha. Presentía  también, que mientras se disiparían rumores
de  un posible asesinato, estarían varios
años envueltos en una aventura que los llevaría a lejanos lugares. Escucha un
adagio y se nutre de los símbolos que alimentaron su infancia. No podía
vislumbrar  fecha de  regreso a la tierra que la vio nacer. Había
soñado varias noches seguidas, que partía de puertos peruanos casada y que
regresaría ahí mismo  con otro marido.

El Marqués la vuelve a la
realidad con su voz ronca, que sabía entonar suavemente cuando le convenía:
Isabel, sabrás  que te maldigo… Aun
así, por tu belleza y valentía, te corono de bendiciones. Deseo lo mejor para
ti, que ello es también lo  menos
peor  para  nosotros. Ella contesta, llamándole  por primera vez,  por su nombre: Álvaro,  tú también debes de saber que en mi silencio
guardo mucho rencor. Es mi profundo deseo el salir de esta jaula enorme  de injusticias. Parece  que estamos frente a una fiera salvaje que
queremos domar o engreír… a pesar de 
que   en algún momento, sin
piedad, nos va a tragar.  Pero  soy tu esposa, porque  ante la iglesia contrajimos matrimonio. Asumí
los deberes y las responsabilidades para estar aquí, junto a ti,  en esta empresa que  es  más
tuya que mía.

 

¿Quién viene ahí?
…interrumpió una voz alarmada. El Zambo trepaba por la borda, con habilidad y
rapidez, valiéndose de una soga. Sacudiéndose el agua salada, trato de
interrumpir este acercamiento entre Isabel y el Marqués, entonando con voz potente  un anuncio:

–     
He visto la serpiente  marina, con escamas verdes y rojas y dos
cabezas de dragón.

–     
¿Qué tamaño tiene? 
indagó Isabel, incrédula.

–     
Dos veces el 
largo de tu barco. No sé, en todo caso más grande que nuestra
embarcación.

 

Pedro
el Zambo  se persignó, como si quisiera
espantar un demonio. En realidad era para acentuar su argumento y darle
dinamismo a la situación. La reacción de sus interlocutores le hacía  notar que 
dudaban de su  afirmación. Las
rencillas, la lucha por el poder y las 
fantasías eran los acompañantes necesarios de los viajes. Son
útiles  para combatir el cansancio o el
aburrimiento de la  fuerte rutina. El ver
y hacer siempre, cada instante, lo mismo. Ahora que estaban cada vez más cerca
de las orillas de una tierra que se avizoraba poco fértil, servirían solo como
sustituto, suplente transitorio y accidental pero siempre presente,   de un temor mayor a lo desconocido.

 

 

 

 

 

Recorrer el Perú al encuentro
de mitos y leyendas:

¿Por qué no ir en  busca de la tierra de Zchenn, de dónde venía
gente buena y dócil?

CAPITULO  II

QUIEN
ES ISABEL

 

 

–Quién es Isabel?  Pregunto una voz ronca

La casa abierta de
puertas a su propia ruina, daba libre ingreso a un personaje venido de lejosEra
alto de amplia frente,  nariz de gancho y
la escasa melena la llevaba despeinada.

 

–     
Soy yo, se escuchó en el ambiente como un eco
claro. Hablaba como si todo el Mundo lo conociese. Y como si tuviera el derecho
a tratar a todos como el quisiese.

 

–     
¡Ah, Señoritinga, 
que sorpresa tan agradable!, dijo al ver una muchacha que le venía al
encuentro, en  una actitud de sorpresa ante
la presencia de un forastero

 

 

Sus ojos subrayan su
gesto varonil. Una  amable venia
acompañada de un deseo aguantado es la respuesta femenina. Que le ínfulas a
seguir siendo el protagonista que se escenificaba

 

–  Ando por donde me guía la fortuna. Y parece
que la he encontrado, al menos viéndola a usted.

 

Buena catadora de
varones, a pesar de su juventud, la joven mestiza, se sentía deliciosamente
halagada por la creciente codicia que ocultaban las reverencias y  de que era objeto por el hombre desconocido.
Se le veía noble, acontecido y deseoso de seducir.

– Es usted osado, y cuénteme que
lo trae por acá?

-Si, si  yo 
regentaba en los andes del Perú una encomienda, en la alejada y casi
desolada localidad de Huánuco,

– Que  recuerdos lejanos, ahí    esperaba amasar alguna cantidad suficiente
de oro, que lo sacara del lugar y lo devolviera a la aventura de los mares, con
esperanzas a fama y fortuna. – – Conquistaba la confianza de los aborígenes con
sólo cuatro palabras quechuas, Ana Mancha
Noca Ingá
, diciéndoles a los indios con voz calmada, que no tengan miedo de
él, porque también era de los suyos, era Inga.

 

Aun cuando era difícil
sacar una orientación precisa de su desordenado monólogo. Isabel lo escuchaba
con atención.

 

 

Brusco en modales y
severo en expresiones, con una voz  que
se interrumpía con una tos seca, repetía, refiriéndose a sí mismo en tercera
persona:

El Marqués sabía cómo
ganarse la voluntad de los aborígenes. Aunque, luego, como era común en los conquistadores,
los declaraba – sin que los indígenas 
supieran en qué momento – sus acérrimos enemigos. Y desenfundaba las
armas para desencadenar la violencia, y sobre la base de ella, construir un
sistema de dominación justificado por la confrontación.

Había llegado
a fines del año 1592,  seguido sólo por
un sirviente arrastrando una mula. Efectivamente se trataba de un  Marqués llamado Álvaro de Mendaña y Neira.
Venía de Quito y Guayaquil, donde había celebrado con un grupo de españoles
afincados, el centenario del descubrimiento de América.  Álvaro sabía que el año 1492  no solo era importante para su lejana
Patria  por la hazaña de Colón. En agosto
de ese mismo ano Antonio de Nebrija introdujo la primera gramática del
castellano, idioma con el que  España
ganaría fama. Y en enero del mencionado 
año el Emir Abu Abdallah, llamado Boabdil, deja el sitio a Granada.
La  trascendencia  de estos acontecimientos en su vida familiar
lo guarda el  Marqués como un secreto
hasta el fin de su vida.

 

Era el  día de Navidad y por ello todos estaban
dispuestos a celebrar. Incluso la llegada del Márquez ataviado de ostentosos
trajes. Permanecía abierta la puerta de la acogedora morada de los Rodríguez
Barreto. Con soltura, aplomo y don de mando 
había ingresado – o irrumpido- en la tranquilidad de una familia
apacible aquel forastero. Como si lo hiciera a su propio hogar – que el viajero
no lo tenía –  dio órdenes, con su voz
carrasposa,  de que le  sirvieran algo de tomar.

 

Como si bailara sobre un volcán en erupción,  Isabel se quiso hacer de la situación. Ahora
es ella la que tenía la voz para accionar¿Quién es este extraño? Indagaría
enseguida la curiosa Isabel.

–     
No lo conoces acaso eres muy joven. Tiene gran
fama de navegante.

–     
¿Otro como Colón o  tal vez parecido a Pizarro?

–     
Veinte años atrás, estuvo él recorriendo mares
desconocidos. Había descubierto unas tierras muy alejadas, a las que llamó
Salomón. No las conquistó.

–     
Bueno, entonces más parecido a Cristóbal Colón,
sentenciaría ella, con un sarcasmo que le era natural

–     
A Christophulos Columbus lo escogieron sólo
porque tenía el nombre de Cristo, y la iglesia católica apostó por él. A mí en
cambio, me apoyaron por eficiente. Pedí poco y me dieron casi nada. Sólo el
valor de un banquete que daba la Reina Isabel y su corte. Y he llegado más
lejos. Con voz ronca, sonora y segura, diría, Álvaro de Mendaña,
introduciéndose en la conversación

–     
Eso es especulación, porque cuando Colón salió
de viaje, no fue para evangelizar, sino para buscar la ruta a las indias con el
afán de encontrar especies, anotó don Nuño Rodríguez Barreto, que escuchaba el
intercambio de palabras entre Isabel y Álvaro.

 

Este amigable
encuentro de ideas se desarrollo con tanta intensidad, que todos se quedarían
hasta la cena. Los aromas se entremezclaban, porque se utilizaron todas las
técnicas de cocinar que  la anfitriona
indígena había heredado por tradición familiar desde el incanato: así  ese día 
se había hervido, estofado y tostado. De diversos recipientes de
cerámica emanaba el olor a fermentación. De las piedras calientes o del
rescoldado del fuego en terrones o adobes se percibía el tufo del asado. Todo
era percibido con mayor sensación por Isabel. A ella no solo le ardían los ojos
cuando el batan trituraba especies que contaminaban todo el ambiente, sino la
estimulaba enormemente algunos olores exóticos

 

A pesar de
que todos estaban sumidos en los sabores y percepciones aromáticas de diversos
potajes servidos en hojas de plátano y 
acompañados de bebidas que se tomaban de curiosos recipientes con
figuras y alegorías  incaicas, ya se
podía vislumbrar interés recíproco entre Isabel y Álvaro, el que aumentaba
conforme se quedaban solos y entraba la noche.

 

Las luciérnagas se
deslizaban juguetonas en la oscuridad que acompañaría a Álvaro hasta el amanecer. No había podido dormir bien con la
imagen grabada de Isabel y el tono de voz dulce que le repercutía en su
solitaria imaginación. Le despertaba curiosidad lo que se hablaba en Piura,  sobre la relación de la muchacha con el exótico
Zchenn. Ese mismo día, Álvaro buscaría a Isabel. Delante de su padre, iniciaría
la conversación comparando las dos culturas. Trató de ser prudente. Así, en
tono de broma para ganar confianza dijo:

–     
En Huánuco los ingas me aprecian. Al comienzo me
miraban con extrañeza.

–     
¿Por qué? Se interesó Isabel.

–     
Llevaba pantalones, una prenda no conocida.
Además se interesaban por las hebillas de la correa que sujetaba los
pantalones, como las de los zapatos.

 

Anotó luego, que los nativos creían que las mujeres
españolas también llevaban igual prenda de vestir. No estaban seguros de ello,
porque aún no habían visto mujeres europeas. Estas entonces, no llegaron hasta
lugares tan lejanos. Cuando Álvaro les contó que ellas usaban faldas, los
aborígenes – con festiva algarabía – le dijeron que ambas culturas, la europea
y la inca, eran básicamente iguales. “Lo importante, es que las mujeres lleven
vestimentas abiertas hacia abajo. El hombre, siempre debe tener así libertad de
acceso a las partes íntimas”, anoto Álvaro. La familia celebra la anécdota, en
tanto que Isabel se sonrojó. Ella toma el relato de Álvaro como una
insinuación. Lo sorprendente era que estaba descubriendo que esto le estaba
gustando. En precaución prepara esa misma noche unos remedios florales contra los
males del amor.

 

Su propósito en Guayaquil, habría sido
informarse sobre el descubrimiento de las islas Encantadas, conocidas después
como Galápagos. Y especialmente respecto a las posibilidades, que – estudiando
las corrientes marinas – desde ahí se alcancen las islas que estarían frente al
Perú, denominadas, en el imaginario de los emprendedores,  como Fantásticas. España debía realizar
nuevos viajes de descubrimiento. Mendaña 
tenía  los conocimientos y la
voluntad de afrontar el riesgo. El empuje decisivo que aún faltaba lo daría el
dinero a conseguir. El poder colonizador debía extenderse hasta los más
apartados rincones. Si no lo hacían los españoles, lo harían los
flamencos,   portugueses o británicos, o
tal vez británicos. Y algún día los criollos.

 

Álvaro de Mendaña
y Neira, era conocido pero no famoso. Se sabía apenas que había nacido en
Zaragoza en 1541, en tanto que otros decían que su cuna era Neira, provincia de
Lugo.

Era una persona avara, no gastaba
mucho en sí mismo y menos en los demás. Su codicia no sería la ambición de
poseer, sino más bien de no desprenderse de lo que tenía.

 

 

Todos no eran
iguales, sin embargo, se sabía que  los
emigrantes que dejan  su  país son los más osados rebeldes  o atrevidos, o los que no encontraron espacio
en su propia comunidad. De Europa  no
vinieron los nobles o acomodados, sino, muchos de aquellos que compartían su
morada en pesebres con los  marranos.
Acá, en tierras nuevas, estaban animados a construirse palacios y a comportarse
como  nacidos y educados en alcurnia.

 

No era el caso de Álvaro. Lleno de ideas y planes,
Álvaro de Mendaña visitaría algunos frailes en Piura para discutir, con la
mayor discreción, la posibilidad de reunir una cantidad suficiente de dinero
para financiar otro viaje expedicionario. Por su parte, Isabel también tenía
sus planes de recorrer el Perú en busca de los mitos y leyendas. Deseaba
encontrar gente  como  su primer amor, el misterioso  Zchenn, que le despierte encantos, le dé
fuerzas y motivaciones para viajar.

 

 

A pesar de la diferencia notoria de edad Álvaro se
convertía  raudamente, en ese hombre que
Isabel esperaba, para salir a recorrer el mundo que ella ansiaba conocer. Otros
la veían como desesperada aspirante a ganar marido. La sociedad que la rodeaba,
no le interesaba el talento ni el temperamento de una persona: Alguien como
Álvaro se le presumía posición y riqueza. Lo que, a pesar de ser tacaño, valía
y definía: el  ostentar como marqués, y con algún
dinerillo, o posibilidades de ganárselo,  
mejor. Y estos son escasos en esta tierra, en la que nacían las nuevas
hijas de españoles,  llamadas criollas.
Dentro del misterio de Isabel, estaba su encanto que hacía posible relacionarse
y convencer a otras personas. El Marqués veía en ello una ventaja  para sus planes de recolectar el dinero que
necesitaba.

 

Tenía, Álvaro el propósito de permanecer escasos días
en  Piura. Las conversaciones para reunir
dinero, no daban los  resultados  esperados. Esperó  las 
celebraciones de Año Nuevo; y nada. Logra  sólo 
promesas. Él, necesitaba  algo
más  que 
pudiera animar sus planes de 
volver a  navegar.

 

Bajo el manto confidente
de la noche, Isabel lo alentaba diciéndole que hay que interesar a la gente, no
sólo con la posibilidad de encontrar oro, sino contándoles cosas que ellos no
conocían. Isabel, que a la vez quería convencer a Álvaro que estaba madura en
conocimientos, le recuerda  – con voz de
confianza, casi susurrando –  que los
aborígenes de las Islas Salomón tenían piel oscura, pero no eran negros como
los africanos y que andaban con el pelo rapado a los costados y se pintaban de
diversos colores. “Habrá muchos que se interesen por la gente y su modo de
vivir”, acota. Él le hace saber que eso, poco les importaba a los europeos. La
ambición de fortuna, sumada a la necesidad de combatir las enfermedades con
nuevos alimentos, no fuerzan a los científicos, sino a los empresarios de
Europa, a incentivar a los gobernantes para emprender viajes larguísimos, y
estos cuestan dinero

 

Algo especial
había en él. Además de hablar en castellano, usaba algunas expresiones en
quechua, y para  causar admiración,
empleaba palabras en un idioma desconocido. Así relataba, que para los
navegantes llegar a las costas del Perú, significaba envolverse en los
misterios de la neblina. En ese trance solía leer de su memoria una frase: Ein dünner Nebelstreifen fing mich ein und hüllte zärtlich mich
umwogen. Nur ein Weilchen bist du mein.Wieder wird der Sonnenstrahlenschein
dich küssen.
Und du wirst mich nicht
vermissen.

El Marqués era culto y 
había viajado mucho. Algunas ideas las podía concebir en alemán. ¿Dónde
lo habría aprendido? Como sucedía con 
casi todos los conquistadores, a pesar de  cierta 
fama, no se  sabía mucho de su
pasado. El presente era el  que contaba.
Si algo más  se quería de él, se le
revestía de algún título o se atribuye abolengo. Porque  la caballerosidad no admitía dudas. Estas
eran tomadas inmediatamente como una afrenta. Por esa misma razón,  era 
prudente no ceder, sino expresarse con la mayor firmeza. Y si era
necesario, había que defender el argumento o la posición – por absurda que sea
– con la  espada: la valentía  encubriría la sin razón.

 

Después de gastarse el oro de los
Incas, los gobernantes en España estaban dispuestos a vender los títulos de
nobleza y los cargos públicos estaban en subasta.  Todos menos el de Almirante de la Escuadra
Eran épocas en que  se ponía mucho
énfasis en recuperar el prestigio en ultramar La Grande y Felicísima  Armada fue 
confiada por Felipe II en 1588, solo después de la muerte de  su Almirante, a Alonso Pérez de Guzmán,
séptimo Conde de Medina Sidonia, un joven de 38 años que no tenía ninguna
experiencia en el manejo de responsabilidades tan importantes. La historia
seguía su curso y España, en su grandeza, pagaría caro la improvisación frente
a Gran Bretaña. Las cosas no parecían desde entonces tan felices.

 

Con su capricho
inocente Isabel dejaba que Álvaro se le acerque cada díamás.  Isabel,  había alcanzado un estado arómico en su
personalidad, en el que las sensaciones y percepciones de un olor que
transitaba  inquietando todo su cuerpo, y
le abrían un horizonte de distancias
ilimitadas. Estaba ahora cada vez más interesada y decidida en madurar, lo más
pronto posible, las ideas  de viajar.
Estas que   había concebido junto
con  Zchenn.

Álvaro que no tenía fortuna  propia la convenció para la gran aventura, y
le dijo a la joven mestiza que nunca había viajado másallá del Puerto de Paita

–     
La persona más rica no es la que mástiene,

–     
Sino? Contestó ella, interrogando

–     
Es la que menos necesita. La que  tiene todo para ser feliz.

–     
Eso me parece muy interesante. Me persuade. Eres
un hombre inteligente Álvaro

–     
Con algo de experiencia que es la sabiduría práctica.
Y  suerte de haberte encontrado  a ti

–     
Pero yo no puedo vivir sin algo  que  me
es importante…

–     
Qué es:

–     
Adivina, pues 
dijo  Isabel con coquetería
natural y  luego de una pausa agregó

–     
Sin amor, y esa expresión  tan tierna que es el cariño.

Ahí se juntaban varios
intereses. Los ideales de ella, la ambición de los hermanos Barreto, y  la exaltación de Álvaro por poseer una bella
doncella y poder con ella emprender a estas alturas opacas de su vida, una
nueva aventura que le daría brillo a ambos.

 

 

–     
¿No te parece, querida que serán días gloriosos?

–     
y no olvides que muy pronto, yo seré tu amante y
fiel esposo

Isabel se sentía
mimada,  pero a la vez dudaba de la   versión amorosa. Sin embargo le convenía
seguir en la aventura de la superposición de supuestos. Y  con 
encantada voz le dice a Álvaro

–     
Que sincero eres mi amor!, Que oportunas tus
palabras! Tú esperas tanto de mí

que me siento intimidada. Obligada a corresponderte

Todo parecía una
celada, una trampa, en la que ella entraba voluntariamente, para ponerle más
adelante otra a su marido. Saldría con éxito? Debía enfrentarse a todos los
poderes de la época.  El Imperio español,
la Iglesia católica, las convenciones y prejuicios respecto a las mujeres, aun
hombre más avezado y rudo que ella. Y por fin a la inmensidad de un mundo aun
no conocido.

 

De pronto, como atraída por un olfato instintivo, más
fuerte que su voluntad, se vio determinada a irse con el viejo. Se le está
presentando la oportunidad de realizar sus deseos, con un hombre de experiencia
que conocía el mundo.

 

Con  la nitidez de una alucinación y propósito de
eternidad asumían ambos, cada día y a cada hora, la responsabilidad de
conocerse y reconocerse, para ser el uno para el otro. Llegó el momento en que
ella se perdió y él anduvo a tientas por su cuerpo guiado por un perfume
indefinido. Era como si el tiempo se doblegara bajo sus fantasías, y le ofrecía
inesperadamente sus riquezas para multiplicar 
sus sensaciones bañados en esplendido pecar.

 

En circunstancias de íntimo apremio, y sin pensarlo
mucho, Isabel se comprometió, entregándolo todo a  aquel que tenía la posibilidad de hacer
realidad sus  sueños, porque el Marqués había demostrado capacidad y ganas de viajar.
Muy joven ella, constató  que  las posibilidades de aventura que su cuerpo y
espíritu deseaban, la llevaban –Solo una semana después de haberse visto por
primera vez- inevitablemente una  y otra
vez, donde Álvaro. Su
tendencia a reparar en lo extraño, configura un carácter, un compendio de todas
sus histerias conjugadas con la dulzura y la alegría, – ese saber perder y tratar de nuevo –  que a la vez, le permite no engendrar las exclusiones a la que estaban
condenados los que tenían la piel centrina. De sangre exótica e indefinida,
Isabel era guapa, sensual, ingenua, indolente y apasionada. Y al mismo tiempo
impulsivamente licenciosa.

 

Enterada de las mañas y trucos de la vida, Isabel se
involucra con sus encantos, y le regala en público, el mayor respeto  al Marqués, llamándolo por su titulo y no con su nombre.
El acepta y entra en una combinación de argucias en las que él se convierte, en
una de las tantas presas que había engullido en su vida. Mirándole a los ojos
primero, ganándose la confianza, compartiendo y ofreciéndole a pesar de su
edad, el placer íntimo de lo nuevo. Para luego, hacer de él lo que a ella le
apetecía. A pesar de la presencia de Álvaro en su vida, seguiría a su lado,
inspirándola, la figura de su romántico y tímido amigo Zchenn, totalmente
diferente, tanto en apariencia como en modo de pensar, al avezado y pragmático Marqués. Este, a fuerza de
las presiones de Nuño y de las circunstancias, se hizo responsable  de la joven. Para ello, en complicidad de
todos, se escenificó una especie de boda, un matrimonio simulado, sin la
presencia de un Sacerdote. Pero si se sirvió la acostumbrada comilona con
invitados. En el festejo se brindó con arrayanes, macerados en aguardiente y se
bebió durante tres días y sus respectivas noches, la fermentación de distintas
sustancias, que hacían sentir la sensación infinita de lo  más agradable.

–     
Yo me junto con tu hija, tal como tú lo hiciste
con Adriana, la mestiza, le planteó  Álvaro.

–     
Sólo te pido que respetes sus caprichos y ella
te hará  aún más feliz y famoso,  le respondió Don  Nuño.

–     
Cuando tenga una dote que pueda pagarte,
veremos  lo del verdadero casamiento por
Iglesia, reafirmó Álvaro, cuando en realidad estaba pensando mas en alguna
herencia.

 

Nuño Rodríguez, que se había convertido en apostador
apasionado, no supo en ese momento que se aferraba a una botella de licor
vacía, al amanecer del cuarto día de juerga, si al entregar a  su hija Isabel a Álvaro, había ganado o
perdido la gran apuesta de su  vida.

 

Luego  se apuró
el viaje de la pareja. Querían escapar de 
los comentarios  que hacían
tanto  indígenas como criollos  y europeos afincados,  exteriorizando  su escepticismo,  respecto a 
esa unión en interés, que superaba razas y otras diferencias, pero
escondía otras dificultades.

 

Duermen todo
el día, a media noche, Isabel se despierta y con una vela en la mano va a
despedirse de su padre. Algo muy vago le había quedado en el recuerdo,
cuando  con  su papá Nuño recorrió las muchas leguas que
separan Lima de Piura. Ella le pedía ahora, que le vuelva a contar lo más
emocionante de ese viaje. Cuando escuchaba al cansado anciano, Isabel irradiaba
emocionada alegría. En tanto su íntima voz le pregunta.

–     
¿Por qué deseas tanto viajar? Ella misma se responde
dialogando.

–     
Es una manera de hacerse invisible, de
desaparecer de un lugar para volver a aparecer en otro.

–     
Que ansias de desaparecer tengo. Es la forma más
elegante de huir, de escaparse.

–     
¿De quién quieres huir y por qué quieres
esfumarte? Interviene Nuño en el diálogo consigo misma que deja escuchar su
hija.

–     
De toda esta mentira, de la hipocresía de una
sociedad dual en la que debes de acomodarte a cada instante, transformándote de
india a mestiza y luego a europea. No contenta con eso, procuras ser española
de aquí o de allá, con más o menos alcurnia.

 

Así  se queda la joven desposada finalmente
dormida, entreteniéndose con sus propias preguntas.

 

Se partió al amanecer, cuando el clima era aún fresco.
Toman juntos el camino al olvido o a la gloria. “Toda gran aventura comienza
cuando se abandona la casa o el pueblo donde uno ha crecido” dijo Isabel a modo
de despedida. Con caballos de sangre andaluza – recibidos como obsequio de boda
– llegarían más rápido. Ella montaba en un 
corcel negro. El Marqués un caballo blanco. La carga  era transportada por mulas y burros.
Bordearon las costas hacia el sur en busca de Trujillo, luego Lima, con la
esperanza de encontrarse con personas interesadas en un nuevo viaje a las islas
Salomón.

 

Esa primera noche de camino, de pronto como si del
instinto tenebroso estallaría un aullido, escuchan pero no ven como un puma se
hace de una presa. Les roba a los caminantes una cabra. Soberbio, después del
festín de carne, el animal aguarda  en su
territorio soberano, la próxima víctima. Isabel había percibido, por su olfato
el peligro y a penas ella con Álvaro 
apuran hacia un lugar seguro, para guarnecerse.

–     
¿Cómo te orientas en la oscuridad Isabel?,
interroga Álvaro, después de pasado el susto.

–     
Es mi secreto, contesta Isabel.

 

Emprendieron  la
marcha. Después de recorrer un camino muy trabajoso entre arenales  y rocas que sobresalían  hicieron estancia en Motupe, un poblado que
ofrecía protección. Toman jugo de una fruta grande conocida con el nombre
de  tumbo, que siempre se le siente frío
en contraste del calor del ambiente. Observan entre tanto, que la poca agua que  baja de la sierra, se  absorbe y esconde en los arenales antes de
llegar a formar un río.

 

Los Tallanes,
las criaturas con un rabo en la nuca, no aparecían en las palabras de los
tímidos aborígenes, que encontraban en el camino. ¿Sería acaso sólo un invento
para asustar a los forasteros? A ella ya no le importaba. Había recobrado la
vista y conservaba su agudo olfato. Ello junto con el  andar por lugares poco transitados con la
ayuda de indígenas hábiles de orientarse en el desierto, lleva a Álvaro y a sus
acompañantes al valle de Saña. Clérigos y frailes se empeñaron en
construir  ahí, en una zona que parecía
alejada de todo, con la mano de obra quechuas, grandes templos. Se estaba
erigiendo, junto del río, muy pegado a sus escasas aguas, una ciudad colonial.
Más allá, estaba cerca al mar, un poblado llamado  Pacasmayo. Al lado, los  católicos construían el caserío San Pedro con
varias iglesias, en tanto que demolían las huacas o entierros de los
antepasados  señores del lugar.

 

Ahí se enteran, que un hermano mayor de Isabel,
Lorenzo,  se afincó en la región, dedicándose
al comercio y a la agricultura. Cuando los hermanos se ven, después de casi
veinte años, pasan muchas horas calmando la emoción de contarse, hasta los
detalles más íntimos de sus vidas.

 

Él los entusiasma relatándoles a Isabel y Álvaro –
interrumpido por la carraspera de Álvaro – 
la leyenda del Naylamp, que se originaba en la época de la cultura
Moche. Esta  transmitía  la llegada de un extranjero fuerte – con
rostro distinto a los conocidos –  a
quien  le atribuían   poderes divinos, porque  había logrado surcar los mares y llegar de
muy lejos. Esto le recordaba a Isabel lo que su padre le  contó cuando era niña sobre los Tallanes.
Luego Lorenzo les invita a su hacienda muy cercana al Convento donde había crecido.
En la noche cuando comen tamales y cabrito, se habla de las Amazonas del  Mar Austral. Se porfiaba la existencia de un
grupo de islas, en las que las mujeres habitaban solas en una de ellas, en
tanto que los varones  en otra. Cuando
las hembras decidían  buscar pareja,
viajaban en un atolón rodeado de corales. 
Si deciden quedarse con el hombre que ellas escogieron, se trasladaban a
una  cuarta isla, que era el destino  para los matrimonios y la crianza de los
hijos. Ellas, aguerridas, que montaban 
animales  – los caballos no eran
entonces aún  conocidos en América –
decidían hasta cuando acompañaban a su pareja y a sus niños.

 

Isabel inhala
varios aromas de Genciana, para recobrar fuerzas. Pero estaba cansada.

 

Los viajeros se quedaron en Saña más tiempo que el
pensado, e hicieron planes  para
conseguir apoyo para la expedición en los Mares del Sur.

–     
Cuando tenga unos quince mil pesos les avisaré,
dijo al despedirse Lorenzo.

–     
Necesitamos algo más, pero de todas maneras
muchas gracias respondió Isabel conmovida.

–     
También podré reunir una tripulación de veinte
voluntarios.

–     
Gracias, pero necesitamos algo más, dijo Álvaro
dándole un agradecido  apretón de manos a
su cuñado.

–     
Sobre la mesa quedan botellas vacías, miradas
cómplices, y mil  promesas bulliciosas.

 

Al hacerse nuevamente caminantes,
Isabel le confesó a Álvaro, que este viaje por tierra estaba reforzando su
peruanidad. Le enseñaba  la grandeza y la
diversidad  del país. Avanzaban el
viaje  hasta el extenso valle de Chicama.
En él están los cañaverales que proveen en abundancia de dulce azúcar y amargo
aguardiente. No lejos de ahí hay un Monasterio llamado Santo Domingo, que fundó
el fraile Santo Tomas. Habían recorrido cerca de  sesenta leguas desde su partida de Piura.
Estaban  – a pesar de su permanencia
en  Saña –  cansados y los huesos  dolían de tanto cabalgar. También los
animales  necesitaban un descanso
reparador. Buscaban  un lugar seguro para
acampar.

 

De súbito, en la claridad de un  ancho 
rayo de sol, apareció en el horizonte despejado una  ciudad 
amurallada. A pesar de que  las
altas barreras eran de barro, parecían macizas: Fueron recibidos sin
resistencia por un grupo de indígenas armados. 
Esos  pobladores les confirmaron
que  antes – hace unos doscientos años
–  ya habían llegado otros  emigrantes, que descendieron de  embarcaciones y se entendieron, sin que se
presentaran conflictos,  con los
habitantes de  la fortificación. Esta –
era visible –  encerraba formas de vida
muy civilizada y armoniosa. Los visitantes de entonces, Caracterizados por sus
ojos pequeños y pelo lacio, luego de beber de las reservas de agua y saciar el
hambre con los alimentos, decidieron marcharse al cabo de dos semanas. En ese
corto tiempo, los hombres venidos  de
misteriosas tierras habían dejado, como regalo, algunos dibujos marcados
en  los muros. Pelícanos y otras aves,
que aún no eran conocidos en las tierras de las civilizaciones llamadas
Mochicas y Virus, quedaron grabados en trabajo de alto relieve. Huellas de otra
cultura que permanecían, hasta la llegada de Álvaro e Isabel, sin borrarse,
porque en esos valles que parecían sagrados, 
nunca llovía. Isabel comenta reflexiva que, estos artistas no se
retrataron a sí mismos en sus dibujos. Tampoco 
mostraban interés en destacarse frente a los otros, ni  tenían 
afán de conquista o de adueñarse de lo extraño.  Sin quererlo, repitiendo la palabra Chan
Chan, que en su idioma significa muralla, 
dieron  nombre a  la ciudadela, la que así fue llamada también
por los otros visitantes.

 

Dentro de la
ciudad amurallada, construida en un arenal 
que el cielo no dotaba de agua, sus habitantes – con la ayuda de los
visitantes –  cavaron una posa inmensa de
la que extraía el líquido vital. En ese lago artificial, los venidos de
continentes lejanos – que regresaron 
otra vez  después de dos años –
dejaron  unas plantas de agua exóticas.
De ellas, brotaban  unas flores sin
aroma, muy vistosas y conocidas en China, con una palabra que se
pronunciaba  Hai room.

 

Entre los
hombres de ojos ovalados que habían llegado sin sus mujeres, nació el amor con
las aborígenes y se quedaron por espacio de dos lunas llenas. Los  hijos que engendraron tenían los mismos
rasgos orientales que Zchenn. Ahora, muchos años después, Álvaro e Isabel apreciaban,
casi borradas en las murallas de barro, algunas grabaciones de figuras que
tenían una cola  larga enredada en
círculos, similar a la dibujada en el mapa de Zchenn.

 

Los aborígenes les explicaron además, los
venidos del mar,  habían visto  seres extraños de marcados rasgos humanos, que
no hablaban y tenían un rabo largo. Eran muy apacibles y colaboradores.
Isabel  recordó, que  en  San
Miguel de Tangarara o en  Saña, cuando se
hacían referencias al Mar Peruano o al Mar del Sur, se hablaba de islas
misteriosas situadas entre el trópico de Cáncer y el de Capricornio, en  las que se encontraban hombres-mono. Un
navegante había dicho que dentro de las costas del mar peruano, habían visto en
una isla, una mujer llena de vellos y 
cola larga. Otra más alta fue descrita por un viajero como hija de india
y oso. Ella era guardada celosamente por un Cacique cerca de Quito. Los
mono-mujer, eran la  fogosa
tentación  en los sueños de los
conquistadores, y ahora lo serian las exóticas habitantes de la Polinesia

 

Chan Chan terminaba en una ensenada que algunos
llamaban Huanchaco. Ahí se veían  unas
pequeñas embarcaciones que sólo podían ser tripuladas por una persona. Eran de
totora, una paja que crecía en las cercanías, que se trabajaba amarrándola con
pitas y sogas hasta darle la forma 
puntiaguda adelante. Del tamaño de un caballo, estas embarcaciones  también se las montaba. Y así podían  pasar sobre las olas hasta mar adentro.
Servían  para las faenas de pesca y dotar
así a los pobladores de Chan Chan de los alimentos complementarios, a lo que
les negaba  la árida costa.  La forma de las embarcaciones  le hacía recordar a Isabel los dibujos que
hacía Zchenn, para  explicarle el diseño
de  los barcos,  que en dimensiones   mucho más grandes, trajeron a su abuelo a
estas costas.

 

Entonces a Isabel le
pareció ver entre la multitud de esos parajes aledaños a Chan Chan, a un joven
que le recordaba, o hasta podía ser Zchenn. Luego a otro con los mismos rasgos
orientales. Pensó que estaba perturbada por el sol ardiente que enardecía su
pasión. Luego de ver repetirse las figuras, comprobó que esto no era producto
de su imaginación. En ese lugar se encontraban varios habitantes, mujeres,
hombres y niños que se parecían al exótico amigo que  había dejado en Piura. En uno de ellos, vio
un objeto que le colgaba  amarrado a una
cinta de cuero, que le circundaba el cuello. Tenía raras formas de dragón con
cabeza pequeña y un cuerpo articulado, que terminaba en una cola. Sólo había
visto algo igual en los dibujos que hacía secretamente Zchenn, para explicarle
los encantos de la cultura y las creencias de sus ancestros. Isabel, en su
búsqueda de darle más sentido a su  vida,
se prometió, no por primera vez, que iría al encuentro  de esa fascinación.

 

El acecho celoso del
Marqués, la inquietaba y aumentaba su pasión y deseo de dejarse arrastrar por
la inocente fuerza del joven Zcheen. Isabel soñó esa noche, cuando perdidos
ambos amantes sin rumbo en la arena suelta se entregaban al esplendido y tierno
pecado. Al despertar, percibió en su cercanía – con marcada intensidad – el
aroma de Zchenn. La estaba espiando. O era simplemente el fantasma del amor,
orillada de ilusiones o simplemente atrapada en la pasión y el deseo.

 

Estaba
concentrada en el abstracto pasado. Saltó al presente cuando escuchó la voz
ronca y determinante del Marqués, 
que ordenó  seguir  viaje al Sur. La caravana compuesta  por ellos dos, ocho indígenas, sirvientes transportados
por corceles y los animales de carga, emprendería el camino. Arribarían luego
de ocho horas, a una población grande. Deslumbrados deciden hacer una larga
posada en esa ciudad,  que llevaba el
nombre de Trujillo. En contraste  con la
arena que rodeaba a la ciudad amurallada de Chan Chan, Trujillo se presentaba
abundantemente irrigada y con una rica y visible vegetación.

 

Sus propios ojos lo están viendo: Esta
ciudad estaba asentada en un  llano, que
nace del valle cerca de unas sierras de rocas. Bien trazada y edificada, con
calles anchas y una plaza grande en medio de arboledas y  la frescura de una brisa templada, que proviene
del mar distante a sólo media legua. Su 
permanencia en Trujillo fue para entablar  conversaciones con un  marino, a quien se  le había concedido  – por parte de la Corona española – la
potestad de viajar a las islas Salomón. El señor,  natural de Trujillo, tenía un nombre – eran
tiempos en que éste valía – tan largo como su extendido prestigio: Juan Roldan
Dávila y Fernández de la Reguera. A éste, había que agregarle el apelativo de El Mozo, para diferenciarle de su padre,
que fue uno de los que acompañó a Balboa en el descubrimiento del Océano  Pacifico. Y su abuelo traía la fama de haber
sido compañero de Colón. Así, El Mozo,
en sociedad con  un hombre pobre pero
ilusionado, de nombre Alonso de Fuentes – que fue el que incitó a las
autoridades a descubrir las islas, entonces llamadas Fantásticas, frente al
Perú – había logrado  del Virrey  García Hurtado de Mendoza, que lo nombraran
Capitán General con facultades  para
conquistar y poblar. Tenía además una embarcación  moderna a la que daba poco uso, que  costaba cerca de  treinta y seis mil pesos.

 

Nuevamente Isabel se
sintió atraída por el olor a Zcheen que no podía establecer exactamente de
donde venía. No, no era su imaginación. El amor de su vida tenía que estar
cerca, quizá escondido detrás del árbol. De aquel o del otro. El Marqués e
Isabel decidieron, a pesar de los encantos y los gestos amables, sin lograr
nada concreto y apurados por algo que no podían explicar,  dejar el agradable lugar  y 
reanudar  el tortuoso viaje, esta
vez en busca de Lima, la ciudad capital.

 

Revisaron las
herraduras de  sus caballos y se
ajustaron los arreos. Se aprovisionaron de frutas y  siguieron 
camino  vadeando las playas. Antes
de llegar a ellas,  pasaron por un
poblado llamado Moche, en el que todos los indígenas  andaban descalzos. Ya tenía una iglesia con
dos torres, y se decía que el lugar era propicio para encontrarse con las
almas. Detrás de  este  pequeño 
pueblo, había unos montículos  de
tierra seca muy grandes. Los pobladores, más 
simples en trato que los arrogantes trujillanos,  les 
contaron que eran unas huacas en las que se habían enterrados valiosos
tesoros. No tenían nombre conocido. Ellos decidieron  recordarlas, como  las huacas del Sol y la Luna. Y supieron,
desde entonces, que el Perú, es un país 
donde las maravillas detienen al tiempo.

 

Tres jornadas más adelante, toparon con otro valle muy
fértil.

–     
¿Por fin Virú? Pregunta ella.

–     
Sí, así parece. El recuerdo de Zchenn, tu amigo
misterioso, te distrae, dijo  sin sana
ironía el marido, dando muestras de  que
la celaba.

 

Frutas de 
diversa clase y colores recibían a los viajeros. Parecía que todo les
sería como en  Trujillo,
especialmente  relajante. La gente los
miraba con desconfianza  a su paso: No
hubo saludos ni  intercambio de palabras.
Se notaban semblantes ocultos que emergían de espíritus oscuros. Álvaro –
conteniendo una risa que le producía más tos – le hizo una broma  a Isabel diciéndole: Qué suerte tuviste de
casarte conmigo. Sabías acaso que aquí, en la tierra de tus antepasados,  enterraban a los grandes señores después de
su muerte  con   tesoros, comida y bebida suficientes. Y
además,  las ceremonias culminaban
con  la sepultura de sus mujeres.
Ellas,  – continuo diciendo aguantando la tos y la risa
tragándose su saliva –  luego de beber y comer  en abundancia,  hasta perder el conocimiento,  eran sepultadas aun vivas al lado de sus
maridos.

 

Isabel se tomó 
poco  tiempo para pensar una
respuesta: Se distrajo un instante, 
pensando en las leyendas de las Payas de Corongo, mujeres que eran más  hábiles en el diálogo y la diplomacia, que
sus hombres con las armas. Es así como le contó, que luego de un levantamiento
en una provincia que llevaba ese nombre, las mujeres denominadas Payas,
pudieron detener al poderoso ejército del enfurecido Inca, brindándole agasajos
y distracciones. Luego, incorporándose de lo absorbida que se encontraba en sus
reflexiones, le planteó al Marqués, que una expedición  que  se
disponía a  descubrir nuevos territorios,
necesitaría buenas embajadoras. El Marqués 
toma esta afirmación como una insinuación de Isabel de serle útil,
pero  le recordó que esto funcionaba
entre aborígenes, mas no con los españoles. Así de nada le sirvió a Atahualpa
en entregar a sus hermanos a Pizarro en misión pacificadora.

 

Los 
Conquistadores son estrategas militares, y desde muy antiguo, vale la
premisa que es necesario matar, no por el gusto de hacerlo, sino para crear
desconfianza en los súbditos, sobre la capacidad que tiene su gobernante de
protegerlos. En otras palabras de esparcir el terror para sí poder aparecer
como protectores.

 

La joven Isabel, en la 
que tambiéncorría sangre indígena, dudo en decirle a Álvaro que cerca,
en  un lugar llamado Magdalena de Cao, se
encontraba enterrada una  mujer aborigen,
adornada con mucho oro, como persona principal en una tumba suntuosa. “No, a
los españoles no les revelan sus secretos”, se dijo a sí misma. Luego en un
pensamiento íntimo se reconforta diciéndose: “algún día la encontrarán y
sacarán la conclusión de  que las mujeres
fueron  grandes y respetadas, aquí en
este Continente”.

 

Sin  reflexionar
mucho se le escaparon de los labios unas palabras: “Yo no  permitiré que nadie, en estos  lugares me separe de mis propósitos. Por eso,
estamos marchando para  abandonar mi
pasado y enfrentar el futuro. Seguiremos andando hasta encontrar por las rutas
de los mares,  la felicidad”.

Si no hay oro y plata, no 
habrá codicia. Sin ella tampoco habrá 
guerra.

Álvaro de Mendaña

CAPITULO  III

¿Si hay alguien más  blanco 
y grande que el Marqués andando por estas tierras nuevas,….. el
noble  español se le  sometería?

 

 

Un día,
cercano a la anterior partida de la isla que dejaban atrás, llega la más
increíble noticia. ¿Tierra a la vista? 
Otra vez? ¡No, sí, sí,  claro…!
Se acomoda Pedro en un ángulo de visón. Agudiza la vista. La orilla del mar
parecía que  delimitaba un pedazo de
tierra. ¡Confirmado! Se ven algunos árboles y 
muchas rocas. ¿Habrá  ahí entonces
agua dulce?

 

Ojos alertas, que aún
recitaban ciertos sueños del desenfado de meses anteriores. La algarabía era grande, con sabor a triunfo. Aún
cuando la idea era sólo recoger bastimentos de los pueblos indígenas que se
esperaba encontrar antes de llegar a las Salomón, todos se llenan de  entusiasmo. El oro y la riqueza deben de
estar en territorios más alejados, que eran para el Marqués y los europeos el
propósito y la meta esencial del viaje, que sólo sería interrumpido por unos
días.

 

Sin
esperar que se acercaran  a la
costa,  Pedro el Zambo,  salta al mar en señal de alegría. El esclavo,
que adquirió su libertad hace unos  meses
por decisión de un juez, había triunfado. Era verdad, entonces lo que se decía
de su experiencia, intuición y destreza en el mar. Otro lo siguió. Al final; el
Marqués e Isabel se quedaron solos en la 
cansada barcaza,  que se mecía
suavemente en un mar tranquilo.

 

Isabel
seguía concentrada en su  afán de
enfrentarse a cosas  grandes, de vencer
lo que para otros sería imposible. Lo que 
le daba impulsos y arrebatos de ansiedad. Se recrea entonces,  para 
calmarse, en un diálogo con el Marqués.

–     
¿Cómo se sienten los que
llegan a otro territorio?

–     
Con  afán de superioridad intencionado,
exterioriza el Marqués.

–     
Para   afianzar la voluntad de dominar, hay
que   darse la seguridad  de no caer en la tentación de ser generoso
con el  ser humano   desconocido.

 

Así
prosiguió la conversación en una atmósfera algo densa.

–     
¿Qué color tendrá la piel  los habitantes de estas tierras?

 

Al
no escuchar respuesta, insiste. Pregunta sorprendiendo tanto al Marqués como al
Zambo, que acababa de regresar.

–     
¿Será más clara que la tuya
Álvaro o más oscura que la de Pedro?

El viento soplaba con fuerza, produciendo ruido al cruzar
las velas detenidas. El Marqués y  Zambo
habían entendido   que se trataba  de algo que se llevaba  bien adentro: los criterios sobre
discriminación racial. Asunto tan 
delicado  del que no se hablaba,
por no lesionar  sensibilidades dentro de
una tripulación,  que a pesar de las
notorias  diferencias, tienen que
trabajar uniendo esfuerzos.

 

Isabel  insistió una vez más,  dándole una entonación de broma, para zafarse
de  cualquier responsabilidad.

–     
¿Zambo  si la gente que encontraremos  acá es más 
oscura que tú,  también  tendrás el derecho de someterlas?

–     
¿Cómo dices?

–     
Repito, ¿Si la gente que
encontraríamos  tiene la piel más
oscura  que la tuya, te  sentirías con el derecho de  pedirles que se sometan a ti?

 

La cara de Pedro se iluminaba con la blancura de sus
dientes; la boca se queda abierta por largo tiempo, en tanto que su  mirada parecía incrédula. Pedro el
Zambo,  pronuncia una frase en voz tan
baja, que  parecía dicha  para él.

–     
“Si hay alguien más  blanco y grande que el Marqués andando por
estas tierras nuevas, ¿acaso él se 
sometería?”.

 

Se estaba planteando un problema pocas veces afrontado,
el del derecho a  conquistar. La
sensación íntima,  aproximación personal
que tenía cada individuo hacia las exigencias de una sociedad, que – en su
expansión – exigía reglas de conducta dentro de las que se  generalizaba, la aceptación  de que habrá explotadores y explotados. Cosa
tan natural  como admitir que siempre hubo
pobres y ricos, o que la desigualdad entre seres de una misma especie, es algo
normal.

 

Sólo
a Isabel, un alma rebelde, eso no le parecía que se conducía con la religión ni
con los principios éticos,  bajo los que
se había educado, ni mucho menos con su constante lucha por la libertad.

–     
¡No  puede haber libertad, donde no existe la
igualdad!   Afirma con convicción.

–     
Algún día se caerá la máscara
de los colonos: la culpa dejará ver la vergüenza, afirmaba Zambo.

 

Zambo
se rasca nervioso e inquieto  la
cabeza.  Sus dedos  abrían surcos en  la rizada cabellera, crecida en los días
de  navegación. Renegaba  a la vez de su  raza, que hasta ahora no le proporcionó
ventajas en su vida.

 

Están  en territorios en los que nunca pensaban
estar. No aparecían en sus  diversos
mapas y  esquemas. Saben  por lo que le cuentan los habitantes,  que  la
isla se llama Hiva Oa. Otra
cercana   era denominada  Nuku
Hiva
.  Los vestidos de los aborígenes
del lugar no ocultan, solo protegen los genitales. Desconocen el culto a la
simulación. Hablan poco pero claro. Invitan a los recién  llegados 
a ser presentados ante el pueblo, que reunía a más de doscientas
personas. El Jefe de ellos, que se reconocía a la vista por los llamativos
atavíos,  – que
incluían oro –  se sentó al lado de Álvaro. Y entre Isabel y
Álvaro, se acomodó una mujer con cabellera 
rubia y los mismos ojos vivaces, color azul de Nuño Rodríguez, el padre
de Isabel. Era muy joven y bella. Miraba con curiosidad a Álvaro y comenzó a
tocarlo. Isabel, – muy segura de sí misma y sin 
sentir celos –  pensó que 
podría ser una descendiente de algún navegante extraviado. ¿Habrían
también llegado los Vikingos hasta el 
Mar del Sur? se preguntó.

 

Isabel se da cuenta que la felicidad de estos
estaría basada, en que no se  complican
la vida con  elucubraciones   ni 
entretelones sofisticados en su manera de pensar o interpretar. La forma
simple de vivir, dedicados a tareas de alimentarse, evita los conflictos que se
dan por diferencia de interpretaciones, opiniones y ambiciones, que  procuran las civilizaciones más avanzadas.
Los aborígenes, sin buscar  nada a
cambio, les facilitan la recolección de frutos, así como el almacenamiento y
transporte al barco del agua.  Les
ayudaron, con la fuerza de todos los pobladores al ritmo de tambores y
cantos  de Ob.-, Abobo- abobo.

Entusiasta
por  haber visto el brillo del oro en
dichas islas, el Marqués Mendaña conjeturó la existencia de mayores riquezas en
la fabulosa Aterra Australes, que
creía más al sur y ansiaba reclamar, ahora para la corona, lo que le podría dar
mayor fama  y beneficio.

 

Partieron sin despedirse,
de madrugada. Adivinan sombras mar adentro. Este tramo del viaje sería
posiblemente el más largo, si no se encontraran por sorpresa  otros territorios. Tendrían que recorrer  seiscientas leguas marinas y estar varios
meses en el agua, si lograsen  la suerte
de encontrar Tuvalu. Esta isla era difícil de ver porque casi no presentaba
perfil en el horizonte, por su poca 
altura. Si el nivel del mar aumentaba unos metros – se decía- Tuvalu
podría desaparecer  Había que estar
preparados  para  las eventualidades no previstas. En los  días siguientes no pasó nada importante, aun
cuando las diferencias y pleitos entre la gente a bordo se hacían cada vez más
notorias y preocupaban a Isabel.

 

SEIS SEMANAS DESPUÉS estarían en las
cercanías de Tuvalu. La isla que
tienen  frente a sus  ojos tendría que ser  Funafuti. Ya se percibía desde el mar, traído por
la brisa, el olor a sándalo, el aroma de cocotales y frutas fragantes.

A
prudente distancia  de la playa se garrea
el ancla. El barco hizo una parada brusca. Las maderas  rechinaron, como si se quejaran de que no les
permitieran  la libertad de seguir
navegando. El Marqués dijo: “Los barcos 
son para surcar las aguas y no para 
estar  parados en las bahías, así
que nos quedaremos solo el tiempo indispensable para repostar agua y
alimentos”. Seguidamente, alzando  aun
más la voz de mando, grita ¡Al agua, a 
alcanzar las suaves  arenas  y conquistar 
las duras y extrañas tierras… 
en nombre de Dios y de España!

 

El batel  no pudo ser bajado. Las olas reventaban cerca
de la playa que se podía alcanzar a nado. Con 
gestos de comando, utilizando la espada empuñada, seleccionaba a
los  setenta  hombres que 
irían en avanzada a la conquista. Empujan al agua a los más  débiles primero. En caso de que hubiera
tiburones  cerca de la playa u otros
animales de los que solo habían 
escuchado, estos servirían de carnada. Pedro Merino dice que es el
principio de la  supervivencia, así se
hacen las  cosas  cuando sé está dispuesto a ganar. Los más
fuertes, para los  que está reservada la
gloria vendrán después. El Almirante e Isabel, 
abandonaría la nave con  la
seguridad proporcionada por el riesgo que asumen  sus 
subalternos.

 

Tuvo el Marqués
dificultades para la maniobra de descender. Se había ataviado con una media
armadura. El metal  le cubría el pecho y
los hombros. Un casco del mismo material complementaba  su indumentaria, que parecía más adecuada   para imponer 
su categoría de Jefe de la expedición que  impresionar a sus posibles contrincantes, o
para defenderse acaso de las flechas lanzadas por los  aborígenes. Con el resabio de sus ojos,
instantes antes de dejar  la borda,
vio  a Amadeo. Uno de los  tripulantes españoles que escondía sus
expresiones detrás de una poblada barba. Se incorporó  a la cubierta e increpo severamente a Amadeo
con una andanada de palabras, espetadas con fuerza. Interrumpió  pronto, al notar que  el hispano botaba abundante espuma por la
boca a  la vez que convulsionaba. Recordó
entonces, que padecía este tripulante la enfermedad rara que solo  era frecuente en los europeos:
Epilepsia.  Una de los tantos males  traídos por los españoles y portugueses a
América.

 

Medita sobre el miedo,
esta angustia del ánimo que acompañaba este instante de  inseguridad a todos, y se pregunta si
esta  sería la causa que desencadenó en
el soldado  este síntoma de enfermedad.
El Marqués vuelve de su pensamiento, y le grita “púdrete”. Una mueca de
desprecio acompaña esta palabra que sonaba a sentencia. Luego, como  si se arrepintiera, le  lanzó 
– guardando una prudente distancia – un frasco con una sustancia
tranquilizante que había preparado Isabel. El Marqués está sumamente  indignado. Así con  voz enfurecida dio la orden: “Éste individuo
no debía bajar de ningún  modo del barco.
Mejor  sería  amarrarlo”.

–     
¿Por qué? Preguntó Isabel.

–     
Nosotros, los blancos, no podemos dejar ver
nuestras debilidades. Si no estamos perdidos frente a los que debemos mostrar
superioridad.

–     
Nosotros o ustedes, 
repreguntó la  peruana
recordándole su  mestizaje.

–     
La conquista se debe hacer  a toda costa. Por eso debemos ganar primero
la playa. Asegurar nuestra posición  y de
ahí internarnos para buscar agua dulce. La 
playa  y nuestro acceso  al barco – por si tengamos que escapar –
deberán estar  resguardados por la mitad
de nuestra gente.

 

No sólo
se debía actuar, sino también  pensar
bien    respecto al sentido que había que
darle a las cosas. El descubrimiento de tierras desconocidas abría el espacio a
un  Mundo Nuevo, con ideas más amplias.
El Marqués, adivinando lo que ella pensaba 
insistió. “Los blancos nunca cometemos errores, por ello seremos  guía y ejemplo. Dentro de quinientos años,
estos pobladores buscaran – ciegos  en
conocimientos – emigrar y conquistar a su modo nuestra Europa. Nos toca a
nosotros, ahora, enseñarles como vivimos”.

 

Amadeo, atado, imploro a los compañeros que le
daban la espalda “Perdónenme si soy demente, y no quiero volver a mi cordura.
Es que este viaje en si es una locura”.

 

Al atardecer, finalmente
descendieron a tierra, con los ojos abiertos por la curiosidad y el temor,  los de la 
nave Santa Catalina. Sin incidentes, por ahora, nadan cuarenta tripulantes
hacia la orilla. Con dificultad se ponen de pie. Todos estaban  ahora bajo el efecto del mareo de tierra.
Sentían que el piso se les movía. Se balanceaban tratando de fijar  primero en la arena sus pisadas y luego
afianzarse,  aferrarse como sea,  a suelo firme para mantener el equilibrio. La
mayoría opto luego  por sentarse y
después de un rato todos se echaron a reposar. Los ánimos no eran de
provocación ni de histeria.

 

La búsqueda de agua,
apenas llegados a  tierra,  se hace 
apremiante. Estaban tanto tiempo navegando  sobre 
masas de  líquido  salada. La sed era más grande que el hambre.
Sólo Inga, un  indio de los andes,
lleva  una bota de cuero con
aproximadamente  un litro de agua dulce.
El Marqués se apropio de este 
indispensable elixir y se lo entregó a Isabel. No hubo tiempo más para
descansar. La organización fue rápida y las 
directivas se dieron sin contradicciones. Todos querían sobrevivir. El
peligro no reconocía  jerarquías ni posiciones.
El castigo de la naturaleza, frente a los que 
deseaban conquistarla y modificarla, amenazaba a todos por igual. Tres
grupos de veinte  personas salieron
en  diversas  direcciones. Acordaron regresar dos noches después,
en caso de no encontrar  nada. Si
hallaban una fuente de agua retornarían inmediatamente. Los que anduvieron
hacia la  puesta del sol regresaron esa
misma noche. No habían encontrado  el
líquido elemento  tras caminar cuatro
horas. En su ruta de retorno  se
tropezaron con aborígenes. Era de noche. Las 
sombras se saludaron. No hubo más intercambio.

 

Álvaro recordó,  como cerca a Viru, la nariz de  Isabel había distinguido – aspirando –
el  agua salada de la dulce. Le pidió que  ahora pusiera 
a prueba sus dotes. Isabel, recordando la trágica escena de haber
encontrado a Zcheen  en las aguas del río
Viru, se negó. Fueron largos los ruegos de Álvaro. Intervino luego el hermano
de Isabel. Ella accedió. Fue así
que por  las indicaciones de Isabel  se encontró finalmente agua. No podía
ser  casualidad…… ¿Tendría la peruana
poderes sobrenaturales que otros no poseían?

 

Aliviados y revitalizados
los expedicionarios  organizaron otras
exploraciones y recolectaron frutos. Cazaron unas aves. Algunas carnes  se conservarían secadas en sal. La  mayoría de las presas fueron rápidamente
engullidas por esqueletos flacos y hambrientos. Isabel, la mejor nutrida,
recibe las porciones mayores y seleccionadas de carne. Los días pasaban sin
novedades. En las noches sospechaban que eran espiados por las miradas  temerosas de 
aborígenes. Todos  se mantenían en
un refugio construido por  hojas de
palmeras, que de día los protegían del sol y en la oscuridad les guarnecía de
lo desconocido.

 

El contingente  reunido en grupos hablaba poco. La ansiedad
estaba reflejada en las expresiones de cada rostro. Zambo entonaba unas
canciones  que  había aprendido en el África. Estas
melodías  encantaban a los animales y
agradaban a las plantas, con las que, decía, podía conversar. De cuando en
cuando, soltaba un relato sobre vegetales carnívoros. Hojas de arbustos  que devoraban insectos. El Marqués, que
siempre era bueno para  exageraciones, no
descartaba la posibilidad de que nos encontremos con palmeras grandes que
podían   convertir en  presa 
a una persona. Por ello, cuando divisaron  una plantación de plátanos, se acercaron con
mucho cuidado, los árboles tenían las hojas más grandes que habían visto.
Los  frutos, bien protegidos por una
cáscara a la que se le atribuía 
virtudes, siempre estaban  frescos
y contenían  sustancias que daban
fuerzas.

 

Pedro el Zambo, recolecto
algunas  semillas de colores que se  creían venenosas. Las atravesó con un clavo y
luego con una cinta, encadenándolas 
hasta formar una pulsera. Se la regalo a Isabel, esa noche   acariciada por el fuego y alumbrada por la
luna. El Marqués notó rápidamente, que en el territorio tropical  en que se encontraban,  Zambo tenía 
ventajas sobre los demás. Instintivamente se orientaba mejor, y parecía  que efectivamente intercambiaba mensajes
secretos – conversaba como  decía el
mismo – con la naturaleza. Isabel se sentía más protegida por Zambo que por el
Marqués, a pesar de los esfuerzos de éste 
por demostrar superioridad, para lo que 
recurría  frecuentemente a  expresiones de  autoridad.

 

El Jefe de la Expedición
ordena así  subir a un montículo. Desde
el se observa una población de aborígenes. 
Decide estudiar, sin ser visto 
sus movimientos. Pasan  varias
horas espiándolos, hasta que anochece. Ahora  manda  atacar.

–     
¿Para qué guerreamos?, se preguntan  sus acompañantes.

–     
Ustedes no están 
aquí para preguntar sino para cumplir órdenes, responde el Jefe.

 

Como si
temiera un acto de desobediencia por parte de los españoles a su mando, Álvaro
de Mendaña ordena a los indios peruanos que integran la expedición, preparar
sus arcos y flechas. Imparte su estrategia. Utilizaran las flechas amarrándoles
un trapo de tela impregnado en 
combustible. Prender el fuego  y
lanzarlas hacia los techos de paja da las casas de los habitantes lugareños.
Debe hacerse en forma rápida y sincronizada. Los aborígenes  saldrán espantados y  sorprendidos. La tropa española los apresará.
Cumpliendo la orden, un quechua  lanzó
una flecha  que cayó en medio de la paja
seca, que se inflamó al instante. Las 
sombras se escapan  apenas de la
luz que propaga el fuego. Desde el humo intenso se oye el grito de un infante.
Este no puede ser salvado y  la noche
escucha como se apagará su voz.  Los  otros cuatro 
quechuas que integraban la avanzada se quedaron inmóviles y confundidos.
No estaban acostumbrados a utilizar las flechas con fuego. En la manipulación
de  una tea que ardía, esta cae al suelo
y propaga el fuego por el  pasto seco.
Varios proyectiles salen de la oscuridad del bosque  y dan en los cuerpos visibles por el
resplandor de  las llamas que crecían del
suelo. Los quechuas huyen. Dos de ellos 
quedan derribados y son tomados presos.

 

Álvaro de Mendaña duda un
instante. Luego ordena, con debilidad de voz, ahora a los soldados españoles,
bajar de la montaña para atacar. No hubo disposición de ánimo  para salvar a los  quechuas. No 
arriesgan  su vida para ello.
Hacen la finita, o pose de dar unos pasos adelante y solo van al encuentro de
los dos  ingas  que 
huyendo trepaban  la  elevación topográfica. El grupo pasa la  noche en vigilia. Al amanecer divisan entre
las cenizas  dos troncos. En ellos
están  amarrados los dos  quechuas. Uno mostraba una herida en el
muslo  y el otro un  orificio sangrante en el hombro.  Tambores hacía  sentir la gravedad del momento y un coro de
voces elevaba una canción  de lamento.
Están enterrando al niño, cubierto de 
mantas multicolores, en una fosa abierta a  poca distancia  en la que están los prisioneros. Estos  deben de presenciar el acto fúnebre.
Concluida la ceremonia   cargada de
ritos  y lamentos,  los aborígenes, en un  grupo de veinte o veinticinco, se dirigieron
a los quechuas prisioneros.  Formaron un
círculo  e intercambiaban voces con
expresiones  no  entendibles. No obstante se podría deducir
que están  discutiendo  el modo de castigar a los culpables de
haberles quemado sus casas y matado al 
infante.

 

 

Álvaro y los hombres  a  su
mando observaban  en silencio. Isabel se
pone de rodillas, agacha la  cabeza y
suelta unas lagrimas. Dice  en pocas
palabras: no hemos combatido, sólo matamos gente inútilmente. Nadie se atreve
a  proponer una acción de rescate de los
camaradas presos. Pasa el tiempo en forma lenta.  Los ojos de todos ven desde la distancia como
son  soltados de sus amarras  los dos 
quechuas  cautivos. Para sorpresa,
se les devuelven sus arcos y flechas. Demostrativamente, con gestos expresivos,
los aborígenes  quiebran y destruyen,
estos proyectiles, que estaban acondicionados 
para portar fuego. Así con estas posturas  exageradas, dan a entender las consecuencias
y las desgraciadas que causa el fuego. Pasan unos minutos de incertidumbre, y
dejan finalmente en libertad a los prisioneros. Un comportamiento que los
europeos  califican como infantil, pero
luego perciben  la combinación de
inocencia y bondad  en estos hombres y
mujeres que vivían simplemente  como
niños.

 

Álvaro
discute con Isabel  la actitud de los  aborígenes. Ella, reflexiva le dice:

–     
Son 
aborígenes, pero no salvajes.

–     
Recién ahora me 
he dado cuenta que los que nos llamamos civilizados  nos podemos comportar en forma primitiva.

–     
Los salvajes están más cerca, a veces, de
contemplar y preservar la naturaleza. Y de respetar  a
los hombres.

–     
Esto queda acá, entre nosotros. No lo repitas a
nuestro retorno, sino  nos quita el  fundamento ético de la conquista, le dijo en
forma amable, buscando la complicidad, el Almirante.

 

El
retorno a los barcos, cuando todo estaba listo 
demora: Los barriles llenos de agua, no se dejaban transportar
fácilmente desde la orilla a la nave Capitana, que estaba anclada a unas cien  yardas. Se construye una balsa. De pronto en
plenos preparativos para partir se extiende una diarrea que debilita  a 
todos. Se quedan  en  tierra. Sólo Isabel se mantiene sana.
Insectos invisibles cruzaban el aire. 
Hacían  daño hincando sus ponzoñas
y sólo se  anuncian con zumbidos. Los
hombres  que comieron todo lo que
encontraron en esa isla hasta saciarse, sospechan que el mal viene del agua.
Habría que acostumbrarse a esta calidad del 
líquido  que contenía animalitos
diminutos, y sustancias minerales desconocidas.

 

Cuando
la expedición,  recuperada del mal
estomacal, finalmente  regresa  a la fragata Capitana,  encontró a Amadeo muerto.

 

Pálidos de hambre y de miedo,
estaban  todos en silencio. La horda de
expedicionarios había participado pasando junto al cadáver hinchado en un
rictus de indiferencia ante la muerte. Una horrible pestilencia  enrarecía el ambiente, y les hizo recordar lo
cerca que estaban de un final.

 

Una sangre hedionda, a
medio coagular  era cotizada por moscas.
Una mueca de  dolor  se  dejaba de ver detrás de los pelos que le
cubrían la cara. No se  sabe si  a consecuencia de la  enfermedad que lo había acompañado hasta  sus veintidós años de edad o  por efecto del preparado, hecho por Isabel,
que también hubiera podido tomar.

 

Resignación
e indiferencia entre los compañeros de Amadeo. Nerviosismo e incertidumbre en
Isabel y Álvaro. Se mordió ella los labios y juntó el pelo amarrándoselo
hacia  arriba. Quería parecer en ese
instante, más alta de lo que era, o escapar hacia el cielo de una situación que
le era incomoda. ¿Qué hacer con el cuerpo? ¿Echarlo al agua  como un marino? ¿Honras militares? No.
Preferible transportarlo – aunque fuera dura la tarea – y enterrarlo  más allá de la playa en tierra.

 

Una voz aconsejo:

–     
A la orilla del mar nomás.

–     
Así la marea alta se llevará su cuerpo y no quedaran más posibilidades
de verificar la causa de su muerte, asintió otro tripulante.

 

Estuvieron de acuerdo los demás soldados cercanos a él,  con guardar silencio. Isabel levanta aún más
la cabeza, altiva. Los indígenas heridos por las  flechas 
estaban   mejorando y piden una
alimentación  especial para recuperarse
más rápido. El Marqués y Zambo se miraron e intercambiaron, sin cruzar palabra,
sus  dudas, temores e incertidumbre. Y  a la vez, 
su mutua admiración hacia Isabel. La señora Barreto de Mendaña,  dijo entonces 
con  entonación  que sonaba a ironía y a la vez advertencia:

–     
Qué fácil es morir cuando se está lejos de la tierra que nos vio nacer.

–     
O lo que es más difícil aún es sobrevivir, respondió Álvaro, que dejo
sentir que podía estar siendo aludido.

–     
Recordar sin  rencor, es el
verdadero perdón, afirmó ella, para llevar el diálogo a otro tema.

 

Nosotros
vivimos todos los días y cada día más, la segregación, el mal trato, la
poca  paga, la falta de oportunidades y
muchas cosas más. Por eso, ni necesitamos recordar como tampoco perdonar, se
escuchó decir en voz aguda y quejosa. Era el indio Inga que se entrometía, sin
permiso, en la conversación. El Marqués le cortó el entusiasmo  de opinar con una mirada y la mano bien
puesta en la empuñadura  de la espada.
Luego como afirmación definitiva dijo:

–     
Es harto sabido, y ya lo dije,  que los 
castellanos  trajimos  la escritura. Así como  una religión que permite la convivencia con sentido
de ética….. ¿Qué más quieren? Insistió
el Marqués.

–     
Ni la escritura, como tampoco los números, es un
invento español. Más méritos se pueden atribuir a los árabes. Hasta los
caballos los domaron mejor. Se atrevió Isabel.

–     
No te he preguntado tu opinión.

–     
Tampoco la religión 
católica es de origen europeo: se la impusieron y ahora ustedes hacen lo
mismo con los aborígenes, insistió  en
forma impertinente y provocadora, Isabel.

 

Luego
de una   pausa en la que los presentes se
miraron atónitos, el Marqués agregó: “Isabel es una mujer histérica. Estoy
harto de ella, siempre anda quejándose. Toma 
té de coca, luego se intoxica con no se qué semillas y nos falta el
respeto. Cuando llegue a China insultará a los habitantes de esos territorios,
como lo  hace ahora con los europeos”. Yo
hablo de  lo que he visto, replica
Isabel. “Y reconozco que los castellanos trajeron un idioma bello y con una
gramática útil, a América”.   Isabel se
explica:   “Estoy poniendo mis joyas, la
fortuna de nuestra familia, mi honra y hasta la 
vida por España, para  que con
nuestros descubrimientos sea más grande y su riqueza crezca. Así que tengo el
derecho de decir lo que me venga en gana sobre los españoles”. La frase la  dijo sin estar  molesta. Más bien, Isabel no pudo contener una
sonrisa que quedo flotando en el ambiente. Álvaro lo toma como una burla y esto
es  una afrenta. El distanciamiento entre
ambos era cada vez más notorio en el pequeño espacio que compartían Isabel y  su marido.

 

Los
tripulantes procuraban  esta vez no tomar
partido. Era  evidente que de hacerlo,
sólo  lo harían a favor de quien
resultara ganador. No podían arriesgar, estando 
lejos de todo,  aunque era de
pensarse que Isabel  estaba más cerca de
sus  aspiraciones y corazones. El Zambo
trataba a todos bien. Incluso a los 
tripulantes  peninsulares que  se mezclaban entre los  indios. No había rencor a  pesar de que se  sabía que a ellos se les  ofrecieron mayores premios en la repartición
del  botín de la conquista. Si algo le
sucediera al Marqués, la empresa solo podía seguir adelante si la comandaba
un  español. Entonces ellos, los
europeos,  estaban dispuestos a tomar
parte en cualquier conspiración.

 

En esas
circunstancias se elevaron las anclas. Con los primeros  embates de la alta mar haciendo equilibrios
para mantener las naves a flote y los hombres en pie, pasó la tensión, el
trabajo en equipo concentraría voluntades y esfuerzos en una causa común. Esta
vez partió primero  la  San Felipe, la más lenta, y la nave Santa
Catalina y la Capitana  la seguía a
distancia prudente. Las sombras de pobladores 
que vieron  la noche del asalto
quedaron en el recuerdo y eran ahora materia de nueva discusión. Si el
propósito del viaje  fuera solo el de
reclutar trabajadores para los campos de Cañete y Chincha, entonces se hubiera
podido retornar con éxito,    seduciendo
o capturando  dos docenas de aborígenes.
Una  voz, como no dando importancia al
asunto, dijo que los  seres humanos  vistos, 
eran  de baja estatura  y débil estructura. No servirían como los
africanos para el trabajo. Ya casi todos sabían que otra era la intención de
los viajeros, aunque sus intereses  se
distanciaban cada día  más.

 

Para
los registros, Mendaña había realizado, con la suerte que lo acompañaba, el
descubrimiento de Tuvalu, una isla de gente pacífica que nunca tuvo
conflictos. Esta se encontraba  en la
ruta hacia el extremo suroeste del Océano Pacífico. A pesar de que la
gente  del lugar no  era peligrosa, decidió, ahora al final  del mes de 
agosto de 1595 seguir adelante, en busca del oro y  la gloria, 
hasta conseguir volver a ubicar las Islas Salomón.

América vivía bajo el
signo telúrico de los grandes acontecimientos: terremotos, ciclones, sequías y
otros tormentos de la naturaleza que impulsan la capacidad de sus habitantes de
improvisar para  sobrevivir. A ello se
sumaba ahora el desafío de la Conquista.

CAPITULO  IV

¿Isabel,
niña que se está poniendo  ciega,  y desarrolla 
un olfato de aventura?

 

 

En un ir y venir de voces en el viento que hace
difícil descifrar significados. A sus tres años de edad, ISABEL estaba  recibiendo su nombre en un acto de fe, de la
que ella era aún  ajena. Estaba parada al
lado de la pila bautismal que fuera improvisada en el patio de la casa que
compartía su padre con una concubina indígena. Apenas, quien sabe, en
melancolía – ese qué sé yo de ausencia – miraba a esa fuente de agua bendita en
sollozante  orfandad. En la superficie
del líquido, imaginaba el reflejo de la cara de Mariana, su madre, para ella siempre  ausente. Instintivamente la pequeña se
agarraba con fuerza de la mano de Adriana. De la otra mano con gran firmeza, la
cogía su padre, don Nuño Rodríguez Barreto, quien mientras rezaba, no escondía
en su rostro el temor de que la niña se le pudiera escapar. Isabel, sin
pronunciar palabra alguna, exteriorizaba en sus ojos una ansiedad aún ingenua,
de ese éxtasis de cuanto absurdo existe.

 

Adriana, la concubina indígena, de Rodríguez Barreto
nunca se peinaba con la trenza que caracterizaba a las aborígenes y tampoco
llevaba vestidos a la usanza nativa. Aun cuando se decía que Adriana  provenía de una estirpe nativa encumbrada de
la que podía sentirse orgullosa, ella se esforzaba en comportarse como una
europea. En circunstancias  como
esta,  escondía  su rostro cobrizo detrás del abanico que  complementaba su vestuario ajustado y
abotonado a la moda  del Viejo
Continente. Aunque cuando estaba sola, gustaba más usar poca ropa, y andar sin
zapatos. Sin duda ejercía con su comportamiento una sutil influencia en Isabel.

 

En el amplio terreno arenoso, destacaba la casa frente
a las del vecindario, por estar forjada en troncos de madera de algarrobo
antiguo,  plantados sobre  adobe – barro secado al sol – y moho. El
vidrio, traído por los españoles, dejaba pasar la luz por las amplias ventanas.
Grato ambiente en el que permanecía  el
aroma  dulce de  algarrobina, que se combinaba  con suaves fragancias de flores de cactus,
que crecían en el desierto desde que los tiempos tienen memoria.

 

Isabel, siempre haría
notar de algún modo su presencia. Quizás fuera la irradiación de su alma o ese
fenómeno extraordinario, que a corta edad definía su personalidad, la que se
difundía envuelta en distintos aromas. Las fragancias más encantadoras. Los que
las inhalaran – sin darse cuenta – estaban poseídos de un ánimo de admiración por
esa  niña que con el transcurrir del
tiempo se convertiría en mujer grandiosa.

 

Isabel había
nacido en  la Ciudad de los Reyes, como
se llamaba la capital del Perú. En el barrio de Santa Ana conocido también como
El Chirimoyo. La finca, construida con amplitud, con sus enormes portones y
ventanas enrejadas, mostraban un aire de misterio. A gusto de Mariana de
Castro, madre de Isabel, se la adorno con algunos azulejos moriscos y columnas
de estilo arabesco, tras las que  se
pueden apreciar patios techados. Mariana tenía fino sentido estético, que le
venía de su ascendiente que se ligaba a un cultivado califa, arraigado al norte
de África. Un suave olor a cuero se mezclaba en los vastos jardines de la
propiedad, con el aroma de plantas frescas. Isabel  era – y eso de su verdadera madre lo supo
recién poco antes de casarse –  hija
legitima del lisbonés, Nuño Rodríguez Barreto y doña Mariana de Castro. Él
partiría de joven de la capital portuguesa y se criaría en Galicia, territorio
septentrional de España bañado por el mar Cantábrico y el Océano Atlántico.
Mariana, como era costumbre entonces al tener sangre mora, sería de las
primeras mujeres que accedían acompañar a los colonizadores europeos a tierras
en las que prevalecían las razas oscuras.

 

Por el  mal
clima húmedo y carente de sol de Lima, mamá 
Mariana enfermó de los pulmones. Esta situación se pondría más grave, al
nacer su hijo Lorenzo. Fue cuando hubo que trasladarla a la ciudad de Jauja,
ubicada en las serranías peruanas, en el departamento de Junín. Nuño, temeroso
de la salud de sus hijos, viaja al norte del Perú, a San Miguel de Tangarará,
conocida después como Piura, llevándose  a Isabel consigo.

 

Isabel  creció
fuerte y con cara al sol. Como si desde que viera al Astro-Dios de los Incas, –
especialmente candente en  Piura –
supiese que su destino sería el hacer frente a los más grandes desafíos. Piura – por la que discurría el río Chira – era la primera población en el Perú forjada e
integrada mayormente por convencidos cristianos. En aquella aldea que se
convertiría paulatinamente en ciudad, se estaba 
empezando a construir, con el trabajo sudado de los indios y la enérgica
dirección de los clérigos, una imponente Catedral, cuyas torres desafiaban al
cielo y se sobreponían a los vestigios de ancestrales pirámides.

 

El Sacerdote
que le administró el Primer Sacramento en idioma español, era  un mozo rollizo de la lejana Castilla.
Respondía al nombre de Padre Juan, y ya, desde el mismo instante que piso
tierra del Perú, se le respetaba como a un privilegiado. En el Perú disfrutaba
de la mejor comida, y disponía de una numerosa servidumbre nativa. Los
Rodríguez le obsequiarían una cruz hábilmente labrada en oro y recargada de
filigrana, trabajada por manos laboriosas de los artesanos del pueblode Catacaos,
gracias a lo cual mantendrían muy buenas relaciones con este enviado de Dios.

 

En casa de
Adriana, propiedad sin aspiraciones de ostentar la familia materna, quedó
acondicionada desde el día de la ceremonia de bautizo, en contraste, sólo  una cruz 
de madera. Estas diferencias entre riqueza y pobreza y las  similitudes entre el poder y la fortuna, se
comenzaban a afianzar en América como permanentes. Y la Iglesia se acercaba
mucho más a los ricos que a los pobres.

 

El padre de Isabel, Don Nuño Rodríguez Barreto, lleno
tanto de esperanzas como de inquietantes dudas, no escogió por casualidad el
nombre de Isabel, para su primera hija. Pues la recién nacida era hija de padre
europeo, madre árabe Nord-africana y ahora educada por indígena americana. Por
lo tanto, no tenía la mentalidad ni el color de piel, de europea.  Importaba muchísimo ello en estos años
primigenios  de la conquista.

 

Entonces
Rodríguez Barreto, porfiaba en la conveniencia, que la hija a la que le decían
desde su nacimiento  Nena, tuviera ahora
por el bautizo, el nombre español de Isabel, que le diera así una denominación
de pertenencia al grupo que dominaba, que eran los emigrantes blancos. Este
nuevo nombre, la identificaría con  una
figura fuerte y prominente. Isabel La Católica, 
entonces vigente en el Mundo en el que crecía la influencia de España
por la campaña de sus intrépidos capitanes. Isabel  II, a semejanza de la reina madre, sería
también un ejemplo, y a la  vez manto
protector. Llevando el nombre de estas damas que habían demostrado  fortaleza y capacidad de negociación, los
españoles  – creía el padre de Isabel –
la  respetarían. Además, la no pura
europea debía ser educada con esmero en todas las artes y ciencias, para hacer
frente a cualquier dificultad, especialmente las de ser discriminada o relegada,
no sólo por los por los propios europeos, sino en el amplio y poco
conocido  ámbito de los indígenas, que
entonces sumaban  más de dos  millones.

 

Vetusta y
encorvada como una mecedora de mimbre, Adelaida Abarca, madre de Adriana,  compartía 
cuidados para la pequeña Isabel. Era una quechua más baja que alta, que  vestía como india, con túnicas  amarradas 
y sin botones. Ella contaría a su modo, con contenido orgullo,   cuando Isabelita apenas tenía cinco años de
edad, corría detrás de las gallinas, a las que no dejaba escapar; luego,
conforme iría creciendo, su fortaleza  y
agilidad  la  haría 
enfrentarse a  animales  con más peso. Con  un cuchillo en mano, Isabel daba cuenta de
pequeños chivos, a  los que, en vez de
mimarlos como lo hacían otros niños, 
aniquilaba de un certero corte en la yugular. Les succionaba la sangre
para  saciar su sed, que en el  calor de Piura, en la que por la cercanía a la
línea ecuatorial, el  sol  cae en forma vertical. Por las casas cercanas
en las  que  Isabel jugaba, habitadas  todavía por los indios,  se ven 
muchos perros del tamaño de un gozque, 
que son  diferentes a las razas
conocidas en España. Estos animales con poco pelaje y piel oscura,  se integran a las manadas de cabras que se
desplazaban levantando nubes de polvo casi blanco. Detrás de estas aparecían
los pastores, siempre vestidos de blanco. Y aún más atrás venían andando
despacio, macilentos, los borricos acarreadores de leña.

 

Isabel intercambiaba 
caricias con los  animales con inocencia
y temeridad. Cuando llegó una tarde a casa con la mano sangrante por la mordida
del perro, ella no lloraba. La lavaron con cuidado y preservaron con una  venda. A los pocos días Isabel se quejaba de
que  veía las cosas en forma distinta.
¿Se había envenenado, habría cogido la rabia? Su estado de salud se mantenía
estable en tanto su visión decaía. Después de un mes podía ver las cosas con
mucho esfuerzo.

 

En el norte
del Perú se esparcían versiones – que Isabel escuchaba ansiosa –  sobre los Tallanes. La mitología decía que
eran unas criaturas audaces, que tenían un rabo del grosor de un dedo en la
nuca. Eran además en su mayoría tuertos. En realidad, la ceguera parecía  haberse esparcido por la mordedura de esos
perros flacos de piel liza que pululaban por el antiguo Perú. Y  los Tallanes eran indígenas que habitaban en
Tumbes al norte de Piura, de los que se decía que habían venido de unas islas
lejanas, montando las olas y ayudados por fuertes vientos. Fueron los primeros
que se encontraron con Pizarro y sus huestes, que desembarcaron en  la comarca entonces llamada Tumpis. Pero
además de generosos con los foráneos sabían del manejo de embarcaciones a vela,
para lo que a pesar de  su ceguera
parcial habían desarrollado especiales atributos.

–       
¿Puedes ver Isabelita esta cabra que viene hacia
ti?

–       
Sólo percibo un bulto en movimiento. Pero sé que
es una cabra porque la huelo. Y también me doy cuenta que viene hacia mí,  porque el olor se intensifica.

–       
¿Estás segura?

–       
Claro, yo sé donde están todas las cosas, porque
de estas emana un aroma. Puedo percibirlas detrás de un muro o a una distancia
en la que ustedes  no la verían.

 

Isabel creció, así con un instinto sobre
dotado del olfato. Un brujo le contaba a su padre que los perros, esos que
vivían ahí desde la época de los Tallanes, transmitían a través de la mordedura
una sustancia,que hacia a la víctima más 
sensible – como ellos- a los olores. Eso compensaba su ceguera parcial.

 

En el quehacer diario la niña Isabel
parecía no estar limitada. Solo se apreciaba 
unos ojos grades – muy abiertos como si tuvieran ansias de ver todo –
pero a la vez inexpresivos en razón de que no reaccionaban al no poder percibir
con intensidad. Eso le regalaba una marcada 
expresión de inocencia y  belleza.

 

Interesada
además en saber todo, ella indagaba sobre Europa. El padre de Isabel le
aclaraba que si bien  habían pasado unos
trescientos años de las sangrientas cruzadas, la intolerancia religiosa,  junto con la división social, la hambruna
y  las epidemias de enfermedades
contagiosas eran la carga más pesada de las carabelas que  atravesaban los mares, empujadas por los
vientos de la ambición alimentados por la civilización greco romana. La niña
prestaba especial atención cuando don Nuño Barreto repetía, reiteradas veces
que en América los recién llegados no eran perseguidos por los aborígenes. Así
era posible que unos cuantos forasteros 
conquisten a millones en su propio territorio.

 

Decían – y Nuño se lo repetía a su hija – que
en el Nuevo Continente, la tierra parece desprenderse con facilidad de la
superficie. Un ligero viento o la pisada de un 
animal,  puede elevar la fina
tierra convertida en polvo que se mezcla con el aire.  En América todo – el  hombre y su medio – está en evolución  y no tan asentado como en Europa. El paisaje
es sosegado, y se viven momentos en que la conquista en sí no peligra, por
la  pasividad de los aborígenes y su
disposición de adoptar lo bueno y distinto – incluso la religión – que viene de
un continente  al que se considera
jerárquicamente más  antiguo.

 

El aire se respira aún  limpio en Piura, esta población peruana en
que estaba  creciendo – y desarrollándose
– Isabel. Piura es entonada con casas, vegetación y cielo, que combinaban
armónicamente el ocre, los distintos verde, el blanco y azul, como si fuera una
acuarela paisajista en la que los contornos no son más importantes que el
conjunto. Esta agradable conglomeración de 
construcciones de campo en una aldea que aspiraba a ciudad, que con el
transcurso del tiempo, se quedaba con menos sombra.

 

Adriana, que no aparentaba interferir en la
formación  hispana de la hija de su
conviviente,  rara vez opinaba. Pero  se animó en recordar, que la  improvisación de los quechuas,  se complementaba con el afán  de construir 
grandes obras, para  lo que  se 
considera permanente: Una 
vida  después de la muerte. Así lo
testimonian las tumbas de los caciques, que – como en otras antiguas
civilizaciones –  utilizaron su poder
para proyectarse al más allá, en la 
creencia de alcanzar  la vida
eterna.

 

Así el padre de Isabel
para contrarrestar cualquier inclinación indígena, seguía instruyendo a su hija
sobre la Europa que ella no conocía. Sin embargo, percibe  la fuerte 
influencia del Viejo Continente en todo lo que acontecía en su
alrededor. Eso le causa  mayor
curiosidad  respecto a la existencia de
otros pueblos en latitudes lejanas. Supo entonces  a corta edad, que la codicia que vence a la
silenciosa caridad, determina el rumbo político de Europa, en la que el hambre
y la angustia alimentan el afán de aventura. Había en Europa un
refulgente entusiasmo por viajar al Perú. Míseros como Pizarro, sin
educación  ni fortuna, venían de un país
pobre a otro rico, un Imperio más grande que Europa entera. Ahí, sin las
fronteras de la ley ni barreras morales, se habían hecho de mayor riqueza los
habitantes a los que pertenecían esas tierras. Esa carencia de ética la
resolvieron aliándose con la Iglesia Católica – que soportaba  una lucha interna, con la aparición de luteranos
y calvinistas y una externa con los infieles – 
para, de algún modo, justificar sus fechorías. Era como un cuento de
hadas, en que se podía volverse uno rico y noble – argumentando que se es el
bueno que mata a los malos – que querían hacer realidad muchos europeos.

–       
¿Por qué el pueblo quechua  no opuso resistencia a los invasores?, era
una pregunta que Isabel hacía con frecuencia.

–       
El incario era un estado social, en el que el
Soberano velaba por el bienestar de huérfanos, ancianos y desposeídos. El
pueblo vivía una disciplinada pasividad. Entonces, se creía que muerto el Inca
vendría otro gobernante que seguiría resolviendo los problemas de todos. Era una de las respuestas que ella prefería.

 

Don Nuño Rodríguez que se había convertido en su
maestro, le decía que Europa se desangraba en luchas internas. Se
necesitaba  mucho oro para cancelar
deudas a soldados impagos. El papel de una Nación había sido trastocado. El
Gobierno no ofrecía protección ni estabilidad en el propio país. Más bien
proponía que sus habitantes  –
ingleses,  holandeses,  portugueses 
o españoles – se dediquen a la rapiña en territorios ajenos,
obligándoles a que parte del botín sea enviado a la Metrópoli. Como propaganda,
se decía que en los dominios de España nunca se ocultaba el sol. En realidad,
el brillo del Imperio  había decaído a
tal punto, que cientos de miles de personas tenían que matar o morir para
sostener esa falacia. Se buscaba consolidar una 
sistematización de la explotación. Así el poder invasor en América no se
limita al expolio de riquezas materiales. Para perpetuar su dominio, se
esfuerza en  aniquilar cualquier vestigio
espiritual, así como  toda hechura
material que vincule o recuerde  a los
vencidos con sus culturas ancestrales. Se adoctrina y presiona al indio para
que  sienta a su propio ser como una máscara,
un signo exterior y visible que lo avergüence de su raigambre. Surgen así – con
el aporte de  gente temerosa disfrazadas
de valientes, como Nuño – por doquier de monasterios, capillas, iglesias y
templos decorados con mucho brillo, que contrastan con la sencillez y el recato
en que viven los aborígenes convertidos. Pocos son los  que se resisten. Más bien,  se atreven solo en fiestas populares llevar
mascaras, para encubrir en cantos y ritos 
sus verdaderos  códigos  celestiales.

 

——

 

El padre de Isabel y jefe de familia, don Nuño, salía
poco de su nuevo  hogar  mestizo, donde se le respetaba y hasta
veneraba. Rumores que él mismo  había
esparcido, decían que era hidalgo, afincado en 
el Perú con la espada desenvainada para hacerse de una posesión. Eran
tiempos  de conquista, en la que se
formaban reducciones, y las tierras eran repartidas en encomiendas y otras
formas en las que las autoridades españolas pagaban mercedes. La propiedad de
tierras  aseguraba prestigio social y
aristocracia. Combatiendo consiguió la recompensa de que se le asignara campos
para la agricultura y el ganado. Sabía 
algo de ello, porque al igual que Pizarro y otros aventureros en España,
crecieron familiarizados con la crianza de cerdos. No había sido  formado en un ejército regular, a pesar de
que llegó, por fanfarrón  y valiente a
ostentar el grado de Capitán.

 

Perdió tejuelos y reales en apuestas y en
reyertas,  luego tuvo que ceder  parte de 
sus tierras, y finalmente  su
único  semental. Al borde de la ruina
económica, le seguía distrayendo  el
juego de azar, la bebida  y el estar
orgulloso más allá de la ostentación de ésta hija, con la que jugueteaba y
engreía hasta el agotamiento. Bajo el efecto del alcohol, reafirmaba que  había traído a Isabel de España. Nadie le
creía. En la aldea, la mayoría sabían bien que Nuño por  precaución, más que por convicción, bautizó a
su hija ahora casi ciega en Piura, para quedar bien con los influyentes
clérigos, y mantenerla en la esfera de influencia europea.

 

Alejado de la
capital del virreinato del Perú, las licencias eran mayores, como las que se
toma Nuño con el concubinato, estando aún casado. Eso no era importante en
tanto la concubina fuera indígena. Con el transcurso de los años se le llamaba
casi a fuerza de costumbre, con pausado acento provincial, caballero Porque
simplemente poseía un caballo árabe, que lo montaba poco. Más  servía el animal  como padrillo, para cruzarlo con burros y
engendrar las mulas muy aptas para el trabajo. El Don  que llevaba antes de  su nombre no era título nobiliario,
menos  grado académico,  como tampoco rango militar. Simplemente se lo
ganó por su gentileza, al tratar de ayudar 
sin recursos económicos, sólo con 
su presencia o palabra, a los más necesitados.

 

Ahora  Rodríguez
Barreto  se empeña en rescatar a Isabel
de  su condición de criolla, y hacerla
sin ninguna duda,  nacida en  España. Habían pasado  ocho años desde que recibió el primer
Sacramento. Era el momento para ello y Nuño insistía, haciendo ofrecimientos
tentadores para la comodidad y orgullo del religioso, que vivía en el esplendor
del respeto y la duda. El Sacerdote 
Juan, sin decir palabra, 
sólo  con un gesto con la mano, le
señala a Silesiano, un monaguillo 
que   moraba  en la Sacristía de la Parroquia,  y que fungía de ayudante del Cura. El niño
que tendría unos  once años de edad, con
una  sonrisa de complicidad, se
comprometió en hacer desaparecer  todo
rastro de la partida de bautizo de Isabel Rodríguez. En la que figuraba, en
letras góticas que habían nacido en Lima. Y así liberó a Rodríguez de su
angustia.

 

Isabel,  con el
apremio  de los años  e 
influenciada por su ancestro árabe, logró ser hábil en adiestrar y
montar caballo. Para ello no se necesitaba buena vista. El animal sabía guiar a
la persona. Ella se empeñaba en hacer caminar potros sobre la arena con un
singular paso, con las patas al costado, lo 
que hacía una cabalgadura más 
suave. Con la educación afectuosa pero estricta, Isabel mostraba una
desarrollada personalidad.  Pasadas las
épocas de juegos inocentes,  y si no
hubiese sido por los senos y las caderas protuberantes que le crecían a la
velocidad de su adolescencia, podría creerse que – por su carácter fuerte – se
convertiría en hombre. No obstante la joven, entrada a la edad de  quince años, deja de lado los mimos caseros y
comenzaba a dar muestras de sus inclinaciones como mujer, que busca a un hombre
que la desee.  Edad temprana, en la que
los  padres  se preocupaban de que  las hijas mujeres,  en esas tierras olvidadas,  casaran a algún varón prometedor. Él debería
– aunque venido de  lejos –  estar provisto de abolengo, que les
garantizaran honor y  fortuna.

 

Nuño Rodríguez, logra con algunas relaciones
hechas  en el ambiente del juego de azar,
un trabajo en la oficina de correos del Puerto de Paita, cercano a Piura;  que crecía en importancia y había sido
designado  por el Virrey como centro de
operaciones postales. Isabel se llevó sus caballos a esas playas. Ahí procuran
darle a la joven mujer una alimentación en 
base a huevos de tortuga marina, que según decían, le haría recuperar la
vista.

 

Zchenn aparece entonces, como varón en la vida
de Isabel. Jugando a las escondidas, se contaban todas las experiencias
infantiles. Ella, a  pesar de que estaba
mejorando de la  vista, mantenía su
costumbre de tocar todo para percibir mejor las cosas. Ahora – en el aroma que
percibía Isabel –  el niño con que jugaba
se había convertido en un hombre, y ella en su 
deseo. La piel de Zchenn era cobriza pero algo más amarillenta, que  lo hacía parecer pálido. Eso comenzaba a
percibir con la vista Isabel porque lo tenía cada vez más cerca. Así le llama
atención sus ojos  estilizados, que lo
confundían con un aborigen de los Andes o un nativo de la tribu de los
aguarunas, que puebla la ceja de la selva amazónica. Sin embargo era distinto,
tanto de los indígenas como de los europeos. De 
espina dorsal  larga y piernas
cortas, parecía un niño grande o un adulto débil. Su carácter apacible,
escondía una  forma cultivada, hasta
reservada de expresarse a través de maneras finas: como si no quisiera
entorpecer a los demás. Prefería pasar desapercibido.

 

Fueron las historias que él contaba,  – oídas según afirmaba  de boca 
de su abuelo –  las que cautivaban
a la joven. El estaba reemplazando la figura paterna y nutría la curiosidad de
Isabel por conocer el Mundo. Ella había nacido para servir las cosas nuevas,
fuera de lo común, para lo 
extraordinario y quizás para lo superlativo. A orillas del mar de Paita,  Zchenn 
relataba las odiseas de un marino que había llegado desde muy lejos,
remontando durante meses los océanos en un barco muy grande a estas costas
misteriosas.

–     
Las que había 
bautizado precisamente con ese nombre, acentúa Zchenn.

–     
¿Cuál nombre? Preguntó intrigada Isabel.

–     
Milu, el misterio detrás de la bruma.

 

El joven con
aspecto infante, que nadaba mejor que los peces,  ya 
había crecido como hombre de frágil figura y amplia sonrisa. Pero
ahora   se puso serio. El  repetía que Perú se encontraba, según
los  viajeros,  tras la neblina, debajo de una capa de nubes
que bordeaban el mar. Escondida tras estas masas suspendidas, que los vientos
llevaban a cubrir  vastas extensiones,
dormía este  país, maravilloso y
exuberante, cobijado en  colosales
montañas y grandes   misterios. De las
montañas donde se esconden épocas perdidas, crujen ruidosas fuerzas que quieren
romper con los atavíos de inútiles recuerdos de una civilización de hombres
poderosos. Se conocía que  ahí  también 
poblaban animales de  diferente
tamaño y colores, que no se veían en otras partes; así como una  vegetación exuberante en  selvas 
profundas,  surcadas  por los ríos más caudalosos, así como
enigmáticos habitantes. Isabel escuchaba asombrada. Le fascinaba  el entusiasmo que ponía su amigo en contar
con adornados detalles,  cosas que le
resultaban a ella desconocidas y cada vez más interesantes. Le hablaba con un
poder cautivante de otro país grande, muy alejado, donde habitaban muchos
hombres y animales. Ella lo anima a 
seguir.

–     
Repíteme, Perú ese nombre que los soldados de
Pizarro en Panamá, comenzaban a usar para las tierras  del Imperio Incaico, viene entonces de Viru
ese valle que no está tan lejos de acá en dirección al Sur,  interrogó asombrada.

–     
Yo diría 
que de Milu, este país es en sí, 
misterioso y tiene las costas nubladas. Afirmó Zchenn  reflexivo.

–     
Misterioso, contradictorio, complicado y bello
es pues Milu o Perú, asintió ella.

 

Evidente era 
que  Isabel no sólo escuchaba,
sino que comenzaba a asimilar  y
compartir los criterios de Zchenn. A veces se compenetraba tanto, que  con el aporte de su imaginación, engrandecía
los relatos de Zchenn. Veía con los ojos cerrados en el horizonte de su
creatividad cerros altos, de los que emanaban llamaradas de fuego  y denso 
humo. Quería llegar a las lejanas islas de  donde venían 
los  antepasados  de Zchenn, 
en las que los volcanes  serían
una señal de tierras  primitivas en  evolución. No importan las distancias  ni los peligros a  que podía 
enfrentarse. Intuía, y así se lo decía a su joven amigo, que donde ella
llegaría, se la recibiría bien.

 

Conservaba Isabel, joven y pura aún,  el secreto de la  inocencia. Lo compartió de pronto,
instintivamente, con Zchenn. Ambos comprobaron, acariciándose,  que 
poseía  un cuerpo hermoso,
adornado por una cabellera frondosa y 
sedosa, color pantera, que cuando 
se iluminaba con los  rayos de la
luna llena, irradiaba colores rosa y azul. Ella la meneaba, la lucia  con gracia y habilidad. A veces escondía sus
ojos que se estaban convirtiendo – en la medida de que los huevos de tortuga
hacían efecto en traviesos. Los
cuidados del pelo – con ungüentos que guardaba con celo – mostraban,  que 
Isabel  desarrollaba la magia de
utilizar plantas y sustancias de animales, para combinarlas hábilmente con
buenos  resultados para recuperar su  vista. Para complacer  los otros sentidos, y complementar los
manoseos y tocamientos, Isabel había descubierto las  bondades y efectos de la utilización sutil de
aromas, olores que se transportaba para transmitir sensaciones agradables. El
joven Zchenn la admiraba e Isabel le tenía plena confianza.

 

El día de  dolor
llegó semanas después, Rodríguez Barreto le alcanzó la noticia de la muerte de
Adriana, que la había criado, y con la que se había encariñado. Hacía días
que  la pus  emanaba de su cuerpo y que le habían tratado
los curanderos de su  pueblo natal,  bajados de las serranías de Ayabaca. Fue
asistida espiritualmente por la Iglesia Católica  en sus últimos  momentos, como correspondía.

 

Después  del
entierro, el padre de Isabel  la
preparaba para sus responsabilidades de adulta, dentro de lo que debía
reemplazar a  Adriana en  algunas tareas domesticas. “Al fin, debes de
seguir ahora las costumbres españolas y olvidar las indígenas”, le dijo. Luego
le reveló, en confianza, que  ella podía
sentirse libre  en declarase  como hispana. La partida de nacimiento, en
San Miguel de Piura, había desaparecido por 
amistad o complicidad de un monaguillo. “Más te convendría decir que te
traje de pequeña y que  Adriana
simplemente te crió”. Eso es importante acá y en otras partes del mundo, porque
tú – estoy seguro –  viajarás muy lejos.

 

Apenada porque
se le exigía decir lo que no pensaba, ella pregunta: ¿Dónde en verdad nací? En
Lima, fue la respuesta.

 

La tristeza pasa al poco tiempo. Estaba feliz con
Zchenn. Se  sentía  orgullosa de él. Le contaba el mozuelo en la
intimidad con voz suave y seria, sus secretos, acompañando sus palabras con la
expiración de humo, el que inhalaba instantes antes. No era  difundido 
entonces  el fumar, lo que se  apreciaba como un acto de magia. Lo había  aprendido de su abuelo, “El navegante chino”.

 

En la mayor confianza 
– y eso sería lo más interesante en él para la  curiosa Isabel –  le dijo Zchenn, que guardaba  una  
carta de orientación oceanográfica, heredada de su abuelo, en el que se
describía la ruta que lo había traído a estas costas. Se  expresaba repitiendo palabras que había
escuchado de niño, de  tierras
fantásticas, en la que habitaban muchos hombres. Las dimensiones  eran enormes. Parecía que exageraba, cuando
su relato lo acompañaba extendiendo sus brazos flacos, en la forma  más amplia posible para graficar
grandeza.  Tenía este misterioso mapa
enterrado debajo de un árbol, frente al cual 
dormía una enorme piedra. Algún día, cuando  ella esté 
convencida de poderle dar buen uso a ese secreto, iría  en busca de 
la  cartografía,  y se 
lanzarían juntos a  buscar las
rutas descritas.

–     
Me causa gran ilusión  la idea de viajar.

–     
A mí no se me había ocurrido eso, dice con  sencillez natural Zchenn.

–     
Hay que estar poseída de un poder extraordinario.
De una fuerza convertida en voluntad, 
que te da la energía  para vivir
en un lugar desconocido. Trasladarte; muriendo un poco aquí y nuevamente
revivir  allá, sin ser otro. Es en fin,
proyectarse a vivir más  acercándose a la
eternidad.

–     
No  te
entiendo, le dice el joven a Isabel.

–     
Es como multiplicarte, es ser tu mismo varias
veces y en distintos sitios.

 

Zchenn
acariciaba a Isabel, en busca de tranquilizar su impetuosa impaciencia. Sentía
ahora que  ella se  le escapaba. Isabel, como adivinando lo que
él pensaba  le dijo:

–     
Antes eran los dioses los que nos guiaban al más
allá. Ahora serán los descubridores los nuevos orientadores de las sociedades.
Serán los héroes a emular.

–     
Yo no pretendo ser Dios ni héroe, quiero ser
sólo feliz, dijo el joven hombre.

–     
Es que no te das cuenta Zchenn – insiste ella –
donde radica el verdadero poder, con el que se puede cautivar. Luego agrega:
la  hazaña de tu abuelo no es conocida.
Son los religiosos los que no están interesados en tener competidores. Sólo
como lo hizo Isabel la Católica, aliándose y haciendo concesiones con los  que se creen representantes de Dios en la
Tierra, se puede descubrir 
verdaderamente lo que hay aquí en este Mundo.

 

A partir de ese día, cada  amanecer crecía  sus 
ansias, alimentadas en 
sueños  nocturnos de emprender la
gran aventura. Ella siente – comparte – con 
el juvenil Zchenn,  que   habla como un experto en muchas cosas, sus
deseos de  construir una barca,  ponerle velas y dejarse llevar por los
vientos en afán de libertad. Corren a la playa y convierten sus  jóvenes energías en pasión. Luego, cuando
descansan sus cuerpos, contemplan como las olas repiten su lealtad a la orilla,
que las recibe una y otra vez. Se hacen cómplices de  la naturaleza y  entran desnudos a las aguas tibias del mar de
Paita; sin saber que sus sueños se extenderían por la inmensidad de los
océanos. Hasta que se hizo de noche y la luna como una bola de fuego,  los iluminaba alimentando su encendida
pasión.

 

Otro
acontecimiento feliz: Isabel estaba recuperando rápidamente su visión, en tanto
que mantenía su mirada incrédula de criatura inocente, con los  ojos bellos bien abiertos sin mirar
definitivamente nada. No se  sabe en razón
de que. Es  parte del misterio. Esa  mujer demostraría que podía llegar más lejos
que cualquiera. Hacerse fuerte ante 
todas las tentaciones. Sufrir las intrigas más audaces. Soportar el
dolor más intenso. Enfrentarse a un toro y vencerlo. Comerse un pavo entero o
quedarse dos semanas sin probar alimento. Asombrosa era su belleza y, más aun,
su fuerza de voluntad.

 

 

 

 

No tenía sentido descubrir solo unas
islas,  si se venía de un  país tan grande como el Perú. “Los que
venimos de un imperio  buscamos otros,
como  China o la isla japonesa”, se había
dicho reiteradas veces la señora Barreto de Mendaña
.

CAPITULO
V

Ni
las noches terminaban porque hubiera amanecido.

 

 

 

Tanto de día como en
la oscuridad se percibía la cercana sublevación de las pasiones

Los expedicionarios fueron venciendo
el océano de distancias. Andaban 
recordando los  ajetreos antes de
su partida, y los avatares del camino recorrido, a trescientas leguas de Hiva
Oa, por donde les quería guiar la fortuna. Se abandonaron a  merced de las olas en espera de las ráfagas
de aire. Los  vientos  los llevarían al norte, si las corrientes
marinas no se ponen en contra.

-Tendremos que llegar hasta el
paralelo  20 y de ahí  doblar al oeste, afirmaba Isabel

– Para eso falta aún mucho,
reflexionaba  Álvaro.

Ya no era un secreto para la
tripulación entera que  el Marques  compartía 
con el Piloto Mayor  más dudas que
aciertos sobre la dirección en que iban.

 

Importaba mucho cuantos
días habían transcurrido, mas aun si estos se convirtieron  en largas semanas y estas se transformaban en
meses. De pronto, dentro de la 
informe  penumbra descubren, a más
de   mil cuatrocientas leguas  del Callao, otra isla  que llaman San Bernardo. Los pocos habitantes eran visiblemente  pobres y las posibilidades de aprovisionarse
muy escasas. Por ello, sin demora, siguen el viaje. No ven, porque  pasan de noche,  las islas Nakunono y Fakaofu, y
por eso cuando llegan a   la Niulakito, denominan esa 
isla   Solitaria.

–     
Ah, qué extraño todo esto, dice Isabel.

–     
Uno presencia el cosmos en  sus propias pupilas, pero alrededor no hay
nada ni nadie, interviene el Zambo.

–     
Si hubiera gente acá, los españoles no tendrían que
viajar hasta el África para buscar esclavos, enfatiza la señora de Mendaña.

–     
Y nos dejaran tranquilos, acentuó Zambo, recordando
su origen y el poco tiempo que trabajo como esclavo.

 

Quiroz,
que  recién se une al grupo, no sabía
exactamente de que hablaban, dijo alterándose visiblemente:

–     
¡Nuestro 
propósito ahora es  conquistar más
territorios, y por eso se seguirá a vela extendida! Luego en voz baja suelta el
comentario desalentador: “no estamos 
siquiera  seguros de que
encontraremos las islas de Salomón”.

 

Isabel sabía que  su destino era llegar a las tierras lejanas,
las que estaban al otro extremo del Mundo. Se lo había prometido a Zcheen  y a sí misma. No tenía sentido descubrir sólo
unas islas,  si se venía de un  país tan grande como el Perú. “Los que
venimos de un imperio  buscamos otros,
como  China o la isla japonesa” se había
dicho a si misma reiteradas veces la señora Barreto de Mendaña. Ahora rodeada
de  personas que la miraban
interrogantes, ella decide callar.

 

En ese instante aparece
Pedro Merino visiblemente borracho. El Piloto Mayor Quiroz, reprime  al Maestre de Campo Merino, porque éste  había amenazado repetidas veces, con la
espada en mano,  a los marineros,
propiciando aún una mayor división entre la tripulación. Los soldados y la
gente marinera comparten espacios reducidos, pero no los mismos ideales. Hay
reproches porque  nadie sabe donde se
encuentran exactamente. Él desafió, los peligros comunes mantenían una precaria
paz y unión entre los embarcados, tal vez solo hasta llegar a un lugar más
seguro. En tanto  Isabel quería guardar
algunos recuerdos. Acumular datos del viaje. Ella era la más entusiasta.
Siempre trato de ocultar, que si bien leía con asiduo, no tenía práctica en
escribir, y le  invadía el temor de
hacerlo con faltas. Un mal que se presentaba con frecuencia en las mujeres
mestizas, que escuchaban en  las  primeras voces venidas  de la madre, una lengua distinta a la que se
expresaba el padre. En Isabel se contraponía la educación  europea que le daba su padre con la que
recibía de la concubina indígena de este. Isabel se animó a pedir a un español
que  tomara una pluma. Te voy a dictar lo
que  me sale del alma:

“Me zambullí en las aguas,  y conversé con ellas en paz. Agradecí al
océano, en  intimidad, el habernos
mantenido en vida. El proveernos de alimentos. Cuando salí – casi olvide que
me  faltaría el aire – de la penumbra verde
del silencioso mundo de los peces, me 
rodearon   arenas blancas.
Descanse   bajo las hojas de las palmeras
que contenían  la  fuerza del sol……”

–     
¿Oyes bien?

–     
Si, escucho, dijo Gonzalo,  un castellano fornido y barbudo.

–     
¿Por qué no anotas lo que te digo?

 

Después
de una larga pausa se oye   la voz de
Gonzalo:

–     
Es que ¡como se lo digo! No me preguntaron  antes si sabía escribir.

 

Isabel, desesperada y
montada en cólera pregunta.

–     
¿Entonces, quién en esta expedición  sabe escribir?

–     
Solo el Marqués, Lorenzo, Quiroz, el Capellán y el
Vicario, los capitanes de la Santa Isabel y el San Felipe, así como el quechua
Huayna.

–     
¡Caramba!  
los grandes conquistadores, hábiles con los cuchillos, eran tan
analfabetos como Pizarro.

–     
No sé si Pizarro supo leer, asintió Álvaro. En todo
caso  sabía afirmar y firmar, es
decir,  suscribir  con su puño 
y letra documentos importantes. Nosotros, como Capitanes,  conquistamos y allanamos el camino:
Otros  transportan la cultura occidental
a los aborígenes.

 

Recién
ahí, Isabel toma cuenta, que dentro de la tripulación, los indígenas podrían
tener un  desempeño más importante del
que se le había asignado. Definitivamente en ellos podía confiar algunas cosas,
sobre todo las que debían quedar en secreto. Huayna se la quedo mirando, y  al momento 
repitió  en su memoria la frase
que ella había dictado.

–     
Escríbela pues, le dijo alcanzándole la pluma y el
lienzo.

–     
No es necesario. Nosotros los quechuas confiamos
más en nuestra memoria.

–     
¿Por qué nunca escribieron?

–     
Los escritos, sin testigos, pueden ser
interpretados como se quisiera. Los Incas gobernaron temiendo que algún día,
una huella de sus actos pueda ser utilizada por sus enemigos. Así fue en
efecto, la suerte que corrió  Atahualpa
al que le alcanzaron una Biblia. Al no poderla leer, usaron el argumento para traicionarlo.

 

Sumidos en la
conversación, esperaron – mirando la luna que se escondía detrás de las nubes –
que el nuevo día llegue vestido de suerte. 
El viaje se hacía largo. El tedio envolvía a los que no trabajaban.
Isabel, siempre dispuesta a probar algo nuevo 
mordió   las semillas,  que en un collar  para adornar su belleza le había regalado
Zambo. Tenía curiosidad de comprobar si las 
pequeñas y multicolores pepitas 
concentran  propiedades  aún desconocidas. Ella  enriquecería su tesoro de secretos  e incrementaría su poder. El resultado  fue que 
quedo posada en  un  sueño 
profundo por varios días.

Su despertar fue lento.
Se incorporaba al quehacer  con poca
voluntad  y sin energías…. En  tanto estuvo 
dormida,   habló pausadamente.
Dijo cosas, que en plena conciencia, jamás exteriorizaría en forma tan clara.
El efecto de una sustancia 
narcótica  y a  la vez, desinhibida, quedo en la intimidad del
camarote. Sólo trascendió que durante todo ese 
tiempo, Isabel no se  dejo tocar.
Al Marqués, su marido, lo  rechazaba
con  palabras que trasmitían odio. Un
sentimiento acumulado por una natural rebeldía.

 

En
su delirio,  coge  el  psalterium que  lleva un tripulante dentro de su bagaje
personal. Mira con pasión el instrumento musical, de ancestro africano traído
de Europa, en el que se podían tocar dos octavas y media. Rasgó sus cuerdas sin
encontrar una melodía. Más bien 
quería  expresar la música  pentafónica 
que  tenía origen en la altura de
los Andes, esas paredes enormes que la geografía planta en América del Sur, en
las que el eco hacía que los  sonidos se
repitieran. En un arrebato de melancolía dijo, en forma de canción:

 

Yo le vi., sí, yo lo vi, con mis ojos  de niña que nunca había visto un pecado.

Yo lo vi, como mataban los  conquistadores a los  indios,

Porque estos 
se  negaban a trabajar para el
Patrón.

Si yo  lo oí, eran
las  voces de los indios.

Que se resistían a trabajar para los que les castigaban,

Porque decían que de todas  maneras 
irían a  morir.

A morir trabajando o a morir resistiendo.

Sí,  yo lo oí,

de los gritos desgarrados de quienes recibían látigo,

Solo se puede escuchar una expresión sincera,

Y esa era  y será
la situación verdadera.

Mientras todos obedezcan por miedo y

No por respeto. Al extraño intruso en nuestras  tierras

También percibi el olor a sangre a carne humana
chamuscada. El hedor de pelos que había sufrido al fuego.

Si yo lo oí, y no quiero escucharlo más.

El Marqués perdía la paciencia. Semanas antes, con las
hojas de coca, Isabel se había comportado como una rebelde .Y en estos momentos
difíciles del viaje – en circunstancias tensas – su comportamiento, por efecto
de las semillas,  era aun más
preocupante.  El Marqués cae en la
desesperación. En un arranque de ira le dice, sin  frenar su profundo malestar, a su esposa  que estaba tentado de acertarle una puñalada.
Isabel le contesta, para que se calme: “Todos los pueblos, así como muchas
personas han tenido  en su historia una
fase oscura….”

Álvaro no le dejo terminar la frase- Le interrumpe
diciendo, a gritos: “No te disculpes. Ultrajar el buen nombre de los de
Castilla y Aragón, no tiene perdón. Te 
mataré  si es necesario para que
tu voz traidora se calle”. Pedro el Zambo, que estaba providencialmente en la
nave Capitana,  le contuvo con
fuerza  la mano que el Marqués ya había
levantado con el arma.  El Almirante,
ante   la circunstancia de cometer un
crimen  o perder su autoridad, opto por
una explicación, que  expreso, como si se
arrepintiera de pronto, en forma pausada: “No lo hago, no le clavo el
puñal  que se merece,  porque de todas maneras ella, en pocos días,
se morirá”. En efecto,  el veneno
contenido en las semillas, había 
transformado a Isabel el semblante. La piel  de color amarillo verdusco,   parecía darle la razón  a Álvaro de Mendaña. Isabel, a partir de
entonces, era cuidada y  asistida con
esmero por Pedro el Zambo, quien la alimentó con una sopa espesa  hecha de los ojos de un pulpo gigante que
lograron atrapar. Entre  cucharada y
sorbo,  recobra  su prestancia. De pronto, con su
habitual  ironía, la señora Barreto
de  Mendaña  – como si nada hubiera sucedido –  dijo que no 
se había muerto, porque todavía no existía una bandera con la que la
puedan enterrar,  en la que estén  los colores del arco iris, representando
a  las diversas razas  que viven en el Perú. El Zambo comunicó
la  notoria mejoría a todos. La
tripulación del barco que surcaba a la velocidad del fuerte viento,
aplaudió  – ese gesto de aceptación tan
espontáneo y extendido en todas las culturas – y celebró su recuperación con
comentarios, risas y otras expresiones altisonantes. El Marqués se quedó
en  su recamara de la que no salió por
varios días.

 

La
discordia  se hacía visible en el nivel
del Comando. No tardaría entonces a hondar, día a día, la división de las
huestes aventureras. La mayoría se había embarcado, porque suponía que irían a
encontrar tierra grande ignota, con riquezas tan importantes como las vistas en
el Perú. Después de veintisiete años, Mendaña se encontraba perdido, tratando
de encontrar lo que le había dado fama. No solo eso, ahora estaba afanándose
también de escapar de la muerte. Al inspeccionar víveres en el pañol de babor,
Isabel le preguntó confidencialmente a quien confiaba:

–     
¿Crees Zambo – tú que  navegaste tanto – que estamos perdidos?

–     
Si comenzamos a zigzaguear, corremos el riesgo
de  enredarnos en la ruta. En tanto
sigamos  un solo rumbo llegaremos, tarde
o temprano  a  algún destino.

 

Ese
mismo día, detrás de  cerrazones y
nubes  espesas, aparece un volcán que
echaba fuego. El monstruo eruptivo estaba al centro de una isla y ocupaba
casi  toda su extensión. Estaban en la
isla Tinakula. Una lluvia torrencial
se  desencadeno  y un monzón hace zozobrar,  cerca de la orilla a la Santa Isabel. El
volcán, que era un faro natural ilumina la escena del naufragio con siniestro
fulgor. Ante la tragedia se quedan los expedicionarios, a pesar de las
erupciones volcánicas  y sus largas
lenguas de fuego, varios días en Tinaluka. Abrigaban la esperanza de que alguno
de sus tripulantes haya alcanzado a nado la isla. La tierra tembló por varios
minutos y el mar se conmocionó. Estaban todos asustados y decidieron entonces
apresuradamente marcharse  del lugar. La
nave Santa Isabel comandada por Lope de Vega, y sus ciento ochenta  pasajeros – casi todos peruanos –   envueltos en la turbada del mar, nunca más
aparecieron.  Parecía que los rezos del
Sacerdote afectado por la incautación de sus mercancías, meses antes en el
Perú,  había surgido efecto.

 

Álvaro
el Marqués, se queda muy compungido por el suceso. Mostraba en cada instante su
carácter faccioso, como perturbado de todo lo que le rodeaba. Irritado  por 
palabra o simple mirada ajena que él mal interpretaba. El Zambo trata de
mejorar el ambiente. Cogió la última botella de aguardiente – con  alcohol concentrado extraído de la caña de
azúcar – y se puso a hacer gárgaras. Luego expectoro el líquido y lo  acerco el mechero incandescente. Se produjo
una llamarada que por un instante ilumina la 
bodega del barco, asustando a todos los que  estaban reunidos. Pasado el susto inicial, el
escupidor de fuego fue  aplaudido por la
ocurrencia y la lograda imitación irónica, y de burla, al temido volcán. El
Marqués, se incorporo, y distanciándose de la mayoría, le increpó a Zambo su
proceder, diciéndole que podía incendiar la nave. En verdad parece que  más le molestaba que el Zambo esté
consumiendo  la escasa bebida
alcohólica.

Era
para los espectadores un caso de desafió prudente. Zambo no desobedecía la
orden dada por el Jefe de la expedición de no consumir alcohol: no estaba
tomando la bebida. Solo la mantenía en la boca y luego la escupía. Sin quitarle
la mirada le dijo el  joven a Álvaro de
Mendaña: “Estoy ensayando una forma para ahuyentar mosquitos e insectos. Mi
instinto me dice que llegaremos a territorios poblados de ellos”. El Marqués le
contestó  con tono  de voz segura. “Cuando   arribemos, el verdadero peligro,…si,   el 
mayor  riesgo, será  Isabel”.

 

Ante  esa publica acusación, Isabel  se 
pasa a la nave Santa Felipe. Ahí 
se acomodo con pocas prendas y su 
bolsa en la que guardaba las pócimas, esperando llegar a la próxima
isla. Ahora Isabel sabía, que al pisar tierra firme en algún lugar, en el
paraje más solitario, el Marqués podría pretender deshacerse de ella, de la
mujer que se había atrevido a cuestionar su autoridad y prestigio. Arma
más  fuerte aun que su espada. Sin el
blindaje de la fama, y la vestidura del orgullo,  no lo respetarían y su viaje terminaría en un
fiasco. El Marqués  tendría que actuar, a
pesar de que Lorenzo, el hermano de Isabel, y el Zambo la protegían.

Por su parte, Isabel  debería adelantársele a cualquier plan
del  Marqués. Para esto necesitaba  no sólo del apoyo de los demás, sino de toda
la magia de sus encantos y toda la fuerza de 
persuasión. Además de la convicción suficiente para que no la traicione
el miedo o la  prudencia.

En
las próximas islas que descubrirían algo importante y determinante ocurriría.
Isabel lo había presentido por segunda vez en este viaje. Los oráculos y  otras corrientes misteriosas de las que no se
libraba un alma en contradicciones, la disponían a creer  con firmeza 
en la posibilidad de adivinar el futuro. Una forma de librarse de las
mortificaciones e incomodidades del presente. Ya sabía ahora – porque lo sintió
en carne propia –  como actuaba el  veneno, 
haciendo perder la conciencia, apartándose de la realidad, dejando un
vacío entre lo vivido y lo que vendrá.

 

La
agresividad se acumulaba en la estrechez de la embarcación. Isabel, por primera
vez – y con el propósito de centrar poder sobre la base de su conocimiento –
comenzó a hablar sin recato. Dijo que 
Zchenn  le había confiado  las historias contadas por un antepasado. En
estas aparecía una navegante chino, con el pelo amarrado en una trenza, que
dirigía  una nave en la que  trabajaban doscientos tripulantes. Esta  era 
parte de una flota de ciento cincuenta naves similares. Avanzaban
utilizando los vientos, las corrientes marinas y la fuerza humana. Una vez
remando, otras amarrando velas gigantescas. Se alimentaban de pescado  crudo, 
sazonado con hierbas. Los que la escuchaban con atención, se entretenían
con los relatos. Aun cuando no todos le 
daban importancia – Isabel todavía 
deliraba por efecto del veneno – para 
la mayoría de los tripulantes, la señora Barreto  estaba ganando respeto, porque ella conocía,
o aparentaba saber,  la ruta a seguir.

 

Los machetazos en el
Mástil principal marcaban surcos cada vez más profundos. Delataban  desesperación y furia. La alimentación
decaía. Se estaba recurriendo a algunos tubérculos y raíces. El camote era una
delicia. No se le podía  conservar  tantos meses como la papa o la yuca. Lo
último que se debía comer, eran los granos 
que se  destinaron a  servir de semillas para   nuevas plantas, en caso de que los territorios
a descubrir  ofrecieran alimentos
insuficientes.

 

Todos miraban al
arponero, que no había encontrado una presa mayor durante varios días. Él
llevaba por dentro cada hora de  su vida,
el deseo de quitarse el miedo a la muerte 
intentando dar caza a esos inmensos cetáceos. Era un hombre que
observaba el mar constantemente y analizaba cuidadosamente cada cambio. Solía
decir “En el misterio de los océanos, 
cuantas sorpresas nos reservan todavía  
las temperaturas de  las aguas,
sobre el comportamiento de los peces y los tripulantes. Sabemos todos  lo mal exploradas que están las regiones que
se dibujan en nuestros mapas y los peligros que aparecen en cada instante”.

 

——

 

La
noche se presenta oscura y sin estrellas. Nadie oye ni ve algo. De pronto, con
el estruendo de un trueno viene el impacto. Es lo suficientemente suave para
que el barco no se hundiera. La nave  
Santa Catalina  encalla, y se  sostiene 
en un banco de arena. La tripulación se afana en enviar señales a la San
Jerónimo que lo seguía de cerca, para evitar que esta también tocara con su
fondo tierra. Era además la posibilidad de salvación, en caso de que – aún
aferrada – los vientos la moviese  y la
embarcación  se fuera  a pique.

 

El miedo y la prudencia
se mezclaban comprometiéndose para 
ayudarse mutuamente,  en   cada circunstancia que se venía venir. Era
la  mejor forma de estar  preparados 
para la adversidad,  que
llegaba  sin anunciarse. Los allegados a
la  oscuridad, llenos de argucias  – aun siempre reprimidos y postergados –  preparaban nuevas alucinaciones. Era una
forma de contrariar el despertar que siempre es imprevisto. Quizás al alba se
presentaría un Dragón Milenario  y la
noche  quedaría abolida. Al amanecer  se insinuaban 
dentro de la niebla los perfiles de unas montañas de arena. Sin duda
habían tropezado con alguna isla, cuya existencia no conocían.

Cuando el sol alumbra
desde arriba, se presentaban los perfiles de unas dunas  dentro de la niebla. Niulakita, y no Funafuti,
era el lugar al que habían retornado. Ya habían estado ahí semanas antes  sin haber visto nada.   Se sorprenden ahora al  lograr bajar a tierra – abandonando la nave
encallada que se inclinaba peligrosamente a babor-, porque los habitantes del
lugar llevan adornos que indudablemente eran de oro con resplandor cobrizo.
Entonces los recién llegados  les llenan
de halagos y pretenden  sacarles información
sobre el lugar en que habían extraído el precioso  metal. 
En forma amable, con tonalidades 
cantadas en un idioma que  no
conocían, acompañadas de ademanes expresivos, los nativos les dieron a conocer
que no sabían donde había oro. Entonces preguntan por alimentos, y el Jefe de
la Tribu dispone que algunos lugareños acompañen a los extranjeros, para
guiarlos a los lugares en que crecían frutas. Isabel aprovecha que los soldados
al mando de Merino  van en busca de
provisiones,  para  ensayar 
el diálogo con los  nativos. Estos
llevan el pelo rapado con un mechón sobre la frente que  pintaban de diversos colores. Sus canoas  estaban adornadas de objetos vistosos. Más
ellos  desarrollan costumbres  en 
forma simple. De modo 
primitivo  se comunican con
sonidos que transmiten ideas elementales.

 

La teta  ta, leche-flu, lengua – sa, es la cadena   básica
de la alimentación, de la dependencia  y
a la vez la filiación y lealtad. Esta identificada con esos vocablos
simples  de  ideas primarias. Después esta Ba, la edad de  la floración, BaBa o juventud.  El
desarrollo de fuerzas, Bo no para combate sino para carga de objetos
o  la agilidad para la caza de animales.
La vejez, que se identifica con el suave 
sonido redundante Dada, está
ligada  a la idea de respeto  y sabiduría. Lo que no comprenden lo dejan a
otros, los espíritus o Dioses, el DadaBaba.
Se auxilian  con la combinación
de  sonidos onomatopéyicos y gestos para
facilitar una mejor comunicación.

 

Siente  en ese momento la mujer fuerte y empeñosa,
con esta  experiencia, que en su fuero
más íntimo, cuestiona y rechaza la conquista. Esta es para ella ahora injusta,
a pesar de los padecimientos propios de 
quienes se aventuran en estas empresas a someter a pueblos pacíficos.
Sabe, como  mestiza,  del constante desencuentro, incomprensión y
padecimientos  que  produce el sojuzgamiento para quien, como
ella, lo sufre  en cada momento
importante de su vida. No obstante, se recupera y se pregunta  ¿si esta falta de pertenencia a un lugar, a
una cultura, esa libertad de compromiso con una casta, es la que la lleva más
lejos? Tan lejos  que forja el deseo –
que ahora ella siente –  de conocer  nuevos mundos.

 

No hay mucho tiempo más
para cavilaciones. Los marinos les avisan a los que están en tierra que las
olas pasan con facilidad sobre la borda de la 
carabela.  Sus bodegas se llenan de
agua. Hay peligro de que se hunda. ¿Tal vez algún daño irreparable después de
haber encallado? Era de  noche y no se
podía ver. Un tripulante al que llamaban El Gallego, acompaña a Álvaro de
Mendaña en hacer una inspección. Tiene en sus manos una antorcha. Había que
andar con mucho cuidado, porque los pies estaban hundidos en el agua   empozada y se tropezaban con objetos que
flotan. El Gallego coge una canastilla de mimbre  y de ésta salta desde la oscuridad un animal,
que  le muerde la mano y queda prendida
de ésta. Al acercar el fuego viene la comprobación: ¡una rata!  El grito no es de dolor, sino más bien  una alarma de asco y peligro. La peste
bubónica había arrasado en Europa a muchos parientes de Álvaro y de El Gallego.
Ambos se miran a los  ojos. Se miden e
intuyen lo que sucedería. El gallego baja la 
vista, cierra los ojos  y acepta
la decisión  no anunciada del Almirante.

 

¡Aaaaaaaay!. Grito seco: la mano junto con la
rata  vuela por los aires. Las órdenes
del Almirante son rápidas. Al tripulante español hay que vendarle el muñón para
detener la hemorragia. Si es necesario coserlo. Isabel se encarga de ello. La
asiste  Juan Leal, que  fue carnicero y luego se entrenó en el Hospital Santa Ana de los Naturales que fue  fundado  en 1549. Este hospital fue dedicado
exclusivamente a prestar servicios de salud a la población indígena, diezmada y
severamente afectada por las diversas enfermedades traídas por los españoles al
Perú,  que el
Arzobispo Loayza erigió en Lima. A este personaje que no hablaba -solo oraba en
silencio -le decían el Ermitaño, y era el más avezado en tratar asuntos, cuando
la sangre y los huesos se hacían visibles. Le dan al gallego un aguardiente
fuerte. Isabel le prepara además un brebaje de plantas.

 

Los otros tripulantes se
afanan en  botar al mar todo el lastre.
Las reservas de agua dulce y leña.  Con
la primera luz del día, se descubre y repara la vía de agua que producía  el anegado en la bodega. La nave recobra  después del 
amanecer su línea de flotación.

 

Se ordena doblar la
ración de manteca a los enfermos. Al día siguiente el anuncio sobre el número
de estos se triplica. Los tripulantes querían trabajar menos, guardándose las
fuerzas para la posibilidad, cada vez más 
cercana, de que las  necesiten en
caso de que una de las naves  se hunda.

 

Cuando El 
Gallego se reincorpora,  agradece
a  Isabel y al Capitán. Urge una nueva
curación y un cambio de vendaje. Ahora se le suministra ceniza, ganada de la
quema de leña. Eso ayuda a cicatrizar, más no a calmar el dolor. Otra bebida,
esta vez con más  hojas de  coca, 
es concebida por Isabel. Ella 
le  ayuda al paciente a tomarla
hasta que se queda dopado. Pasado el peligro, 
todos están de acuerdo que había que ser drástico, en evitar cualquier
posibilidad de que  una mordedura de rata
pueda transmitir la temible peste, la que acabaría con la tripulación y  esfumaría 
todos los esfuerzos y esperanzas de formar colonias en los nuevos
territorios.

 

Transcurren los días con
angustia y desesperación. No se  sabía
nuevamente, y una vez más en esta  larga
travesía,  si alcanzasen las provisiones.
Otra vez  en  zozobra. A El Gallego le llaman desde algunos
días El Manco, por faltarle la mano derecha. Él ahora con menos fuerzas, se
incorpora en las labores de la cocina para el Alto Mando, donde  se preparaban los alimentos para el
restringido grupo más cercano al Almirante, que no eran más de diez personas.

 

De pronto, en una noche
muy oscura, el barco Santa Catalina lanza una alerta. La tripulación se ha
amotinado, aprovechando que todo estaban distraídos festejado un cumpleaños.
Anuncian, que  deciden regresar al Perú
por la misma vía en que vinieron y no seguir más adelante. Los peligros y la
incertidumbre calaron profundamente los ánimos. Se notaba que el Almirante se
ponía débil – ¿estaba enfermo del estomago 
o lo estarían envenenando lentamente? – y eso lo aprovecharon los más
avezados.

 

Álvaro  organiza una represión. Estaba dispuesto a
realizar una matanza entre su propia gente, antes de claudicar. Un
arrebato  íntimo de cólera lo  estimula 
frente  al abismo del fracaso y la
muerte. Isabel se interpuso en el problema ofreciendo resolverlo  pacíficamente. Felipe, un piloto español que
secundaba en el mando de su nave a El Zambo, por primera vez abre la  boca diciendo que  ofrece apoyo a la señora Barreto. Ella se
traslada sola al barco rebelde, en tanto que el Zambo se queda en la Capitana
tratando de controlar los ímpetus del almirante. Habla Isabel con la gente  y les anima 
diciéndoles que estaban muy cerca del éxito. Acuerdan  conversar 
las posibilidades de retorno de un barco, el San Jerónimo, con aquellos
que  decidan libremente regresar, en
tanto que  los demás  seguirían su camino.

 

La propuesta resultaba
peligrosa. En  la manifestación de
deseo,  que se hace por mano alzada, sólo
ocho  hombres expresaron su voluntad  de seguir acompañando a los expedicionarios,
a cambio que se les aumentaran la paga. Otros ciento veinte abandonarían.  La empresa está a  punto de fracasar. Lo que era peor, tampoco
se tenía el dinero suficiente para cancelar la deuda con los marineros, que
exigían al momento que se le hagan efectivos los adeudos. Con  los pocos que quedaban,  era imposible suponer que llegarían a
conquistar las Islas Salomón, en las que se encontraría oro y aborígenes
dispuestos a defender sus riquezas.

 

Las rachas de optimismo
se habían convertido en un hábito morboso, auxiliado por el amparo a una
ciencia o  de alguna leyenda o
simplemente  como reflejo intuitivo.

 

A Isabel se le ocurre
entonces poner  en práctica lo que sabía:
esa misma noche, puso en el barril de agua del que tomaban todos, una  porción 
grande – todas las que tenía mezcladas – 
de yerbas alucinógenas y anesteciantes. El horizonte se hizo rojizo. En
la noche todos durmieron menos ella que se la pasó en vigilia.

 

Apareció una luz clara y
luego el sol.  El día amaneció  con los tripulantes en un estado de ánimo
pacífico. Se despertaron poco a poco 
mostrándose   anodinos,  indiferentes y algunos hasta colaboradores.
Ella estaba agotada pero, con el  aliento
que da el poder, muy despierta y dispuesta, 
reparte algunas monedas y prebendas. También organiza los trabajos y
pone nuevamente en marcha la expedición.

Así el viaje pudo
continuar. Isabel Barreto es ahora frente a Álvaro y a los otros hombres
acostumbrados –hinchados de  vanidad
–  a luchar contra todo, la mujer que
mantenía  independencia de criterio e
iniciativa propia. Así hace gala de su altiva y   garbosa insolencia. Entonces, sin pensarlo
dos veces Isabel empuña la espada de acero que había pertenecido y era símbolo
de mando del Marqués.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Isabel
Barreto o Isabel Rodríguez?

CAPITULO  VI

 

 

Una muerte que
renueva  la vida  de Isabel.

 

 

Habían pasado
dos días en las arenas de un desierto que parecía  tragarse todo lo que  había antes cobrado vida. Sentían  una sed desgarradora que angustiaba su ánimo.
Estaban  agotados en la búsqueda de agua
Ella señalo el rumbo. Álvaro no le creyó. Pero ante la insistencia de todos los
que integraban la caravana, El Marqués 
decidió adelantarse, en tanto que los otros acampaban. Había decidido
tomar la dirección que  el olfato de
Isabel le señalo. ¿Estás segura? Repregunto Álvaro antes de partir. Ella aspiró,
en gesto ceremonial, aire por la nariz. Se concentró en una cavilada evaluación
y, luego con firmeza  afirmó: En esa
dirección hacia adelante – no tan lejos – hay agua dulce. Si vamos a la derecha nos
encontraremos con el mar. Ahí se percibe agua salada.

 

Pasada una
hora retorno un indígena que había acompañado a Álvaro en su avanzada, con la
buena noticia. Efectivamente la indicación era correcta. Habían encontrado un
río. Todos los demás  integrantes de la
caravana fueron a su encuentro.

 

De pronto, al cruzar el río, entre piedras y aguas
turbias,  apareció  un cadáver. Isabel, como si adivinara algo
que no quería  que suceda,  no lo mira. Se puso de espalda. Un instante
después volteó la cabeza.  Una fuerza
superior domina su férrea voluntad y su  mirada se encontró  con los ojos ovalados de Zchenn. Estos  estaban inmóviles. Hubo un largo y profundo
silencio, que se interrumpe.

 

Ayayyayay,
gritó mirando al cielo,  una indígena que
integraba la caravana. Nos van a echar la culpa de todo, agregó.

 

¡Ay! se escuchó un eco en
voz femenina. El grito de rebeldía temblaba en los labios de Isabel.

 

En el
recuento del olvido, la muerte acaba de arrebatarle un ser muy querido… ¿el
encuentro por estas latitudes estaba  ya
fijado por el destino? Isabel esta angustiada y más aún  asustada, 
ante esa  espantosa sorpresa.
Ella  trata de sobreponerse y respira profundamente.
En ese trance, aparta del cuerpo yaciente de Zchenn, esa  medalla que llevaba en el cuello y  la escondió dentro de la manga de su blusa. A
la vez, en su fuero íntimo,  prometió que
buscaría el lugar de origen de la joya, y así también  encontraría los ancestros de Zcheen, del  que seguía enamorada en forma secreta.
Convertía en ese mismo momento al brillante objeto en un talismán, que le
traería la protección y la inspiración 
que necesitaba. Estaba segura 
que  lo llevaría a destinos
desconocidos donde siempre necesitaría, además, 
la compañía de la buena suerte.

 

Repentinamente
comenzó a caer un aguacero. El cielo se pone muy oscuro y cargado de nubes
gruesas. Eso es inusitado en una región casi desértica, irrigada por ríos que
creaban, a su paso sinuoso, fértiles valles. Isabel suspira y callada
derrama  lagrimas, muchas lágrimas. Asida
desesperadamente a un  llanto escondido,
ella mira al Marqués y le mostró con una expresión enhiesta en el
rostro,  las dudas que inquietaban
su  alma. 
Él volvía al lugar, después de haberse separado unos instantes antes de
la columna de viajeros. Álvaro no dijo palabra alguna.

 

El destello invisible de la luna, es esa noche farol y
guía. Más adelante en la cabalgata, Isabel – algo repuesta de la congoja –  preguntó directamente a uno de los
sirvientes:

–     
¿Acaso fue el Marqués que se tropezó con Zcheen y lo mató?

–     
El indígena calló.

 

Ella repite, con más ímpetu,  la interrogante. El quechua no  dijo 
palabra alguna y los  gestos de la
cara no revelaron lo que otros 
esperaban. Se mantuvo así inexpresivo. En una actitud pasiva de quien
tiene una religión, un credo, que le permite no temer a nadie. En la
desesperación   le  acompaña el 
consejo  de su padre,  al  que
había escuchado decir, que los indígenas sospechan cuando hay engaño e
intención de daño. Por eso, rehúsan 
hablar  la verdad. Están dotados
de una  especial habilidad para eludir lo
verdadero que muchas veces les es ingrato. Lo 
hacen con tal seriedad e imaginación, que   saben adornar la mentira y hacerla parecer
veraz. Es así como guardan sus secretos, envolviéndolos con otros hechos que
desvían la atención de la realidad,  la
que no sale  a relucir   aunque les peguen o los maten.

Dos días
después, enclavados en melancolía, Isabel y los otros remontaron, caminando por
las laderas del río. Todos juntos  –
en  silencio como si se tratara de una
marcha de procesión – seguían las aguas abajo de ese río poco caudaloso, en
busca del mar. Cuando habían avanzado una legua y el nivel del agua lo
permitió, se subieron a una balsa que es llevada suavemente  por la corriente. Era la primera vez que
Isabel navega y se complace con la sensación de ser transportada, en tanto
discurre agua  bajo sus pies. Contempla
ensimismada,  el paso por su vista
de  la vegetación, así como el discurrir
del líquido que  al  chocar 
con los bordes de los maderos 
forma remolinos.  En la bocana,
donde el agua dulce  se mezcla engrandeciendo
al Océano Pacifico, ella  preguntó –
porque quizás había querido olvidarlo – 
el nombre del río.

–     
Milu, Vilu o Viru, según quienes lo
pronunciaban, le contestaron.

–     
Se parece al nombre de 
un  cacique llmado Birú que
gobernó una pequeña región al sur  del
golfo e san Miguel.

–     
No, ese nombre viene de Milu, que en chino
significa algo así como costas misteriosas detrás de la niebla.

–     
Me acordaré siempre de esas aguas que se
llevaron la vida de Zchenn, que quizá dieron nombre a este país, añadió Isabel,
con tono inflado de valentía

 

Llegan a  la
playa en la que algunos pescadores  les
ofrecen  mariscos y pescado,  en una abundancia que nunca habían visto.
Isabel Rodríguez, – que todavía se apellidaba igual que su padre –  recién entrelazada en un matrimonio ficticio,
con  Álvaro de Mendaña,  insistió en quedarse en el  lugar. No quería seguir caminando  por esos inseguros  parajes solitarios. Le había dicho al Marqués que 
dentro del grupo posiblemente se encuentre un asesino. El que mató a
Zchenn, podría ser alguien muy poderoso 
y  sin escrúpulos. No había en
esos apartados lugares, ni a muchas leguas alrededor, autoridades relevantes.
Menos aún,  alguien que se atreva a
acusar a un Marqués.  En todo caso intuye, como mujer, que debe
tener  más cautela que temor.

 

Durante días, busca algo
que ignora y que no quisiera encontrar: la certeza de haber perdido a
Zchenn  para siempre. Ahora trata de
recuperarlo como compañero imaginario en sus aventuras  y por eso se aferró al amuleto y a los
recuerdos que proyecta, incluyéndolos en sus planes para el futuro.

Se conversó
en cómo seguir  adelante. Los indios,
cansados del caminar lento por parajes inseguros,  proponen 
reforzar el convoy de transporte con llamas y alpacas, auquénidos
diestros en  las alturas. El Marqués insistía que los camélidos sudamericanos  no eran, como sus parientes del norte de
África, buenos andantes en las arenas de 
la costa. Propone entonces construir una carreta, a pesar de que no
había caminos. Isabel alza la voz sobre el ruido del viento que soplaba y dijo:

–     
Los españoles se sienten orgullosos de haber
traído la rueda. En los andes, en zonas escarbadas,  no tiene utilidad práctica, en tanto acá en
la costa creo que sí.

–     
No sólo eso. Yo me  siento bien porque trajimos un idioma que se
puede escribir, acotó Álvaro de Mendaña.

–     
Creo que lo más importante podría ser la
religión Católica, añadió el mismo.

–     
Es cuestión de  ética. No puede haber una  religión buena, si ésta permite matar, acota
Isabel.

 

Álvaro, como
era su costumbre cuando escuchaba algo que le resultaba difícil explicar,   no se daba por aludido.

 

Pero esa misma noche, al pie de una fogata,  se decidió seguir un trecho de la ruta al sur
por barco. Ello entusiasma a Isabel, que 
inmediatamente se  mostró
dispuesta a colaborar.  Se tenía que
comenzar por la concepción de una embarcación. Álvaro  diseño los planos. Desenfunda de su equipaje
algunos dibujos de galeras, glorietas y otros tipos de embarcaciones de
distintos tamaños. Retoca los garabatos alargando barandas y mástiles más largos.
Toma como referencia su experiencia  de
navegar  a alta mar y comenta airoso las
cualidades de la  nave  que tiene en su imaginación.

 

La barca, que
tomaba la forma de galeón, comenzó a construirse rápidamente, combinando las
maderas más duras y resistentes conocidas. 
Traídas  estas  de la selva, entre las que estaban la caoba y
el palo de rosa, demandaban un gran esfuerzo y tiempo en el transporte. Indios
Chachapoyas las habían escogido con esmero y dado su bendición. El trabajo para
cortarlas y moldearlas era arduo.

 

Después de
algunas semanas, cuando el material se agota, Isabel viaja a  la región de las buenas maderas, ubicada
detrás de las Cordilleras. Esta vez sin la compañía de Álvaro. Esa era la
excusa. En realidad quería apartarse del Marqués e indagar por el paradero del cuerpo de
Zchenn, encontrar su sepultura y ponerle flores. No  hubo referencias sobre el joven. Ella insiste
y un anciano  le dice que el Brujo del
cercano pueblo de Chao  sabía donde se
encontraban las almas. Lo buscó y encontró a esa persona a  la que le entregaban los lugareños las
pertenencias de los muertos desconocidos. Tuvo al ver al brujo miedo de
enfrentarse a un hombre con el pelo totalmente blanco que no la miraba a los
ojos. Sentados en el suelo frente a una baraja de naipes desplegada, este
hombre de arrugas profundas le dijo, que el alma de Zchenn se encontraba
viajando. Estaba ahora cerca del archipiélago de las Filipinas. El destino
final, donde encontraría la paz el espíritu errante,  sería una isla  en la 
China.

 

El hombre viejo
le entregó – como prueba que sabía de quien hablaba – un  mapa que ella 
reconoció. Era el mismo que el joven Zchenn le había enseñado en Piura.
Ella le paga al anciano con un prendedor de oro, que heredó de Adriana. ¿Tanto
vale la información?, preguntó el brujo, guardándose  la joya entre sus ropas. Y para justificar el
alto precio de su servicio, le contó  que
el joven Zchenn lo había buscado, un día antes de su muerte, para indagar  dónde podía encontrar a  su 
mujer amada. Le dio además – explicando con palabras lo que apenas se
veía en el mapa – la ruta para llegar a la China. Isabel memorizó las
indicaciones del valioso documento cartográfico, que estaba ilustrado con una
serie de caracteres que parecían contar una historia.

 

Entusiasmada Isabel, 
apura su marcha para encontrar 
las maderas. Oteando el  ambiente
en la humedad que emanaba de una selva en la que la vegetación era la
protagonista, resultaba difícil diferenciar una de otra y buscar la mejor
calidad. Los indígenas cortan los árboles que ella husmeaba con detenimiento y
placer. Isabel les paga el transporte (que duro seis días y sus noches
transponiendo – a lomo de bestia-  los
Andes) con  las otras prendas de oro que
había recibido como regalo de bodas: tres collares, cuatro  brazaletes y un prendedor de oro. A su
retorno le contó a su marido que ya no tenía como adornar su cuello y –
haciéndole ver su desprendimiento para favorecer económicamente la empresa –  obtuvo del Marqués la autorización para  usar, en 
reemplazo de las joyas, la medalla que había pertenecido a Zchenn.

 

Después de  dos
meses de construcción se le dieron los últimos acabados a la nave.  Esta imponente,  parecía 
más grande de lo necesario. Se había invertido la totalidad  de los recursos disponibles. El Marqués decía, como para justificar el gasto, que era
adecuada  para  el cabotaje 
costero con el que se iría ganando – en tanto se preparaba el gran viaje
–  algún dinero y experiencia. Podía
transportar personas y carga, uniendo 
los valles costeros, para lo que se tenía que  desafiar arrecifes aún desconocidos, en busca
de las  bahías  con aguas calmadas para anclar.

 

Por fin llego el día en el que la embarcación toca
agua. La partida fue esa misma tarde. La primera prueba. Resulta difícil salir
de las olas. Los vientos soplaban con fuerza. Ese lugar el Marqués lo bautiza como Malabrigo. Durante la  riesgosa faena algunos tripulantes inexpertos
cayeron al mar, pero pudieron ser rescatados.

 

Isabel volaba con su imaginación más allá que los
vientos. Solía concentrarse 
profundamente y pensar en lugares que nunca había visto, disfrutar de
colores y percibir olores que no existían, sino en sus deseos. Por eso, se
sentía cómoda en esta barcaza con la que ya planeaba hacerse a la alta mar,
tragarse los horizontes y engullirse de peligros, para salir airosa en la
conquista de lo inesperado, lo  nuevo, lo
desconocido y que ella  creía ya conocer.
En el mar vienen a la mente 
siluetas  y visiones. El que se
ocultó, vive sin haber sido descubierto. A bordo todos se encuentran  en un espacio 
pequeño – del que no puedes escapar – incluso los asesinos de
Zchenn,  mirándole la cara todos los
días, a cada instante a la dolida Isabel. Los 
tres pescadores que conocieron en las playas, a los que
convencieron  para ser marineros, no
podían ser malandrines. De los seis indios que los acompañaban desde el inicio
del viaje en Piura, ninguno tendrá  un
motivo para matar. Quedaba como principal sospechoso, Álvaro.

 

 

——

 

La  joven
Isabel  descubrió de pronto,  que el compartir la intimidad con la
incertidumbre y el  peligro cercano,  le producía no sólo un estimulo, sino la
excitaba. Estaba  ahora realizando su
primera travesía sobre el mar. Siente la fuerza del agua  no sólo debajo de sus pies, sino ésta le
penetra por todo el cuerpo y hace más intensiva su estimulación y la exalta.
Busca con una chispa  de burla en su
expresión, el difícil equilibrio. Tal como lo hizo  de pequeña 
con los caballos que domaba. Sabía – desde ese momento –  que  lo
hacía bien y que se convertiría en una gran navegante, a  la que no se 
le podría  ocultar ningún secreto
de los mares.

 

En su cutis y
otras partes más escondidas del cuerpo de Isabel, se  podía aspirar la humedecida brisa del mar que
había tomado  un olor a mujer. En 
el transcurso del viaje, pegados a la costa, cuidando de que  los vientos no lleven a la nave contra las
rocas  ni a  varar en bancos de arena, discutían todos los
tripulantes sobre el  nombre de los
lugares.

–     
Sólo la ciudad de Trujillo, cerca de Chan Chan,
tiene nombre auténticamente español, dice Isabel.

–     
Y es la que debería progresar, sentenció el Marqués.

–     
No, San Miguel de  Tangarará 
o Piura  también  es española, afirma ella que ahí se crió.

 

Los indígenas acompañantes recordaron que otros
poblados fueron llamados por sus habitantes aborígenes  Chepén, 
Chiclayo y  Paiján. Estos,
alejados de  la influencia hispana,  mantendrán sus  nombres de los que no se sabe si son
quechuas. O fueron, como el caso de Chan Chan, traídos por otros viajeros que
la historia no registra.

–     
¿Por qué pusiste el bíblico nombre Salomón
a  las islas que descubriste?, indagó
Isabel.

–     
Los próximos territorios les pondremos el nombre
de santas, de mujeres importantes de la Iglesia Católica. Sí, nombres de mujer,
que resuman sacrificio, valentía y ejemplo, dijo pensativo el Marqués.

–     
Qué buena idea, expreso Isabel.

–     
Además de la tenacidad y el dinero,  hará falta un milagro, para que alcancemos lo
que nos proponemos, agregó Mendaña.

 

Isabel no dijo 
una sola palabra más, en tanto que se ilusionó pensando que de
descubrirse algo, se le pusiera el nombre de Isabel. Divisan desde la baranda
de la nave, la extensa costa que es de sierras peladas y arenales donde nunca
llovió. El puerto de Santa está  a nueve
grados. También el río del mismo nombre de muy sabrosa agua que está en el
camino.  Álvaro había escuchado, que  una legua adentro se  encontraba los restos de una barca que había
intentado remontar ese caudaloso río. El lugar se llamaba Chino-bote,  en alusión a 
que en esa nave – un bote grande – 
habrían venido algunos de la China. A unas leguas de distancia esta
Casma, donde hay leña y  asimismo agua de
la buena. Ahí hacen  una corta parada
para abastecerse. Ese  mismo día siguen
navegando al sur sin despegarse de la costa. Desde Casma corre la rivera  hasta los 
farallones, que forman un acantilado o 
barranca. Isabel imagina que así podrá ser el paisaje cuando llegue,
algún día, quizá no muy lejano, a la China, que ahora sabía que quedaba al otro
extremo del Mundo.

 

Desde el  mar,
aún cuando esté despejada la neblina,  no
se divisa las lomas de Lachay ni tampoco el pueblecito llamado De las Perdices.
Para orientarse, se toma como referencia 
el brillo que se refleja de las blanquísimas salinas. Un indígena que
los acompaña,  cuenta  de una ciudad llamada  Caral, que había  dado vida a la región mucho antes de que se
conociera  otra civilización. Debía
ser  la más antigua en el continente.
Tan  antigua, que se  habían 
perdido los  primeros rastros de
las grandes  edificaciones, porque se
acostumbraba  construir encima de estas
las nuevas. Como no  se usaba la  escritura, la forma de enterarse y
comunicarse, era con la presencia de ceremonias o actos religiosos, donde la
participación de todos era muy importante. Era una forma en que todos
gobernaban. No le interesó a Isabel ni a Álvaro de modo especial,  el pasado. Ellos  miraban al futuro y sentían que podían hacer
su propia  historia.

 

Una luna temerosa de las
nubes los acompañaba en la travesía. Después de  dos días más de navegar a vela, arribaron a
un atracadero de embarcaciones. Su nombre 
sonaba casi  igual  al 
puerto  chino, Schangay. En el
Perú, con lengua más floja se le decía Chancay. Cuando Isabel y Álvaro  se informaron sobre si el origen de la
denominación del puerto, podía tener relación con la cultura del también
conocida como Chancay, algunos antiguos habitantes  les informaron que antes de la llegada de
extraños navegantes,  a este  lugar se le conocía con el  nombre de Susulachumbi. Además  dijeron que era raro que ciudades del
antiguo  Perú llevaran  la nomenclatura de una cultura.

 

En la espera de los rayos
de sol de cada día, de pronto se encontraban solo a unas leguas al
norte de Lima, la Ciudad de los Reyes, 
entonces  ya  conocida 
como  la capital en la que  los españoles y sus seguidores gobernaban.
Tienen mucha  hambre que los angustia y
se deleitaron con un  pan sin sal – o
bizcocho  poco dulce – muy suave,
elaborado con bastante  yema de huevo. De
sabor agradable que invitaba a comer uno tras otro. Ellos le ponen el
nombre  de chancay, y encantada con
el  sabor, contextura  y fácil preparación,  Isabel promete  elaborar cada día esos panecillos para el
desayuno del Marqués. Él esta
entusiasta por haber logrado, con la ayuda de ésta mujer empeñosa, volver a
navegar en una nave construida sin necesidad del crédito de la Corona española.
Era un buen comienzo para la empresa que se proponía, porque había pasado de
tantas grandes promesas a una primera, aunque pequeña realización.

 

En Chancay
ven a unos hombres mujeres y niños con rasgos extraños. No parecían  quechuas. Les explican que  vinieron 
de la selva. Isabel  se interesa
en ellos. Había visto a habitantes así cerca de los lugares donde adquirió la madera  para construir la barca. Un hombre culto,
maestro de una escuela del lugar, les contó que estos indígenas tenían
creencias religiosas similares a los católicos. Una cosmovisión parecida. Los
cronistas Juan Santa Cruz Pachacuti y Felipe Poma de Ayala habían intentado,
reproduciendo dibujos para tender puentes de comprensión, explicar que los
silvícolas creían que todo el mundo se sostenía sobre inmensas masas de
agua.  Debajo del agua había otro
ambiente de vida donde moraban los Tsungki.
Luego  estaba la superficie donde se
vivía actualmente. Más allá habitan las estrellas y las nubes, así como los
hombres karakam.

 

Pusieron
especial atención los oyentes, cuando se explicaba en la creencia de los
aborígenes Dios Yus. Éste, antes que
existiera todo, creo la tierra con un grito poderoso. Luego, con otro
estruendoso grito, puso a los hombres en ella. 
Para vigilar  este Mundo, envió a
su hijo Ersa que toma la forma del
Sol.

 

Isabel y
Álvaro coinciden en decir, que hay cosas 
similares en casi todas las religiones. Además se entusiasman y pregonan
que quedaba  también mucho por descubrir
en este mundo, sobre todo por la ruta de las inmensas masas de agua. Ahora en
Chancay tienen que hacer frente a problemas inmediatos. En tanto, discutían si
siguiesen  a pie en busca de Lima o
dejarían la embarcación para  hacerle
algunas reparaciones. La construcción 
apresurada en Viru no era  tan
buena. Más importante aún, era 
mantener  la nave  resguardada 
de apetitos de otros  que pudieran
adivinar sus planes. Al puerto de Chancay habían llegado viajeros de Panamá. En
una posada con vista al mar, en la que se alojaban ricos comerciantes europeos
que compraban sal, un desconocido 
conversó con Mendaña, sin saber 
que éste era el Marqués. Alentado por un buen vino portugués recién
desembarcado le dijo:

–     
Después de una extendida y arriesgada
navegación, los expedicionarios descubrieron, en el extremo suroeste del
Pacífico, un archipiélago que denominaran Islas Salomón, Mendaña regreso sin
oro. Ó, el astuto, se habrá guardado los planes para retornar por el tesoro.

–     
Como capitán de una de las naves subalternas de
la primera expedición, participó en la proeza el navegante e historiador de los
Incas del Perú, Pedro Sarmiento de Gamboa. Este habría tenido, sobre la base de
sus estudios, conocimiento de los viajes y las rutas de Túpac Yupanqui. Tal vez
ahí está el secreto, había que buscar entre los indios, quién sabía  la mejor manera de encontrar los tesoros.

–     
¿Qué se estará tramando ahora? ¿Serán los
portugueses los que están  tentando a
Quiroz? Dijo el forastero.

 

En la  borrachera, Mendaña mantenía su cabeza fría,
y así pudo enterarse por boca de los informantes recién llegados, que el
portugués  Quiroz, quien había  sido su piloto,  estaba presionando en Lisboa, para comandar él
mismo  una expedición. También se le  había visto probando suerte en la Casa de
Contratación de Sevilla.  Ahí el  sueldo anual de un Piloto Mayor era la
importante suma  de 70,000 maravedíes. Si bien ahora en Lima,
también se expedía el título de pilotos mayores y menores, estos  ganaban mucho menos, aun cuando podían
conocer más  sobre los mares del sur.

 

Al día siguiente,
Álvaro invito a cenar a los marinos a su barco y les reveló su identidad.  Estos en tono conciliador le contaron que
Quiroz tenía una ventaja  que facilitaría
la ubicación de las islas. Había tomado conocimiento de un sistema  que utilizaron los chinos, que complementaba
los paralelos usados ya por los navegantes. Este se basaba en la
aplicación  de líneas perpendiculares o
lo que se llamó después meridianos. Álvaro estaba impaciente y desalentado. A
pesar de que había tenido años atrás, en 1567, 
el apoyo  de las clases
gobernantes por  su parentesco cercano
con el  gobernador y Capitán  General del Perú, licenciado  Lope de Castro, ahora temía que su
proyecto  sea emprendido por otros. Él
sabía, por vivencia propia,  las argucias
y confabulaciones en torno a las decisiones. Su sola presencia en la Ciudad de
los Reyes, levantaría conjeturas  sobre
sus propósitos de emprender una nueva expedición.  Esto levantaría  suspicacias sobre  el oro y otras  riquezas. Provocaría envidias y  ajustes de cuentas olvidadas.

 

Varios días
se discutió al respecto en el puerto de Chancay. Ahí finalmente se entera de
que Mariana, la madre de Isabel, había amasado una nada despreciaba suma de
dinero, debido a su habilidad de administrar, sin la presencia del jugador y
despilfarrador Nuño, tierras de cultivo en la localidad llamada Humay.

 

Rápido toma
la decisión de dejar el barco en reparación e 
ir a conversar con Mariana, así como 
con las autoridades en Lima. Empaquetaron sus pertenencias y montaron.
Había que cruzar – según les señalaron – sembríos,  ríos  y
grandes extensiones de arena, en la que las pisadas de las bestias se hundían
hasta las canillas.  Sabían  que llegarían muy agotados y exhaustos,  a la 
ciudad fundada por Pizarro, que tenía, a pesar de que estaba en tierras
del cacique Taulischusco, por nombre   Li
– ma. Se preguntaron entonces, ¿de dónde venía ese nombre, acaso de la fruta
ácida que no crecía en  los arenales
cercanos?

 

No. La
versión que le interesaba a Isabel, era creer lo  que parecía una leyenda: En efecto, una
anciana indígena le  contó,  que un señor de tierras  lejanas al que llamaban simplemente Li,  se había asentado en este punto estratégico
como referente  cercano a las costas,
para encontrar tierras más ricas en los valles 
serranos. Él forastero, de ojos ovalados, se había quedado esperando
pacientemente que otros  vinieran a
buscarlo. Isabel, que  recordaba  lo que Zchenn le contaba, se animó a
esclarecer: “Era entonces costumbre de los foráneos, preguntar por el  habitante casi solitario de apellido Li, que
conocía esos parajes”.

–     
¿Quién era ese Li?, pregunto Álvaro que se había
distraído.

–     
Uno llegado 
de otras tierras, que  merecía la
confianza de los viajeros que  arribaban
a ese lugar de costas misteriosas, dijo Isabel.

Todo era muy
confuso, hasta que Isabel se  animó a
esclarecer  que en idioma chino, el
preguntar por Li  sonaba   algo así como Li-ma. El sonido Ma al final de una  palabra o frase equivale a una interrogante,
precisa ella, hablando como una erudita.

 

Esa misma 
tarde, Mendaña interesado por el 
dinero  e Isabel alentada por la
posibilidad del encuentro con su verdadera madre,  indagaron 
reiteradamente  por las
posibilidades de utilizar la  ruta
marítima, que podría ser más rápida. Un lugareño les dijo a media voz, casi en
tono de complicidad: “A medio camino, algo más cerca de Lima que de los
farallones,  hay una  baja – un banco de arena- conocido con el
nombre de Salmerina la cual está de estas tierra a unas nueve leguas”.  Y continuo, tímidamente, precisando: “Esta
Isla hace abrigo al  puerto de la Ciudad
de los Reyes. Callao se llama ahora y esta a doce grados y un tercio,” Álvaro
lo conocía bien y sabía del peligro  que
entrañaba la gente de ese el principal puerto de Sudamérica,  que antes tenía la denominación de Santa
María. Las personas que habitaban ahí se habían hecho temidas por su
comportamiento criollo, ambiguo, oportunista, pícaro y vivaz.

 

Por muchas razones se proponen, entonces
definitivamente, seguir a pie y entrar de este modo discretamente a Lima. Así
no se exponían a preguntas en la Capitanía del Callao sobre el propósito de su
visita a la Capital, que  no podrían
evitar si  escogieran  la vía marítima.  Ella, a pesar de haber nacido en Lima, no
tiene un claro recuerdo de la ciudad. Muchos años transcurrieron desde que
había sido llevada por su padre al norte del país. Así, su ansiedad por
encontrarse con Mariana  y  la curiosidad por ver Lima, aumentaba en cada
legua que avanzaban. Nuevamente  en
marcha miraban al cielo,  oteaban el  horizonte y fijaban  la vista 
buscando las  huellas de sus
pisadas. Estas estrujaban el Tilansial, 
comunidades vegetales herbáticas sin raíces, que  languidecen sobre la floja  arena de la costa peruana y que se observan
en las lejanas lomas. Un escenario, un paisaje, algo aburrido. Deciden,
alcanzados por el cansancio, pernoctar en los arenales antes de divisar la
ciudad. Álvaro comandaba a los indígenas – y les corregía – sobre la forma de
armar una tienda de campaña. Isabel, que había 
visto estos procedimientos desde 
la partida de Piura, ahora  se
anima a hacerle  la pregunta:

–     
¿Dónde aprendiste a acampar, en el desierto?

–     
Estuve en el norte de África con los beduinos.

–     
¿Qué hacía un marino en  tierras Nord-africanas?

–     
Es un secreto. Es una parte de mi vida que no la
compartiré contigo.

 

Una
fogata  ahuyentaría animales salvajes.
Alguna mirada quedaría en vigilia.  Los
indígenas que los acompañan,  parecían
tener un  temor sobrenatural. Uno de
ellos dijo haber oído al  qarqar, un animal mutante, que  aullaba como el lobo, emitía el cacareo de la
gallina, rebuznaba como el asno, pero en realidad era uno de esos mitos  andinos transformados en fábulas, que
representaba al hombre-mono, espíritu del mal reencarnado en  ser viviente, 
para vengarse por haber muerto.

Isabel parecía estar
arrepentida de haberse preocupado por las salvajes creencias de gentes que
adoraban una serpiente…

 

En el albor
de la madrugada, todos estaban despiertos, 
aún cuando no había aclarecido plenamente, Álvaro dijo: “Después de
andar tanto, parece que los fantasmas se ponen resueltamente de nuestra parte.
Llegamos pronto a la ciudad más importante de estos territorios”.  Un halo de humo, hacía presumir que estaban muy
cerca a las primeras casas que rodeaban la zona urbana, y se pusieron a marchar
con el entusiasmo de quien alcanza  la
meta. Llegan a Tambo Inga, unas chacras en las que se cultivaba plantas
llegadas de distintos continentes. Isabel aprovecha para indagar  sobre personas que puedan descifrar los
escritos heredados de Zchenn. Sabía que las escrituras eran chinas, pero hay
tantos dialectos. En los predios cercanos, encuentran en una choza a alguien
que decía podía leer Mandarín. Él, que se llamaba Chao, no habla. Como
recibiendo un dictado de una fuerza superior con dificultad traduce y escribe:

Año
1421. Bajo las órdenes del Emperador Zhu-Di, el día ocho de marzo, la gloriosa
dinastía Ming comienza a hacerse presente en los mares del Mundo, con treinta
mil de sus mejores hombres. Estarán dos años bajo las ordenes de Zheng He.

 

Al entrar el Marqués, en forma casi desapercibido al recinto, el
intérprete dejo caer su utensilio de escritura. Isabel le  había explicado a su marido, que ella  estaba en busca de un chino, que le adivinara
la suerte y le diga dónde ubicar a su 
mamá Mariana. Álvaro la tomó del brazo y sacándola  del lugar, 
le hizo notar con la expresión de 
sus ojos, que no le creía lo que 
ella le había dicho.

 

——-

 

Isabel, se quedo mortificada por su curiosidad de no
saber todo lo que decían los escritos. Estaba ahora aproximándose montando
garbosa su cabalgadura,  cada vez más
a  Lima. La ciudad  tenía cerca de catorce mil habitantes. Se
prestaba a celebrar  sus sesenta
años  de fundación. Para ello, las calles
fueron adoquinadas con piedras labradas. Era 
de noche cuando hacen su ingreso y ella buscaba entre las sombras,
imaginando un rostro desconocido, a Mariana. ¿Sería su mamá blanca o de piel
color aceituna? ¿Baja o alta, gorda tal vez? ¿Qué diría cuando le presente a su
marido, que la duplicaba en edad? Unos faroles en las esquinas daban  tenue alumbrado público:

–     
¡Qué belleza! 
Exclamó Isabel, cuando – abriendo aun mas  sus enormes ojos -vio salir de la oscuridad
el primer carruaje que transportaba pasajeros.

–     
Deberíamos 
construir algo así, dijo Álvaro para complacerla o complacerse él mismo.

–     
Sí, vamos a 
probar  dando un paseo en uno de
esos coches. Algún conocido nos lo prestará.

 

En el camino se cruzaron con García Hurtado de
Mendoza, Marqués de Cañete, éste Virrey reconociendo al Marqués de Mendaña, detuvo su carruaje y les convido
subir al lujoso medio de transporte. Quería hablar, el octavo representante del
Rey de España en el Perú, detenidamente sobre la administración de la
encomienda en Huánuco y otros asuntos. Los dejó en el alojamiento de la familia
Aldaa  que quedaba frente a Palacio de
Gobierno.

 

Al día siguiente se estaban realizado los preparativos
para el encuentro. Ella,  ayudada  por sirvientas, se ajusta sobre el tronco la
chupa azul oscura y se acomoda las faldillas, 
a la vez que revisa las apretadas mangas, sin mostrar apremio, como
correspondía a las mujeres de categoría.  
A las diez de la mañana cruzan el Marqués y su
esposa la calle  y entran por la puerta
lateral del Palacio. En el pasillo resplandecen azulejos multicolores, de tonos
azules  y verdes  finamente trabajados sobre espacios ocres.
Destacaba una larga alfombra   roja, lila
y verde, con los dibujos incaicos de ángulos rectos,  que descansaba sobre piedra labrada que conducía
a un  salón dorado. Ahí aparece el
Virrey, personaje  intrigante y petulante,
solapado cultivador de adeptos lujuriosos. Al ver al Marqués acompañado de Isabel, hizo un ademán al  ujier, quien entendiendo los deseos del
Virrey, propuso a Isabel, con la mayor delicadeza y firmeza, que se quedara en
uno de los corredores, en tanto los 
caballeros podrían  entrar a  otro 
salón  más íntimo para  conversar:

–     
Tenemos mucho aprecio por todo lo  que usted 
hizo, hace unos años en el Pacifico Sur. Pero especialmente  por lo que hará  hoy para la Corona, querido Álvaro, enfatizó
el Virrey.

–     
¿Qué más puedo hacer después de lo que ya  he hecho? le preguntó el Marqués.

–     
Decidme, con la mayor confidencia,  si hay oro en las tierras que descubriste.

–     
No lo encontré aún. Puede que sí, pueda que no,
contesta el Marqués.

–     
Si  somos
positivos en nuestro entender, entonces no debemos  renunciar a las esperanzas ni negarle a la
Corona, las posibilidades  de  engrandecer su riqueza, enfatiza el Virrey.

 

Testigo de la conversación eran las paredes labradas
en piedra. Monumental y atrevida 
arquitectura colonial  de un
Palacio en el que – tal como la sociedad peruana – se sobrepone diversos
estilos,  que  van hasta el escondido morisco.  La graciosa portada interior, de barrocas
molduras y arco mudéjar, es el acceso a los altos. El Virrey   conduce a su invitado  hacia sus aposentos privados, y  en  la
elegante escalinata, le confía acercando su cara:

–     
¿Por qué no organizamos las cosas acá entre
nosotros?

–     
¿Cómo debo entenderlo?, le pregunta  Álvaro de Mendaña.

 

Caminan,
paso a paso,  en  silencio, como si les faltara el aire para
subir  los tres vuelos de gradas  – de piedra el primero, de madera los
restantes –  y miran de reojo los
singulares y llamativos azulejos sevillanos, que recubren el vuelo inferior de
la escalera y replican el tallado del barandal. El Virrey insiste concretando
una oferta: “Quiero  darle unas tierras
de mi dominio  al sur de  Cañete, en el siguiente valle que se llama
Chincha. En ese lugar  podría descansar trabajar
en los planes y darme la respuesta, precisando que es lo necesario  para volver a las islas  Salomón”.

 

Ascendidas las gradas, pasada una verja de torneada
madera, se llega a las galerías  que
circundan el patio y bordean las estancias señoriales. Ahí se despidió el
Virrey con un apretón de manos del Marqués. Éste, ante la mirada de Isabel, que
los esperaba parada, dio su aprobación a la oferta del Virrey, con un
gesto  de asentimiento. Pero Álvaro
estaba disgustado, – más que ella – por lo que consideraba una falta de respeto
al dejar a su mujer en los corredores de Palacio.

 

Por ello 
decidió desagraviarla, adquiriendo un coche. Contrataron a Ignacio
Santisteban, un constructor de  carrozas recomendado
por personas cercanas al Virrey, hábil artesano criollo  que 
había acondicionado un taller cerca al río. Quería  armar una grande, dotada de  cama y comodidades, que sería – de acuerdo a
su diseño de forjador de naves – montada 
sobre grandes ruedas y  jalada
por  ocho 
corceles. Al poco tiempo abandonaron el proyecto, porque  no había caminos adecuados  para sus propósitos.

 

Los contactos con Mariana se habían realizado. No fue
tan fácil ubicarla como se creía. Ella vendría de sus chacras en Humay a Lima
en dos días, y se encontrarían en la misma 
casa de los Barrios Altos, donde Isabel había nacido.

 

En tanto esperaban, Isabel descubrió que le
gustaba conversar bajo los sauces, plantados en la Plaza de la
Inquisición,  o también llamada Plaza del
Estanque. Ella con la posición de su cuerpo y la disposición de su mente, daba
la espalda al local de esa horrible institución, creada para amenazar – con el
pretexto de la religión – a los enemigos del Poder, o influir en la vida
cultural, poniendo atención en los trabajos intelectuales para dictaminar si
eran compatibles con la doctrina de la Iglesia. En tanto, Isabel ofrecía su
cara y su mejor atención a la Universidad desde 1574 llamada Universidad Real y
Pontificia de San Marcos o Universidad de Lima, A partir de esa casa de
estudios se implanta en el Perú un especial modo de vivir: Las artes y ciencias
venían con la influencia  árabe, en tanto
que p ara fines del siglo XVI, la cátedra de leyes estaba divida  en Derecho Civil y derecho  Canónico. Toda enseñanza se fundamentaba en
la escolástica. La filosofía Griega tenía poca importancia frente a la religión
Católica. “Me  instruiré   con las experiencias de  la vida, porque no tengo tiempo para aprender
de aquellos que sólo han estudiado lo que era permitido enseñar” le dijo Isabel
a su marido.

 

Álvaro le explica que en Europa prevalecía  el llamado 
Humanismo, como una corriente de  
atención hacia el hombre y su modo de pensar y crear. Isabel le señala  con el dedo el local de la Inquisición. Terminan
ambos visitando esa noche  El Corral de
las Comedias, donde ven una obra escrita por un criollo sobre el Cusco, que el
público celebró con prolongados aplausos. Ella 
le dice  a su esposo, que le gusta
el arte mudéjar, que llegaba a Lima en busca de nuevos entronques indigenistas.

 

Camino a su alojamiento, – observando las carretas  jaladas por bueyes, que animaban las oscuras
calles – Álvaro de Mendaña trataba de explicarle a la inteligente e intuitiva
Isabel, la compleja conducta de las autoridades españolas. Cuando el actual
Virrey era joven, su padre  Andrés
Hurtado de Mendoza, tercer Virrey del Perú, lo envió a pacificar  Chile, lo que hizo con éxito. Ahora tres
décadas después,  vinculado con
comerciantes de ese país, impone a las panaderías el uso del trigo venido del
sur en sustituto de la  harina de maíz,
que se producía en el Perú a costo más bajo. El precio del pan en Lima se
triplicó, pero nadie protestó. Cosas de la administración del poder en un
entorno  sumiso y  distraído.

 

Se quedaron Álvaro e Isabel hasta el amanecer sentados
frente a unos pilones, que proveían de agua potable – recién instalada en Lima
–  a la población en una plaza aledaña a
un Convento, comentando que en el Perú se concentraban  diversos valores: la valentía  de los españoles; que con su accionar –
sumando algo más de veinte mil en el extenso Virreinato del Perú –  transformaban las circunstancias. La
resistencia pasiva de más de dos millones de indígenas. Su  postura  
evitó, como en otros lugares del continente  más al norte, sean esclavizados o diezmados.
Hubo que importar esclavos del África, que llegaron a ser más de treinta mil.

 

De esta
convivencia bajo  convenciones,
compromisos, claudicaciones, acomodos  o
normas de comportamiento  no escritas,
emergen conductas ejemplares. Algunos Sacerdotes se interesan por la mejor
armonía entre todos, como el Padre Acosta, que escribe unas crónicas sobre la
vida en la Colonia. Una mujer simboliza la 
fe  de la nueva clase criolla:
Isabel Flores de Oliva,  se está
convirtiendo por sus méritos religiosos en Santa Rosa de Lima, la Patrona
Espiritual de América. Se abren las posibilidades, que la Iglesia Católica
reconozca  un moreno  de origen africano como Santo.

 

La entonces
denominada Tres Veces Coronada Villa, a pesar de los esfuerzos de los españoles
para  que se llamara Ciudad de los Reyes,
se  queda simplemente con el nombre  de poco significado y fácil pronunciación:
“Lima”. No tenía el clima agradable y primaveral de Trujillo. Lima estaba casi
todo el año cubierta de garúa – una lluvia fina – y nubes color panza de burro.
Por eso, se propuso varias veces cambiar la capital del Perú a la ciudad de
Xauxa o Jauja, en las  alturas de los
andes,  donde las estrellas brillan y el
aire es limpio y puro. Sin embargo, la cercanía al puerto del Callao, que
controlaba la entrada y salida de 
mercancías, era y sería lo más importante para una clase criolla y
colonos españoles, que – a diferencia de los que se asentaron luego en Santiago
de Chile, Bogotá o Quito – más les agradaba comerciar o vigilar, que trabajar.

 

 

En Lima los acontecimientos de la Metrópoli
repercutían. Hace solo unos años,   España
había visto diezmada su flota. LaFelicísima Armada no había logrado  su cruzada contra Inglaterra, y los costos
para  mantener el dominio en los mares
eran enormes. El Marqués daba una opción de triunfo, tan necesaria en esos años.
Pero también podía ser que su expedición, de no 
tener el éxito deseado, ahonde las diferencias y disputas en la
Corte  que arrancaron desde la  suerte del Sétimo Conde de Medina  Sidonia, 
y sus dos mil cuatrocientos cañones que no dispararon.

 

 

Álvaro se volvió crítico. Luego de beber en abundancia
el ron que había traído de Trujillo – y toser reiteradas veces –sorprendió a
Isabel  confiándole:

–     
Acá se dan una enorme importancia los súbditos
de Castilla.  En Europa los que vivimos
al sur de los  montes Pirineos
debemos  luchar constantemente para
lograr nuestra unidad y reconocimiento.

–     
¿Por qué?, interrogó  su esposa.

–     
No tengo una respuesta convincente.

–     
Vayámonos de acá, dijo ella en forma de ruego.

–     
Si, es curioso, acá algunos peninsulares tratan
a los nativos tal como son  tratados
ellos mismos  en Europa o peor, dice
Álvaro como si estuviera hablando consigo mismo.

–     
¿En una conducta típicamente colonial? Pregunta
ella. Álvaro no contesta.

–     
Partamos sin demora, insiste ella.

 

Álvaro no responde. Finge sumirse en un prolongado
ataque de tos. Todo su pensamiento estaba concentrado en el modo de
conseguir  parte de la Dote que le
correspondía a Isabel por matrimonio, de obtener dinero para  navegar en busca de más fortuna. Decide,
argumentando que Isabel no es conocida en Lima, 
casarse – esta vez por la Iglesia –  
y presentarla en sociedad.

 

Llega el día
Domingo y  el Marqués con Isabel son  recibidos 
en  la amplia casa en El
Chirimoyo, en la zona que posteriormente
seria conocida como Barrios Altos que estaba conformada por  la reducción llamada pueblo de Santiago del
Cercado y el barrio de Santa Ana,  cuya fachada
aún se veía pintada de color rosa.  Antes
de  entrar, él contemplaba los bienes
desde un montículo en la Plaza Santa Ana, que había quedado como resto de la
Huaca Grande, que  años antes había sido
destruida para evitar el culto al dios nativo Rímac.  Al  
ver frente a él, a  la elegante
Señora Mariana ataviada en valiosísimas 
joyas, no pudo ocultar  su  deseo de 
obtener la fortuna, que lo había hecho cortesano  y amable y hasta sumiso. Isabel en cambio,
estuvo fría y distante con la madre que la había abandonado y que recién conocía.
Mariana, que logro ganar mucho dinero haciendo administrar con rigor y eficiencia
propiedades, al ver a  la hija, se puso a
llorar. Calmado el llanto y después de mirarse, sin tocarse, preguntó: ¿Qué los
trae donde mí? Álvaro, solicitó, haciendo un esfuerzo para sobreponerse a  su tos persistente, y respondió:

–     
Deseo, anhelo firmemente,  casarme con su hija. No lo podría hacer sin el
asentimiento de su agraciada madre.

–     
¿Por qué no siguen conviviendo sin el
casamiento?

–     
Necesitamos para decidir el futuro de ambos y el
buen nombre de la familia, el importante apoyo suyo y la bendición de la
iglesia. Lorenzo ya nos dio más de lo que esperábamos, su entusiasta
contribución para realizar una gran travesía por los Mares del Sur.

–     
Entonces 
necesitan una fortuna  mayor que
la Dote,  accedió la astuta Mariana.

 

Y paso a sus exigencias para que el matrimonio y la
Dote se pudieran  materializar,  detallando 
había una caprichosa condición: Isabel  no debía llevar el apellido de su padre
Rodríguez, por entonces bastante endeudado y 
emocionalmente distanciado de todavía su esposa oficial, Mariana.
Tampoco se llamaría Isabel de Mendaña, sino simplemente Isabel Barreto. Hubo un
largo silencio y miradas que buscaban el recíproco consentimiento

 

Entonces Mariana dio por aceptada su condición. Se
alzo de la silla de terciopelo con un ademán de despedida. La madre y
principalmente Señora Mariana,  vestía
golilla de tela blanca almidonada, – que ayudaba a mantener su rostro a cierta
distancia de las circunstancias –  con
una frialdad de un témpano de hielo le dice a su hija: “Te prometo ayuda económica
para que sigas tu  camino. Tienes juventud y por lo tanto  energía, coraje y suerte. Tu destino será el
multiplicarte en distintos lugares. Te bautizarán varias veces. Otras tantas te
casarás. Serás enterrada en distintos lugares. Pertenecerás a todos y a nadie.
Así  serás una mujer  difícil de 
encontrar, porque a la vez serás vasta e invisible”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Olvidarse de Mitos y a enfrentar realidades. Los mestizos tienen que
buscar nuevas tierras  donde puedan ser
protagonistas. Recoger el dinero para organizar el viaje. No sólo a las Islas
Salomón, sino encontrar la ruta por el Mar del Sur a la China.

CAPITULO  VII

Preparativos
y peripecias para emprender el Gran Viaje.

 

 

En su corta  permanencia en Lima en 1593 Isabel se había
convencido de que China debía ser similar al Perú Incaico. Ambas eran culturas
milenarias que los conquistadores no podrían destruir del todo. Los
europeos  tendrán tarde o temprano
convivir con esa realidad. Pero eran tiempos en los que unir ambos imperios
podría  parecer muy peligroso a
estrategas europeos. Ella tendría que buscar la manera más sutil para  encontrar la ruta, que su intuición de mujer
sería para bien de muchos en el futuro

 

Isabel – en
tanto conversaba con su marido – estaba con el pensamiento ausente. Ella quería
encontrar a alguien que podría verificar la traducción de los escritos en
chino, que había heredado de Zchenn. Y sobre todo, que terminen de interpretar
todo el documento. Un  profesor de origen
árabe de la Universidad, ofreció ayudarla, pero no estaba cumpliendo.

 

Por ahora le interesaba  entender 
la razón por la que ingleses y españoles 
sólo habían llegado hasta las Filipinas y Hong Kong, en tanto que los
portugueses se atrevían hasta Macao. Sin atreverse a enfrentar los desafíos del
milenario imperio que se encontraba en la China Continental Si el Perú hubiera
tenido islas frente a sus costas lo suficientemente grandes y cercanas,
entonces quizás los españoles se hubieran quedado ahí. No, no, – reflexionaba –
acá han venido por el oro y éste está en los Andes.

 

Para realizar el viaje que lo veía más cercano, había
entonces que enfrentarse, además de los intereses y conjeturas políticas,  al 
Océano más grande – del tamaño de todos los continentes juntos – y menos
conocido del Mundo. A una  masa de agua,
corrientes  marinas, vientos y
condiciones climáticas sobre las que se tenía muy escasa información. Y
especialmente a distancias  pocas veces
recorridas.  Estaba ahora más claro,
después de haber conversado con estudiantes y profesores de la Universidad de
San Marcos, había que  ir a la China, y
en el camino – para abastecerse – 
constatar la existencia de las islas 
sobre las que las leyendas 
informaban. Ahora  tenían que
reunir todos los esfuerzos posibles. Las talegas llenas de plata habían sido
entregadas por Mariana. “Partimos mañana”, fue la afirmación de la pareja
después de la socialmente poca exitosa boda. Tenía presente el recuerdo de la
voz potente del  Sacerdote, que con su
estruendo trato de llenar el vacío y la notoria ausencia de invitados en la
Iglesia.

 

Isabel pidió permiso a su marido para ir a rezar sola
a la vistosa Iglesia de  San Francisco.
En verdad enrumbo hacia una posada cercana en la que sabía se divertía el  Virrey. Fue directa al enrostrarlo “En
Palacio no me recibes. Pero acá soy yo la que te voy a acoger y recibir”. Bajo
sus enaguas de seda blanca, y dejo lucirsus muslos y caderas pronunciadas. Al  notar que lo había perturbado, soltó su
cabellera negra. Ya totalmente desnuda 
se puso a lamer  con pasión la
piel áspera del varón. El cuerpo de Isabel era 
aun tierno, y  comenzó a  temblar. El la remeció  con un viril maltrato. Ella lo convierte en
gozo, y por primera vez obtiene la victoria de un orgasmo. El olor era a sexo.
La tarde parecía quieta La esposa infiel vuelve a recorrer el camino del
placer. Se escuchaba  solo los gemidos de
amor. El  Virrey, pasada la ternura,  exhausto, le preguntó:

–     
¿Qué buscas en verdad? ¿Qué quieres a cambio del
fuego que me diste?

–     
Estar lejos de ti, contesto provocadora. “Mi
fuego voraz puede causar una gran hoguera y llevarte al infierno. Mantenme
lejos, ayúdame a ir a la China”.

El anciano estaba
fisicamente agotado. El no  queria ante
la ricahembra claudicar. Eso era inevitable si se volverian a encontrar.
Entonces, con fuerza  en la voz, dijo de
modo soberano:

–     
Te irás,  hoy mismo, al Sur con tu marido. Después
veremos. Ese viaje a las Islas  Salomón
cuesta una fortuna. Vamos a ver como lo financiamos a la brevedad posible. Con
una mujer así no creo que el Marqués dure muchos años, dijo el Virrey con voz
cansada.

 

El día seguía su turno, en tanto que Isabel se vestía
lentamente. No hubo más palabras.

 

Una hora después, los 
viajeros, Isabel y el Marqués, 
recogieron sus vituallas del alojamiento frente a Palacio, y decidieron
darle la espalda a la majestuosa catedral, que a semejanza de la de una
importante ciudad española, se  terminaba
de construir en la Plaza de Armas. Buscaban ahora, a caballo,  tierras más al sur prometidas por el Virrey.
Tenían que revalorizarlas para obtener el dinero faltante para un viaje tan
largo.

 

Álvaro estaba convencido de que necesitaba la
fortuna  de la familia Barreto y el apoyo
del Virrey. Pero principalmente a Isabel. Le perturbaba la habilidad con que
ella se orientaba. Sabía que le podía ser útil en la expedición. El quería
estar  seguro que  Isabel era una sobre dotada, y  por eso con cierta frecuencia incitaba a un
diálogo que se desarrollaría así:

–     
Tú tienes una nariz tan  larga que se te debe de atribuir un buen olfato,
le  dice Isabel a Álvaro: ¡Que Baah! Tal
vez tenga un  buen sentido para
orientarme por los vericuetos de  la
búsqueda de Poder, contesta el Marqués.

–     
Isabel, 
con tu nariz  pequeña, muy
chica,  puedes descubrir el mundo detrás
de  la cortina  que te puso la prematura ceguera infantil,
agrega el hombre maduro.

–     
Por la nariz solo se aspira parte del aire. El
verdadero contacto con el ambiente que te rodea lo percibes por diversas
sensaciones. Los labios, la boca, toda la sensibilidad de la piel que capta las
variables temperaturas o los  roces de
los vientos más leves. Eso te penetra hasta el alma.

–     
Cuando termina esa frase Isabel se contornea
mostrando toda su sensualidad. No estaba 
coqueteando con su marido, sino con sí misma.

 

Isabel  en ese
instante, ya sabía que dejaría al Marqués, en las Islas Salomón, en tanto que
ella convencería a los pilotos, que  el
destino será encontrar una ruta para llegar por el Mar Peruano o Mar del Sur,
al Gran Imperio de la China. Con brío emplaza Isabel los desafíos. Pasaron a
caballo por Lurín. En el  valle se
elevaba, desde tiempos remotos,  como
emergida de una visión fantástica,  la
fortaleza de Pachacamac. Pizarro había estado en este santuario famoso de los
Yungas y los estragos eran aún visibles. Siguieron hasta unas  salinas 
formadas de lagunas con aguas, a las que se la atribuía cualidades  curativas. Hicieron estancia ahí por cuatro
días. Se enteraron que el Virrey Marqués de Cañete, estaba entregando en arrendamiento
las salinas a los indios, para que ellos puedan disponer de la sal y además,
pagar tributos. La habilidad comercial del gobernante enviado por el Rey de
España, se hacía evidente: Quitarle a sus propietarios sus pertenencias para
volvérselas  a dar en arriendo, y encima
cobrar un tributo, era cuestión de señores nobles y poderosos.

 

Contemplaron la naturaleza: diversas aves marinas
volaban cerca de Chilca en tanto que en la playa, sobre la arena se podían
encontrar cangrejos, langostinos y rastros de distintas variedades de la rica
fauna marina. En ese pueblo  se planeaba
construir una Iglesia grande, que contrarreste las ceremonias que  los indios hacían en un cerro, que daba a un
acantilado sobre el mar, conocido con el nombre de Lapa Lapa.

 

Tres leguas más
adelante  esta el valle de Mala,
donde  se decía que  el demonio por los pecados de los hombres
metió el mal a esa tierra. En estas extensiones 
agrícolas,  los gobernadores
Pizarro y Almagro guerrearon en disputa sobre 
su hegemonía de la ciudad de Cusco, muy distante de ahí. Asombró a
los  viajeros, que los indios cultivaran
maíz en las extensas zonas en las que no llovía. Los nativos hacían unos hoyos
anchos y hondos en los cuales siembran. Con el rocío y la humedad nace y crece
el grano. Como fertilizante echaban a los pozos unas cuantas sardinas que  pescaron del mar cercano. En una tierra donde
escasamente llueve, el alimento  estaba
así asegurado.  Mala estaba ubicada en
una región  llamada  Asia. A Isabel  todos estos nombres  le seguían llenando el entusiasmo de llegar a
China, donde estaba segura que encontraría una cultura más antigua y
desarrollada que la  de los incas o los
europeos.

 

En su avance hacia el sur, vadearon el río Lunahuana,
que, como una serpiente de plata que se extendía sobre el arenal,  traía 
torrente de agua limpia proveniente de los glaciares  andinos. Isabel no puede dejar de recordar su
trágico paso por el río Viru y volver a pensar en Zcheen. Como casi todas las
semanas, y ahora con más intensidad, reafirma su promesa de buscar a las
Filipinas. En tanto, repite en su memoria algunos nombres que había oído de los
profesores de la Universidad San Marcos: “Tuvalu, Anachumbi, la Papuasia, y
Filipinas. O no, el orden sería las Islas de Pascua, luego…. ah… o, ya
veremos”.

 

Días después 
entraron en Chin – Cha. El valle se abría extenso, generoso para el
foráneo. Les llamó la atención una población en su mayoría africana recién llegada.
Decían los españoles que los negros generaban desconfianza. Los emigrantes
europeos y algunos criollos que  ya habitaban  ahí 
establecieron un puesto permanente 
de vigilancia, que se turnaban 
con Postas armadas y bien organizadas bajo el régimen militar. Isabel
recordó  – como lo haría en casi todos
los instantes importantes de su vida – que 
su amigo Zcheen,  le  susurraba 
a los oídos algunas palabras aprendidas 
por  boca familiar, de sus
ancestros  orientales, y que dentro de
estos sonidos  que combinaban o repetían
monosílabos, fáciles de aprender, estaba 
la palabra chin cha,  que
significaba policía o comisaría, en referencia al lugar resguardado por el
orden oficial.

 

Se decía que la gente que  poblaba Chincha era pequeña. Cieza de León en
sus crónicas, escribiría  que  los habitantes del valle “no tenían más de
dos codos de altura”. Pero que se habían 
nutrido  en épocas pasadas, con la
fidelidad a la bandera de un capitán rebelde que era muy dado al servicio de la
religión. La realidad es más cruel en ese valle, que  es  uno
de los  más grandes de todo el Perú.
Supera a cualquier mito o leyenda sobre hombres que se parecen a animales. O
que los tratan como tales. El maltrato al trabajador y el comportamiento del
terrateniente es cuestionable. En contraste, es una cosa hermosa ver en Chin
Cha sus arbolados y acequias siempre llenas de agua. Las frutas olorosas y
sabrosas, no pueden compararse con las insípidas del Viejo Continente. Las
florestas estaban adornadas por bellos 
pájaros,  que alegraban el
ambiente con su cantar muy peculiar. En los secadales del valle  se veían los 
montículos de tierra, debajo de los cuales se encontraban numerosas  sepulturas antiguas, de donde los españoles
habían sacado gran cantidad de oro. Cada vez más, en  esas tierras lejanas de las que se hacían
propietarios,  se  sentían los llegados algo fuera de lo común y
poderosos.  Cabalgaban orgullosos, como
si fuera el jinete y su corcel una sola anatomía. Osaban  presentar 
figuras y piruetas con la  bestia,
para impresionar – o  asustar – a los
lugareños. El europeo se hace llamar 
Patrón  y  decidió ser férreo  en poner orden – su orden que le convenía – y
no vacilaba en castigar físicamente y con brutalidad a quienes les
desobedecían. Los azotes se repartían, para reprimir la falta de voluntad en el
trabajo, las borracheras, los  juegos de
azar o las mentiras. Hasta cien latigazos podían marcar el cuerpo y el alma de
los  que tenían el color más oscuro,
simplemente por hacer lo mismo que le estaba permitido a  sus amos. La tortura  era llamada entonces  tormento y se aplicaba sin restricciones por
parte de quien tenía el poder.

 

Eran tiempos 
difíciles en el Nuevo Continente. Se  
propagaba la noticia de que en las minas de  Burias, en  
Venezuela, se había alzado el negro Manuel. Tuvo la aprobación de
algunos de los miembros de la Iglesia, tanto que pudo nombrar a un Obispo.
Otros africanos, que llegaban como mercancía, se comenzaban a sublevar. En
Brasil las autoridades  escuchaban a los
cimarrones,  que en el palenque de
Palmares  fundaron  un reino independiente. En Chincha, como
contraste, – para olvidar las penurias – la gente bailaba con marcado  ritmo y vivo entusiasmo.   La esclavitud, aceptada para  los africanos, sería  un ejemplo de ordenar una relación laboral,
en que  al amo le correspondían todos los
derechos como Patrón. Los indígenas 
parecían mantenerse indiferentes, a pesar de que con su pasividad
también aceptaban al sistema foráneo. Por ello, la autoridad española en el Sur
del Perú, – que no se distraía – ordenó instalar calabozos  de castigo bajo tierra, para negros rebeldes.
Y después  para algunos indígenas.  Allí 
el hacinamiento ofrecía condiciones deplorables para la salud. Eran
cuevas  o socavones que parecían
catacumbas, donde  moraban familias –
hijos y mujeres – de aquellos  que vivían
en esclavitud o bajo el oprobio de ser dominados. Así, al poco tiempo, la
población trabajadora  queda diezmada.
Otros, los que pudieron,  huyeron a las
alturas frías de los  andes o se  internaron en las  oscuras selvas.

 

Isabel  no
compartirá la dureza del trato. Tenía 
sentido común  para darse cuenta,
que el maltrato los había dejado sin trabajadores. Ellos, los españoles y también
los criollos  – más cercanos a alinearse
con costumbres foráneas – no podían asumir 
tareas que demanden esfuerzo. Se sentían nacidos para mandar, más no
para trabajar. Isabel concibe la idea  de
traer de las islas, que querían descubrir, a trabajadores voluntarios, que no
serían negros ni indígenas. Y por lo tanto, recibirían mejor trato por una
labor de siervos. ¿Pero aceptarían los colonos criterios de equidad y justicia?

 

La justicia estaba condicionada por poderes, que
ilustraban su impresionante biografía de pactos y premoniciones secretas, y el
actuar diligente de influyentes autoridades. Es cosa común en  los 
nuevos territorios,   que el
Derecho sea considerado en el contexto de la gran represión,  impuesta por la cumbre política del poder. Los
asuntos jurídicos  son una formalidad
del  quehacer,  administrado desde arriba, que reduce las
situaciones al convenido juego de lo lícito 
y lo ilícito, dejando  el criterio
de equidad al lado. La búsqueda de justicia, 
toma su forma más primitiva de una silenciosa y despiadada  guerra, reglamentada por y para  el que detenta el poder. En el Virreinato se
trata de ordenar, a conveniencia, 
algunas cosas. Era un tránsito entre el poder de los conquistadores –
dividido por  reyertas – y de los
colonos, que buscaban afanadamente los 
caminos más cortos para lograr o afianzar posiciones de dominio.  No es claro si los ingas, como eran llamados
los nativos por los cronistas,  podían
aparecer ante tribunales de justicia españoles. Menos aún como demandantes.
Así, en situaciones que no eran de interés para los europeos,  regían las normas, que entre los indios se
habían acordado. Sólo en los asuntos que involucraban   colonizadores o conquistadores, se  le dedicaría atención.  Los criollos 
estaban en un territorio de nadie, al medio de indios y españoles, en
una situación  no definida que ellos
mismos debían conquistar. Por eso, se identifican con un modo distinto de
hablar, en forma desbordante y utilizan la afabilidad y galantería de buen tono
como recurso.

 

El comparecer en Chincha ante un Tribunal, era un
espectáculo que destruía cualquier 
esperanza  sobre la justicia.
Álvaro se  involucraba en uno. En un
local policial, acondicionado en una dependencia de un  hacendado, – en el que habitualmente se
repartía la cosecha de verduras y frutas entre los terratenientes –   se realizaba un juicio. A los  frailes de un Convento  agustino, había confiado Álvaro de
Mendaña  la educación de un joven de
origen africano. No era tan negro como para ser considerado como esclavo, pero
tampoco lo necesariamente blanco para que le alcanzara la posibilidad plena de
vivir  tranquilamente en libertad.
Tendría cerca de  veinte años, y tampoco
tenía edad de ser liberto. Los frailes agustinos tuvieron que dejar
repentinamente el Perú. La situación de estos religiosos era de paulatina
pérdida de poder, por diferencias que se arreglaban o desarreglaban en  las metrópolis europeas. Los jesuitas, con su
Orden,  estaban en boga.  El joven Pedro había quedado, al retiro de
los curas, así desamparado. Y como tal en manos no amigables ni protectoras de
una familia llamada Mascafierro. Para ellos trabajaba dieciocho horas  por jornada.

 

El Juez y  la
Corte escuchan del Marques Álvaro de Mendaña el siguiente alegato:

“A
vuestra Señoría  pido y suplico se
sirva  haber por obrado los citados  ciento 
ochenta duros y por presentado el citado testimonio, y en consecuencia
mandar  hacer según y cómo  llevo pedido en el Cuerpo del Escrito, sobre
la conformidad de lo solicitado, no procedo con malicia, jurando a Dios nuestro
Señor y a esta Señal de la Cruz y en lo necesario. Álvaro de Mendaña contra
Basualdo José Mascafierro. Escribano Publico de Cabildo da testimonio de la
Escritura de Venta del susodicho Esclavo Pedro, por haber en forma y conforme
Derecho bajo  la Cláusula Guarentigia,
para la Renunciación  de la Ley del
Engaño y del Fuero; el susodicho Álvaro de Mendaña aceptó esta escritura a su favor
y habiendo realizado el pago respectivo, 
recibe dicho Mulatillo Pedro.

Este joven de piel aceitunada estaba presente y
al  notar que quedaba libre de
esclavitud, abrió   los ojos en  tal forma que parecían que se salían de la
cara. Sonrió  enseñando todos sus
dientes  blanquísimos y abrazo a Álvaro
que lo había salvado de la esclavitud, legalmente, comprándolo. En el camino de
retorno a casa, Isabel que llevaba jubón – una vestidura negra que cubre desde
los hombros  hasta la cintura – con la
que se había puesto elegante para la actuación judicial,  se 
detiene un instante para leer un letrero pegado a un árbol.  En el que   ofrecía 
en venta a un esclavo “que sabía afeitar, cocinar y hasta tocaba  un instrumento musical”.  Pedro miró de reojo, enderezó la cabeza y
dirigió la mirada adelante,  hacia el
futuro…   Había recobrado, de pronto,
la libertad que  perdió hace un año
y  medio. Ahora   se 
abría  su espíritu a todos los
vientos.

 

Isabel no se explicaba  del interés 
de Álvaro por el joven Pedro. Sin embargo, notó la profunda alegría de
su marido cuando lo tuvo cerca, trabajando en libertad para él, sin horario ni
tarea.  Pronto Isabel supo que lo estaba
preparando para el viaje, y que incluso le confiaba el comando de una  nave. Ella le increpa  la falta de responsabilidad. Tiene celos por
la confianza que le brinda el Marques a quien ella recién conoce. Pedro al
darse cuenta de ello le dice:

–     
Isabel, yo he navegado desde
niño. No me mareo ni me asusta el mar. Tampoco temo a lo desconocido. Respeto y
quiero al Márquez. Puedo ser una buena ayuda.

–     
Ni siquiera sabes por qué y
para que, ni donde vamos, le dijo Isabel.

–     
Lo que sí sé, Isabel,
es  que en el mar tienes que olvidarte de
los mitos, de los que tú siempre hablas y enfrentarte a realidades.

–     
¿A qué cosas reales te  refieres?, pregunta ella.

–     
A nosotros  – sí, tú y yo – que no tenemos la piel clara,
se nos presenta un futuro incierto en el Perú. Por eso debemos de descubrir
otras tierras. Mejor aún si son islas menos codiciadas, porque entonces allí
tendremos cabida y seremos los protagonistas.

 

Isabel se queda, como pocas veces
le sucedía, fascinada por este joven mulato. Se dio cuenta, observándolo,  que en tanto 
el mundo europeo estaba subordinado a un espíritu calculador,  el mestizaje 
abre horizontes y espacios simultáneos, en el que se permite actuar  siempre y cuando se asuma los riesgos de
improvisar.

–     
Nos quedamos aquí hasta
terminar algunos negocios, pero no para largo tiempo, pronosticó Isabel.

–     
Te veo muy entusiasta, ¿Qué
pasa? Interroga su marido.

–     
Creo  que ganamos un socio  valioso.

–     
¿Quién?

–     
Pedro, que no aporta un
centavo, pero que hace el viaje también sin pensar en el dinero.

–     
Así será, dijo el Marqués,
lo incorporaremos y nos iremos lejos, muy lejos, lo antes posible.

 

Álvaro  quería organizar la adquisición de
embarcaciones. Por ello, marido y mujer habían decidido quedarse, hasta
que  lograran sacarle mayor precio a las
parcelas  que empezaban a cultivar. Entre
tanto, hacen los arreglos para la venta de los terrenos, visitaron lugares
interesantes al sur de Chincha: así llegaron a la extensa bahía de Paracas,
donde el viento soplaba con fuerza. Isabel se impresiona con la variada y
bulliciosa fauna marina, que tenía cerca a sus ojos y al alcance de sus manos.
Entre otras tantas especies, cientos de lobos marinos de diverso tamaño se
soleaban en las playas y bellas garzas adornaban el paisaje casi desértico.
Álvaro, tenaz marino, decidió explorar unas pequeñas y bellas  islas cercanas, llamadas Ballestas, donde –
había escuchado – habitaban pingüinos que se comportan como  seres humanos.

 

Al retornar en una  pequeña 
embarcación, divisaron en los cerros que 
bordeaba el mar, una  gigantesca
figura grabada en la tierra. Se podría interpretar como la representación de un
candelabro o un árbol genealógico, concebido con criterios figurativos del  oriente. Isabel pensó que podría ser una
señal dejado por el gran navegante chino. Pero no  dijo palabra  
sobre esto.

 

Dos  días más tarde, llegaron a un oasis de agua
verde, en el  que se reflejaba el
esplendor de las palmeras que brillaban al sol. Se le conocía con el nombre de
Huaca China. La palabra china se usaba en quechua como hembra, que en la
especie humana  o animal está organizado
para concebir y dar origen a otros seres. En tanto que en Europa es la
denominación de un país grande, situado en el Asia y poblado por muchos
habitantes unidos en un Imperio. Ahora sí, Isabel comienza a  contarle a Álvaro que  consideraba que todas estas similitudes
no  podrían ser casuales.

 

 

——-

 

Con estruendo de tambores, ritmos y danzas
desaforadas, se celebraba el advenimiento del año 1595. Cerca de dos años,  estaban 
labrando la tierra en Chincha y dedicándose a los  negocios, que les darían los recursos y les
abrían las posibilidades de  viajar.
Isabel se puso impaciente. China la esperaba. Así discutía vivamente con el Marqués, sobre la 
necesidad de apurar las ventas y hacer cumplir las promesas de apoyo
dadas por el Virrey. Cuando se enfurecía, 
le venía  a la mente el recuerdo
del apacible Zchenn. Entonces se le notaba más bella y dispuesta a entregarse a
todo. Esa madrugada del Año Nuevo, 
Isabel vio en el cielo la combinación de todos  los tonos violeta. Desde la lila claro al
morado oscuro, pasando por la púrpura intenso. Se mezclaban con los ocres y
rojo del sol, que se levantaba en el horizonte. Exaltada, se sintió iluminada
con un pensamiento que le había entrado como un rayo,  y la electrizaba: Porque no  buscar, ahora mismo, sin demora,  la tierra de Zchenn, de donde venía gente
buena y dócil.

 

A partir de
ese día, averiguó por donde podía  llegar
sin mayores intermediarios, a los 
poderosos consorcios europeos. Algunos de estos comerciantes  se habían hecho ricos, controlando las rutas
de la sal y fundaron  ciudades
importantes,  como Salzburgo y Augsburgo.
Isabel se había enterado que las familias adineradas, especialmente los
banqueros Fugger,  se empeñaban en
convencer a los gobernantes, para emprender nuevas empresas y para adquirir  los recién conocidos frutos con
vitaminas,  que permitía combatir
enfermedades en Europa, que era amenazada por la peste y mala nutrición. Jacobo
Fugger el Rico, – con su nombre se llamó a la gente adinerada – fundó con  la fortuna que tenía,  el primer asentamiento con carácter social,
construyendo en Augsburgo 160 viviendas para los pobres, que le pagaban la
renta rezando tres oraciones diarias por la salud de El Rico.

 

Quería llegar directamente donde los herederos de
estos banqueros, porque acá en el Perú los europeos afincados, estaban más
ocupados en arreglar con los caciques el cobro de la llamada Mita. El tributo
indígena debía ser pagado  puntualmente.
Y enriquecer, finalmente, a la clase dominante. El oro y la plata eran, junto
con las propiedades, los símbolos de poder. Éste debe acrecentarse,
engrandecer, aumentar y sobre todo, no compartirse. Sería para comprar algunos
otros visibles signos de ostentación  y
poder, como cuadros y obras de arte importadas de Italia, junto con mármoles,
camas y muebles  de Lisboa o porcelanas
de Francia. Así,  un viaje
expedicionario  sólo valdría la pena, si
pudiese estar  alentado por el
descubrimiento de nuevas fortunas.  
Preferían ocuparse de lo suyo acá en el Perú, donde  a la mayoría de foráneos les iba bien.

 

No escatimó
la bella Isabel  métodos. Tomó violeta de agua para vencer la timidez.
Se arrejuntaba, hasta la complicidad más íntima, con quienes creía le podrían
suministrar información, sobre las posibilidades de emprender lo más pronto el
viaje. Alguno de los parientes de Isabel en Lisboa, a los que ella recurrió en
sus afanes, le informó que  se  negociaba en secreto un mapa  astrológico, que  permitía la navegación, orientándose  por la Cruz del Sur, las estrellas polares
y  Alpha Centauro. Su autor sería el
chino Mao Kun Kun, y la fecha 1422. También 
tendrían  los portugueses posesión
del Globo, hecho en 1588 por Mateo Ricci. En este  mapa esférico, que lo hizo en China, aparecía
Australia y cerca  unas islas que serían
las Salomón. Además, se educó rápidamente en los secretos  de la construcción de barcos, para aconsejar
y apurar a su marido. Ya tenían una goleta en Chancay. Querían ahora construir
una fragata de cuatro palos. Indagó por los mejores materiales. Le hablaron de
los   bosques  detrás de los Andes, que ella ya  conocía. Entonces, empeñosa, propuso viajar
otra vez hasta  la selva, para
cerciorarse de la bondad de las maderas. Esta vez fue el Marqués y ella se
quedó. Él  regresó al  cabo de un mes con un cargamento de
materiales selectos.

 

Isabel, entre
tanto, se aboca a la lectura de  algunos
relatos sobre las peripecias en viajes sobre la mar gruesa, o alta mar,  que  
encontró en la llamada “Miscelánea Atlántica”, escrita por Miguel  Cabello de Balboa en 1586, que recién se
conocían en Lima. A su retorno, el 
Marqués – que tenía un protuberante órgano nasal  en comparación de Zchenn – estaba cansado. La
joven y voluntariosa peruana le daba ánimos y lo estaba acariciando.  Él, que 
no parecía ahora  ambicioso en
ganar  fortuna,  ese mismo instante de su llegada, la desnuda. Álvaro, tenía un cuerpo que aún recitaba
ciertos  sueños del desenfado que le
había sido propicio en años anteriores. Ella, Isabel,  aprendía con avidez la lisura y perdía a la
vez la dulzura de una sencilla exuberancia juvenil. Álvaro, impulsado por su instinto, miró el
cuerpo firme de Isabel, beso con pasión sus pezones  muy oscuros 
y, después de una  corta
pausa,  le dijo:

–     
A ti mujer te llevaría, aunque de alma y corazón
mestiza, para que des hijos a las nuevas tierras por descubrir.

–     
Manan,  le
contestó Isabel  con  la 
única palabra  del idioma quechua
que había aprendido de  Adriana, la mujer
que la crió,  cuando  ella se negaba a hacer  algo.

 

Pasaron pocos días e Isabel  asintió. También se podía poblar otras
tierras. Lo importante era partir. Ella organizaba todo, dejando que pareciera
ante los demás, que el Marqués mandaba. Isabel ya había tomado la decisión más
importante de su vida: se lanzaría a como dé lugar al mar y permanecería
navegando el tiempo necesario, hasta encontrar 
las rutas que la lleven a  nuevos
territorios. Tenía que liberarse del afán de descubrir y de la necesidad de
escaparse a la vez. Para ella era una fuga, un modo elegante y valiente de
sustraerse  de una sociedad que le parecía
hipócrita. En la que europeos  formaban
empresas con todos los métodos y la perfidia necesaria, para crearse una imagen
de superioridad, frente al  pueblo
indígena y a la sociedad de criollos que recién se formaba. Éstos quedaron, en
su mayoría, resignados al respeto de lo foráneo. Habían asimilado los mestizos,
las  múltiples y complejas artimañas,
pero no alcanzaban a  los pergaminos y
títulos de la llamada nobleza, que 
encumbraban con adjetivos calificativos como  “excelencia” o  “ilustradísimo“, entre otros. Procuraron, por
lo tanto, amoldarse a las circunstancias e introdujeron un cultivo a las
formas, bajo pautas propias, que los 
distanciaba del trabajo arduo de los demás, es decir, de los indios y
esclavos. Sabía que estas formalidades 
sólo podían basarse en los rasgos más visibles, como  son el color de la piel, aun cuando esta ni
siquiera define necesariamente raza ni mucho menos credo. Pero era necesario
simplificar las cosas, para hacer una 
vida más agradable a los que tenían el poder. En el
fondo, sólo disfraza la pretensión de una grandeza inexistente. O vivir
repitiendo el simple planteamiento que se reduce en la frase: “si fracaso, es
porque me propongo lo inalcanzable”.

 

La  atractiva y
altiva mujer de piel  aceitunada,  – que vivía estosavatares  desde distintos aspectos – se estaba
convenciendo cada día  más, que el
llamado linaje no era  más que el
oportunismo mal disfrazado de orgullo. Entonces, Isabel recordó un diálogo con
Zchenn:

–     
Si hubiera más personas como tú, en el Mundo
habría menos injusticia.

–     
Hay muchos 
parecidos a mí. Están  lejos,
detrás de las olas más altas de los océanos.

–     
Los iré a 
buscar  y quizás, si los convenzo,
los traeré.

 

Esa promesa robustecía, cada día  más, 
su deseo de  desafiar al mar.
Mecerse en esas pequeñas embarcaciones de 
madera endurecida al sol, hábilmente clavada con puntas de acero que se
corroían con el agua salada del mar, no era fácil ni agradable. El peligro era
tanto navegar como llegar a lugares desconocidos. No se sabía  cuando 
encontrarían agua dulce para beber ni alimentos, como tampoco estaba
establecido con quienes tendrían que alternar. ¿Habrá lucha? ¿Ganarán siempre?
¿Volverán algún día? Muchas preguntas sin respuesta.

 

Al Marqués le
mortificaba su avanzada edad. Cada día que pasaba le quedaba menos energías.
Tenía una  voz gruesa y la garraspera le
dificultaba el hablar. En tanto, con unos miles de ducados difícilmente
recolectados, sumados al aporte de Mariana y la venta de tierras en Chincha, se
aceleraban los trabajos en la construcción de una  nave en el puerto de Cerro Azul.  Luego de pensar mucho, envía a su mujer a la
Capital. Isabel retorna a Lima, esta vez entra en coche, jalado por ocho
caballos. Se presenta ante la Corte a través de 
los contactos que había hecho con Teresa, la esposa del Virrey. Esta
dama era  la primera mujer que acompañaba
a un representante de la Corona en Lima, y tenía el mismo resuelto carácter de
Isabel. Así que su marido, el poderoso Virrey  
escucha a Isabel Barreto de Mendaña, que convencía – no imploraba – a la
autoridad de la conveniencia de que, si no participaba directamente, utilizará
su poder para  decidir sin demora la
suerte de la empresa descubridora de nuevos territorios.  García Hurtado de Mendoza accede ante los
argumentos y la gracia de Isabel. En enero de 1595, el Virrey ordena que  rematen a favor del Marqués, Álvaro de
Mendaña, un barco que llamarían después San Jerónimo, por el precio de ocho mil
pesos. Era ahora la embarcación principal de mayor tamaño y la que ofrecía
mejores comodidades – en la que se acondicionaron enormes batayolas –  y la 
comandaría el Marqués. Se le puso como nombre provisional, simplemente
“A”. Esta  correspondía a la primera
letra de Álvaro.

 

Se había decidido también que la segunda nave llevara
el nombre de  “I”,  en obvia alusión a la esposa del Jefe
expedicionario. Se estaba alistando el grabado respectivo cuando Isabel dijo:
No, mejor simplemente  “Z”, así
tendremos  todas las letras del alfabeto
disponibles, pues esperamos engrandecer la flota con todas las naves  que podamos adquirir. Pocos adivinaban  – y entre ellos Álvaro – que la “Z” podía
aludir a la  primera letra del amor de
Isabel, el hombre muerto de los ojos rasgados que se llamaba Zchenn.

 

De la
metrópoli llegaban más promesas que medios. En vano esperaban de Sevilla una
carta de navegación, que los orientara sobre la base  de los nuevos conocimientos que se  recogieron. Mercator  estaba terminando  en Europa – y ya se sabía de ello en Holanda
–  un Mapamundi, en el que recogía   los testimonios de navegantes. En la
Descripción de las Indias Occidentales, el Cronista Mayor Herrera proporcionaba
alguna información  sobre el Pacifico
Sur, la que hace suponer que los pueblos amarillos, el Asia,  están a una distancia inalcanzable desde
América.

Mendaña 
lo sabía y recordaba su encuentro, años antes con Felipe II en El
Escorial, donde fue recibido para quejarse 
del mal trato que había recibido del Virrey Toledo en el Perú. En esa
ocasión argumento que de América  los europeos
habían sacado más de 17,000 toneladas de oro y plata. Toledo enviaba al Rey
todo lo que pudiera interesarle, hasta unos coloridos Mantos de Paracas. Pero
el argumento del oro era convincente, y de 
ese modo Mendaña  logró que lo
nombrara Adelantado de las Islas Salomón, 
así como Gobernador y Capitán General. Empeño que estaba a punto de
concretar después de tantos años ahoraen 1595. Aun cuando las circunstancias
eran distintas. Felipe II, que se había declarado Rey de Portugal,  estaba enfermo y extenuado de tantos gastos.
En el Perú no estaba aún  todo listo y
faltaba dinero y hombres  dispuestos a la
aventura que haría famoso a otros. Pero el entusiasmo de Isabel era
desbordante.

–     
La nave construida precariamente en Viru, ahora en reparación en
Chancay,  había que activarla. No la
vamos a dejar abandonada, recordó una vez más 
ella.

–     
Estaembarcación  tuvo la virtud de
probar su fortaleza y confiabilidad, navegando en aguas cerca de la costa, dijo
el Marqués.

–     
Lo dices porque tú la construiste. No se sabe, sin embargo, si en alta  mar va a 
resistir a las enormes olas, así como los embates de los vientos
huracanados, acota un entrometido.

 

Entonces vendieron las tierras al mejor postor y se
invirtió el dinero en la goleta. Se reconstruyó y se acondicionó el casco;
Reemplazó las maderas podridas y se 
amplió la capacidad de las bodegas. Una cabina  en proa aseguraba protección a más de  cinco personas. El resto, bajo la
cubierta  debía  dormir en hamacas trenzadas en soga. Se
buscaba gente  de menor paga, entre los
muchos europeos que habían venido a buscar fortuna, pilluelos, soñadores –
gente inútil y dañosa – que era  más caro
volverlos a España. No importaba la clase 
de personas, de ella nadie hablaría, sólo se recordaría al Marqués, que quedaría al  mando de la expedición con el rango de
Almirante, el Jefe Supremo de la hazaña o responsable mayor del fracaso, si
este se diera o admitiera. Además, se había hecho nombrar Adelantado y General.
Pero sin duda, que  su rango mayor y su
mejor condición, le daba la cercanía de Isabel.

 

Como la
intención era que las tierras descubiertas 
sean sometidas “a su Majestad el Rey”, era necesario proveer a la
expedición de  piezas de artillería,
arcabuces y mosquetes. Así como cien botijas de pólvora y municiones de
bronce,  suficientes para “derribar a dos
mil quinientos aborígenes”. Se  ponía muy
especial cuidado para que ningún indio o criollo  tuviera superioridad  frente a los europeos, en caso de combate o
diferencias que podrían terminar en un motín. Para ello, se creó el cargo de
Maestre  de Campo u oficial que mandaría
a las tropas, designándose la responsabilidad a 
un hombre sin escrúpulos, que peinando canas, estaba  por terminar su carrera militar. Su nombre,
Pedro Merino Manrique.

 

En
verdad Mendaña veía  con  recelo que Isabel y sus   hermanos, todos jóvenes y peruanos, pudieran
mostrar más poder y capacidad de influir sobre los acontecimientos durante el
largo viaje. Así, con la fuerza de combate de un militar español a su lado y un
marino portugués bajo su contrata y 
órdenes podía dominar mejor la situación.

 

El
nombre de España y la Corona debían estar siempre visibles. Era el poder detrás
de la aventura. El Marqués había encargado a su esposa Isabel, lo que le era lo
más importante: la confección de 
símbolos, blasones, banderas, estandartes, banderolas  y otros tantos ornamentos de mayor interés,
aun que  el armamento de la expedición.

 

Las
telas fueron escogidas por el mismo Marqués al margen de ayuda o intervención
de otros. Seleccionadas  sin  considerar precio, entre lo  mejor de lo que se había importando en el
puerto del Callao de tejedores 
florentinos. Material de bordado era vendido en el Portal de Mercaderes
de la ciudad de Lima, que ya lucia un puente de piedra sobre el Río Rímac. El
deseo y orgullo del Marqués, estaba concentrados en que estos objetos  tan importantes sean confeccionados – y  bordados – por  las manos de su mujer. Ella, silenciosamente
– en ese desafió  sin palabras – se las
había encomendado a las  manos diestras y
maestras de indígenas venidas de Jauja. Estas anónimas artistas, pudieron
complacer el caprichoso gusto del Marqués, en lo que respectan los colores y la
forma de los escudos. Debía resaltar la corona y las armas, para lo que fue
necesario utilizar hilos de oro y plata, respectivamente, en cantidades
mayores.

 

Nada
estaría   listo sin  una bandera española de popa en las
naves;  estandartes  de proa en la “A”, con signos de
Almirantazgo. Blasones y  banderines, más
tres banderas grandes color rojo y amarillo, para ser colocadas en  los territorios a  conquistar. Tan abundante y suave era la seda
que Isabel, con  el sentido  pragmático de las mujeres  dijo: “Los 
bellos trapos  me  servirán 
para abrigarme en mi alcoba”.

 

El Marqués la 
sancionó con una bofetada. Los símbolos patrióticos más sagrados habían
sido, según él,  objeto de una blasfemia.
Ella ignora el castigo y la ofensa pública. Se acomoda la cabellera de pelo
ondulado y mira al infinito, dándole la espalda al agresor. En esos instantes
cruza  por   su mente lo 
que había aprendido en el  valle
de Chincha: hacer ella misma la ponzoña. Recordó en forma clara, como sacaban
raíces de un pestífero árbol  y las
cocían en una olla de barro a fuego lento con un escarabajo. Luego añadían unas
hormigas grandes – conocidas por su 
picadura dolorosa – y mezclaban 
todo con  alas de murciélago y la
cola  de un  pescado al que llamaban peje. Pensaba, en
secreto, si  ella  llevaba consigo todos estos elementos  o si los encontraba en  los territorios que descubrirían. Pero estaba
segura que  deseaba contar como aliado
suyo el veneno más eficaz.

 

Vuelve a  la
realidad presente, cuando escuchó el aquelarre y los gritos para reclutar  y contar a los que  irían a embarcarse. El ambiente está confuso
y  alborotado. La cuenta es rápida y
desordenada. Alguien  hizo notar que no
se estaba apuntando correctamente  ni el
nombre como tampoco la edad de cada tripulante. Los registros exactos se harían
después. Al final, deciden  partir hacia
Chancay  o sea enrumbar al norte, en vez
del sur.

 

Era el diez
de abril de 1595, día de San Macario el Armenio. Y las campanas hacían
escuchar  sus acompasados redobles.

 

Entonces  luces
y sombras se enlazan. Hay un escondite por algún lado donde el ojo humano
muere. Isabel y Álvaro sienten que los hombres del Virrey los están espiando.
En Lima se habían quedado intrigados por la partida hacia el norte. Detrás de
la bruma  convienen hacer una parada en
Chancay, para  recoger la nave
restaurada. Ésta ya esta lista. Las velas más amplias, fueron robadas a un
galeón resguardado por piratas armados hasta los dientes. La hazaña la
emprendió con cuatro bandidos, el moreno Pedro – apodado El Zambo, para
diferenciarlo del Maestre de Campo – que 
con esto se ganó no sólo el respeto en la tripulación, sino, que se
le  confirmó su designación de Capitán de
la nave Zeta. Ya sin demora, la ponen a prueba navegando  con rumbo al puerto de Chino bote. Más
adelante,  las  naves 
hacen escala en Cherrepe, que habían bautizado como Santiago de
Miraflores, una caleta cercana a Saña. El hermano mayor de  Isabel, Lorenzo, les esperaba con más de
una  sorpresa. Había  reclutado 
cien hombres, que puso al mando del Capitán Lope de Vega y además,
contaba con una nave moderna, de la que 
se habían apropiado  por la
fuerza, argumentando dudas sobre la pertenencia del cargamento de azúcar
que  ésta llevaba a Panamá.

 

Al enterarse
de ello, Mendaña ordenó  que  se pagara el costo de la misma. Álvaro
gritaba a la vez que  tosía fuerte como
si fuera una exclamación.

 

El
incidente  fue confuso, pero se tuvo una
nueva embarcación que reunía las mejores condiciones de  todas. Ahí se instaló Isabel con los
españoles, el resto de la tripulación fue embarcada en la nave recién reparada
en Chancay, que no había demostrado 
seguridad. Ellos se revelan, Mendaña se indigna  ante el pedido  de los marineros y lo rechaza. En la
noche,  manos ocultas barrenaron la nave
que comenzó a hacer agua por cuatro vías. Mendaña se ve  forzado 
a pedir al Maestre de Campo  
resguardar el orden  y la
disciplina. Los carpinteros de ribera trabajaron para  reparar las naves a un costo de seis mil
pesos de plata ensayada. Se pagó en parte con el sobrante de  la Dote, que había recibido Mendaña de
Mariana. Por el resto se armó un pleito, porque había intereses  económicos de 
un clérigo, al que aparentemente pertenecía la carga del buque
incautado, que buscó al Corregidor Bartolomé Villavicencio para que
embargue  la Flota de Mendaña. La
autoridad no toma ninguna decisión. Porque presumir que la expedición estaba
premunida de los intereses del Virrey. Entonces el sacerdote, en un arrebato
de  rabia, en vez de bendecir la nave,
dijo que se pondría de aliado de Satanás para 
que con su ayuda  esa nave  naufragara, llevándose a todos  sus ocupantes al fondo del mar.

 

Salen rápidamente hacia Paita con cuatro naves. Y de
ese puerto tan cercano a los recuerdos y emociones de Isabel, partiría
definitivamente la expedición. No se conocía aun cuando. Paita se había
convertido en el principal  puerto de
tránsito entre Panamá y el Callao y queda a solo unas leguas de arena de Piura,
donde dos décadas antes, recibiera su bautizo y 
fuerzas para crecer Doña  Isabel.
Nuño Rodríguez Barreto, emocionado hasta las lágrimas,  se reencontró con sus hijos, Isabel y
Lorenzo. Él colabora, desde su puesto en la oficina de correos, en  suministrar toda la información que había
clandestinamente recogido y que facilite la 
navegación. Así, llegan a tomar conocimiento de los más recientes
estudios, sobre la mejor manera de 
aprovechar  las corrientes   marinas. 
Se sabía, que estas corrían como ríos anchos dentro de las masas del
océano, haciendo cambiar las velocidades de  
navegación. Se estaba investigando las aguas frías  que venían del sur al norte y la forma de
evadirlas para andar más rápido. Ello, combinado con los vientos australes que
había que ganar a popa, podían hacer, que una navegación que duraría  seis semanas, tuviera que tardar solo algunos
días. O al revés.

 

Simultáneamente, empleando a todos los  trabajadores disponibles,  se hicieron en  las    naves, con denodados esfuerzos y apremios,
los últimos  arreglos  indispensables: bajar las arboladuras  y velámenes para repararlos, calafatear  unas rajaduras aparecidas en el casco de una
de las embarcaciones; así como trabajar metal al fuego para apuntalar  el mascaron de proa. Cuando todo está listo,
hacen aguada las naos y se aprovisionan de alimentos.

 

Así, en estas circunstancias,  el Marqués, investido de 
Almirante, fija  la fecha de  partida – que sería la segunda- con una orden
terminante,  para  el 18 de julio del año 1595. Hay quienes
afirman,  que salieron unos días antes,
cuando el verano  calentaba, para
evitar  complicaciones con las
intenciones de las autoridades españolas representadas en la Capital. Nada de
esto anotó en la Bitácora. Lo que si quedo registrado es que deciden  aprovechar las corrientes  marinas, que coincidentemente cambiaban de
curso cerca de la línea ecuatorial y partir 
al Sur,  algo pegados a la costa,
en las primeras horas hasta  que las
naves  superen dudas sobre la seguridad
que puedan brindar.   Se encontraban en
la flota expedicionaria – entre 
marineros, tripulantes y soldados –  
una entusiasta multitud de 
personas, de las más diversas razas, edades,  sexo, 
religiones y creencias. A última hora se embarcaron también dos  sacerdotes, 
que tendrían las funciones de Capellán y Vicario.

 

El Virrey, por medio de sus espías, al tanto de  los preparativos, – y de las
descoordinaciones – había previsto, que desde el Callao zarparan otras dos
naves que seguirían a las del Marqués,
con personas de su confianza. El 
anunciado propósito de hacer jarcia para los bergantines, los llevó  a 
efectuar una parada en  Cerro
Azul, con la idea de dar encuentro y anexarse a la expedición, que venía de
norte a sur. Algunas malas intenciones 
se evidenciaron. Una carga de bastimentos prometida no se realizó. Sin
embargo, llenan otra vez las pipas con agua dulce, de las cuatro naves.

 

Las circunstancias eran más
complicadas que los mitos, leyendas y tantas suertes de conocimientos
científicos que habían recogido. El dinero y el poder, determinarían los
destinos de tanta gente involucrada, con una fuerza de voluntad y entusiasmo
dignos del mayor elogio. En los registros  quedó con
letra  bien formada y escrita a pulso
firme, pero sin fecha, se estaba, en vísperas de tercera la partida,  anotando lo siguiente:

“Nuevas tierras en el
vasto océano. En este período, los mayores viajes de exploración del Pacífico,
tuvieron su punto de partida en el Perú. En 1567, siendo Gobernador del Perú el
licenciado Lope García de Castro, Capitán General y Presidente de la Real
Audiencia de Lima, con su anuencia y respaldo, partió desde el Callao una
primera expedición incógnita, comandada por Álvaro de Mendaña y Neira,  nacido en la 
ciudad  de Zaragoza en el año
1541, sobrino del gobernador, quien marchó en pos de la fabulosa Terra
Australis, un supuesto gran continente que se pretendía, existía al sur del
Pacífico. Hoy con mayor información y la fortuna del apoyo del Virrey, emprende
viaje el Marqués Álvaro de Mendaña hacia su segunda travesía”.

 

Nadie de los
que  formaban parte en esta empresa,
quería ya perder más tiempo. Gritos de apuros en el embarcadero de Cerro Azul,
en el  que prevalecía el olor agudo de
una carga  de guano, que recién llegaba
para ser utilizada como abono, de una de las tantas islas pequeñas, en las que
por miles se asentaban las   aves marinas  depositando el  excremento.

 

Entre el bullicio, están
listas las cuatro naves venidas desde Paita. Los barcos abandonaríanlas costas
de madrugada. Están  prestos a ponerse  a merced de la  mar, que 
antes de la salida  ya se
vislumbra borrascosa. Seria esta, la tercera, la definitiva partida?

 

Una tripulación  estremecida por el anticipado temor  de navegar en un rumbo no conocido, se
juntaba en la intimidad de los camarotes, que forma sombras  de 
conspiración a la espera de órdenes.

Esa noche  que será la última en puerto peruano, el  Zambo le dijo en  voz baja a Isabel:

–     
Estoy muy orgulloso que la nave de la que soy
Capitán lleve la inicial Z, de mi apodo.

–     
Prefiero que 
me llamen a partir de ahora 
siempre Zambo,  por la misma razón
del  nombre del barco, agrega después de
una pausa.

–     
Isabel, que sabía bien que la Z se la impuso
en  homenaje a Zchenn, su verdadero amor,
no atinó más que a complacerle.

–     
Así se hará Zambito, le dice empleando uno cariñoso
diminutivo. Esto  te compromete más con
la empresa que emprendemos.

 

 

 

No sabían ambos que  el Almirante tenía otros planes-Estaba coordinando para que a las pocas  horas después de partir las naves serian
bautizadas con nombres completos. Y 
Mendaña haría suya la fiesta.

Las
otras dos embarcaciones, que habían zarpado del Callao con la gente del Virrey,
se quedaron en las costas de Cañete, aparentemente con desperfectos, producto
de un  sabotaje de la gente del lugar
allegada a Mendaña. Dos días después,  
hicieronamarras en el puerto del Callao, y dejaron de este modo, a los
expedicionarios de Isabel,  solos y
libres  para afrontar su aventura.

 

El
Virrey – más ocupado en dar caza  al
corsario Hawkins, que había  asustado
tanto como los terremotos a Lima –  no
estaba  molesto, cuando le informaron que
partieron  Álvaro sin los barcos  de compañía que él había  ordenado:

–     
“Solos sí, pero no tan libres”, afirma la autoridad máxima en el Perú.

–     
¿Cómo así? Pregunta el informante.

–     
“Yo me he ahorrado los costos de dos barcos, pagándole a cuatro espías
que van dentro de las naves de Mendaña. Uno en cada carabela. Ellos  son leales a mí  y me informaran de todo lo que pasa,
especialmente si hay oro.”

 

“Muy
inteligente, así Álvaro se creerá más libre y no esconderá nada.” Le da razón
uno de sus cortesanos consejeros.

 

Al poco
tiempo de la partida, la población limeña era distraída con una ceremonia que
duró dieciséis  horas. Un Auto de Fe,
presidido por el Virrey – de quien se decía que sufría de crónicos
estreñimientos – quien no se movió del Estrado Oficial. Delante del público y
las  altas autoridades eclesiásticas y
político-militares, fueron  quemados
vivos tres tripulantes de  barcos
corsarios que se entregaron. Antes, un sacerdote ataviado con túnicas, ayudado
por una turba defeligreses, encadenaron a los desgraciados hombres. Luego – en
tanto se escuchaban los redobles de un tambor destemplado-  les practicaron exorcismo así como
flagelación. Los miles de observadores vitorearon, ese domingo en la Plaza
Mayor, el dramático tránsito de estos infelices marineros a convertirse en
ceniza.

 

Casi a la misma hora y fuera de la vista del
pueblo,  – en la protectora  intimidad palaciega –  el
llamado por la fama como Corsario, hombre de fortuna y buenos modales, comparte
una secreta borrachera con la Corte, en la que se negociaba el pago de su perdón.
Cosas del azar y poder. El ingles más que corsario o pirata, era un traficante
de esclavos, y sabíacómo se doblegaban las voluntades, así como el verdadero
precio de cada  honra.

 

 

 

 

 

 

El paisaje era volcánico.
Las rocas  tenían formas que hacían
pensar, que estos bosques fueron 
alcanzados por el calor de la lava y se habían detenido en el tiempo.  Al enfriarse la lavaconvirtió  todo en tonalidades grises.

CAPITULO VIII

LAS ROCAS Y EL PAISAJE
INVITAN A REFLEXIONAR

 

Es el día 21 de
septiembre avistan una  isla bella,
rodeada de un mar de colores cálidos, en su transparencia deja ver   abundancia de  corales, caracoles y otros moluscos.
Entran  en aguas tranquilas, en una  bahía a la que le ponen el nombre de
Graciosa. Se produce el  desembarco en
arenas blancas. Según sus cálculos debían estar en las Islas Salomón. El
Almirante  lo había ensayado varias veces,
“Takere-no-tehenua”.  Era la palabra
mágica  que aplicaría para explicar, irradiando
respeto, hacia el lugar de   donde él
venía. En uno de los dialectos mas hablados en la polinesia, significa algo así
como país de  gran población, gobernado
por reyes muy poderosos. Los primeros aborígenes que salieron a su encuentro,
miraron con asombro a los forasteros y, era claro que no le entendían las
frases que pronunciabas con marcado esfuerzo y desconfianza. Isabel y Quiróz,
sospecharon que no estaban en las islas donde Álvaro de Mendaña había
aprendido, hace veintisiete años, esas palabras. Sin embargo los
pobladores,  tal como presentía – y para
eso también contaba Álvaro con su  
experiencia anterior en esos lares – no ofrecen mayores dificultades
para que ingresen en su territorio. Ignoraron a los extranjeros. Los   consideraban más poderosos y por lo tanto,
sería inútil  ofrecer resistencia. Siguieron
en los días siguientes haciendo su vida, y dejaron hacer lo propio a los
extraños. Parecía que intuyan que estos  – como lo hicieron anteriormente – regresarían
pronto a las tierras de donde venían, que era en la creencia de los nativos el
hogar oHawaikiri.

 

Pronto supieron los
recién llegados que a los insulares no les interesaba las monedas metálicas.
Ellos hacían sus intercambios  con
conchas, que luego de perforarles un orificio, las juntaban ensartadas en
vistosos collares. Los europeos no se interesaron en estas especies que no se
podían fundir. Y por lo tanto sin valor para 
convertirlas en armas o
utensilios. Así cambian algunos objetos vistosos de vidrio que brillaban al
sol, por alimentos o pescado, que los nativos ofrecían con generosidad.

 

Les llamo a los
forasteros la atención que los nativos estaban bien nutridos. La gordura o el
sobrepeso se veían especialmente en las mujeres. Se movían y actuaban de modo
macilento. La muerte no les preocupaba. Creían que el alma de las personas
seguía viviendo en los tiburones. Si el tiburón ataca, es porque está en el
alma de un ser humano que había sufrido antes de morir.

–      ¡Mira este joven con pelo rubio! Exclamó
alguien.

–      Álvaro, los que te acompañaron en la primera
expedición deben de haber traído estos rasgos. ¡Esta es la prueba de que
estuviste aquí!, insinuó Isabel

–      No, ya había aquí visto antes a gente de piel
oscura, pelos  rizados y completamente
rubios. Si pero eso sólo se ve en esta región tan apartada del Mundo que
conocemos. Todavía me quedan las dudas sobre si es exactamente el territorio de
las Salomón.

 

Aun mas atrajo la
curiosidad de Isabel, que los nativos adultos tenían  la boca color carmín que parecía inflamada.
En ella se escondían dientes rojos maltratados. Le explicaron  que ello se debía a que comían una nuez  de cáscara verde, que los ponía siempre
de  buen ánimo, apacibles, dispuestos a
conciliar. Isabel se intereso por la propiedades de esta planta y estudio las
posibilidades de ingerirla envuelta en unas hojas de plátano, de modo que no
dañaran la boca. A la vez hizo que su marido prohibiera que los expedicionarios
la consumieran. En tanto ella se lo suministraba, en secreto y hábilmente
mezclaba, al Márquez.

 

Quiroz que cada vez
tomaba más ventaja de la cercanía de sus aposentos  que en la estrecha embarcación, pilló a
Isabel Barreto en plena faena de moler y mezclar el fruto prohibido. Ella se le
adelanto diciéndole “Todo lo que nos da la naturaleza lo podemos ingerir,
porque somos parte de ella. Solo depende de la cantidad y frecuencia para
determinar los efectos”.

 

Los tripulantes, con la
tranquilidad  momentánea que vivían
después de haber ganado tierra apacible luego de un largo viaje,  se entretenían – felices de estar vivos –
mirando  los peces multicolores, a los
que por su belleza, no pescaron. Además sospechaban que dentro de la pigmentación,
podría esconderse   sustancias venenosas.
El temor a  la intoxicación, a lo
desconocido, era constante. La fascinación de verlos de cerca se volvió  grande 
y  entonces comenzaron a
atraparlos vivos, para ponerlos en las pocas jarras de vidrio  que llenaron con agua salada. Isabel los mira
con distancia y predijo que  peces
cautivos traían mala suerte.

 

Álvaro recorrió el  territorio varias veces. Nada de lo que veía
le traía recuerdo de lo que descubriera años antes. Estaba confuso y furioso. A
Isabel le inquietaba el mal humor de 
Álvaro. El paisaje era volcánico. Las rocas  tenían formas que  hacían pensar, que estos bosques fueron  alcanzados por el calor de la lava y se
habían detenido en el tiempo,  al
enfriarse esta y convertir  todo en
tonalidades grises.

 

El
polvo es insalubre. Atacaba a los pulmones expandidos por  la 
fresca brisa marina.  A Álvaro
solo le mantenía  en pie la esperanza de
encontrar oro. Para poder comprarse con riqueza el respeto y sobre todo la
protección que necesitaba.

 

Un incidente cambio las cosas. Los soldados
pretendieron abusar de unas jóvenes aborígenes, que con inocencia les tocaban
sus prendas. Habían pasado varios meses desde que salieron de Paita, y las
mujeres que les acompañaban eran pocas y estaban comprometidas.  Las 
melanesias parecían libres, plenas de curiosidad y lucían  muy agraciadas. El cacique  Malope, 
– un hombre de piel oscura y tan grueso 
como un árbol – reacciona enérgicamente 
y manda a detener a los españoles infractores. Se arma una trifulca en
la que se quema pólvora. Los arcabuces disparan 
y matan a tres nativos. Isabel exclama:

-Mal, pésimo, repugnante la conducta de
los  que abusan  de las jóvenes.

Un español 
se mofa de Malope, y dice que los hombres  son 
como los árboles: ninguno es igual a otro. Y además los hay de buena
madera y otros sirven solo para leña. Malope no entendía aun que lo que decía  el conquistador era que los aborígenes son
solo vistos como materia aprovechable. Sean hombres o mujeres.

Isabel que debía estar – aun que sea
formalmente- al lado de los conquistadores,  
más calmada agrega, “De otro lado hay que tener en cuenta que  una confrontación con los aborígenes,  nos podría ayudar a  cimentar 
la cohesión  entre los
expedicionarios. Pero eso funciona siempre y cuando obtengamos la victoria en
todos los frentes”.

 

Álvaro
ya no estaba en las cosas más importantes. En tanto,  sin querer afrontar el hecho que se le abría
otro frente de enemigos,  el Jefe de la
Expedición  se preocupa  por  
la  salud de El Gallego. “Si  se muere, entonces seré  responsable”, se le escucha decir repetidas
veces. Le pide a Isabel que le cuide con esmero la herida. El Marqués se estaba
poniendo viejo  o estaba enfermo. Nunca
había sido tan blando  y preocupado
por  el bienestar de otros. O estaba
escondiéndose de algo  que le resultaba
difícil e imposible de resolver.

 

El antes vivaz español, parecía ahora
que no estuviera presente, ni en las islas que pisaban  como tampoco ya en este mundo. No  se había dado cuenta  que estaba 
al sureste de aquellas islas Salomón, que había descubierto antes. Ahora
se encontraba  dentro  del 
conjunto insular volcánico, que denominara Islas de Santa Cruz. Porfiando
manda establecer, a pesar del recelo de los aborígenes, a fuerza de voluntad y
perseverancia una colonia. Funda la ciudad a modo de otros conquistadores: Una
cruz plantada en medio de un descampado. Al lado un estandarte. Y ahí mismo, el
Árbol de la Justicia, donde  serían
ahorcados los que se oponen a su voluntad. Con el tiempo, la cruz techada se
convertiría en la iglesia, el estandarte en casa de gobierno, el árbol en
cárcel y el  patíbulo, lo más  seguro, en cementerio.

 

Las
armas de fuego, celosamente guardadas bajo tres candados, – para evitar  un motín – fueron repartidas poco a poco
dentro de los nuevos colonos. Las mejores, fueron para el Marqués  y  así
en jerarquía, hasta los  últimos, los
indígenas,  que no les quedaron más que
unos palos y una pica por arma. Justo para defenderse, pero insuficiente para
atacar. Pero, ¿acaso sabían siquiera de que se encontrarían con la gente del
Cacique Malope u otros  nativos
dispuestos a guerrear?

 

Llego
el momento en que debían ir de caza. Necesitaban con urgencia  proteínas. Carnes rojas. La lucha sería
hombres contra bestias. En todo caso, deseaban – los intrusos o descubridores –
que así fuera primero. Ello le permitiría tomar fuerzas, alimentándose con
carne  animal. Después sería la de
hombres contra hombres.

 

El ánimo no era festivo.
Al contrario los temores dominaban a los actores principales de la expedición.
Isabel  recibió  una daga con afilada punta  de metal y mango coronado en oro macizo. El
Marqués la entregó con una  advertencia
severa, expresada sin dudas ni pestañeos, con la mirada  y voz firme: “Tómala,  para que defiendas al Almirante, si es
necesario, y para que en caso extremo, en que todo este perdido, hagas con tu
vida lo que tu dignidad te pida”.

 

No seas pesimista. Como
si no me conocieras: Jamás  me voy a
suicidar, contesta ella.

 

En tanto,  a los nuevos 
colonos  les rodeaba,  además de la mirada recelosa de los súbditos
de Malope y una gran incertidumbre sobre su porvenir. Todo encerrado – sin
escape- en  un paisaje mineral con
piedras opacas sobre una arena sedienta. Las cosas  parecían inmóviles, en la inmensidad de las
dimensiones del espacio y del tiempo. Por esas tierras secas, se
deslizaban  desconfiados  aborígenes, así como diversos reptiles. Isabel
se espantó al ver una serpiente que culebreaba, escondiendo  de la luz sus escamas  color negro y amarillo. Zambo le advirtió de
que se trataba de una víbora venenosa; 
la lengua que  vibraba dentro de
su boca,  hacía temer que una mordedura
suya tendría  efecto fatal.  Ese mismo instante les alcanzó la alarma de
un indígena,  que al pisar
inadvertidamente al animal, fue mordido por éste.  Zambo, con la ayuda del asta de un árbol y
sumando destreza con valentía, logró coger a la culebra e introducirla en un
saco. A  los dos días, extenuado por  elevadas fiebres, deja de  existir el inga. Álvaro le confió a Isabel  la culebra, entregándosela viva,  encerrada en una canasta y diciéndole: “Este
animal  es un arma  aniquiladora. Consérvalo, porque nos puede servir”.
Ella  le contestó: “Yo tengo mis propias
formas de atacar y defenderme. Llévate el peligro a tu barco, no lo dejes como
amenaza aquí. Tú sabes cómo manejar este reptil repugnante sin que te haga
daño”.

 

Ya no
se podía ocultar la gravedad de la  enfermedad
del Almirante. Estaba también con el ánimo 
sumamente decaído, porque  veía
desaparecer su segundo intento de lograr una presencia fuerte de España, en esa
región de la Oceanía. Con  la debilidad
acentuada, fue llamado por sus desconfiados seguidores simplemente  Marqués. Cuando ya no se podía mover,  y los escalofríos lo enmudecieron,  los españoles le decían a secas, en tono de
igualdad, Álvaro. Los demás miembros de la tripulación le ignoraban. Unos
pocos  miraban con recelo su estado de
salud. Era notorio para todos, que la conspiración por  heredar 
su puesto o su fortuna se había 
puesto en marcha.

 

LA DIVISION ENTRE EUROPEOS ERA
EVIDENTE, los indígenas peruanos se mantenían indiferentes. Por un lado, estaba
el bando de  los reclutados como soldados,  que lideraba el  Maestre de Campo. Ellos reclamaban su
salario, Álvaro, el avaro se resistía  autorizar la paga a los que se le asignaron
tareas militares. Además se lo negaban para evitar que deserten, aduciendo
que las arcas estaban extenuadas.

 

Del otro bando, estaban
los marineros, más acostumbrados a navegar que a luchar. A ellos, entrenados en
códigos de lealtad, les convenía seguir el viaje. Isabel buscaba que Lorenzo,
su hermano, los apoyase. Necesitaba para sus propósitos de llegar a China, más
a los marineros que a los soldados. Álvaro de Mendaña trataba de conciliar.
Isabel movía, ahora que el Jefe estaba decaído y sin fuerzas, todos los hilos
de las intrigas.  Ella y el Adelantado
permanecen en  la nao anclada, en tanto
que Merino y su gente están en la precaria aldea, que se construyó con
materiales ligeros del lugar. Desde el barco se escucha el tronar repetido de  arcabuces. ¿Se estarían sublevando los
militares? ¿Están haciendo uso de sus armas como demostración de fuerza?

 

El
General Lorenzo Barreto y el piloto mayor Quiroz, se ponen de acuerdo para
disparar los cañones desde los barcos, hacia donde creen que podrían estar en
tierra los amotinados. Pedro Merino sale de la aldea y se apresura en tomar
contacto con el Almirante, que meses antes en el puerto Paita lo había apoyado.
El jefe militar, armado de sus insignias, va en un batel, hasta donde se
encontraba la nave Capitana. Isabel, cuando ve subir a bordo a Merino, le dice
a su esposo que lo mate en el acto y le alcanza 
su espada. Ante la mirada vacilante de su enfermo marido  ella saca a relucir la daga con empuñadura de
oro y la clava, demostrativamente, en la mesa. El militar Pedro Merino,  percibe 
que el ambiente está en su contra, y a modo de disculpas dice:

–     
Mis hombres han disparado hacia el bosque, porque
sospechamos movimientos extraños.

–     
Y yo disparé hacia el mismo lugar por igual motivo.
Sospecho movimientos extraños, preciso el Almirante.

 

Pedro Merino retorna al
campamento y dialoga con  la tropa. Esta
decide presionar a Quiroz, para que entregue las velas de los barcos y así
evitar que ellos, los marinos, partan 
sin los soldados. Isabel insiste ante Álvaro, que tiene que actuar
rápidamente eliminando a Merino, antes de que este encuentre aliados. El
Almirante  recibe una taza de té con un
preparado hecho por Isabel, así como la daga, una suerte de puñal que ella,
desclavándolo de la mesa, le entrega en sus manos conminándolo a tomar una
decisión. Con gran esfuerzo, se incorpora de la silla en que estaba
postrado  y acompaña, arrastrando los
pies a Lorenzo, Isabel, y el vicario. Este último, en traje militar  lleva en una mano la cruz y en otra una
espada.

Toman el batel
guarnecidos por la oscuridad y  avanzan
hasta el cuartel en construcción. Sorprenden en su casa al  Maestre de Campo,  derribando la puerta – que no estaba clavada
sino amarrada con sogas –  y gritan ¡Viva
el Rey! En tanto le dan muerte  en su
cama, clavándole con furia,  varias veces
la daga. El que manipula el arma sorprendiendo al Marqués y a Merino, es  el General Barreto. Todos se quedan solo unos
instantes para  comprobar, por la gran
cantidad de  sangre que había emanado del
cuerpo del militar,  que este estaba
definitivamente  aniquilado.

Se había cambiando, con
esa muerte las circunstancias y las relaciones de poder.  El Marqués no tuvo fuerzas para impedir
a  su cuñado  actuar. 
Ahora el estaba a merced de los Barreto. Esa misma madrugada un Consejo
integrado por el Adelantado, el Piloto Mayor y el General Barreto,  sindican – sabiéndolo muerto- a Pedro Merino
Manrique como responsable de sublevación y piden a “los valientes que den
cuenta de él, aun matándole”. Luego  publica
un  bando perdonando  a los seguidores del sedicioso Pedro
Merino.  Acto seguido, – ese mismo día
–  se ordena hacer una Misa de
reconciliación.

En medio de la solemnidad
de la ceremonia religiosa, aparece  el
Alférez Jordán, quien había sido comisionado a negociar provisiones con el
cacique Malope  e informa exaltado, que
un soldado suyo  mató a  Malope. El Cacique  fue, a pesar de sus gestos conciliadores y
amables similares a los de Atahualpa, igualmente traicionado por soldados
españoles.  No le sirvió de nada su
colaboración y la comida que en 
cantidades suficientes había regalado a los invasores. Tuvo que pagar
con su vida  los intereses que entre los
conquistadores se jugaban.

 

El
Capitán General y Adelantado que apenas pudo 
levantase de la silla, en un acto vano de fortaleza,  mando a degollar en el acto tanto al Alférez,
a su asistente el sargento Buitrago,  así
como al soldado culpable llamado Juan López. Un moreno de Chincha  se prestó para la macabra escena. No basta un corte. El hombre
negro había ensayado con el machete como se abría un coco: se tomaba la  fruta en la mano, a cierta distancia, y
se  buscaban las tres marcas que
simulaban  los ojos y la  boca. Luego se asestaba con una violencia
corta y precisa. La cabeza queda colgando. El verdugo luego de una pausa se animo a alzar
nuevamente el hacha para descargarla con toda 
su fuerza y cercenar la cabeza del militar. Hubo  un silencio que sobrecogió a todos. El  protagonista, que quedo en escena, era un
hombre de piel oscura, muy oscura que parecía tener un alma azabache. El  negro, que tenía en una mano todavía el  hacha y en la otra la cabeza de Buitrago,  deja caer ambas  al suelo. Se escuchó entonces el ruido que
producía el arrastre del cuerpo  sin vida
que era puesto a un lado, para dar cabida al emplazamiento de la segunda víctima
Luego extrae del cuerpo inerte del Sargento su espada y  contempla su filo, como justificando que  con esa arma si podía cortarle al siguiente
la  nuca de un solo trazo. El  hombre negro estaba en un visible trance que
parecía extasiarlo. Cuántas veces habría deseado un cimarrón tener en sus  manos 
la espada de un español. En cuantas oportunidades  soñó que podía herir siquiera a un blanco,
para vengar las huellas que tenía en la espalda de los latigazos que había
recibido. Acaba de matar a un blanco, un español y un militar  que se le había puesto  de rodillas. 
No debía temer nada. Incluso en pocos instantes tendría a sus pies a
otro.

 

Toda
esa escena parecía un absurdo. Pero Mendaña sospechaba que el Alférez, a quien
le tocaba su turno, había actuado por órdenes de Merino. El Maestre de Campo
habría planeado sublevar a los indígenas, para hacer que la situación  tome un rumbo en el que se decida abandonar
la isla, y retornar al Perú, o se estaba a merced de la capacidad de los
militares, con lo que él ganaría poder.

 

El don del perdón no
ingresa aun en la profana y pendenciera alma del Marqués, quien jactándose de
la matanza dijo: “para que no digan  que
sólo somos crueles con los indígenas”. El Alférez  Jordán fue victimado sin piedad

 

Después de la segunda ejecución, Isabel al ver
correr tanta sangre, se dio
repentinamente cuenta  que durante meses
quedó en  su   olfato – como pegado – el olor a pelos
quemados y  a sangre humana fresca, que
había aspirado en la matanza  de la isla
Tuvalu. Se sentía asqueada y a punto de 
enloquecer

 

Intervino 
entonces, visiblemente alarmada, 
diciendo en un grito sin pausa: “Basta, acá ya no matamos a nadie de los
nuestros, sino los nativos  nos van a
doblegar”. Mendaña cedió, el soldado culpable 
sobrevivió a los inocentes. No sabían qué hacer con él y  fue conducido preso a bordo. Atolondrado  por su sentimiento de culpabilidad no comió
ni bebió y a los pocos días murió.

 

Algún
tiempo después de que el alférez inocente 
fuera enterrado,  se supo
otra  razón – quizás la más oportunista –  que se escondía detrás de su muerte: el afán
de Álvaro de  hacerle un favor – de
congraciarse con quien ahora era más fuerte que él – a su cuñado Lorenzo.
Mendaña se había enterado que la mujer de Buitrago era amante de Lorenzo
Barreto, y el alférez estaba por descubrir la inconducta de su mujer. Así creía
el Jefe de la Expedición, que había resuelto varios problemas con una decisión
drástica.

 

Isabel, siempre guiada
por su intuición muy femenina, 
ordena  que lleven la cabeza de
los ejecutados al pueblo de Malope, así los aborígenes podían  constatar que 
los españoles no sólo mataban a los indígenas, y que  se “había 
hecho justicia”. Por otro lado, entre la tropa, aparecía como la mujer
que imploraba por el perdón a los soldados. ¡Ya tenía la   astucia y madurez para gobernar!

 

La salud de Álvaro  no mejora. Isabel le suministraba otro de sus
preparados en forma secreta. Estaba ahora el Almirante extremamente débil y así
– con una voz entrecortada –   llama a
Pedro y le dice:

–     
Entre tú e Isabel tendrán que entenderse bien y
seguir adelante en forma solidaria.

–     
Lo intentaremos, respondieron ambos, en unísono.

–     
En la vida no solo hay que  guardar secretos, sino saber salir del enredo
de estos, para bien de todos. El Almirante hablaba en tono de consejo.

 

Isabel  observa, – con recelo – que esa tarde
nublada  Álvaro de Mendaña le contaba a
Pedro, que en las aguas que separaban Salamina de Grecia, se había producido –
allá por el año 480 antes de Cristo – la batalla naval más encarnizada de todos
las épocas. Entonces, las civilizaciones más poderosas se enfrentaban. Los  persas, 
comandados por Jerjes, se proponían 
invadir Grecia. Mil naves estuvieron involucradas. Sólo trescientas
pertenecían a los griegos defensores. Los atacantes eran en mayoría…. Padres
que luchaban de la mano  con sus hijos…..

 

No
tenía fuerzas para terminar de contar como acabo el combate naval. Eso lo
notaban los que estaban más cerca del hombre débil, que quería  mantener 
la fortaleza que le exigía el mando.

 

Pedro,
– que por primera vez le habla con cariño – 
recuerda que habían confirmado por los habitantes de las islas visitadas
meses antes, que  Túpac Yupanqui con
muchas naves se lanzó a  escudriñar
rumbos desconocidos. “También fueron grandes descubridores los Incas, aun
cuando no hicieron batallas espectaculares”, precisó el Zambo con  entusiasmo. Zambo estaba apenado y quería
entretener a su Jefe y devolverle el entusiasmo. Álvaro lo miraba con
condescendencia, y luego le dijo: “Ya lo sé, pero no cuentes cosas que  quiten mérito a lo que estamos haciendo.
Nosotros vivimos de nuestras propias hazañas, y no de la de los otros”.

 

Álvaro buscó, tosiendo
sangre, seguir el diálogo, diciendo algo para que se le recuerde: “Siempre las
civilizaciones  buscaban las rutas al
norte, con destino  a Europa. Nosotros
ahora buscamos, quien sabe, equivocadamente 
el Sur. ¿Cuándo nos podremos encontrar en paz?”

 

La tos casi
no se le sentía. Salía de su cuerpo un barullo 
apenas auditivo. Se estaban apagando 
sus últimas fuerzas.

 

Tembloroso
y receloso el Almirante, se fuga así del Mundo. Según los registros, el Marqués
Álvaro de Mendaña  murió   ese 
18 de octubre – una hora después del medio día –  a causa de una enfermedad no descrita. El
parte oficial en letra chica,  casi
ilegible,  dice:

“Atacado de fiebres falleció allí en
octubre de 1595, sucediéndolo al mando de la expedición su viuda, Isabel
Barreto, al tiempo que Fernández de Quiróz se tornaba Piloto Mayor”.

–     
¿A quién beneficia la muerte de ese caballero? Preguntó un tripulante español.

–     
Eso siempre se sabe recién algún tiempo después, le
contestaron.

 

Las
ceremonias fúnebres del Marqués se realizaron 
esa misma tarde, en la iglesia que se estaba construyendo en el pueblo
que fundaron. Fue colocado en un ataúd cubierto de un paño negro. Le rindieron
honores de Gobernador y Capitán General. Los arcabuces se emplazaron a la
funerala, con  sus cañones apuntando al
suelo. Los tambores sonaron roncos y 
lentos; y el pífano se escuchó muy solo. Hubo  una ceremonia religiosa, sin sacerdote. El
Capellán había muerto y el Vicario se encontraba enfermo. Se mandó a construir
una cruz grande. Isabel ordenó, – en lo que sería su primer acto de autoridad
independiente – que  la madera sea
cortada al tamaño de un metro. Instruyó al 
indio  Bora,  que el cuchillo que utilizaba para pelar
papas y yucas,  tallara una espada en
tamaño original. En tanto,  los otros se
turnaban para cavar rápidamente una tumba profunda en la tierra, distante a
quinientas  yardas de la playa. Una vez
concluido el encargo, Isabel  le quitó la
chaqueta  azul  con las bordas en oro y con los signos de
Almirante. Puso al lado del cuerpo la 
falsa espada de madera, a la vez ella toma la verdadera arma  de acero, 
que había pertenecido – y era símbolo de mando –  al Marqués.

 

Con calma, esperando que
todos la vieran, se acomodo a su cuerpo la Chaqueta y la abotono despacio, a la
vez que se acomodaba la espada al cinto. Un acto, frente a  todos los integrantes de la expedición, en el
que ella se vestía – e  investía a la vez
–  de la autoridad. Luego en el silencio
más profundo, tan denso, angustioso, espeso y 
notorio como el paso de un ángel o la mirada contemplativa de Lucifer,   fue 
bajado el cuerpo del Álvaro de Mendaña hasta la profundidad de la fosa.
Cada tripulante  echaba un  poco de arena,  hasta tapar por completo la tumba. El Manco,
que sobrevivió a la mordedura de una rata y a la herida que le produjo el
Almirante cuando le cortara la mano, se persigno haciendo con la mano izquierda
la señal de la cruz. Poco antes de 
terminar se clavó en el suelo arenoso, en el que no crecía ninguna
flor,  el símbolo del cristianismo – tan
simple como significativo – labrado en dos troncos  que se cruzan.

 

Concluido el ceremonial,
las miradas  se dirigieron a  Isabel y Pedro el Zambo. Fueron ojos
acusadores  que a la vez   indagaban… 
¿y ahora qué?

 

Sorpresivamente, antes de
que cayera el sol y terminara la luctuosa jornada, uno de los tripulantes adujo que era primo del
Marqués. Además explico que éste  le
había dejado un escrito nombrándole Capitán de la expedición. Isabel reacciona,
– como sin  pensar – diciendo que  ese pergamino no le decía nada, porque ella
no lo podía leer. Los otros tripulantes se sumaron a la argucia, afirmando que
tampoco  entendían lo que ahí estaba
escrito. Isabel afronta la situación con valentía. Ella sostiene que el
Almirante la  había nombrado Capitana de
la Expedición en Tierra, y por lo tanto en la isla Santa Cruz, asumía esa
responsabilidad. Afirmaba que en un Testamento que guardaba el Vicario, también
heredaba el titulo de Marquesa. Más allá, en alta mar, podría comandar el primo
en su calidad de marino. Desvía así la confrontación que ya no sería con ella
sino entre el nuevo intruso aspirante al poder y el experimentado Piloto Mayor.
Es el Piloto Mayor Quiroz, quien tiene ventaja, porque es quien sabe en
realidad encontrar el rumbo. Ante las dudas que podría crear cualquier disputa
entre los tripulantes, ella  cita como
testigo a Pedro, el Zambo, que aparece con dos cuchillos amarrados al cinto y
un arcabuz en la mano.

 

Transcurridas las horas y la noche de
incertidumbre, pudo comprobarse que el primo de Mendaña  no se 
había ocupado  de buscar  aliados. Ahora los estaba  buscando afanadamente entre algunos
pocos   tripulantes españoles. El aducía
que  los Barreto tenían poder,
especialmente Lorenzo, pero eran gente del Perú. No le quedo mucho tiempo para
ello. Dos días después murió  con fuertes
dolores. Isabel dijo entonces, que 
parecía que una epidemia  estaba
atacando. Declara, en uno de sus primeros actos de autoridad,  a la Isla como insalubre, ordenando evacuarla.
Para los resignados tripulantes podía ser  que la nueva Almirante quería salir lo  más rápido posible del escenario de una tragedia,
que la hacía a ella, entre otros, 
sospechosa.

 

No contaron los que estuvieron ahí, en qué
circunstancias y exactamente cuándo lo hizo. La cosa es que ella, Isabel
Barreto viuda de Mendaña, toma el mando supremo de la expedición. Su hermano
Lorenzo la apoyaba. El Zambo queda más cerca de ella y sigue su tarea de  ordenar las cosas  a fuerza de puños y coraje. Se  sabe además, según crónica oficial, que doña
Isabel – así, con Doña  se le comenzó a
llamar desde  entonces con el mayor
respeto –  decidió    levantar, sin demora, anclas y petates,
para seguir el viaje. Era  hora de
abandonar  esta isla maldita, en la que
los enfermos morían  y los nativos
atacaban y hasta los leales se sublevaban.

 

Cuando juntaban provisiones para seguir el
viaje,  Lorenzo – en un confuso e
innecesario incidente con nativos – fue alcanzado por una flecha en la pierna
derecha. El pidió confesarse y que lo enterraran junto a Mendaña. A pesar de
los cuidados, el General murió el día 2 de 
noviembre. Su última voluntad fue que su hermana heredara todo. Ahora
Isabel era adelantada, marquesa, gobernadora, y por añadidura  capitana general y almirante de la flota de
Su Majestad, el Rey Felipe II, en el mar del Sur, y una pobre mujer viuda, que
alcanzada por todos los problemas, se encontraba en retirada.

 

El entierro de Lorenzo fue un acto al que no
asistieron muchos. Había dos hombres jóvenes que lloraban sin disimularlo.
Diego y Luis. La Almirante revela entonces la verdadera identidad de esos
tripulantes, que se habían embarcado con sus apellidos paternos, Rodríguez.
Eran en realidad hermanos de Lorenzo y de ella, que usaban el nombre
materno,  Barreto. No habían querido,
desde el comienzo de la expedición, se supiese que en esta participaban
significativamente peruanos, ni mucho menos que en  las decisiones, estos criollos estén en
mayoría.

 

A partir de ese momento, había, en una
situación difícil, que enfrentar esa verdad. Así Isabel nuevamente se
reconforta se reconforta recordando el lugar donde nació y se crió. Añoraba
volver ahí. Era una tontería quedarse en unas islas, que en comparación con el Perú,
no ofrecían nada. Pensaba en los peruanos, su gente  criolla que le dio – en su constante
contradicción con las circunstancias – la 
fuerza de luchar, armada de una gracia y belleza que sólo tienen las
mestizas de  Piura, Trujillo, Chincha o
Lima,  donde se ejercen  todas las artes de agradar, encantar y
convencer, para al final salir ganando. También tenía metido en la cabeza, que
ya había recorrido más de la mitad del camino hacia China. Después de tantos
sacrificios, y en circunstancias de encontrarse libre de un hombre que la
mande, debía aprovechar la oportunidad de seguir adelante con su proyecto.
Tendría que saber manejar   cerca de una
centena de hombres y mujeres que  quedaron
bajo su mando.

 

La precipitada partida, fue el 7 de noviembre.
Era un día martes en el que el sol no brillo en el firmamento. El pueblezuelo
que construyeron se percibía  solo,
abandonado y triste,  con una iglesia a
medio construir en la  que  quedaron más cadáveres que figuras
religiosas.

 

Todos se marcharon,  menos el negro de Chincha que   cumplió la orden de ejecutar al Alférez
Buitrago y al Sargento Jordan. Un hombre oscuro que había servido de verdugo
para decapitar a un español, no tenía ya cabida en la expedición. A él lo
dejaron a merced de la sed de venganza de los alborotados  aborígenes. Con esta decisión, la mente
estratégica de Isabel buscaba apoyo en los españoles.

 

En tanto, 
ella guardaba su secreta sospecha, que el Marqués tenía que ver con la
muerte del amor de  su vida Zchenn.
Ocultaba esta obsesión, porque esto haría a ella ahora también una sospechosa
de la muerte del Marqués, por venganza. No obstante, otros también tenían
motivos suficientes para querer muerto al Almirante: el Zambo, por celos y
alguna esperanza de no compartir el poder. Cualquier otro español  miembro de la tripulación, en el interés de
asumir, como correspondería a una 
empresa a nombre de España, el mando de la expedición. Incluido Lorenzo
Barreto, el hermano mayor  que había  ayudado a financiar y emprender el viaje, y
que tenía el rango de General. O un amigo 
del oficial y soldados que él mando ejecutar. Por añadidura, la mayoría
no llevaba relaciones cordiales con Álvaro, que nunca fue generoso,  ni regaló siquiera  una sonrisa.

 

El testamento aludido que habría dejado el
Almirante nadie lo vio. El Vicario, que supuestamente lo guardo, murió a los
tres días de haber zarpado las naves de 
Santa Cruz. Cuando el número de 
posibles autores de una muerte se multiplica,  crece entre estos un secreto interés, que no
se identifique realmente a ninguno de ellos. Se asume, además,  una suerte de solidaria complicidad, en razón
de que afrontaban ahora todos juntos un 
desafío  mayor: la incertidumbre
de sobrevivir y  encontrar   el camino 
de retorno a la civilización. Ellos 
están a una distancia prudente de 
cualquier influencia, y así administraban,  sin ponerse en peligro, su propio criterio de
justicia: Queda entonces fijado, que el Marqués murió por una enfermedad
desconocida. Debía quedar tal cual  para
la historia. Su honor – el del Marqués y 
de todos – también estaría a salvo.

–     
¿Cómo seguir adelante?, se preguntaron 
entre ellos.

–     
¿Qué ruta seguiremos para retornar? Le
preguntaron  a la Almirante.

–     
Seguiremos al norte, hasta el paralelo 20, dice
ella.

–     
Los  vientos
nos dicen otra cosa, interrumpió Zambo.

–     
Las 
estrellas  también, opina el
Piloto Mayor.

–     
Yo sé leer el firmamento, utilizar el cuadrante,
así como  otear los vientos y escudriñar
el horizonte. Esta vez navegaremos  otro
rumbo. Seguiremos  mi intuición…. al
norte, y después doblaremos al oeste, 
que es la ruta de Zchenn. La Almirante habló con voz de mando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO
IX

Rumbo a la China: Un
tropezón en una Isla de  mujeres y la
caída casual en las Filipinas:
Después de tantas angustias, de tantos miedos,
de tan grandes cambios, un viento de licencia, de fantasía,  soplaba en la ciudad de Manila.

El
misterio se enseñorea y la soledad humana golpea la borda de la fragata
San  Jerónimo, con más fuerza que las
olas. En la travesía por esos Mares del Sur, la nostalgia envuelve la razón y
los sueños enfrentan fuegos delirantes. Un grito de Zambo desde lo alto de las
velas concita a todos. Él acostumbraba enredarse entre las  sogas, jergas y los palos; y  cubrirse con alguna frazada y  asumir una vigilia. No se sabía si dormía o
estaba despierto. El mismo confundía sueño con 
realidad. Imaginación con deseo. Así, cuando se reincorpora  en sí mismo ante la mirada de todos, no
estaba seguro de que si lo que creía haber visto era en verdad  tierra o era reflejo de su ansiedad.

 

Después de una pausa se
animó a volver a gritar.

–     
¡Una isla!

–     
¡Tal vez un continente! Si,  desde que partimos han pasado tres semanas,
podríamos estar en Australia.

Lentamente
se  dibujaba en el horizonte la silueta
de unos árboles. Se esperó un  instante
con ansiedad. No hubo señales de montañas. Isabel se concentra, cierra y abre
los ojos, como si  no quisiera solo
adivinar si debían  bajar a tierra.  Aprovisionarse de agua  siempre 
sería necesario.

–     
Debemos descender, ordenó.

–     
Tomaremos las armas, contestó Zambo.

 

ERA IMPOSIBLE CONTEMPLAR EN UN SOLO
INSTANTE TANTA BELLEZA Los españoles se ponen armaduras. Afilan sus
lanzas,   toman puñales y espadas. Zambo,
en cambio, pisa el territorio ajeno con 
el pecho descubierto y las manos abiertas.Se dan  con la sorpresa  de que en 
esa isla encuentran  solo mujeres.
Están ataviadas con  plumas en la cabeza
y collares. Andan apresuradas y desnudas. No tenían  frente a quien guardar pudor, ni buscar
abrigo. El clima era de trópico húmedo. No 
se contenían   frente a personas extrañas, como tampoco
afloraba  un recóndito pudor olvidado.

 

Isabel estaba
entusiasta,  porque le venía al
recuerdo  la  leyenda sobre las Amazonas, que había
escuchado con atención, en razón de que se trataba de mujeres fuertes que
vivían en forma independiente – como quería ser ella – en una isla alejada.
Aquí, en este momento en que se ven las caras, 
la  falta de un idioma común, no
convoca al diálogo, pero una voluntad espontánea hace posible – sin el uso de
palabras –  el  entendimiento. Miraban los expedicionarios
con asombro a las aborígenes asustadas y las expresiones femeninas de ellas les
correspondían en forma amigable. Zambo les regaló una sonrisa brillante y les
extendió las manos.

 

Al ver
a Isabel,   le manosean  los pechos, para auscultar  si las mamas son  iguales 
a las de ellas. Comprueban con satisfacción que la persona alta y
decidida que comanda a los recién llegados, 
es mujer. Al tocar unos pezones de oro que sostienen  las juntas de la chaqueta de la Almirante,
descubren la función de los botones. Sonríen 
con desconfianza, la que es ganada por la curiosidad, al verificar que
los vestidos son sostenidos no por amarras de cintas, sino por aquellas
pequeñas redondeces que se insertan en un ojal. Luego preparan comida para
todos y se  ponen  a danzar buscando agradar a sus huéspedes.

 

La
Almirante se vuelve cada díamás complaciente… Había descubierto en los ojos
de esas mujeres rasgos como los de Zchenn. Y tienen la piel no tan oscura como
Zambo. Eran, con su carácter alegre y actitudes espontáneas,   distintas a los europeos y diferentes también
de los venidos de la tierra  del abuelo
de Zchenn. Isabel, invadida por la curiosidad, pregunta a la más anciana de
ellas sobre  los chinos. La mujer vieja –que
habla mandarín, tagalo y castellano-se frota las arrugas y, con la mayor
naturalidad, le cuenta que estuvieron dos veces en la Isla con una expedición
muy numerosa. Más de mil hombres en cuarenta barcos. Había que  abastecerlos con todo lo que tenía la isla,
dijo la veterana poniendo una expresión de nostalgia en su rostro.

–     
¿Qué preferían esos hombres?, pregunta Isabel.

–     
Comer bien. No le interesaban las mujeres.

–     
¿Como así?

–     
Eran eunucos. Los escogían así porque tenían más
fuerza y aguante. Además no se mezclaban 
con la población ni le quitaban las mujeres a los nativos. No creaban así problemas.

–     
¿Todos eran eunucos? Se interesó Isabel pensando en
cómo llegarían a procrear a Zchenn.

–     
No, los que curaban a los enfermos eran escasos en
esas tierras, así que  se embarcaban
también algunos de estos sabios en sus viajes. Ellos sí que tenían relaciones
secretas, discretas y tan buenas como todo lo prohibido, con las aborígenes.

 

Isabel se adorna con colores calientes, y por
primera vez se  le vio ponerse aretes,
pintarse la cara y luego  bailar,
contonear su cuerpo con poco ropaje, para soltar su alegría. Cuando la fiesta
languidece y el ambiente  se puso serio,
cuentan las mujeres a los visitantes 
que  un día, hace   mucho tiempo, los  varones 
salieron   de pesca, y  a 
pesar de que el sol  y la luna se
habían turnado más de mil veces en su vigía, estos no retornaron. Un tsunami,
después de un huracán descomunal – o un cataclismo – se los habría tragado. Ese
día, también tembló la tierra de  la isla
y grandes olas la inundaron. Las mujeres 
corrieron a las partes  más altas
sin  poder rescatar a sus hijos. Un
diluvio mencionado  por todas las
mitología y religiones, pero que se hace más 
presente en las islas de esa región. Ante esta dramática  situación, los habitantes en pleno – todos
mujeres –  pidieron a Isabel que algunos
hombres de la tripulación  se quedaran.
Era necesario  asegurar que la población
no se  extinguiera. Estos dichosos
forasteros – que no esperaron tal 
situación –  son
inmediatamente  tratados  como seres superiores. En todo  lo que 
deseaban,  las mujeres procuraban
satisfacerlos, darles lo mejor y hacer de ellos 
seres felices. Después de tantos tormentos y un viaje lleno de
incertidumbres para muchos hombres, era como haber llegado al Paraíso, sin
antes haber muerto.

 

No todo
era diversión. Sabían trabajar las aborígenes y lo demostraron. En la jornada
de un día, – desde el amanecer hasta el anochecer – un grupo de catorce mujeres
construyeron  una canoa, labrando y
moldeando una madera roja. Decían, para que 
el bote  que tenía dos proas,
surcara bien por las aguas movidas, había que darle la forma y las redondeces
de un cuerpo de mujer.

 

Al atardecer Isabel mira,
desde la playa, el horizonte. Y ve en él una constelación armónica de colores.
La larga contemplación de la naturaleza, anima su espíritu y estimula una
afirmación de valores

 

A esta isla fantástica,
en que se vive de manera frenética y armoniosa, le correspondía un nombre de
mujer, afirmó la Almirante. La bautizó con el suyo, ordenando: “No lleva el de
Isabel la Católica, Reina de España, sino  
Isabel Barreto. Más,… se quedara como Santa Isabel, así nos aseguramos que nadie en el futuro le robe el
nombre”.

 

No tuvo
que  plantar  ningún estandarte, tampoco una cruz, menos
invocar seres superiores ausentes,  ni
marcar el árbol del cadalso. Todos respetaron, dentro de los expedicionarios su
decisión. Para los habitantes de la isla, esas cosas de nombres  y solemnidad 
carecían de importancia. En la estructura social no había una fuerte
jerarquía. Cualquiera de  las
mujeres  de la isla se sentía igual que
Isabel. Le hablaban directamente. Ella 
prefería  dialogar sólo con la
Jefe de esas  seiscientas  féminas. No resultaba. Era difícil  distinguir quién era la Jefe. ¿Quizás la que
llevaba el mayor numero de collares o el plumaje más vistoso?

 

Se le había explicado a
la Almirante, que estas mujeres sólo reconocían a la que tenía mayores poderes
para  curar. Sanar almas, se entendía. Y
a la vez, a la que podía ganar mayor simpatía. Por eso, todas eran
condescendientes y mostraban  con
facilidad una sonriente dentadura. No había  
monarquía, porque tampoco existía el afán por el poder.

–     
Álvaro hubiera llamado a un pueblo así como
salvaje, y tendría razón, se le escuchó 
decir.

–     
¿Tienes que recordarnos a este personaje?, contestó
Pedro en forma de interrogante.

 

Sería la única y última vez que
Isabel evocaría, ante otras personas,  a
su  marido,  muerto hace solo unas semanas. Los días para
ella, desde entonces,  transcurrían
lentos. En las  noches, a solas, – porque
Pedro se había entusiasmado con una joven nativa –  Isabel oía el 
sonido inconfundible, venido de las chozas vecinas, del arrastrar y
mecer complaciendo con lujuria al cuerpo deseado.

 

Urgía satisfacer hambre y
apetitos atrasados. Algunos  hombres
comieron y gozaron tanto  que murieron al
querer, saciar sin pausa el apremio de 
la pasión, en forma desenfrenada.

 

Después de tanta
abstinencia e incertidumbre, de pronto huevos, carne, pescado, frutas y
verduras frescas en  abundancia; así como
el cariño y la atención de mujeres bondadosas. Todo ello en un clima  acogedor y un suelo fructífero. Un ambiente
en el que desaparecía la ansiedad, esa tremenda inquietud interna – contagiosa
– que los había llevado a la aventura de buscar oro. ¿Para qué? Eso se recompensaba
con fama, pero, ¿para qué? La posesión del metal daba fortuna ¿o es acaso lo
que brindaba la isla Isabel – donde no había oro –  la verdadera felicidad?

 

Habían crecido las dudas
sobre quedarse o partir.  Se preguntaron
a sí mismo, – y luego a otros en confidencia – 
si había que  pertenecer a un gran
Imperio para ser feliz. O  se estaban
confundiendo las cosas. La Metrópoli irradiaba seguridad. Pero el precio era
alto y se pagaba con libertad. Y esa seguridad no siempre significaba
felicidad.

 

La expedición estaba
ahora en peligro de zozobrar. No por los embates de una tormenta  o  los
siniestros  estragos de una epidemia. No,
esta vez  por la  apaciguadora tranquilidad que ofrecía el mundo
al que se llamaba en la civilización como salvaje, palabra que esta misma gente
de la metrópoli se dedicaba sistemáticamente a desprestigiar. En el mundo de la
naturaleza más pura, los temores se orientaban 
principalmente a los animales, en tanto en las ciudades los mayores
peligros venían de hombres ambiciosos. La especia humana es una de las pocas –
junto a los cocodrilos – que matan a sus semejantes, ni siquiera  para nutrirse, sino por un pérfido estimulo
de sentirse mejores. Para ello crean credos, religiones, instituciones,
ideologías y teorías, así como se preparan con vestimentas y  armas 
para formar  ejércitos.

 

Es esa isla
paradisíaca  las cosas eran distintas. No
había ningún ser humano que se creía superior, ni menos con derecho a matar. Tampoco
se habían organizado en estructuras religiosas ni militares. La posibilidad de
acostumbrarse a una vida llena de tentaciones agradables, y sin las angustiosas
preocupaciones de alguien que creyéndose superior les dictaba – generalmente en
nombre de otro- las obligaciones, 
llevaría a los integrantes de la esforzada expedición a no seguir
adelante. ¿Para qué?

 

Isabel lo había percibido con rapidez. Ella
que tenía el poder, lo perdería pronto en esta isla en la que no era necesario
usarlo. Perdería también sus privilegios. Para 
Isabel Barreto, el mismo hecho de 
sentirse distinta – de poder mandar – era la base sobre la que
construiría su felicidad. Pero nada era 
seguro para nadie en este viaje, que había empezado con más conjeturas
que certezas. Hace pocos meses en la extensión de los océanos y la amplitud de
posibilidades, las esperanzas de vida eran limitadas. Ahora, en una isla
pequeña, se les abría un horizonte más grande para vivir más y mejor.

 

Bajo el manto confidente
de pardas sombras  y un calor tardecino
que aumentaba sus pasiones Isabel aprende a vivir  del cariño entre mujeres. ¡Que gesto el de la
mujer más bella de la Isla de ofrecerse como hembra en posición de pecado! La
acaricia y besa la piel salada. Sudan, calentando las  quietas arenas, hasta alcanzar el grito
unísono del amor.

 

La Marquesa, mujer al
fin, intuía que de quedarse en la Isla, – aun bautizada con su nombre –
perdería con el transcurso del tiempo a Pedro, así como el poder de la
influencia. De mayor interés sería, – ahora actuaba con instinto político
–  ir en pos de las tierras grandiosas de
las que había  escuchado hablar a Zcheen.
Así también con esta hazaña se podía decir: “La fama le da la mano a la
impunidad”, o sea, se tenía la íntima esperanza de que se olvidaran o
perdonarán, cualquier vinculación con la muerte del Almirante. Luego reúne  a   los
integrantes de  su tripulación y  – con voz de mando – pregunta:

–     
¿Quién quiere seguir conmigo a Filipinas?

–     
Yo, contestó
inmediatamente el Zambo. Diego y Luis Rodríguez lo secundaron. Nadie más se 
dejo escuchar.

–     
¿Sabes  dónde
nos enrumbamos?, advierte ella.

–     
Si, a la tierra donde la gente nos mire así. Dijo
Zambo, a la vez que con sus  dedos se
jalaba los ojos. Él sabía que en verdad Isabel tenía la intención de llegar a China.

 

Decidió
la Almirante seguir el viaje, “aunque tenga que completar mi tripulación con
mujeres”. Optaron entonces con dejar la nave Santa Catalina en la Isla de las
Mujeres, ahora llamada Isabel, y seguir en la fragata San Jerónimo, que  estaba en mejores condiciones, la que
navegaría junto a la San Felipe. De tal modo, quedaba la posibilidad que algún
día, los rezagados pudieran emprender el viaje de vuelta al Perú en la goleta
Santa Catalina. Instantes antes de  partir,
algunos  tripulantes  manifestaron su disposición de  abandonar los placeres  que les ofrecía  el lugar y acompañar a la expedición, en  el avance de una aventura no concluida. Uno
de ellos indago:

–     
¿Me puedo llevar una mujer de
aquí? Si así fuere, sigo con ustedes el viaje.

–     
Concedido, contestó la Almirante.

 

Otros más se
acogieron  a  esta facilidad. Total sumaron cuarenta y
cinco que se repartían en dos embarcaciones. La noche anterior, al día fijado
para la partida, las mujeres  hicieron
una  gran fiesta de despedida.
Escenificaron un baile, en el que hombres y mujeres  danzaban alrededor de un árbol grande.
Todos  tenían una cinta en la mano – de
siete colores distintos – y el otro extremo quedaba amarrada al tronco del
árbol. Giraban  al ritmo de tambores y
marimbas, que tocaban muy acompasadamente 
las notas musicales. Para cada tono, que ellas distinguían con su buen
oído,  se levantaban las cintas de
colores iguales, lo que daba un espectáculo  
muy vistoso. Las danzantes repetían el baile trenzando y destrenzando
las coloridas cintas del árbol.

 

La comida fue abundante,
así como los regalos generosos. La despedida 
fue  cálida, y a la vez rápida
como un trámite. Esa misma noche, se  consumaron
las bodas entre los marinos y las mujeres más 
jóvenes y bellas que ellos escogían. No hubo peleas, porque todas ellas
eran bonitas,  ricas  en atributos y especialmente generosas en
mostrarlos. Otros  seguían danzando a
diversos ritmos, en tanto que  cantaban Ula ula ula- ulaulalá… Ulaula ulalalalà…Con habilidad acrobática,
desinhibían sus cuerpos de  malas vibras,
y purificaban sus almas. Así podían entregarse a los placeres carnales con  sus hombres.

 

Al amanecer, se
desplegaron las velas de las dos embarcaciones. Aunque muchas estaban rotas, la
silueta de la fragata lucia aún así, imponente. En la playa se veían, ya en la
distancia de la despedida, a las cerca de mil mujeres que habitaban la isla,
junto con unos cien varones que habían decidido 
quedarse.  Un coro mixto entonaba
canciones tristes, que casi no se escuchaban por el barullo de las olas que
acariciaban las arenas

En las embarcaciones que
se alejaban, se quería llegar, a pesar 
del estado calamitoso del velaje y de las estructuras de las  cansadas naves, a las distantes islas Filipinas.
De ser posible no se desembarcaría ahí, porque estaban bajo dominio español.
Pasadas estas, habría que alcanzar el paralelo 20 y de ahí  enrumbar nuevamente al Este. Se
arribaría  a los  vastos territorios  protegidos con murallas, en los que vivía
mucha gente y que se conocía como China. Le 
habían  anunciado a Isabel,  antes de partir, que en esas tierras  lejanas donde el viento sopla con menor
fuerza,   encontraría a hombres con los
ojos rasgados. Isabel sueña en las 
noches  y durante el día era
alimentada con las ansias de llegar. Las voces del mar encantan y en  su murmullo le dicen a la Almirante: “eres la
viajera que Dios  escogió”.

 

Isabel se  siente 
cerca de lo eterno, lo sobrenatural, lo invisible. Y está muy feliz.
A  medida 
que avanzaban hacia su nuevo destino, 
en los  tripulantes, –
arrepentidos de no  haberse quedado en la
tierra de los placeres – crecía la 
angustia y el deseo   por arribar
a otro lugar seguro, en razón de que  se
incrementaba su temor de perderse en la ruta o de llegar a territorios donde
las envidias, intrigas, amenazas de sofisticadas  formas 
de convivencia con el  poder, – llamadas civilizadas –  la persecución 
o  la muerte los esperaba.

 

Algo nuevo entretenía los
primeros días de viaje: Una de las mujeres que 
se embarcaron había organizado con Isabel el cultivo de semillas de
soya. Las plantas crecerían, en una suerte de agricultura de alta mar,  en macetas si la lluvia las alimentaba.
Lo  habían visto en las embarcaciones
chinas. Serian las del Almirante  Zchang
He? Eso no importaba ahora. Lo que a todos interesaba era la posibilidad de
tener alimentos  frescos.  A pesar de los cuidados – y de que Isabel
ocultamente las regaba con  la escasa
agua dulce- a los pocos días  las plantas
se secaron, y las esperanzas también sufrieron 
el embate de la desesperación. Temían entonces, más que antes, contraer
enfermedades y sucumbir por  falta de
alimentación adecuada

 

 

Los expedicionarios se  mecían 
en las calas insalubres del barco. Algunos tosían, otros vomitaban. A
todos les faltaba abrigo, porque el aire 
se filtraba silbando entre los maderos enmohecidos. Por vigía de turnos,
hay que controlar constantemente que el agua del mar y las lluvias no
penetraran. No solo  se  concentraba la tripulación en mantener el
rumbo, sino principalmente en evitar  que
la nave  se hundiera. En un momento de la
noche, las olas crecieron tanto, que en el tenue  esplendor de la luna llena, se veían aproximar
desde la oscuridad enormes masas de agua, que sin el menor respeto a una nave
que tenía el nombre de un Santo y en la que comandaba una mujer, pasaban sobre
la cubierta arrasando con todo. El refugio para unos era la  bodega, otros pocos se  amarraron al mástil soportando el difícil
balanceo. Isabel no sabía a  qué Dios
rezar. Se siente cada vez más confundida en este viaje que le había dado, en
lugares alejados, tanto poder. A pesar de este privilegio,  en el barco estaba  sometida, al igual que todos, sin
diferencias, al peligro de morir.

 

¡No, no quiero  irme de este Mundo sin haberle contado a
todos lo que he vivido! Exclama con furia y tristeza. Es que aún no me
enseñaron  cual  Dios es 
mejor, el europeo, Nord-africano o el de los aborígenes de la selva
peruana, o tal vez el Astro Sol de los andinos. Yo  confío en la fortuna, en mi  deseo de 
adelantarme al futuro, en  mis
dotes de   encantadora de ensueños. No,
no debo morir ahora. Luego advirtió a Pedro: si algo me  sucede, 
que tomen las velas de repuesto  y
todas las telas a disposición. Armen un 
globo, junten el suficiente combustible, prendan el fuego y con el calor
que emana,  me  elevan, como a los  caciques 
de  Nazca, al infinito. Ahí se
debe estar más  cerca  a   la
eternidad, al Sol  y a Dios.

–     
¡Estás loca! Le increpa Pedro El Zambo.

–     
No, estoy 
embriagada de Poder. Ahora que lo tengo, 
que puedo mandar y disponer como me da 
la gana,  me da miedo perderlo.

–     
¿Y qué  vas a
hacer? debes de encontrar aliados acá en este Mundo y no en el más allá.

–     
Sí, pero en tanto los consiga, busco  con ansías locas  el convertirme en un Ser Invisible. Añoro la eternidad.

–     
¡Has perdido la razón! repite Pedro el Zambo.

–     
No, más bien he encontrado la razón misma por la
que  luchan, matan, padecen y disfrutan
de quienes  se relacionan con el poder.

 

Pedro,
algo inquieto por la forma de expresarse 
y actuar de Isabel,  pretende  quitarle, de modo disimulado la peineta,  en forma de punzón, que  siempre lleva Isabel en la  cabeza,  
con el pretexto de  que le sirve de
alfiler para adornar y sostener la negra y abundante cabellera. Ella descubre
su intención, y  en forma cariñosa se lo
impide agarrándole  con ternura las manos
al varón, en tanto le decía:” Mas bien, debería 
entregarte a ti Pedro la daga, para que me defiendas de los enemigos”.

 

Pasada
la tempestad y vuelta la calma, los hermanos Diego y Luis, les informaron que
el resto de los tripulantes,  
percibían  que  ellos, la Almirante y el Zambo Pedro, no
realizaban el trabajo fuerte. Para 
mantener el respeto de los  demás,
fingían  estar  ocupados en tareas difíciles de resolver, que
exigían gran atención y mayor 
concentración. La Adelantada contesta a sus hermanos, que el poder  tiene dos formas comunes de expresarse:
decidir sobre la vida de los demás, es decir, saber matar y disponer del lujo,
que es el disfrute de privilegios que otros no tienen. Yo me inclino por tener
mejor  comida, vestidos finos,  un camarote adornado con objetos bellos, y
decidir mis horas de descanso. Luis le increpa en tono irónico, aludiendo al
Zambo…. “y también con quienes 
trabajas y descansas”. Isabel  no
le hace caso y  anuncia que estaba
estudiando el Solsticio y los cambios  de
estaciones, que se producen  en la ruta.
Ella  alude que se entiende, mejor que
nadie, con el Sol, que es el Dios de muchos hombres de diversas civilizaciones
y culturas.

 

Los sorprende el Año
Nuevo en  alta mar. Estaban a  catorce grados de latitud septentrional.
Entran al año 1596. La Almirante decide celebrar. Todos los demás debían
asumir, en un instante, el ánimo de divertirse. Las jóvenes  esposas 
embarcadas en la Isla de las Mujeres, 
proponían  organizar un baile.
Isabel estaba de acuerdo. Los hombres 
preparan  una comilona. Querían
una pesca mayor para la ocasión. No picaba ningún animal de gran tamaño. Entre
tanto, se afanaban en  acondicionar  un ambiente amplio en donde se podían reunir
todos. Cuando limpian los antepechos de cubierta, se encuentran con una serpiente
grande que pesaría  tanto como una oveja.
¿Cómo había llegado a bordo? Quizás confundida con los alimentos, – entre ellos
huevos  – 
que en abundancia embarcaron en la Isla de las Mujeres. ¿De qué se  habría alimentado? Ahora no importaba
ello.  El ofidio es  ofrecido como   un 
manjar, convenientemente aderezada su carne blanca y fina grasa con  las mejores 
especies. Todo lo que no sabía a pescado parecía delicioso. Ese  día no se trabajo. Se  gastaron las energías bailando, cantando y
haciendo prevalecer el ritmo de tamboras con cualquier objeto que hiciera
bulla.

 

El día 23 de enero llegan
a divisar tierra. Sube un marino a la Cofa y divisa un cinturón de arrecifes,
que rodeaba a la isla. Se  hacen votos
a  San Antonio de Padua, y se reza  con devoción dos  horas ese día domingo. Estaban cerca a  las islas Guam. De ahí salieron 
piraguas movidas a vela y remos. En ellas iban hombres fuertes que
gritaban charume, que significaba
amistad. La braveza del mar, hizo que en la maniobra de acercamiento a la
fragata se volcaran dos piraguas. Sus tripulantes ante la atenta mirada de los
expedicionarios,  enderezaron con
facilidad. Subieron al barco donde se encontraba la Almirante y pretendieron
robar, apropiándose de las cosas que no les pertenecían. Dos escopeteros  sin escrupulosos dispararon a matar. Hubo
momentos de gritos y gran confusión. Los demás aborígenes propusieron, con
gestos significativos, hacer la paz intercambiar cosas por objetos de hierro.
Los exploradores no bajaron a tierra, porque los aparejos estaban descompuestos
y en razón que les acompañaba cierto temor, después de haber producidos muertes
innecesarias. Partieron con apremio y llamando a estas  tierras 
ya visitadas por Magallanes, como 
Islas de los Ladrones. Atravesaron 
así, casi sin darse cuenta los 
archipiélagos de las Carolinas
y las Marianas, donde los
vientos  soplaban con más fuerza y
el  mar 
parecía disponerse a devorar con furia las dos embarcaciones, – la San
Jerónimo y la San Felipe – que lucen las velas hechas trizas y algunas maderas
reventadas por la podredumbre. De ahí se dirigen usando  la fuerza de los vientos al oeste. Ya estaban
cerca del paralelo 20 que  tocaba también
China.

 

Acostumbrada Isabel a ese
emigrar continuó, y recuperada del espanto de 
la Isla Santa Cruz, transcurren para ella  los días tranquilos, solo le inquietan
algunos contratiempos, la mala alimentación, los chinches, las cucarachas  y otros insectos. En esas circunstancias y
cuando El Zambo dormía en el Camarote de Isabel, la tripulación de  la San Felipe 
cambia de rumbo y deserta. Isabel se inquieta porque el Piloto Mayor
Quiróz le dice: “Si estos audaces se distancian de nosotros  sabiendo que estamos cerca a tierra, es
porque no quieren  verse comprometidos
con la Almirante, en caso de que el recibimiento no sea amistoso”.

 

Por fin, a dos días del
incidente,  se tuvo en la mira del
catalejo nuevos territorios. Se ordena que la aproximación sea con la mayor
prudencia. Ella no sabía aún, hasta que llegaron a entablar  conversación con los lugareños, que esos  dominios no 
pertenecían a China.  Constatan
así, que fueron empujados por los vientos a babor  hasta la tierra de Luzón, que eran  islas del archipiélago de las Filipinas.
Habían virado hacia el oeste unos días antes de 
lo que debieron. De lo contrario 
ya estarían en la isla china  de
Hainan.

 

Isabel vivía la profunda
incertidumbre de  no saber cómo se  comportarían 
con ella  los españoles de ahí.
¿Quedaría ella denunciada por alguno de su tripulación? ¿La someterían a un
juicio? ¿Sería condenada  por  jueces varones, que no soportan el éxito de
una mujer y hasta le aplicarían la pena de muerte? Muchas preguntas sin
respuesta. Había que montarse sobre la cresta del gallo, como lo hacen  los españoles,  adelantarse a las circunstancias tomando
iniciativas avezadas. Todavía la acompañaba el Zambo, el Piloto Mayor, algunos
indios peruanos y doce castellanos más. Parecía dudar sólo de uno de ellos.

 

Al amanecer, uno de los
tripulantes fue encontrado ahorcado en el mástil.  Al que llamaban Alejandro, y que se la había
pasado todo el viaje casi sin hablar,  se
le había oído la voluntad de conspirar y acusar a las autoridades  españolas en Filipinas  a Isabel 
y al Zambo,  por la sospechosa
muerte del Marqués. Ella estaba de malhumor. Vestía una saya negra tan
apretada, que solo le permitía andar a medios pasos. En la parte de la  isla Samar, donde llegaron abandonados por
los vientos,  no les esperaba  nadie importante. Los lugareños de un poblado
que tenía el nombre cristiano de Espíritu Santo 
les informaron, que los españoles estaban en Manila. Isabel, mujer de
mando, inmediatamente indagó quien comandaba en la Capital Filipina: el
gobernador se llama Luis Pérez, le dijeron los amables  aborígenes.

 

El agua dulce y la tierra que juntas formaban
barro, hacían el  caminar en tierra más
dificultoso. Dieron así, muy cerca de la orilla del mar (sin más  testigos que 
los posibles autores y cómplices) rápida sepultura al tripulante muerto.
Nadie preguntó quién había sido el responsable del crimen.  Había que seguir adelante y el pasado atrás,
no valía el compañerismo con los muertos sino solo con los vivos, y dentro de
ellos con los más avezados. Se orientan 
observando el vuelo de los pájaros. Luego se lanzan a la mar huyendo de
ese trópico hiriente. Días después, la nave cansada, con ayuda de los
lugareños  ancla en Manila, el centro
poblado de mayor importancia en la región.

 

No estaba sino la sexta parte de los que  habían partido de Paita. Pero la emoción  de que estaba 
entre los privilegiados por el destino, así como el verse al mando
de  la expedición, reanimaron a  Isabel. ¡Estaban en Manila!

 

Allí baja sólo un grupo
de cinco hombres con Quiroz –versado en varios idiomas –  al mando. En calles portuarias del Cavite,
que se llenaban de personas curiosas, fueron recibidos  primero con cautela y luego  con aprecio. Llegan donde  la autoridad local y les explican quienes
eran. El nombre de Quiroz, tenía prestigio dentro de los  navegantes y sonaba en todos los rincones de
los mares, como conocedor y valiente. Éste negocia y  acuerdan 
dar un recibimiento con honores a los expedicionarios. Se prepara para
el  día 
siguiente una ceremonia.

 

Entre tanto, Isabel se
arregla, en lo posible, con la mejor ropa, para una presentación deslumbrante.
Debía impresionar a todos y estaba concentrada en ensayar la más adecuada forma
de actuar  – sumando encantos de mujer y
su autoridad de Almirante – para afianzarse como  capitana de una expedición, que conllevaba
una responsabilidad y un liderazgo político. 
O sea una demostración de poder. Y de este modo, evitar cualquier signo
de debilidad, que podía ser aprovechado por los españoles y los hagan
responsable de la muerte de Álvaro de Mendaña.

 

Los
marineros,  sabiendo que llegaron a un
lugar en el que había otra autoridad más fuerte que la de la Almirante,
reclaman que la despensa de a bordo, reservada para ella, sea  abierta y se haga un agasajo. Ella dice que
no. Recordó a todos, que los Barreto habían financiado los mayores costos del
viaje, con más de cuarenta mil pesos 
gastados. Luego se dio cuenta, que no tenía sentido su argumento y
ofreció un gran almuerzo. En  medio de
esta comilona, el Alcalde de Costa  del
puerto de Cavite, subió a bordo para 
conversar los detalles del recibimiento acordado con Quiroz. Isabel, que
sospechaba que podía interrogar a los demás miembros de la tripulación sobre lo
que había sucedido en Santa Cruz, no permitió que hablara  con nadie más que con ella. Las delicias
preparadas, fueron servidas en fuentes de plata en el camarote de la Almirante.
Cinco horas después, la autoridad local retorna a tierra.

 

Como
feliz resultado de las negociaciones de Quiroz y la íntima conversación de
Isabel Barreto con los representantes del gobierno, ella es recibida, bajo el
esplendor del sol de mediodía, con fanfarrias 
y los más altos honores militares, 
reconociéndosele el rango de Almirante. Tan pronto se habían dado cuenta
los lugareños, que los foráneos   traían
oro  y plata, se ponen amables. Les
interesaba  a los habitantes,  – en su mayoría  tagalos y bisayos, malayos o chinos y unos
pocos españoles o portugueses – que los 
recién llegados estaban dispuestos a comprar, y  tuvieran casi nada  para vender. El comercio siempre y en
cualquier parte del mundo,  desarrolla
las  relaciones entre los hombres. Las
mujeres están  más interesadas en ver, si
dentro de los recién llegados, habría alguien 
disponible para  casarse  y disfrutar con este partido  el buen vivir.

 

Los  indios peruanos que bajaron a tierra con poco
ropaje y descalzos tuvieron, sin problemas, la mayor  aceptación entre los filipinos. Se miraban
las caras  y median los cuerpos. Unos
tenían  algo más rasgados los ojos que
los otros. Eran en sí,  casi  iguales no sólo en el aspecto físico sino en
la forma de pensar. Se podían intercambiar 
bromas  y se reirían con las
mismas ocurrencias. Descubrieron que poseían 
aún más afinidades que les facilitaban la comunicación. Muchas
palabras  les eran conocidas. Los
filipinos habían recibido influencia idiomática de  China, y sabían que Guagua significaba niño, al
igual en chino como en quechua. De esto hablaron reiteradas veces, hasta
que  una filipina queda  embarazada de un tripulante.

Después de tantas angustias, de
tantos miedos, de tan grandes cambios, un viento de licencia, lujuria de
fantasía, de desorden y desenfreno, soplaba en la ciudad.

 

A Isabel
le agradaba ese ambiente de frivolidad, donde el amor crecía. Algunos le
decían  “La Reina de Saba” y la trataban
con asombro y respeto. Siente que la quieren engreír y piensa sin decirlo,
“prefiero que me llamen  Dama de Lima,
que tiene más belleza, astucia y gracia, que una reina de isla exótica”.

–     
Marquesa, usted es gallega. Le preguntaban.

–     
No, peruana.

–     
No sabemos dónde queda ese lugar, – decían voces anónimas – debe ser una
región remota de la lejana península europea, que ocupan los castellanos.

–     
Adelantada, ¡viva su tierra, España!, le repetían.

Isabel
se acostumbró, consintiendo que le atribuyan origen gallego. No discutía con la
gente. Mejor era  que no duden  del respaldo que tenía su titulo,  que solo podía ejercer si detrás de él,
estuviera un poder real. Recibía los aires frescos  de 
abanicos variopintos a la vez que múltiples alabanzas. En esta sociedad,
organizada y orientada hacia el poder, se respetaban las jerarquías. Los
uniformes estaban en boga. Ella podía lucirse como Almirante. No obstante,
Isabel en Manila se compró sayas, blusas, jabón de diversas fragancias y hasta
un perfume. Una fina batista de seda, y los adornos que puedan resaltar su
feminidad completaban su atuendo. Así, con nuevas tonalidades en su vestimenta
iba dejando atrás el peso del odio y de las incertidumbres, que se acumularon
en el viaje.

 

“Temple
es una virtud en un varón, pero grave 
defecto en una mujer”, había escuchado decir a quienes la estimaban.
Así, que en el clima cálido de Manila, se propuso  disfrazar esa virtud en un hombre, con  vestimentas 
y un modo de actuar – de coquetear – más femenino.  No obstante, 
en esas islas descubiertas por Magallanes – que llevan  como nombre Filipinas en  reconocimiento  a Felipe II – vuelve a mostrar su irónica
disconformidad. En una reunión social dice. “Si se hubiera sido tan consecuente
como lo fueron con Felipe II, América debió llamarse Isabela, en honor a la
Reina de España, que promovió decididamente 
los viajes de Colón para su descubrimiento”. Así conoce, provocándolo,  al General de Carrera  Fernando de Castro, emparentado con los  Condes de Lemos.  Él  se
afana  en cazar  la 
posible fortuna de esta dama. Cazar, casándola y tenerla como
convendría, bajo dominio hispano.

 

Ella
más bien se ocupa de que contraigan 
matrimonio  los  hombres de su tripulación. De tal manera,
planea deshacerse de todos los que estuvieron en Santa Cruz. Renueva los marineros
y  da mantenimiento a la embarcación, que
se encuentra anclada. Comenzaba  a
gastar  el oro ahorrado en la larga
travesía, donde solo se habían topado con pueblos que estaban dispuestos al
trueque, pero no al comercio con la moneda universal y valor de los metales
preciosos. Castro  insiste  en 
conocer si el oro venía  del Perú
o lo había encontrado en alguna  Isla.
¿Tal vez en Santa Cruz? Pregunta con interés mal disimulado.

 

Ella,
que coquetea  haciéndole ver
discretamente que llevaba miriñaque, una falda roja de bayeta bajo el
vestido,   le relata  más bien sus impresiones sobre los
pueblos  llamados  salvajes. El General la ilustra, diciéndole
que Colón había  llevado al Viejo Mundo,
una imagen  positiva de los  salvajes. Su cordialidad,  bondad y carácter pacífico, fundamentaron la
idea de  un ser colaborador que vivía en
armonía con la naturaleza, libre de avidez. Esto lo diferenciaba del
europeo  acostumbrado a la ciudad,  al que llamaban, por esa razón, civilizado.
Es  la impresión de los descubridores. En
cambio, los  conquistadores y los
colonizadores, necesitaban expandir una 
imagen del   aborigen malvado,
agresivo y cruel. Los mitos de los antropófagos, de hombres que se nutren de la
carne de sus semejantes, a pesar de estar rodeados de animales y una
generosa  vegetación,  se acomodan a los intereses de  quienes 
querían, ya no descubrir, sino apropiarse  con cualquier pretexto de los territorios que
no les pertenecen.

–     
¿Qué me quieres decir con eso, muy apreciado
General? Pregunta ella.

–     
Muy sencillo. Tú 
cumpliste tu tarea de descubridora. Yo la concluiré como  conquistador o simplemente, en calidad
de  colono. Seré  más rico y poderoso que tú, mi admirada
navegante.

 

Para  ganarse la confianza, la Almirante busca
conversación sobre temas comunes con personalidades filipinas, entre las que
destacaban  militares de distinta
graduación y algunos religiosos. Dominaban, entonces en esos archipiélagos
lejanos de Europa, aun más con la presencia de los recién llegados, los que
llevaban ropajes que los distinguían de 
los demás y los hacían más comunes, a quienes  estaban involucrados con sus intereses:

–     
¿No eran  los
motivos que empujaban a los hombres a matar o morir, las promesas de la
salvación eterna  o  la conquista  
del mal por el bien?

–     
No, acá somos amables con todos los foráneos.

 

Es un
diálogo anónimo. Se escucha música suave, 
en la que prevalecían las melodías sobre los ritmos. Las  casas construidas de manera más  sólida, propician mayor resonancia a la vez
que amortiguan el eco. La gente es muy 
paciente en escuchar y  amable en
expresarse. La influencia de Confucio y Cristo, 
hacían que las personas se muestren 
muy apacibles. No obstante, la sociedad 
tenía sus elites que marcaban límites entre los filipinos. Sabían, aún
así,  asumir responsabilidades  sin 
ser autoritarios.

 

Un
anciano, ya en la edad real de la ceniza, 
le aconsejaba a  Isabel Barreto,
mostrando su  sabiduría oriental:

–     
Acá, Gran Capitana, no debe usted de temer nada.
Quédese a vivir en Manila que llevará una vida tranquila.

–     
¿Pero quién
me lo garantiza?, pregunta ella.

–     
El poder político reina sobre la justicia. Usted
tiene el dinero y el mayor respeto. Podrá hacer lo que  quiera en tanto no choque con otros
intereses.  Acá, a la gente le gusta  llegar a acuerdos. Es una forma de convivir.

 

Las
flores, muchas flores de distintos colores, alegraban  y daban a todo un  nuevo ánimo. Isabel recibió, en más de una
oportunidad, el regalo de  rosas rojas.
No obstante, ella nunca abrió su íntimo rosal. Isabel Barreto viuda de Mendaña
comienza a  engordar. Subía de peso y la
silueta desaparecía. En los trajes cortados 
y confeccionados por manos ágiles 
con  finos paños de seda,  se escondía su   figura en la que  el abdomen 
tomaría mayor  volumen. Su
carácter también se  transformaría.
Algunos  sospechaban que había quedado
embarazada. Las preguntas se entrecruzaban sobre la  paternidad de 
quien podría ser heredero de una fortuna. Se especulaba  constantemente, si en la expedición que ella
participa y luego comanda,  hubiesen  descubierto y escondido tesoros. Ella decide
poner fin a los comentarios afirmando, que la comida, la calma  y buen 
ambiente, le habían  abierto un
apetito feroz, que contrastaba con las épocas de abstinencia de  racionamiento que padecieron durante el
viaje. Especialmente se había visto tentada por los camotes – esa papa dulce –
y el maíz, que recién llegaban a Filipinas traídos de México por los
primeros  barcos,  tripulados por comerciantes árabes.

Una tarde en que la
mar picada hacía crujir tremendamente los maderos de la quilla, sus velos de
luto se enredaron en las correas  de un
joven oficial

Isabel  y el militar de alto rango, se ven cada
vez  con más frecuencia. Están dispuestos
a dar y recibir consejo. Y así, con la protección de autoridades  filipinas, viajaron a unas islas distantes
a  varias leguas de Manila. Isabel se
ilusiona de navegar en el mar de China. Cuando llegan a unas pequeñas
islas  desconocidas, comprueban que  son terrenos planos, muy boscosos con
abundante agua. Ahí aparentemente la vida transcurría tranquila. Con el auxilio
de chamanes, santones, brujos y jefes de tribus, los pobladores tratan de
resolver  sus problemas. Formas
autoritarias de utilizar las debilidades del cuerpo y alma. Pasan por una aldea
en que no había Iglesia. Solo una sencilla cruz blanca se erigió casi tan alta
como las palmeras. De pronto, como salido del 
bosque, apareció un militar acompañado de un sacerdote que llevaban
amarrado a un aborigen que a cuestas cargaba un bebe. ¡Nooo!. ¡¡Noooo!!.
¡¡¡Noooooo!!!, grita Isabel  con voz tan
estruendosa que levanta una manada de 
loros verdes, que salen espantados de las copas de los árboles. Luego en
voz baja añade: Si Dios existe no  debe
permitir la conquista, ni menos las injusticias que la religión  comente en su nombre.  El General hace sentir su autoridad y le
obsequia a Isabel la liberación del filipino. Éste arrodillándose a la vez que
hacía la Señal de la Cruz, le agradece a la dama su intervención. El niño deja
de llorar y les regala una sonrisa.

 

Los
nativos están más ocupados en las erupciones de los volcanes que de las
predicas de los Sacerdotes. Escuchan  el
paso de un tifón,  con fuerza y  velocidad, pero de poca duración. Lo
permanente es una sana y buena disposición hacia la vida. Los aborígenes
prefieren cantar que hacer la guerra. No poseen 
la ambición de  mercaderes y  monarcas 
que hace mover – con la presencia de siempre dispuestos militares –  esa
empresa porfiada ávida e inmoral de conquista, que navega sobre el mar de
sangre de las injusticias.

 

Para
compensar los males, en esas islas alejadas tenían sus  habitantes oriundos, sin la intromisión de
extraños,  recetas para todo: castaño común para la desesperación y la
imposibilidad interior de hallar soluciones;
tamarilla y mimulo
para el  miedo; olmo y olivo para  alimentar la fuerza de la perseverancia y aulaga para la desesperanza. Pero no habían
encontrado el remedio o el antídoto que los proteja de la explotación.

 

Castro
quería retornar. Isabel, que ya  se
ubicaba mejor en el mar que en tierra, ordena 
soltar  las velas  hacia los vientos  que la llevan al noroeste, con la callada
intención de llegar a China. Al cabo de cuatro días, el  General se pone impaciente. Las provisiones
de agua alcanzarían para tres días. Ella 
utiliza la caparazón de la tortuga Ana, 
que todavía tenían guardada  en la
San Jerónimo, para recolectar agua de lluvia. Otra vez, el líquido que regalan
las nubes  les había permitido calmar la
sed.

 

Isabel
dice: todo huele a Zcheen, acá la brisa me trae el aroma constante y
consistente  de una cultura milenaria.
Parece quedarse dormida o sumida en un anhelo que se convierte en profundo
sueño. ¡BRRBOOOMMM! El trueno – repentino, sin anuncio de un rayo o relámpago –
la vuelve a la realidad. Una tormenta se 
desprende del cielo  y obliga a
cambiar el rumbo. Antes de que el barco se aleje, por la popa Isabel divisa
tierra. Un marinero filipino, que 
también quería retornar, le confía al General Castro, – sin que escuche
Isabel –  que se estaban  distanciando de Kaohsiung, territorios  sureños de China. Un arcoíris aparece y
embellece el firmamento. Un  nuevo
relámpago ilumina todo el escenario, y los colores desaparecen por un instante
del cielo. El General Castro ordena desplegar las velas y alejarse lo más
rápido posible del lugar, en tanto Isabel se 
distraía con lo que acontecía en un horizonte que irradiaba  un especial encanto

 

De
retorno en la bulliciosa Manila, apenas llegaron – muy agotados – de su
viaje,  se enteran que la goleta  San Felipe, que había desertado al mando  del Capitán Felipe Corzo, alcanzó casi
destrozada  las islas Mindanao. Allí  fue acogida su tripulación  por Sacerdotes Jesuitas. Ahora a Isabel no le
importa ya el Capitán Corzo ni sus amenazas de acusarla ante el Gobernador.
Está respaldada por el General Castro. Ese mismo día, con la  ayuda de Castro,  se logró que Corzo sea sometido a los
Tribunales de Manila, por haber tenido una conducta indebida como marino. Ella
había triunfado una vez más  y  reclamaba al español, que pagara como castigo
una indemnización simbólica de mil pesos. Era la cuarentava parte que Isabel
Barreto invirtiera en  la expedición.
Este dinero lo gastarían en la refacción de la fragata San Jerónimo.

 

En  realidad, los intereses de España estarían a
buen recaudo, si la Almirante de una flota española – que era en realidad
peruana – 
volviese a estar en manos firmes 
de un español. Las calles y sus ambientes de intriga,  se 
parecían  a  las de Lima. Y se  rumoreaba la boda entre Isabel y el General
Castro. En Manila al igual que  en las
elegantes  casonas de la Ciudad de los
Reyes, donde el oro y la plata abundaban, platicaban respecto a las ventajas de
un matrimonio, así como  discutían si
estuviesen entre los invitados. Se exageraba, mencionando posibilidades de
regalos y las retribuciones en favores, influencias y otras prebendas, que se esperaban
intercambiar en una ocasión tan espacial, que no debía ser desperdiciada.

 

En Manila, 
destacan los colores blanco y azul añil y los adornos de cualquier forma
y coloración en las fachadas de las casas. Las personas usaban las vestimenta –
y el llevar del alma – más  ligeras, que
estaba  de acuerdo al clima y las
circunstancias. No  se veían tantos
frailes, curas, sacerdotes, monjes, religiosos, clérigos, en las calles como
tampoco feligreses en las Iglesias. Las restricciones a la conducta pública
y  privada eran tomadas,en esa poblada
isla del continente asiático, con ligereza. En 
las ventanas de las casas, siempre abiertas, relucen las miradas
oblicuas  de  sirvientes lascivos, que en sus ojos delatan
intimidades y urgencias. Isabel se sentía reconfortada con una sociedad
criolla, parecida a la peruana aun cuando más relajada, en la que se respetaban
a los extranjeros. No importaba en demasía la religión. Se sabe y acepta, que
ésta es parte de la lucha por el Poder. En España,  se siguen los dictados de la Contrarreforma  y de teólogos o forjadores de intereses,
frente a los cuales los españoles caen de rodillas. Acá,  donde iba la Almirante, le acompañaban   dos 
muchachas y  otros dos  hombres jóvenes a su  servicio, que trataban de adivinar – más por
conveniencia que por convicción – sus deseos. Ella era la todopoderosa.

 

En las
reuniones  sociales, dentro de las  casonas de amplias habitaciones, la cosa  no era otra. Pasadas unas  semanas, se conversa más abiertamente – como
un hecho – sobre
su boda con  el militar Castro. Todo abundaba
a  favor de ello.  España 
no se inquieta por los títulos  de
los descubrimientos. Castro estaba emparentado con el licenciado Lope García de
Castro, gobernador en Lima, quien le había ofrecido  una encomienda en los Andes peruanos. El
pasado de Isabel, y cualquier 
sospecha  sobre su conducta en
Santa Cruz, quedaría  superado. El
presente se tornaba agradable y  su
futuro estaría asegurado.

 

Ella
percibe en el ambiente, que todo es tan favorable, que se anima a poner
condiciones: Así propone, el no concubinato con el futuro marido y que éste se
quede en Manila, en tanto ella, partía sola 
de retorno a América. Como no tenía un futuro cierto en las Filipinas,
el General  decide convencer  a Isabel, que la convivencia, mientras estén
en Manila,  sea solo para las
apariencias. Él  buscaría entonces,  una alternativa de trabajo como militar  en la Real Audiencia de Panamá o iría a
España. La ruta de retorno a América se estaba trazando en los intereses de
ambos.

 

El
Zambo, atento a esta evolución que lo podría dejar fuera de cualquier
influencia, arrincona una noche a Isabel contra una palmera y le dice:

–     
Han pasado sólo unos cuantos meses desde que murió
tu marido. ¿Por qué apurar una nueva boda? Tú deberías guardar recato.

–     
Esto no tiene que ver con sentimientos. El poder
jamás se orienta por los sentidos, sino con la inteligencia. Los españoles
quieren verme en manos de un hispano. De lo contrario no seguiré siendo
Almirante de su Armada. Entre nosotros todo seguirá igual en cuanto nos
volvamos a embarcar.

 

Se fija fecha 
y la boda se realiza  pronto.
Asisten  quinientos invitados a la
ceremonia en la iglesia y a la recepción oficial que la seguía. Se dispusieron
veinte cerdos, dos docenas de liebres y un centenar de gallinas, además de
abundantes frutos de mar. Las 
personalidades civiles, eclesiásticas y militares están presentes. El
Poder en pleno homenajeaba a la pareja. Isabel insistió en vestir la chaqueta
de Almirante, heredada de Álvaro en la isla Santa Cruz. Se la habían  acomodado, rehaciéndole con apuros y apremios
los bordados en oro. Lucia  bien  a pesar de que le quedaba muy apretada. Para
poder ponérsela, tuvo que prescindir de llevar 
ropa debajo de ella. Con  la
transpiración,  acelerada por el  calor, los nervios y la incomodidad,  pronto moja el paño azul oscuro.

 

La
novia, en la exaltación producida por las circunstancias,  luce también 
su  carácter. El Sacerdote  dio la bendición de la Iglesia y  repasa un sermón, destacando lealtad y
sumisión con el marido. Isabel le sonrió, y sin mayor empacho  le dijo 
con voz sonora: – para que los asistentes  también oyeran – que  el rol de la 
Iglesia, era  el de proteger a los
más  débiles de los más fuertes,  – así a las mujeres contra los abusos de los
hombres –  los pobres frente a los ricos, y en asistir a  los 
aborígenes,  en tanto los exploten
y no propagar la sumisión.

 

El Cura
se apuró en dar por concluido el acto. Al salir de la Iglesia les esperaba un
desfile de elefantes, era el regalo de un comerciante árabe. Es  por primera vez, que Isabel ve a estos
animales grandes y dóciles, que son llevados 
con facilidad  por sus domadores.

 

En la
recepción, que tuvo lugar en una Carpa grande, frente a las bebidas y
carne  asada, todos volvían a ser
iguales. Sólo  uno de los tripulantes españoles,
que se quedaba en Manila,  se atrevió a
decirle a Isabel, – envalentonado por el alcohol – que entre las pertenencias
más íntimas de Alejandro, ahorcado en el Mástil antes de llegar a Filipinas,
habían encontrado unas anotaciones sobre el viaje. Estaba todo ello en  un sobre lacrado, dirigido a un pariente
cercano del Virrey, para  no comprometer
directamente a éste. Se trataba  entonces,
del espía que acompañó el viaje,  para
informar  respecto a los descubrimientos.
La Almirante recobra el ánimo y la fuerza de mando. “¡Traidor,  delator, hipócrita, desleal! Todo esto
disfrazado de hombría, caballerosidad, cucufatería…. por eso detesto a  algunos 
españoles. Son serviles   con el
poderoso y déspotas con los que pueden”. Durante días, se  sigue preguntando, cuantos  más habrán estado espiándonos: ¿Habrá sido
Jorge, que sucumbió a la  partida por
contraer varicela, el epiléptico Amadeo o el 
atorrante Rodrigo, quizás Alejandro o quién más?

 

Luego decide enviar
directamente a España, un documento llamado 
Reporte desde Manila, en el que explica y justifica las medidas tomadas
durante el viaje. Se dan las  razones de
la frustrada colonización y se sacan copias de este expediente destinado al
Rey: una  para el Gobernador y otra para
Isabel. Nada para el Virrey.

 

De otro lado, el Piloto
Mayor  escribe un informe al Gobernador,
en el que da cuenta de las razones por las que no encontraron las Islas
Salomón. Revela, sin que lo supiera Isabel, que Mendaña, antes de partir, tenía
dudas de llegar a esas Islas, porque no confiaba en la exactitud de los
instrumentos y cartas de navegación. Sin embargo, lo hizo porque estaba
financiado por los Barreto, que empujaban la empresa. Añadía sus dudas, sobre
si Isabel quería  llegar verdaderamente a
las Salomón, y le atribuía al Gallego – único tripulante, que en 1567 había
acompañado a Mendaña  a esas Islas –  la intención de engañar a  Álvaro de Mendaña para quedarse con el oro
que estaría en la isla  llamada
Guadalcanal, la mayor de las Salomón. Pide Quiroz  que se guarde el secreto, especialmente
frente a los ingleses, y solicita se le conceda a él  los derechos 
para encontrar las Salomón. No sabía el Piloto  Quiroz – o quizás sí – que Guadalcanal se
encuentra no tan alejada de Santa  Cruz.
Es decir, estuvieron en este viaje muy cerca, de los descubierto el año 1567
por Álvaro.

 

Felipe II recibe estos y
otros informes de sus espías en Manila. No obstante, el Rey estaba ya muy
enfermo. Las intrigas y codicias las conocía el 
Gobernador. Él alerta a Fernando de Castro, y éste,  ahí mismo, 
logró que Isabel  despidiera  a 
Quiroz.  Ella,  que no renuncia a sus afanes, obtuvo que
naciera en Castro, el entusiasmo por terminar la empresa que su fallecido
esposo no culminó. Así, estaban convencidos de que se embarcarían nuevamente
desde el Perú hasta las Islas Salomón. Se harían ricos y emprenderían con
mayor  fuerza el  viaje, esta vez sí hasta  la China. En este propósito, Isabel convence
a su recién estrenado marido para que, por su intermedio, le llegue al Rey una
nueva misiva. En el escrito; hecho con pulso firme como si hubiera superado
cualquier dificultad para escribir,  
escuetamente le decía:

Su
Majestad:

Es una
honra para mí, haber conducido la expedición a buen puerto. Por eso, estoy en
la circunstancia de presentarle este informe. Lamentablemente no todo fue
fácil. La nao o nave Santa Isabel, conducida por el español Lope de Vega,  permanece desaparecida con  casi la mitad de los expedicionarios. El otro
Capitán de Vuestra Majestad,  Felipe
Corzo deserto. El Adelantado, Don Álvaro de Mendaña di Neira,  murió. El Piloto Mayor, Pedro Fernández
de  Quiroz no encontró las Islas Salomón
ni tesoro alguno.

Yo
he  ganado la experiencia y obediencia
necesaria, que pongo a disposición de Vuestra Majestad.

Isabel
Barreto.

Al General
le parecía una insolencia, que una mujer se dirija de tal forma a Su Majestad,
y dejara  a la vez tan mal a los
españoles. Destruyó la carta y se guardo el secreto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

.

 

 

CAPITULO
X

Tú  Isabel 
cumpliste tu tarea de descubridora. Yo la concluiré como  conquistador o colono

 

 

Como regalo de bodas,
Isabel Barreto de Castro, recibió de manos del Gobernador de las islas una
copia de las Cartas de Relación escritas por Cristóbal Colón, en las que
describía el navegante genovés con detalles 
los territorios que había descubierto. Ella  sintió como si  le hubieran encontrado en grave falta. Le
revolvía el estomago  y la atravesaba el
miedo a  una pregunta que en cualquier
instante se le  pudiera hacer  ¿por qué no escribiste un diario,  detallando 
tu viaje? Acaso, ella tenía que esconder algo. O había en su  vida y conducta, aspectos de los que no se  debía saber. O sólo era el egoísmo de no
compartir, sino con unos cuantos tripulantes de entreveradas razas, una aventura  que todavía no había llegado a su  fin.

 

En
tanto, Isabel se distraía en preocupaciones, 
se le estaba escapando el hecho de 
que al nuevo marido -un  militar
ducho en estrategias- se aprovechaba muy divertidamente del arreglo sobre la
convivencia en celibato. Ella se entera por habladurías entre sirvientas, que
el General Castro, mantiene una  relación
con su amante nativa– una atractiva asiática – que se instala, sin el mayor
pudor, en su recamara. Fuera de esta habitación íntima, la amada  funge 
de sirvienta. Ambas tareas  las
absuelve con especial  dedicación y
eficiencia.

 

En
cambio a Pedro el Zambo, no le permiten fijar su domicilio en el  barrio aristocrático, donde viven ahora,
guardando apariencias en una casona de veinte habitaciones, los recién casados.
Antes  podía visitar a  Isabel a escondidas, ahora las  cosas se ponen más difíciles. Una relación
abierta con la Almirante en una isla colonial, era impensable por el color de
la piel del moreno Pedro. Isabel estaba inquieta y celosa  con el solo pensamiento de que Zambo estaría
siendo  consolado con las caricias  de una joven con ojos rasgados  y sonrisa agradable, que le ofrecía en alguna
parte de  Manila, un cuerpo  caliente y húmedo. Los celos aumentaban y los
reproches también. No se vislumbraba que estos asuntos de amoríos impertinentes
se calmaran. Había que apurar entonces 
la partida. Castro se junto con comerciantes y  se acordó fletar el San Jerónimo, para  que transporte mercancías hacia América.
Isabel y Pedro estaban contentos, porque ello permitiría volver a estar juntos
y  hacer posible el  regreso al Perú. Luego, intervinieron otros
hombres de negocios  de visible origen
árabe. Eran los que habían organizado el impresionante espectáculo de los
elefantes, el día de la boda. Estos 
informan, que  los despachos de
productos – en su mayoría sedas y especias – se realizaran con  parientes que tenían en Nueva España, es
decir  México. Hasta allá querían llegar,
para lo que estaban dispuestos a acondicionar incluso otro barco más, con el
propósito de  atravesar junto con la San
Jerónimo el Océano Pacifico y arribar al puerto de Acapulco.

 

Discutieron la  ruta con 
marinos venidos de China, que tenían instrumentos parecidos a la
ballestilla. Los  filipinos  sirvieron de intérpretes a tan difícil
idioma. Se hablaba de  unos  mapas hechos por Mercator, en tanto que los
chinos extendían unos dibujos sobre las mesas, pero se  negaban a entregárselos a la Almirante.
Cuando se terminó de armar la segunda embarcación, ambas quedan llenas de
mercancías y provisiones. Zambo retornó 
a su puesto de Capitán en  la
goleta  fletada  por los árabes,  con quienes 
entro rápidamente en confianza. Aprende con facilidad las palabras de
los árabes, que las pronuncia con tal fluidez, que parece que solo las
recordara de su infancia. Los comerciantes le dicen, que el barco totalmente
renovado, se construyó en Mindanao, 
utilizando los restos de la San Felipe. 
Isabel decide embarcarse – para guardar las formas – en la San Jerónimo,
que remozada y lucia el grabado en  la
madera con su nombre original, la letra A. Castro, que  conocía de la relación de la A con el nombre
de Álvaro,  decide   rebautizarla, agregándole las letras
necesarias, con el nombre ALMIRANTA.

 

La
expedición había permanecido en territorios filipinos por espacio de  más de seis meses. Se recuperó  así, de 
los estropicios de la larga travesía y peripecias sufridas desde su
salida del Perú. Se hicieron amigos y trenzaron parentescos. Acaso también se
resguardo Isabel Barreto viuda de Mendaña, de los  maliciosos 
comentarios  que le   asignaban responsabilidad en la muerte,  en lejanas tierras y dudosas circunstancias,
de su jefe y marido.

 

Ahora, antes de
partir,  se aprovisionaron  de nueces y frutos de la región. Los  sacos de arroz  emplazaron los lugares de la bodega, que al
salir del Perú, se almacenaron papas y 
granos de maíz. Todo estaba listo, 
se instalaron y por último  las
velas fueron renovadas. La Almirante 
sonrió, en el momento que le 
presentaron   el mascaron de proa,  reparado con molduras de dragones con ojos
rasgados pintados en rojo y verde. “Esto nos  
guiará de manera segura”, dijo de buen talante.

 

En el
libro de bitácora, se marca el día diez de agosto de mil quinientos noventa y
seis. Acuden esa mañana temprano, todos los que estuvieron en la boda. Van
asimismo a despedir a la Almirante  sus
antiguos  tripulantes, que se quedan
ahora en Manila con sus nuevas familias. También se ve  dentro de la multitud que acompaña el
acontecimiento, a los parientes de los que se embarcan, los constructores del
nuevo barco,  ricos proveedores y
avisados comerciantes, consternadas autoridades eclesiásticas, el disciplinado
batallón de infantería que comandara el General, niños bulliciosos que añoran
ser marinos,  así como  un 
pueblo alegre que celebra 
con  algarabía. Se termina con los
últimos  apremios del avituallamiento y
la  partida es festiva y sin incidentes.

 

En el
nuevo camino que seguía, – un porfiado rumbo al Este – pudo Isabel  contemplar  
las estrellas radiantes. Recordaba que 
la primera  noche, después de su
partida del Perú,   Álvaro trata de  explicarle como los navegantes se
orientaban  por los astros. No aprendió,
porque esa noche estuvo nublada y los astros no se dejaban ver. La segunda vez
que lo intentó, se presentó la situación difícil del enfermo, que tuvieron
que  arrojar al agua cerca de una isla.
Ahora estaba tranquila en manos de Pedro, de su Zambo. A  él  le
contaba sus pensamientos durante las serenas veladas  de contemplación de un  cielo oscuro, alumbrado por estrellas  e iluminado de cuando en cuando,
sorpresivamente,  por fugaces  cometas.

 

Luego,
sorpresivamente Isabel dice: “No entiendo, 
como viendo las estrellas o mirando el firmamento con  la 
luna llena, algunos pueden ponerse sentimentales. El Universo debe ser
muy frío, más frío aun que estas aguas”.

 

El
oleaje hacía mecer  de arriba abajo, de
abajo arriba, la  embarcación que cada
momento parecía más frágil. Las maderas se doblan y el crujido crea
incertidumbre sobre la resistencia del material. Ella y él están,  tal como si se meciesen  en el cielo, serenos y felices como nunca.
Bebían   hojitas muy pequeñas hervidas con
agua dulce. El Tcha o té, 
refrescaba o daba calor, según 
era necesario. Los alimentos también 
lograron un mejor sabor, porque los condimentaron con especies que
llegaban a  hacer arder la boca. No
importaba eso, más bien aseguraba que las pequeñas  bacteria o parásitos que podrían  provocar una infección, sean eliminadas
por  la fuerza de las sustancias  picantes. Agotada Isabel por el abuso de
sensaciones, es ahora el insomnio, testigo de sus múltiples desánimos.

 

En la
otra embarcación que viajaba cerca, el General 
sufre  fuertes mareos. No resiste
el  bamboleo constante de  la alta mar. Isabel tiene que transbordarse a
esta y le prepara una mezcla de  sus  yerbas y constata que se queda dormido. No
despierta sino después de tres días. Ella repite la  dosis. Antes 
de que  Castro nuevamente se  duerma, Isabel le pregunta: Mi General, ¿por
qué existen las guerras?    Él no
responde. Queda sumido  en un sueño  y se escucha su ronquido.

 

Después
de un mes y tres días navegando, en 
Honolulu  desembarcaron. Se
quedaron solo una semana, entretenidos por los nativos de Hawái,  conjunto de islas que por su extensión debieron
pertenecer a  México. La comida era
excelente, así como el trato con la gente, que rogaban a los comerciantes que
les vendieran productos chinos. El intercambio fue lucrativo y los tripulantes  se sintieron homenajeados cuando les regalan,
al despedirse,  a cada uno un collar
trenzado en vistosas flores.

 

Esta vez Isabel al
retornar al barco de El Zambo, se hace acompañar por dos de las  sirvientas filipinas, Victoria  y Lala. Él la recibe sin fiesta. Sólo conversan:

–     
Tú que navegaste 
de  joven en el  otro océano. ¿Dónde es más  movido?, preguntó la Almirante.

–     
Acá las aguas no son  nada tranquilas: los vientos impredecibles
por los cambios violentos de temperatura, y las corrientes dificultan   mantener el rumbo.

–     
¿Por qué, entonces le llamarían Océano Pacifico?

–     
Creo que  era
el deseo de los  conquistadores,  de encontrar el área – un espacio en el Mundo
–   donde no exista  resistencia a sus intereses y por lo tanto,
no se entablen crueles  combates. Y lo
encontraron en el Perú en lo que a los Incas se refería.

–     
Claro, tienes razón. Si se hubieran aludido a
la  tranquilidad de las  aguas 
o las condiciones más favorables de la navegación, le hubieran llamado
“Océano Calmo”, y no pacifico que viene más 
bien de paz o ausencia de conflicto, afirmó Isabel, con esa voz de mujer
convencida de lo que decía.

 

Tenían
Isabel y el zambo un  timonel de
confianza. Eso les daba tiempo para amarse y dialogar con intensidad.
Podían  alternar sin    miradas desconfiadas. La calma daba la
dicha.

–     
¿Por qué esta todo tan tranquilo?, preguntó Isabel.

–     
En razón, a que la mayoría en este barco   somos mestizos, contestó  Pedro.

–     
Sí, efectivamente. Los españoles mandan  desafiando, imponiendo, arriesgando,
perturbando. Tú lo haces convenciendo.

–      El mestizaje – y no América – es el verdadero Nuevo
Mundo; Nos son los territorios sino las nuevas personas y su forma de
comportarse.

 

Las
barcas navegan sus soledades. El intercambio entre las dos naves se
produce  repetidas veces, durante la  larga travesía, en la que el General seguía
tanto con los mareos, como con  el
tratamiento que le daba Isabel. El océano anochece bajo su leve ritmo de
olas.  Las extensiones de agua eran
enormes. Debieron de pasar  seis   semanas  
hasta que, en la estela de plata se ven brincar  enormes peces. Son los delfines, que
acompañan  a las  naves que se acercan a las costas americanas
y con demostración de  destreza, dan su
saludo natural de  bienvenida.
Efectivamente, después de la cansada pero tranquila navegación,   ya 
podían sentirse en la seguridad de  alcanzar su destino sin tropiezos. Viendo los
peces en el agua, Isabel se pregunta a sí misma: ¿Acaso se ha visto que un pez
chico se coma al más grande? Como un país del tamaño de España, puede
engullirse a uno de las dimensiones del 
Perú. La respuesta tropieza con otra pregunta: ¿Por qué un grupo
minoritario de personas, oligarcas, aristócratas o como se llamen, viven a
costa de una mayoría, es decir de la población más grande?  Miran al cielo en busca de una respuesta.
Oyen solo un trueno y los relámpagos que iluminan el horizonte.

 

Pedro
el Zambo también tenía un regalo de 
bodas para Isabel. Algo muy especial. Una cartográfica fechada en 1424
atribuida a Pizzigano y Waldsemuller. En ella no solo estaba la ruta desde la
China a México, sino  algunos datos sobre
una barca que habría encallado en Michocan, cerca al rio Balsas. En ella estaba
marcada la bahía de  Zihuatanejo.
Ahí  quería llevar Zcheen  a Isabel.

 

Parados en la Proa y
hablando desde lejos, como si estuvieran descubriendo América, contemplan el
horizonte, y comparten – como si fuera la primera vez – las tantas veces
repetidas ansias de llegar a tierra. Estaba próximo el  día de Navidad y sus  ilusiones se convierten en gratas
constataciones. Se contaba   con la
tripulación completa. Algo que no siempre ocurría después de largas travesías.
Los barcos se  alinean  y 
arrean las velas. Después de atravesar casi todo el extenso océano,
manteniendo la proa al Este, arriban, de acuerdo a su cálculo y a tiempo a
Acapulco. Ese es para Isabel Barreto su 
punto de llegada a América, en su viaje de retorno al Perú. Dan gracias,
con un brindis, en el que participaron todos, al comerciante árabe, que había
financiado  el transporte de  telas y especias hasta México. Un encargo
bastante lucrativo, que les permitía a los expedicionarios el retorno,
incluso  algunos ahorros. Los hombres de
negocios, que ya habían estado anteriormente en México,  se ofrecieron 
a  orientar a  Castro y a Isabel, en su permanencia en
tierras aztecas y  ponerles en contacto  con las personas importantes. Así  celebran, en compañía  de 
recién conocidos,  – que los
acogen como amigos –  la  Navidad del año 1597. Recuerdan  el nacimiento de Cristo, con devoción
Católica,  y agradecieron a Dios  el haberles guiado en el camino de regreso.

 

Desde el inicio de su
estadía, se sienten bien  en  Nueva España. 
Era una amplia extensión poblada de aztecas y mayas, con   antiquísima cultura  avalada por una  riqueza cotizada por Cortés, y muchos otros
buscadores de fortuna  que, cargados de
ambición,  la destruyen paulatinamente.
Como en el Perú,  se estaba asentando en
Nueva España una sociedad de forasteros, que luchaban por implantar sus
costumbres y normas de conducta.  Las
leyes serían las impuestas por la conveniencia de servir a la Metrópoli, y
beneficiarse personalmente a como dé lugar, siempre en perjuicio de los
lugareños.

 

Le llama la atención a
Isabel,  el comportamiento de las
mujeres, que no había   visto en Manila u
otras partes. Aquí las indígenas y mestizas parecen tener un papel  protagónico en una sociedad, que sólo en la
superficie, es machista.

 

Para Pedro el Zambo,   la permanencia en México fue aún más
importante. Un  encuentro casual que
cambia  por entero el derrotero de  su vida. Entre aztecas y mayas, destacaba una
figura también  de color  cobrizo 
pero con el pelo  rizado. Se
llamaba  Estebanico. Cuando este vio a
Pedro el  Zambo, la noche que celebraban
Año Nuevo, ambos se miraron  y
comprobaron que entre sí eran tan iguales como lo eran distintos de los demás. Estebanico le dijo:

–     
Tú  eres de
mi gente.

–     
¿Quiénes somos, donde están nuestras raíces?,   preguntó Pedro.

–     
Tú y yo somos Moros.

–     
¿Cómo lo sabes?

–     
Sé más que eso. Me lo contó un Capitán español,
durante los años que andábamos perdidos 
acá.

 

Decidieron
luego encontrarse al día siguiente, el primero de enero de 1597, para hablar
más tranquilos en el Templo de Quezalcoatl. Un rectángulo amurallado de vastas
dimensiones. A medida de que avanzaban hacia 
la Pirámide  de los Sacrificios,
contemplaban  unos túmulos que parecían
que se desplazaban.  Respirando misterio
de los antepasados Estebanico le reveló a Pedro el Zambo:

–     
Tú  eres hijo
de  Álvaro de Mendaña  y tu madre es una marrocana, que él lleva a
unas Islas que descubrió hace treinta años.

–     
¿Quieres decirme que yo nací en las islas
Salomón,  durante el primer viaje de
Álvaro de Mendaña en l567? ¿Es esto posible?

–     
Así es, por eso te protegía al no contar la verdad.

–     
Entiendo, si la 
gente se enteraba de que  yo era
moro, entonces   sucumbiría a la
persecución de los católicos y no hubiera tenido cabida en estos viajes.

 

En el
lugar donde ambos conversaban, en el 
que  los antiguos mexicanos
construían templos para la meditación, 
se sentían, entrada la tarde, temperaturas bajo cero. No  las conocía Zambo.  Se le vio temblar. Él sintió por primera vez
que su vida peligraba. Primero por ser 
Moro, archí enemigos de esos cristianos que ahora conquistaban nuevos
continentes. Además, por ser hijo de Álvaro, podía  suscitarse una situación incómoda,  para los 
que tendrían pretensiones de heredar todo lo que habría dejado el
Marqués de Mendaña en tierras y otros títulos. Estaba seguro que lo matarían.
No permitirían que alguno de  su
color  oscuro se llevara gloria ni
menos   fortuna.

 

Con la  ayuda de Estebanico,  logra indagar secretamente más sobre su
pasado. Ya sabía, por lo pronto, que tendría algo así como treinta años de
edad, y no los veintiocho que se le contaba, ya que Álvaro había  abandonado las Islas Salomón hace 29 años.
Supo además, que  el  abuelo de su 
madre – o sea su bisabuelo – había sido un Califa importante. Eran
tiempos en que el Emir Abu Abdallah cedió Granada, el últimobastiónmusulmán en
Europa.

Tuvo la familia de Zambo que refugiarse no en
Marruecos, sino en tierras adentro del 
África. Por eso, el recuerdo en Pedro 
de los leones, esos  animales  imponentes que sólo se encuentran en el
continente negro. Fue  Álvaro de Mendaña
que lo trajo  a América bajo otro nombre.  Quería de modo especial a su  hijo, y para protegerle se llevó su
verdadera  identidad hasta la tumba.

 

Varios
días y sus noches  medita el Zambo,
contemplando las grandes construcciones 
y la arquitectura sensitiva de los antiguos  zapotecas, sobre la admiración contenida, sin
que pudiera  expresarla, que sentía
hacia  Álvaro. Recordó, con nostalgia,
como su padre lo rescató, con vehemencia de la esclavitud, así mismo  las 
singulares circunstancias,   en
las que habían compartido  gustos por una
sobrenatural  afición al  mar, sus peligros  y la aventura. Hasta la pasión por  la misma mujer: la generosa, voluntariosa y
compleja doña Isabel Barreto.

 

Era extraño, que
recién  ahora de adulto en tierras
lejanas,  supiera  donde 
había nacido. En   casi toda su
vida, se la paso  creyendo  que pertenecía a una tribu nómada. Desde
pequeño   realizó, como nadie,  travesías y 
andanzas en varios continentes. La oferta que se le presenta ahora para
seguir una vida a la que estaba acostumbrado, 
avivaba su afán de aventura. En un escrito, dentro de la confusión que
estaba afrontando  el  Zambo 
había  apuntando   algunas reflexiones. Era una carta que
comenzaba diciendo:

No sé a
quién dirigirla. Quizás es a mí mismo:

He
recorrido miles de leguas marinas, 
buscando tierras del sur. No sabía que era moro. Los africanos,
especialmente  los del norte,
siempre  hemos buscado nuestro norte.
Miramos los mapas y nos entusiasmamos con las rutas que nos llevan a Europa.

Yo
andaba  por el camino equivocado en los
mares del sur.

Ahora
comprendo lo que me trataba de explicar Álvaro de Mendaña antes de  su muerte. 
Con la historia de  los persas,
que luchaban por conquistar Atenas se daba la constante histórica del
habitante, de África del norte que – judíos, cristianos o islamitas
pugnaban
siempre por entrar a Europa. ¿Quería decirle 
a  su hijo de donde venía y a
donde debía dirigirse?

Allá
iré entonces, lo más al norte posible de ese codiciado continente.

En su
ansiedad desbordante le agregaba palabras a su escrito y tachaba otras. La
vida  tan cambiante que llevaba, y la
reciente noticia sobre su origen, así como la falta de un destino, no podían
deparar  a su espíritu inquieto  la 
necesaria   tranquilidad.

 

Resolvió no  seguir entonces sus relaciones amorosas con
Isabel, entre otras razones porque era viuda de su padre.  Decide además, ante estas nuevas
circunstancias,  quedarse definitivamente
en tierra  mexicana.  Se entero que cerca de las costas de ese
inmenso país también había una isla que llamaban de las mujeres. Pronto se
cansó de la vida  sedentaria y se
casó,  bajo los ritos del lugar,  con una princesa azteca, que le prometiera
los medios de seguir otro viaje. Esta vez 
sería – recordando los consejos de su padre, cuando este agonizaba:
“¿Porqué  no ir más al norte?” –  tomando 
la vía del océano  Atlántico en
busca de la tierra de los Vikingos.

 

No hubo despedida entre
Isabel de Castro y Pedro el Zambo. Ambos se miraron a  los ojos y ella presintiendo que se acababa
la relación, pregunta, como lanzando un desafío:

–     
¿Me encuentras  bella?

–     
Estais muy gorda. La
belleza se nutre del perfecto balance entre todos los elementos. Cuerpo bien
alimentado y cultivado, alma pura, espíritu amplio, humor y tolerancia, le
contesta reflexivo, el Zambo.

–     
¿Envenenaste al Marqués?, repregunto
muy serio, Pedro El Zambo.

–     
No. No lo hice. Te lo juro.

–     
No importa que jures. Miles
de mujeres en Europa, han  sido quemadas
vivas en los últimos años por meras sospechas. Se les atribuía  simplemente brujería.

–     
Tú lo has dicho: soy una
mujer distinta…, intento Isabel decir a modo de mantener la  agotada conversación.

 

Zambo
se da media vuelta y comienza a caminar; y las palabras que él pronuncia se
vuelven menos audibles. Ella mira su espalda y por última  vez, contempla  el tatuaje 
con figura de león sobre la piel que con tanta pasión había acariciado.

 

Su
destino lo llevaría  a Pedro a descubrir
y acaso conquistar  latitudes muy frías,
en las que los paisajes serían de un solo color: el blanco. Estas tierras, que
tenían extensiones enormes y un cielo en el que se resplandecía la aurora  boreal, 
se encontraban al norte de 
Europa. Zambo era un emigrante desde 
que aprendió a caminar y lo seguía siendo hasta la muerte. Los hielos
eternos  de la  parte más superior y fría de la tierra, se
abrirían y atraparían  al   moreno, al hombre bueno de amplia  sonrisa y brazos fuertes siempre extendidos.

 

Isabel no logró contarle,
– como tampoco  lo hizo con otros  que la amaban –  que el abuelo 
materno de ella, era  un árabe,
que se había atrevido a navegar por el África con su Dao, una  nave de madera que
él mismo construyó.  Luego,
pretendió  viajar hasta China en una zaurac y en el camino una tormenta
termina con él, con la nave y sus sueños.

 

——–

 

El tiempo transcurre
rápido en Acapulco. El día nueve de enero ya están Isabel y los pocos que  quedaban de la expedición, en los apuros de
la partida. Sorpresivamente  acuden
algunas mujeres aborígenes. Llevan  en
una  canasta unos frutos de Cacao. Piden
hablar con la Almirante, y esta las recibe con agrado. Recuerda entonces  que estuvo más ocupada  – en su permanencia en México – en dialogar
con la sociedad  criolla, y no había  tenido diálogo con los aborígenes. Al
entregarle estas mujeres de sonrisa amable, los frutos grandes y un anillo de
plata con una piedra de ónice, pronunciaron una sola palabra, que ella, a pesar
de su aguda intuición, no entendió: Malinche.
Luego se retiraron despacio ma-lin-che, clavándole la mirada con sus ojos
negros fulminantes.

 

Ven como despedida el
crepúsculo y los sueños enfrentan fuegos delirantes. Enfilan rumbo al Sur en
busca del Virreinato del Perú. Isabel tiene 
que seguir, de aquí en adelante, sola e íntimamente desconsolada. Cuenta
a su favor la experiencia en navegar y mandar. El General Castro, su
marido,  la acompaña,  mas aún 
no reemplaza  al  Zambo, ni en las inquietudes como tampoco en
los amores. Es un  pasajero que
llevan  a Panamá. Y este lugar queda en
su ruta de retorno. Luego él iría a España, 
y quizás lograría allá un permiso y el dinero para llegar a China.
Así  las cosas van, por el momento,  bien. Es decir, encuadran en el propósito de
Isabel.

 

Al amanecer del tercer
día de viaje, se posó sobre el Mástil Mayor un ave enorme. Más  bello que el Pavo Real, el pájaro verde tenía
el parecido a un ave tropical: esa rara especie era conocida con el nombre de
Quetzal. Era más  apreciado que el oro, y
su peso se pagaba con la cantidad doble del metal  precioso. No podía  vivir en cautiverio, pero sus plumas
adornaban la cabeza de Moctezuma y otros 
personajes que se identificaban con los símbolos del poder.

 

Isabel lo vio y quedó
cautivada con la similitud del papagayo con la cacatúa multicolor, que tuvieron
a bordo de la nave Capitana cuando habían comenzado  la aventura de ese viaje tan largo. “Debe ser
un buen presagio”, dijo, agregando “un animal tan bello  solo puede darnos un mensaje alentador. Al
alba del día siguiente ya no estaba el Quetzal, pero había dejado caer una
pluma en la cubierta del barco. Isabel la guardo, y a partir de ese día la
utilizo para escribir. “Es una ofrenda de la noble ave, que utilizare para
escribir mis  mejores ideas y mensajes.”
Anoto en el primer pergamino que escribió.

 

El Piloto Mayor Quiroz, a
quien había despedido en Filipinas, los acompañó, como pasajero consejero,
contratado por los árabes, hasta México. Ya no eran  importantes sus  servicios, 
en razón a que no  estaban en
busca de nuevos territorios. Habilita entonces un timonel  que se había embarcado con la
tripulación  filipina para que, de ahora
en adelante,  conduzca el barco  bajo su mando. Él es mudo y da  sus señales de mando con los brazos y   gesticulando 
sonidos guturales. Como no hablaba, 
nadie hasta el momento  le
había  preguntado por su  pasado. Un día, desconfiada y  con la curiosidad de mujer, Isabel revisa su
equipaje y encontró un mapa  similar al que
le había  enseñado en  Paita, años atrás, su amigo Zchenn. Vio
además cartas y escritos con signos ideográficos. No le  queda ahora duda, de quien manejaba  la  
barca era un navegante de origen chino. Se sintió a partir de ese
momento más segura.

 

Hasta que vino una
tempestad. Ya había visto muchas en los mares del sur, y por eso no se inmuto.
El cielo se había puesto oscuro a pesar que era de día. Se iluminaba,
intempestivamente, con el fragor de un rayo. Una energía mortal que – sin
previo aviso –  podía acabar con el más
fuerte en un instante. Luego, como un regocijo, tal la voz del mal, se dejaba
escuchar el trueno, para advertir que esta vez se habían salvado de la descarga
eléctrica. Los vientos castigaban las velas. Las ráfagas silbaban del sur al
este y que levantaban enormes olas que parecían querer  tragarse en su espuma a la nave entera. A la
vez dejaba el mar ver flotando algunos maderos, 
como dando testimonio  de  sus víctimas ¿Podremos resistir este nuevo
desafío con una nave tan cansada? ¿Después de tanto recorrido, de pronto,
naufragaremos?

 

Cuando el ruido de la
tormenta menguo, y la calma ganaba los ánimos, se escuchaban los rezos en coro
de una tripulación filipina que había sido ganada al catolicismo. Dios los
ayudo.

 

Llegan, bordeando la
costa y desafiando tormentas y arrecifes, hasta 
el istmo llamado Panamá. Tierra inhóspita de abundante vegetación,  donde era más fácil   ser picada por un bicho venenoso o
mordido  mortalmente  por 
una culebra,  que encontrar  comida. Uno 
estaba más expuesto a ser víctima que victimario  o depredador.

 

El viaje desde Acapulco
había demorado casi dos semanas, durante ese tiempo, Fernando de Castro se
convenció que el matrimonio le aseguraba a España,  gloria 
y a ella impunidad. Pero nada más. Recuerdan, conversando como amigos el
General y la Almirante,  algunos
episodios de México y la extraña despedida de las mujeres aborígenes, en tanto
que ella mastica, comparando sabores  –
desde el  amargo al dulce – las semillas
del cacao. Castro le explica que los aborígenes 
usaban estas como moneda, dado a su valor  nutritivo. Ambos dicen es más lógico asignar
valor a los alimentos que a los metales. Ella se vanagloria del regalo, y se
pregunta la razón de este privilegio, que 
le den cosas de tanto valor. Su marido le aclara que no se trataba de
un  homenaje, sino  más bien 
querían que  pasara vergüenza. Al
decirle Malinche la comparaban con
la mujer  mala, la indígena que traicionó
a los suyos – al pueblo autóctono –  y
sirvió de intérprete y concubina al malvado 
Hernán Cortés. “Esta aborigen que se llamaba Malinche, entregó su cuerpo
y alma al español que  mataba a su propia
gente”, relata Castro.

 

Isabel  medito largo rato. Luego – sacándose con
disimulo el anillo, con la piedra de ónice que le  calzara perfectamente el dedo índice – dijo:
“No está mal lo que hizo la Malinche, porque 
fue la precursora del mestizaje. Sí me indigna, que crean que soy una
entregada a los intereses de los españoles. Tú mismo sabes cuánto los he
criticado. Igualmente he respetado  su
afán de avanzar, de ir en busca del futuro. Para eso hay que asumir riesgos. La
gente  tiende a simplificar  las cosas. Yo no estoy ni a favor como tampoco
en contra de los españoles. En las relaciones entre los pueblos las cosas son
mucho más complejas que eso. Hay que censurar y combatir lo malo, y admitir lo
bueno”.

 

 

En Panamá se entera
Castro que no debía seguir a España sino quedarse en esa Real Audiencia   para
hacerse cargo de la plaza militar. El General Castro asiste con charreteras y
espada a la ceremonia  de asumir el
mando,  que en esencia,  solo era formal y por lo tanto de exageradas
expresiones retóricas. En contraste, el escenario era sobrio: una
habitación  con paredes de  madera, techo y piso del mismo material que
abundaba en  la zona. Él había sido
trasladado a proteger la transferencia de mercancías de ese estratégico punto,
que permitía  unir por tierra –
desafiando  veinte leguas  de selva tropical –  las rutas del Atlántico con las del Pacifico.
Por Panamá se hacía viable la conquista del Perú, y ahora su colonización
y  así 
el ambicionado enriquecimiento de la pobre España.

 

Una guarnición de tropas
de unos ciento veinte hombres,  mal
uniformada, se presenta  en  formación desordenada. Portaban vestimenta  de diversos colores, apaciguados por los
estragos de los  rayos de sol.
Algunos  calzaban  las botas tan deterioradas, que salían a
relucir  medias  mal zurcidas. No parecía un regimiento
militar entrenado ni disciplinado.

 

“Tamaña  pobreza en 
busca de tanta riqueza”, piensa Isabel, que estaba  sofocada por el calor, con el ánimo agotado y
no tenía fuerzas para expresarse.Mariposas de muchos vistosos colores
adornaban  y revoloteaban  el ambiente. Con su rápido aletear  y desordenada forma de volar, distraían la
mirada. Cuando una de ellas se posó sobre el cuerpo de Isabel, ella  comprobó que 
tenía alas transparentes. Sintió una 
picazón y se rasco la piel hasta rasgarla. De pronto, apareció  sumergiéndose entre  la sangre una larva. No, ¡ ya era  un gusano!. No puede disimular  asco y ganas de irse del lugar. Tenía que
quedarse  para lo que había venido.

El acto castrense  parecía que era solo ficción y no realidad. La
esposa del General siente  mareos y
escalofríos. Los presentes vieron como, repentinamente, se pone a temblar  y cae pesadamente  al suelo.Y así Isabel  enfrenta, ante la mirada de muchos hombres,
echada de espaldas  con cara al sol,
dolores muy  intensos que  paralizaron todo su cuerpo. Ella se concentra
es sí misma ignorando a los demás. Se le presenta  la imagen del cadáver de  Zcheen, 
echado en el río Viru. Se siente muy mal, le viene la sensación de
morirse en ese mismo instante. Un aguacero se precipita del cielo.  El techo de improvisadas  hojas de palmera,  no resistió el embate del cielo y todos
quedaron igualmente empapados por el agua. La tormenta tropical  parecía 
querer arreglar cuentas con los hombres 
foráneos y demostrar, que la naturaleza en la selva  es un constante  desafío 
al  combate, y no una invitación  para el disfrute.

 

Apuran una improvisada
camilla y en medio de la lluvia, los rayos y truenos,  la llevan a la casa asignada  para el General Comandante en Jefe de la
Plaza Militar, para que descanse. En  el
lugar más fresco se acondiciona  su
lecho.  Pasan cuatro días en los que  tratan de 
bajarle la fiebre con paños de agua fría.  Se  le  explica que están en una zona agreste que
colinda con el Darién. Región  inhóspita,
poco poblada por indios  armados con
dardos venenosos, que disparan desde  
unos bastones largos y huecos. Usan poca ropa por el calor. Las mujeres
tienen el dorso desnudo y  taparrabos
hechos de telas vistosas. Cerca, dicen, que 
se encuentra la riqueza y grandeza de Dabaybe. Tal vez sólo espejismos
de selva, que las ánimas  vociferan para
animar a  adentrarse en  los peligros. Como  encontrarse, 
no con  animales grandes, sino
pequeños, tan chicos que son invisibles pero dañinos. Aparecen  juntándose en cantidades y estos son
certeramente efectivos en   matar a un
hombre a través de picaduras, en las que le inyectan veneno propio o  le transmiten enfermedades que causan grandes
estragos, sufrimiento y casi siempre la muerte.

 

En contraste con las
alturas de México, la temperatura subía a más de cuarenta grados de día. En la
noche se mantenía por encima de los treinta. La humedad,  hacía que la sensación térmica sea aún mayor.
Un vaho  chocaba con  la respiración, cuando uno se acercaba a
excrementos en fermentación o animales muertos en proceso de putrefacción.
Abundaban estas circunstancias  nauseabundas
en un  trópico violento, que acortaba las
distancias entre la vida y la muerte a la vez que  aceleraba 
cualquier proceso biológico.

 

Al sexto día  hay un notorio deterioro de  su salud. Se procura que tome líquidos en
cantidades extraordinarias. Su cuerpo no resiste  comida. Los alimentos  proveen 
pocas grasas y la transpiración constante elimina líquidos. Las
diarreas, la evacuación masiva  de
excrementos,  son  síntomas 
que acompañan  enfermedades
estomacales o de rechazo a todo. Los pantanos o aguas estancadas, nutren en
complicidad del sol,  una vegetación
endiablada. Todo el ambiente es una trampa a la que hay que escapar para
sobrevivir. Isabel, con voz débil,  pregunta
a un europeo afincado en el lugar:

–     
¿Si acaso la Tierra es redonda, acá en Panamá
estamos más cerca del infierno?

–     
No estamos cerca, 
sino nos hallamos  en el mismo
centro de la parte más infernal e inhabitable 
de  nuestro planeta, fue la
respuesta tajante.

 

Como
los días pasan y no hay ya  mayor  esperanza de que  Isabel sobreviva, unos militares
adulones   le aconsejan al General, a
modo de último recurso,    someterla
a  ritos de curación  que 
hacían   los aborígenes. Vinieron
esa misma noche tres Chamanes, con la 
cara  llena de pintas de  diversos colores y el cuerpo desnudo,
adornado con  símbolos repugnantes.
Pusieron una calavera sobre una pequeña mesa y dentro de ella prendieron una
vela. Beben  una  mezcla de líquidos que preparan, entre los
que destaca el aguardiente. Aparentan entrar en trance y  en entonaciones cada vez más  sonoras, 
juntan   frenéticamente  cantos y 
movimientos rítmicos en un rito que no es comprendido por los demás.

 

Luego vino una pausa y el
Curandero Mayor, desvistió la parte del abdomen de Isabel.  Extrajo de una canastilla,  cinco o seis escarabajos  de gran 
tamaño. Al contacto con el cuerpo, estos animales  inyectaron a través de  su aguijón una sustancia que tenía efecto de
anestesia. Ella no sintió  el  dolor de la picada, como tampoco el de la
succión de sangre. Los animales  se
hincharon,  tomando el tamaño de una
manzana roja. Hacían el trabajo de las sanguijuelas en forma más rápida y
efectiva. Luego que el último terminara su tarea, echaron todos los bichos
dentro de una hoguera incandescente.

 

Isabel  lanza un grito de horror.  El olor a 
sangre, su propia,  chamuscada al
fuego, le hizo venir al recuerdo el niño que se quemo vivo en las Islas Tuvalu.
La imagen de los aborígenes que la rodeaban ahora, podía ser la de los
vengadores.

Se negó a ser  tratada. Los Santones nativos  y los militares insisten. El Curandero Mayor
prosigue y susurra palabras difíciles de entender. Transmite la alteridad,
traduciendo conceptos indígenas al idioma español. Exclama que la jai es 
no sólo espíritu, sino  esencia de
las cosas. Algo así que se podía concebir como 
energía vital. En tanto, revisa con una mirada, las ofrendas que  el General deja sobre una mesa: velas,  tabaco y aguardiente. Detiene  sus ojos ante 
el dinero. Castro intuye  que este  no es 
suficiente. Se dispone a efectuar un pago adicional. Uno  de los oficiales a su  mando, que observaba la escena desde el
umbral de la puerta, se adelanta  a su
superior jerárquico y puso en la mesa una bolsita  con algunas 
monedas de oro.

 

El Chaman  más anciano, venido de un pueblo río
arriba,  insistió que la curación debía
seguir adelante, ahora  con un ciempiés.
Argumenta que sueños nocturnos y  miedos
terribles, son el sufrimiento de la hechicería que ha atrapado a la Señora
Isabel, lo que debía  combatirse con la
ayuda de  un  bicho 
tan largo como el ciempiés. Un 
animal  que  lleva, no cien, sino sólo veinte  pares de pies, correspondientes a igual número
de módulos de su cuerpo,  que parece
estar constituido por escarabajos pequeños, que se encadenan  a través de sus tentáculos. Isabel al ver al
repugnante insecto, que se arrastraba sobre su pecho se incorpora del lecho y
vomita. El General, ante los  nuevos  gritos desesperados  de espanto, 
dolor y ruegos reiterados  de  su mujer, ordena interrumpir la sesión,  que se estaba convirtiendo en una orgía  de sanción o castigo.

 

Los chamanes, se
trasladan sigilosos a un cuarto aparte. Le informan ahí a Castro,  que – según la revelación que le habían hecho
los espíritus benignos  – Isabel padecía
de  un mal, que  tenía su origen en  el temor profundo que le causaba el regreso
al Perú: De volver a ser la mestiza devaluada en su propia tierra. El General,
con enérgica voz de mando, despacha a los curanderos, los que desaparecen en la
oscuridad  del bosque.

 

Cierta inocencia en el
alma asoma en la mirada de los sirvientes  aborígenes que acompañaban la escena, sin atreverse
a decir algo.

 

Tres días
después,
estaba programada una ceremonia a la que era inevitable asistir. A  Fernando de Castro se le  aprecia sereno y pálido.   Se presentan ante ellos,  burócratas vestidos de blanco con afán de
conocer al nuevo Jefe Militar y a Isabel Barreto y especialmente la situación
de la salud de la Almirante. Todos estaban además, ataviados con
sombreros,  que los protegían de un sol
incandescente que salió a relucir con fuerza. Isabel se abanica  decaída, como si  quisiera separarse  ahí mismo 
del calor y las circunstancias. 
Deciden Castro y los hombres en su mayoría europeos, trasladar a la
enferma  al barco. Tal vez la brisa del
mar  le haga bien, recomendó un Capellán.
Fernando de Castro está ahora esperando 
que  la situación de ella, de
algún modo u otro,  se  defina. Hay, en estas circunstancias,
pocas   posibilidades de sobrevivir. La
acompaña – día y noche –  el sacerdote
al servicio de la guarnición militar, 
que trata de reconfortarla espiritualmente. A la vez la  ayuda a preparar unas infusiones  con polvos 
que ella le proporciona. Así Isabel le 
abre a este  el secreto, tan
celosamente guardado,  de sus  conocimientos 
medicinales. Él se muestra al principio escéptico. Luego, frente a  la carencia de alternativa, sigue las
indicaciones de  Isabel, que se
había  debilitado tanto que no podía
moverse y le suministra cada dos horas los medicamentos. Al  día catorce, Isabel  siente una mejora, y esta se  aprecia en su rostro y en su afán de
participar nuevamente de la vida.

 

Isabel Barreto comienza a
reflexionar. Y agradece a España el haber traído a estas tierras a hombres de buena
voluntad. Reconoce la bondad de la religión 
católica. Le dice al Sacerdote, que 
la promesa a una vida eterna, después de la muerte, también la daban los
Incas. Pero, añade: “los
europeos católicos se esforzaban más que los 
habitantes del Perú, en obtener logros de bienestar en esta vida. En
acumular riquezas, en construir obras en las que quede plasmada la belleza,  Europa lleva en este aspecto, de fomentar
prestigio a través de la propaganda, ventaja a los Americanos”.

 

Al día  veintiuno, comenzó a probar alimentos. Cuando
se levanto del lecho en que había permanecido postrada, se hace visible la
pérdida de peso que sufrió. Parece ahora una mujer  distinta, hasta en su modo de hablar más
pausado  y reflexivo. Insiste en cada
instante en reconocer,  que los
europeos  aventajaron a los  incas o aztecas en el deseo de existir y en
el disfrute pleno  de esta vida.

 

Con la  reincorporación del ánimo de Isabel, las
cosas comienzan a marchar  al ritmo de
la  normalidad. Así los preparativos para
el viaje de retorno al Perú no se hacen  
esperar. Entre tanto,  en varias
conversaciones, se la trataba de convencer que en Panamá se presentan grandes
oportunidades,  si se sabe intervenir en
el comercio. A ella le parecían 
fantasías selváticas, producto de una afiebrada ilusión o una esperanza
sin razón.   Castro convino que no se
quedaba  en la insalubre Panamá. Pero
tampoco acompañaría a Isabel en el último tramo para retornar al Perú.  Le prometió que iría  pronto, tan pronto pudiera que en la Metrópoli
española le hagan realidad las promesas hechas antes de desposar a la Almirante

 

Él aduciendo y asumiendo para sí la grave
enfermedad de Isabel, logra que lo liberen de su cargo militar, para embarcarse
a España lo más rápido posible, para ver
si aun podía obtener el Virreinato del Perú
que le ofrecieron en las Filipinas, o de lo contrario tendría que  contentarse 
con una simple  encomienda, que en
si era algo mejor de lo que ahora tenía.Más adelante, si tenía suerte,
procuraría aprovechar los títulos heredados por Isabel, para obtener de la
Corona  otro permiso para buscar las
Islas Salomón.

 

Arreglado
lo de su viaje y luego de despedir a su mujer 
se encargo  de  cargar  el barco comandado por Isabel  de plátanos verdes y  frutos llamados  sapotes. El trabajo fue doble, porque   antes de 
arrojar las amarras, se 
descubrieron  gusanos que se multiplicaban  y 
avanzaban en mancha, hacia las otras provisiones. Hubo que echar toda
esa fruta al mar. Ella anota en un cuaderno, que  tardíamente comienza a escribir. “Partimos y
parecía que nos fugábamos. Un  paisaje
bucólico iba despejando lentamente la pesadilla vivida”.

 

Hombre con cuchillo en la mano  es  un
cobarde. El que anda con espada  no es
por ello más valiente.

CAPITULO
XI

Del  retorno de 
Isabel en  la Patria
¿Alguien le
puede decir con certeza  a que raza o
a  que religión pertenece Dios?

 

Isabel está
de vuelta en su país,  casada dos veces –
e igual número de  amantes a cuestas –
pero visiblemente sin marido ni hombre a su lado. Se asoma a las costas
desiertas del norte del Perú con el 
corazón vacío. Llevaba,  la
“gobernadora de las tierras descubiertas”, más recuerdos y experiencia que
ningún habitante de América. Había surcado 
cerca de cuarenta mil kilómetros, gran parte en océanos vírgenes,  en un tiempo que no quería medir: hacía rato
que los machetazos no marcaban el palo mayor del barco, con el registro de los
días transcurridos.

 

Ella  llega en la nave San Jerónimo acompañada   con tripulación  filipina, que sumaban apenas veinte personas
varones y dos mujeres,  Lala y Victoria,
que se dedicaban principalmente a 
agradar en la cocina con costumbres y sabores  orientales. Los tripulantes indígenas  que partieron del Perú  con la expedición,  se fueron quedando  en el camino, asimilándose en poblaciones –
como en la Isla de las Mujeres o Manila – que les aceptaban no como
subordinados,  sino en calidad y
capacidad de seres  iguales o mejores. En
tanto, que los últimos españoles permanecieron  
en Panamá, donde les prometieron 
armar una expedición en búsqueda de los tesoros escondidos del Inca,
aunque eso significaba desafiar  montes
impenetrables, peligrosos animales y enfermedades desconocidas. Se hablaba con
frecuencia de  varias rutas que
conducirían al  codiciado Dorado, un
paraíso en tierra  en el que todo lo que
brillaba sería de oro.

 

Isabel de Castro desembarca
en Paita,  – el puerto del que
partieron –  que conocía desde sus aventuras con Zcheen. No
llegó hasta la China, pero estuvo cerca, y conoció su gente. Tampoco encontró
el oro ni la riqueza que ambicionaba su marido el Marqués. Pero ahora, puede
ver el aura de las personas que la aprecian y sentir la alegría de estar viva,
y  de presentarse como una revelación.

 

Se sumerge  con sus recuerdos en las amigables aguas de
la playa Colán, aledaña a Paita. Reanimada en la creencia de que recibiría
todos los reconocimientos que se merecía, se traslada a Piura, distante a dos
leguas desierto adentro, y en el oasis de esa ciudad, se reencuentra con lo que
quedaba de sus amigos. Ahí, en el ambiente casero, bajo el mismo árbol que la
vio crecer,  se  repone 
alimentándose de  cítricos y frotando su piel quebrantada por
las sales marinas, con el aceitoso fruto llamado  palta. Toma 
chicha, – ese brebaje fermentado – 
en cantidades que sólo  saben
hacerlo los hombres de mar. Cuenta poco, se había acostumbrado al silencio.
Recupera así  la tranquilidad y la
confianza. Su padre había muerto durante el tiempo de la expedición. Visita la
tumba de don Nuño Rodríguez Barreto y le pide perdón por no haber hecho famoso
su apellido Rodríguez. Luego le relata durante horas, todo lo terrible que le
había ocurrido. Le dice en un largo monólogo, que hace apenas unas semanas
estaba muy cerca de él. La muerte la estaba esperando en Panamá, pero sacó
fuerzas para seguir adelante y llegar al Perú.

 

Isabel en pocos días
recobra  su belleza y resplandor. Viste
ahora  con sedas multicolores,   telas de Manila, como  ella las llama. Son  vistosas y agradables al cuerpo. Sus únicos
adornos son  la piedra  que 
perteneció a Zchenn, y que ella le había arrancado cuando moría él  en las aguas del río Viru. Esta cuelga en el
cuello, en una cadena de oro y plata. El brazalete de semillas  de 
diversos colores, que le confeccionó Pedro el Zambo, – el nieto del
Califa – la exhibe en el brazo derecho. Ella decía, que la piedra  le había 
servido   como amuleto de buena
suerte en su viaje, en tanto que las semillas la acompañaban asegurándole  buena alimentación,  y las energías para aguantar tantas cosas que
le  sucedieron en el largo tiempo que
estaba expuesta  a todo.

–     
Esta piedra, definitivamente me guió hacia los
orígenes a las tierras de donde  la
misma   provenía, el distante Oriente que
está detrás de todos los mares.

–     
¿Cómo se llaman los territorios que descubriste?,
pregunta una voz anónima.

–     
Marquesas, el 
único  nombre  del título que ostentamos, responde con calma
reflexiva.

 

Al incorporarse a la conversación afirma, con
firmeza, que estas islas  deberían
pertenecer al Perú. No a los españoles, porque los antiguos peruanos  ya habían estado ahí, antes del arribo su
expedición. Luego agrega, que bajo su comando, se  descubrió la isla Isabel. La señora
Barreto  revela recién  ahora, 
que ella había escondido – pocos antes de partir de Paita –  unos mapas por el temor de que si los viera
Álvaro, éste se desanimaría en emprender el largo viaje. Estaban bien
dibujados, incluso con adornos decorativos de galeras, canoas indígenas y
ballenas. Sin embargo, su exactitud podía ser inquietante: se trataba del Orbis
Térrea Compendioso Descripto, que el cartógrafo Flamenco Hondius difundió. En él
se incluía un plano imaginario del Cusco, como metrópolis del Perú. Se asocian
las leyendas del Nuevo Mundo, con datos empíricos de misioneros y exploradores.
Piura aparece separada de San Miguel, como si fueran dos ciudades distintas.
Eso era un ejemplo de inexactitud. Otras evidentes fallas que  se leían 
en el Atlas, eran la denominación de Pachacamac, como Pachana y la
ciudad de Huánuco aparecían dos veces. Una en las nacientes del río Rímac y
otra al noroeste del Moyobamba. Álvaro, que había vivido ahí, se alarmaría de
tales errores y hubiera perdido toda la confianza en las nuevas descripciones
sobre el “Mar del Zur, Mare Pacificum”. Era más 
seguro  confiar  en la 
intuición, en el  instinto y en la
voluntad. O cualquier otro impulso interno, que en el   razonamiento abstracto del conocimiento
científico.

–     
¿Y cómo aplicaste en ti misma esa sinrazón?, le preguntaron.

–     
Isabel tose – entre tanto piensa – y luego  afirma, con voz segura:

–     
Ya lo dije,  el amuleto de Zcheen,
el creer en él, me daba la esperanza de llegar a las tierras desconocidas.

 

Ante
algunas miradas incrédulas, se ve en la necesidad de explicar además, la razón
por la que conservaba –aun cuando no lo exhibía- el anillo del Almirante: ella
dice  que lo   recordaba con gratitud, porque le hizo
posible cumplir sus deseos de viajar. Sólo las cosas que podía llevar  con su persona  y transportarlas con facilidad,  le importaban. No poseía cuadros – solo uno-   ni 
adornos de casa. Las imágenes 
más  bellas las llevaba en su
recuerdo.

 

Otros recordaron lo
impactante. Habían pasado los años y aún se hablaba de ello,  – y 
así alguien lo cuenta ahora en una reunión campestre –  cuando 
Isabel cumplió quince años, se atrevió a enfrentar un animal que
superaba  ocho veces su peso corporal. El
toro, esa bestia que fue traída por los españoles, la embistió con los cuernos.
Ella se zafa  apenas con un corte en la
pierna y los espectadores de la escena, quedaron confundidos. Isabelita mira a
sus alrededores. Un indio, que no tenía nombre conocido,   le 
alcanzó en el instante preciso  su
largo machete, con el que Isabel se lanza al animal. La lucha, no por desigual,
fue larga, hasta que caía mal herido uno de los participantes: el toro. El
indio que le salvo la vida, agacha la cabeza huyendo de una escena que no le
correspondía compartir. La victoria era sólo para ella. Y la joven con las
vestiduras rasgadas y el cuerpo cubierto de la sangre del animal lo hizo notar,
arrancándole  de cuajo las orejas al
toro. A la vez que confundió  su  grito de triunfo con el alarido de agonía
terminal de la bestia,  acentuando ambos
sonidos con el trueno que  retumbó en el
cielo, que se aprestaba a recibir una tormenta. El  aguacero disolvió la reunión improvisada.
Enfrió los ánimos y  lavo la sangre
esparcida.

 

Ese indígena, conocido
como Pablo, está nuevamente hoy, ahí en medio de todos los reunidos. La saluda
ahora con el mismo respeto y mayor admiración.

–     
Usted, desde 
joven  ha sido una heroína, le
dice Pablo.

–     
¡Tonterías! Grita ella.

–     
Entonces, 
solo quise imitar  a los
españoles. Le había escuchado en relatos de mi padre que era valiente
enfrentarse a un toro.

 

No hubo
comentarios,  más bien  miradas interrogantes. Isabel continuó
hablando en forma pausada.

–     
Ahora sé que no todos son valientes, como presumen
Los hay también cobardes. Los he visto enfrentarse solo en ventaja. Tendiendo
emboscadas,   protegidos con
armaduras  y con cuchillos largos.
Hasta  arcabuces  utilizaban para matar a la mayor distancia.

 

Isabel siguió el monólogo con voz cada vez más
fuerte, que evidenciaba convicción y emoción a la vez. Finalmente dijo a modo
de sentencia: “Hombre con cuchillo en la mano, es un cobarde. Aquel que se
provee de un arma larga, como es la espada…. 
no es por ello más valiente… Al diablo con los Conquistadores,  que nunca pudieron enfrentarse a
enemigos  que les ofrecieran  capacidad superior de batalla. En Europa no
se hubieran atrevido ni a tomar una espada en la mano”.

 

Los
presentes  se la quedaron mirando,
atónitos. No se atrevían a hacer ningún gesto, por el temor de ser   delatados como conspiradores contra los
españoles, o – lo que sería peor –  de  ser
identificados como criollos o indigenistas. Isabel no se incomodo y siguió
afirmando: “Al final, también estos pobres de espíritu se traicionan y se matan
entre ellos.  Sólo con los toros, pueden
sentirse íntimamente competidores. Aun cuando tienen que salir a la plaza
armados de  todas las ventajas y entre
varios vencer a un solo animal”.

 

Ante el grupo de personas, entre las que se
encontraban europeos agrega: “No he visto 
país en el mundo, por primitivo que sea,   en el que 
el   maltrato a un animal es una
fiesta”, insistió Isabel. Felizmente no soy torera. Con voz impuesta  dice: “He 
ejercido con decisión, la  mejor
de las profesiones”.

–     
¿Cuál es? pregunta un español de pura cepa.

–     
Ser marino, que en si es un gran honor. He comandado más de una nave,
toda  una flota expedicionaria. Esto
comunica a las gentes, las engrandece. Hace que el Mundo sea más grande.

 

No hubo
homenajes ni reconocimientos  a esta
mujer, que   había sido valiente hasta en
decir, en una sociedad dominada por hombres y sus discrepancias,  opiniones 
que la ponen en peligro. Entonces, angustiada porque le mataban cada día
su gloria, Isabel  relató – exagerando –
que había llegado a comandar cuatrocientos hombres, que tuvo a su cargo dos
fragatas y dos bergantines. Mucho oro y plata a bordo. Más aún estaban cargados
de buenos propósitos. El respaldo  no
era  el  
que ella esperaba. Las hazañas y extravagancias más bien   apartaban 
a  la gente  temerosa y conservadora de Piura y sus
alrededores. Ella era mujer y no castiza. No debía permitirse arrogancia ni
posiciones, por más que estuviera en los pergaminos, casada con un  español.

–     
¿De dónde eres en realidad Isabel Barreto?, le
preguntaron irreverentemente.

–     
Acrisolo todas las razas,  los credos, las nacionalidades….

–     
Te crees Dios, interrumpió su interlocutor.

–     
No,  solo
siento que soy una mujer que no tiene fronteras… que no le teme ni al bien ni
al mal….. por eso me lancé a conocer otros mundos. No para castigar otros
pueblo. No, eso no. En afán  más bien de
comprenderlos, de aprender de ellos.

–     
Aun así,  no
debes de renunciar a ser española.

–     
Claro, Yo puedo admirar a Isabel la Católica y
respetar al Rey Felipe II. Pero también a un indígena valiente.En todo caso no
he nacido en Madrigal de  las Altas
Torres, sino en el Perú.

 

Ella se
estaba convenciendo, que en Manila y otras partes era tratada con respeto. La
creían española y  poderosa. Acá podía
identificarse con los criollos. Estos, en cambio, eluden cualquier compromiso
con ella.

 

En la
cara deslumbrada del quechua Pablo, vio que podría encantar a los indígenas,
que al menos la respetarían. Así se estaba inclinando a defender los intereses
de los aborígenes peruanos. Decidió entonces ser más prudente, buscando en todo
momento la conciliación. Trata   de
convencer a los lugareños, sus paisanos – a pesar de sus reparos sobre la
verdadera valentía de los españoles – de lo difícil que era la conquista. Que
comprendieran a los castellanos que habían, con 
muchas privaciones, traído  un
idioma, la religión  y rasgos culturales,
así como conocimientos técnicos, que en definitiva fueron una contribución para
el progreso.

 

Inquieto por tanta
habladuría sobre Isabel, que había levantado 
una mayor polvareda de chismes en Piura, que el paso de una manada de
animales espantados, el  Párroco de la
creciente ciudad  – recién llegado del
Convento de San Esteban de Sevilla –   cita a Isabel una mañana muy temprano. Tras
una larga  conversación la convence para
la Confesión.  Ella le pide un tiempo
prudente para reflexionar. Esa  misma
tarde,  regresa  donde el 
Sacerdote y le cuenta, en el 
secreto del sacramento, lo necesario e inevitable que le había sido  en tan largo e inseguro viaje, en tomar
decisiones drásticas. Luego pregunta al 
religioso ¿se puede gobernar sin pecar?

 

Él no le contesta la
interrogante y le ordena ponerse de rodillas, en tanto que él se sienta.

–     
¿Qué  pecado
he cometido?, pregunta ella.

–     
No  me lo
necesitas contar. Tantos como los días de tu viaje, anotó  el sacerdote.

–     
¿Acaso le molesta a la Iglesia que  me casara dos veces? Insistió Isabel.

–     
Peor que eso: has tenido amantes de todas las
razas. Has estado con españoles, asiáticos y negros…falta solo que te
arrincones con un indígena

–     
Lo haría por amor. Algún día habrá otras personas
que no discriminen por raza y color. Estoy segura que ese día, aunque demore,
vendrá. Isabel lo dijo en forma calmada.

 

Y en el
mismo tono seguro de sí misma, añade: “En todo caso, el amor de una mujer
debe  ser generoso, de el  nacerán nuevos seres de  razas cruzadas y credos conciliados. Estos a
la vez generaran nuevas ideas, y así – y solo de ese modo – todos tendremos un
futuro. ¿Hasta cuándo podemos seguir odiándonos y matándonos los unos a los
otros? El mundo es grande. Yo lo he visto, hay espacio para todos”.

 

Después de una larga
pausa, como si  hubiera  hablado mucho, y tenía que cavilar a la vez
de  tomar aire, la Adelantada agrega
incitando al diálogo:

–     
Me siento orgullosa de haber contribuido  a la integración de las  razas – lo juro – solo por puro amor. No me
motivo el enriquecerme, ni el poder. Lo he hecho por amor a los semejantes. Eso también lo promociona la Iglesia.

–     
Mmm. No te daré respuesta   ahora, dijo el religioso dominicano, quien
se vio demolido por los argumentos.

 

Isabel  clava la vista en los ojos del Sacerdote.
Estuvo a punto de decirle que  estaba
segura de que si confesara que había matado, recibiría  la absolución. En cambio, nadie le perdonaría
el haber sido infiel a  su marido, más
aún siendo mestiza. Así que se guardó el secreto de  la verdad.

–     
¿Cuál es la diferencia, entre ser hombre o mujer? Indagó Isabel.

–     
El hombre piensa, la mujer da que pensar, contesta
el religioso, espontáneamente.

 

Con el
confesor se atrevió a llegar más lejos. Isabel Barreto visiblemente molesta por
lo que acababa de escuchar, se incorpora – ya no está de rodillas sino parada
frente al confesor – y le cuenta al sacerdote español, que en un país lejano de
donde venía Zchenn,  se desarrollaba una
cultura mucho más avanzada: la confesión de una mujer la recibe otra persona
del mismo sexo, que además la conoce y es mayor que ella, por lo que posee la
experiencia necesaria para comprenderla y 
absolverla del tormento del pecado.

–     
Generalmente es la suegra, o sea la madre del
marido la que merece la confianza  de la
pecadora, aclara, agotada,  Isabel.

–     
Yo no te absuelvo. Porque no te arrepientes.
Arrepentirse es en definitiva  someterse
y tú no te sometes. Aquí no
tienes  cabida, precisó el Sacerdote.

 

El
religioso se levantó, y dio así por 
terminada la  Confesión y la
posibilidad de diálogo. Acompañó a Isabel hasta la puerta de la Iglesia y  le tiende la mano para despedirse. Luego,
dudando,  retira esta  y la esconde 
bajo su Sotana. Con voz impuesta le 
reitera: Isabel de Castro, acá 
usted  no debe permanecer. No la
aceptan los españoles y para los indios usted es una sospechosa. Váyase lo más
pronto. Todavía tiene amigos y 
posiblemente intereses en tierras al Sur. Márchese ya.

 

Era un domingo lento y fresco. Isabel empaca
sus pertenencias. Antes de despedirse de Piura, siguió contando a todos los que
encontraba, –  algunos la evadían –  que había comandado más  de cuatrocientos hombres, casi la mitad de
habitantes que tenía Piura, y que 
cometió  actos de innegable
valentía, ganando todas las batallas, surcando aguas desconocidas  con una flota de cuatro grandes embarcaciones.
Como si quisiese que en esas dimensiones se le recordara y que así le reconozca
la historia.

 

Sin sombra ni solaz alguno, monta una grupa y
al galope se aleja de Piura con dirección al puerto. Reúne a los tripulantes
de  su barco en Paita. La mitad de ellos
había encontrado nuevas contratas en embarcaciones que retornaban a Panamá.
Después de organizar la paga, – para lo que embargo a cambio de poco dinero
parte de las tierras que  heredo de su
hermano Lorenzo – compró provisiones que alcanzarían  para alimentar quince bocas en  ocho días. Suficientes para llegar al Sur, en
busca de unas parcelas que le había dejado 
su madre Mariana. Se embarcó con Lala y Victoria que tenían, por escasez
de personal, hacer labores de marineras. Ella toma el comando y el timón.

 

Cuando
paso por las costas de Viru, a la desembocadura del río del mismo nombre,
Isabel ordena detener la embarcación. Se acordó que no había cruz, tampoco una
piedra o signo que marcara  y
testimoniara el lugar de reposo de su amado. Le entra las dudas  de  que
si esta había sido enterrado, o las aguas del río se lo llevaron  hasta 
la mar. Entonces, en forma resuelta, se puso nuevamente  el traje 
de Almirante: Con la espada del Marqués en mano, hablo con el horizonte.
Contaba imaginando tener a Zchenn a su frente, las vivencias y recuerdos del
larguísimo viaje. Detalló el recorrido por los mares  y sus impresiones sobre los habitantes de
lugares alejados. Después de casi dos horas 
de un  diálogo consigo, en el que
no mencionó a Mendaña ni a Castro, concluyo como si le regalara  lealtad al ser amado, afirmado:

”Seremos
quizás siempre huéspedes de tu hado. 
Fuiste una  fuente invisible de
energía, que se engendro en la desigualdad humana. Las dudas, y las
inhibiciones, que  son los mayores
frenos, las resolví pensando en ti”. Seguía en su monólogo. Levantando la
voz  para que toda la tripulación  oyera dijo:

“Si ahora sé, es mas estoy convencida; de que
los chinos llegaron a Manila. Y yo pude venir desde  esas tierras hasta América. Entonces ¿Por qué
no pudieron venir ellos acá?  Si claro,
estoy segura que si lo lograron”.

 

Isabel cogió de un
costalillo  de yute un puñado de arroz, y
lo echo al mar. “Este es el alimento  que
nutrió a tus antepasados…  ahora, estos
miles de granos de blanca pureza  le
seguirán dando fortaleza a tu espíritu. 
Gracias Zchenn”. No se haría de querer dentro de la gente de abolengo
con estas afirmaciones. Estos no estaban presentes. En cambio, los tripulantes
filipinos a  sus órdenes   acogieron las palabras  con 
aplausos.

 

Ayudada por las
corrientes y vientos favorables, cuatro días después,  el barco 
paso por las Islas San Lorenzo que guarnecían a Callao. La Almirante
decidió, a pesar de  la carencia de
alimentos, tampoco atracar en el puerto principal del virreinato. Temía las
represalias  de los españoles, quienes le
pedirían cuentas  de  sus descubrimientos y razones por las que no
habían esperado – a su partida dos años antes – los barcos fletados por el
Virrey. Quizás, también querían saber cómo y en qué  circunstancias  murió el Marqués. Ella podría ser presionada
para inculpar a algún personaje, que en ese momento incomodaba a los que  se jugaban 
el todo por un pedazo del Poder. 
Un  cronista   se entregaría a escribir rencorosas intrigas
en tanto otro, favoreciendo a un bando distinto diría que fueron  hazañas de gloria.

 

Las voces del mar
comienzan a  encantar  y le susurran a la Almirante los mejores
consejos  para mantenerse fuera de los
peligros. Isabel  siguió el viaje, lo que
sería su última travesía marítima, bordeando el litoral nublado, hasta
desembarcar en Cerro Azul, ensenada distante unas cuantas leguas  al sur del Puerto de Callao. Contó – cuando
se  acercaba el fin del recorrido – a sus
acompañantes de viaje, invadida de la nostalgia, que se sentía sola. No tenía
hijos. En compensación le quedaba la certeza de que había hecho posible que
españoles e indios  procrearan con  las habitantes de la isla Isabel. Y luego en
Filipinas su tripulación contribuyó al mestizaje.

 

——

 

Así, en la forma silenciosa como partió, casi
dentro del anonimato, llego un día de tantos,  
envuelta en el manto   de la bruma
de la madrugada – y en el misterio de su vida – 
a pisar  nuevamente la tierra del
Perú, de la que no se apartaría jamás. Antes de abandonar el barco, se refugia
un largo rato en el camarote donde había sido muchas  veces, con distintos hombres, feliz. ¿Rezaba
acaso o continuaba el ritual de un 
sueño? Un espejo en el fondo del oscuro camarote, rescata lo esencial,
antes de borrar lo que queda de la imagen que se transforma en recuerdo.

 

Las amarras tensas y la
enorme cadena del ancla cumplían su tarea. En tierra se la trato con distante
tolerancia. Una recomendación estricta de las autoridades, la convenció para
que se retirara de toda actividad pública. La dejaran tranquila siempre
que  ella actuara con recato. Entonces
piensa que podía encontrar sosiego y 
comprensión, además de retiro, en un Convento. Habla de ese propósito  con varias personas. No fue admitida, a pesar
de su manifiesto deseo y reiteradas gestiones – incluso la recomendación de don
Toribio de Mogrobejo, Segundo Arzobispo de Lima, que fuera declarado después
Santo – en ningún lugar en donde la religión o la iglesia tuvieran influencia.
El espíritu religioso, se imponía  sobre
el comportamiento de una sociedad en conflicto permanente. Buscaba
contrarrestar la mala conciencia de quienes 
actuaban con abuso, para explotar a otros. Se le atribuía a la justicia
divina potestades, para resolver cosas  a
las que no se quería dar la cara en la colonia llamada Virreinato, porque  incomodaban las complejas relaciones en que
se basaban las estructuras del poder. Las iglesias y Monasterios   pugnaban entonces por el número de
adeptos.  Ella estaba a punto, en un
segundo intento – para el que incluso  se
cambio de nombre – de ingresar al Monasterio de la Encarnación, el primer
convento de monjas que se  terminaba de
construir después de cuarenta años de obras. Tampoco lo logra. Se le
consideraba una pecadora.  Isabel Flores
de Oliva, en cambio,  si estaba en un
Convento dedicada al verdadero culto de la fe, 
y  en el camino de  lograr la santidad con el nombre de Rosa.

 

Más bien Isabel Barreto,
la pecadora,  tiene que aceptar
ahora,  que se le asignara una
permanencia en un domicilio de acceso lejano. Para ello se  habilitaría 
una casa que sería construida en los predios de la encomienda de  Álvaro de Mendaña, su primer marido. Desde el
punto  de vista legal  le correspondía la herencia.

 

Decide vender la San
Jerónimo  con el deseo – luego frustrado-
de hacer frente a su gastos diarios y de traslado a la zona lejana de Huánuco.
La nave, a pesar de haber recorrido miles de 
leguas y permanecido en  aguas
movidas cerca de dos años, estaba en condiciones de seguir prestando servicios.
La  madera  peruana, 
demostró  calidad y aguante.
Recibe  poco  a cambio de la cansada fragata, y ese dinero
le es confiscado por supuestos adeudos de la expedición.

 

Sus
pisadas tienen extraños límites. Después de unas semanas, reflexionando, se
puso contenta de ir a un lugar alejado, fuera del alcance de sus
detractores.  Eso significaba en
definitiva, quedar  sentenciada al
olvido. La compleja sociedad criolla – que nunca perdona éxito ajeno  –  se
aseguró por su parte, que a  Isabel no la
acompañara alguien que sepa escribir. De tal modo, nadie  en su entorno registrara sus  hazañas y así se evitaría que algo de ella
quede en la  historia.

 

Imprecisos ecos vienen de
lejos. Llega a  sus oídos desde Portugal,
que alguien estaba escribiendo  diversas
cosas respecto a ella. Se pregunta entonces,  
acaso utilizarían  los relatos de
la expedición, la conquista de islas y todas las vivencias del viaje para que
lo conviertan en mitos y alegoría?. Sus dudas estaban fundamentadas. En efecto,
dejando espacio  para distinguir los
aspectos que podían historiarse de aquellos que quedan condenados al universo
de lo falso,  se  afirmaba que no se sabía donde había nacido
Isabel. Acaso  seria gallega, porque
según se especulaba,  sino tuviera
origen  y sangre pura española no hubiera
podido ser  Almirante de la Armada  de ese país.

 

La Almirante seguía
poseída de un fervor supersticioso que iluminaba sus visiones proféticas. Se
divulgaban habladurías: los lusitanos, que son inquietantes competidores
de  los españoles y otros europeos en la
conquista de América, dicen que Isabel Barreto es portuguesa. Se valen de que
en España no puedan presentar un documento que 
afirme que nació en algún lugar de ese país. Isabel no hace caso, e
ignora todo ello.

 

La Señora Barreto, se
traslada  al reino de teólogos y
algebristas, donde la estabilidad se gana y conserva, con la repetición
constante de los ritos y rituales. 
Escucha en su recuerdo los ecos de 
los desembarcos infructuosos en los 
que era necesario afianzar, con actos de fuerza, la disciplina. El
principio de autoridad quedaba resguardado. Cosas del porfiado y perverso
ejercicio del poder. Eso era pasado. El presente y el futuro inmediato
comienzan a conciliar la atención de 
Isabel. Había heredado los derechos 
sobre las Islas Salomón de Álvaro de Mendaña. Ahora pedía a las
autoridades españolas que la dejasen 
ejercer estos. Sabía que como peruana se lo impedirían.

 

Tratando de concentrarse
con lo inmediatamente posible. Ella, antes de emprender a mula – y no en su
brillante corcel –  el largo viaje sobre
los Andes, que la lleve a Huánuco,  pide
una sola condición: Un acto público de reconocimiento a la tripulación y
garantías para ellos, que fueron sin duda valientes. Las autoridades aceptan
esto de mala gana. Dos días después, estaba reunida con sus marineros frente a
pobladores mestizos y un puñado de 
españoles. Aprovecha la oportunidad, en ese acto de agradecimiento a  los que habían contribuido a su viaje, para
destacar que en la empeñosa empresa participaron gente de todos los orígenes,
entre los que podía apreciar a 
africanos, asiáticos, europeos y 
autóctonos americanos. Agradece  a
los concurrentes  – connotados comerciantes,
algunos funcionarios, y  varios curiosos –  la contribución de los españoles, que  animaron, con su entusiasmo, optimismo, y
visión de futuro, la dureza de la travesía y 
aminoraron la angustia, el  temor,
ante lo desconocido.

 

Isabel no recibe nada a
cambio. Ni el aplauso de los presentes. 
Entonces siguió hablando con  voz
firme y en forma pausada. Tomando su tiempo para concebir y terminar cada
frase, para darle el contenido y la fuerza convincente necesaria. Así, con un
relato de la ordenación del Mundo, Isabel sorprendió a los oyentes. Dijo que en
los Andes al sur, los indígenas se identifican con Viracocha, que representa
una divinidad que salió del lago Titicaca. ¿Acaso no tienen Dios y su propia
religión?… todos se miraban, y guardaban silencio.  Era 
ese instante de calma -como si ella misma  se reconfortara- Isabel, a viva voz,
pregunto:

¿Acaso no todos somos
iguales? Nos distingue solo la forma como expresamos nuestra fe. “Aun así, nos
debería unir, sino nuestro credo, sí la fe común que profesamos,” luego ante la
atónita contemplación de  los presentes
Isabel Barreto, abriendo los ojos para aumentar la fuerza de su expresión,  lanza  otra
interrogante,  que sonó a sentencia
definitiva:

¿Me puede decir alguien, aquí o en cualquier
otra parte,  a que raza o a  que religión perteneció Dios?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Seguía  convencida Isabel de que si confesara que
había matado, recibiría la absolución. En cambio la historia no le perdonaría
el haber sido infiel a su marido, más aún siendo mestiza. Ella decidió,
entonces, guardar para siempre el secreto de 
la verdad.

CAPITULO  XII

SIN LOS
CHINOS NI LOS INCAS

 

Cuando
terminaron – con la lentitud que caracteriza la falta de recursos- de construir
su casa,  Isabel  ya se 
había  acostumbrado a su nueva
vida en el campo. Algo la hace volver a la inquietud a su antigua ilimitada
curiosidad. Se entera que su piloto Quiroz obtuvo los derechos que por herencia
de su difunto marido Adelantado, Capitán General y Gobernador, le correspondían
a ella para conquistar las Islas Salomón. Quiroz. Y que este se encontraba en
Lima y se proponía  salir del puerto de
Callao en enero de 1602. A Isabel Barreto como peruana y mujer no le  dejan hacer nuevamente el viaje,  a pesar de haber probado que pudo llegar muy
lejos. Entonces la Almirante sale de su letargo y  emprende veloz viaje  a Lima. Se enfrenta a su antiguo Piloto Mayor
en los salones de las amplias casas de la capital. Luego de no lograr que
Quiroz acepte que ella comande un nuevo viaje,  acude al Virrey y le dice: “Puedo jurar  – y
asegurar incluso por escrito –  que el piloto portugués jamás
llegaría a las islas Salomón”. La autoridad española le contesta: “No se haga
esperanzas de que alguien le asigne un cargo. En España nadie le conoce, porque
usted doña Isabel nunca fue a Europa. Además usted jamás saldrá de este país”.
Entonces ella cuenta a todos los que la escuchan:

“Qué más da, estoy en 
el país más grandioso que he 
visto. No hay nada igual que el Perú. Acá tenemos de todo y en
abundancia. Las mayores riquezas, la mezcla 
de culturas fuertes. Inmensas montañas, grandes extensiones de selva con
millones de árboles gigantes. Los animales más bellos  y 
climas  exóticos que favorecen la
evolución de  todo. Aquí  las cosas 
sencillamente crecen  bajo el
manto de un Sol, que como Dios  y vigía  abraza  
la naturaleza.   Hasta hace
desarrollar  la imaginación”.

 

Después de tres semanas en sus
afanes y decepcionada por las palabras del Virrey y las expresiones de sus
cortesanos,  Isabel decide regresar a Huánuco. En el camino  recoge opiniones. Ella anota una frase que le
obsequia, muy confidencialmente,  un
clérigo:

“Entre los abismos de los cañones más profundos  y los picos más altos, seguramente nació
tanto  Dios  como 
Satanás. Ambos  en sus luchas y
alianzas  eternas, han creado las  contradicciones que constantemente se dan en
el Perú en todos los tiempos”.

Al estar por llegar a su morada, ve una
montaña en la que se dibujaba las siluetas de una mujer que descansa. Es la
característica montaña de Huánuco. Estaba de nuevo en casa dentro de una  vegetación exuberante.  Isabel Barreto, cuando ve esfumadas todas sus
ilusiones de poder volver a ser la Almirante, decideconstruir con la  ayuda de cuatro  indígenas y el esfuerzo compartido de dos
acompañantes filipinas, una casa grande desde la cual no se podían apreciar sus
propios  linderos. Y la pequeña en donde
vivía se la cedería a sus leales Lala y Victoria. No admitía la esclavitud,
tampoco la explotación de los indios, sin embargo se rinde ante la comodidad
de  tener 
personas, de distinta raza, subordinadas a labores serviles. Ahí, Isabel
agradeció a Dios  la paz que había
encontrado en el campo, que se extendía entre las montañas. El clima era ideal,
la vegetación  frondosa. Una naturaleza
generosa aseguraba  buena alimentación y
vida  apacible.

 

En Huánuco –constata ella
día a día- a casi dos mil metros de altura enclavada en los Andes, ya había una
civilización  miles años antes de Cristo.
Luego doscientos años antes de la llegada de europeos, Huánuco Marka fue  Capital 
de Chinchaysuyo, una de las regiones más importantes del Imperio  Incaico.  
Ahora se  aprestaba a
celebrar  su refundación por los colonos
españoles, luego de haber desplazado a los conquistadores.

 

Eran tiempos en los que
en América  nacen los primeros atisbos de
la  colonización, esta forma organizada
de sometimiento con  claras intenciones
de explotación. Los colonizadores se 
creían gente de mejor linaje, capaces de educar y hacer comercio.
Querían formar una aristocracia sobre la base del equilibrio  entre la decencia, la explotación y  el ocio. Despreciaban a los conquistadores,
que les habían abierto el camino a sangre y fuego, porque los consideraban unos
matarifes oportunistas. La riqueza era mayor y la  tentación a la aventura de poseer todo mucho
más grande. Desde un comienzo en el Nuevo Continente,  el 
pensamiento arraigado de la colonia y 
la posibilidad de hacer de una utopía realidad, se  relacionaban en la idea equivocada de que
América era la tierra de las riquezas 
ilimitadas, al alcance de la sola voluntad de extraerlas. Con la
historia de América comienza también la historia de la lucha de clases. A
diferencia de Europa, donde las guerras eran principalmente entre señores
feudales, para  repartirse riquezas, acá
en el Nuevo Continente se entablaban las primeras facetas de la emancipación
de   los pobres, frente a  la orquestada y sistemática explotación de
quienes  ya lo tenían todo.

¡Que bueno para la
Humanidad de que se haya descubierto el Imperio Incaico! Porque de las injusticias
también nació la lucha por la libertad, igualdad y fraternidad  que fue llevada a Europa, donde siglos
después engendró una verdadera revolución.

 

“He tenido que recorrer
tanto mundo para encontrar lo que yo buscaba en mi tierra, el Perú”,
reflexionaba Isabel Barreto. Es el país, qué más podía dar y por lo tanto
servir de estimulo a las grandes realizaciones. No obstante aquí en el Perú –
donde los criollos adoptan un  modo de
hablar en el que siempre se disculpan- , tomaban forma detestables modos de
explotación y un genocidio a los 
pobladores  originarios, que
cada  vez son menos.  Así Isabel 
va arraigando su conciencia mestiza y se rebela contra la explotación
del hombre por el hombre. Por ello, 
firme como su carácter, sigue su convicción  que a pesar de las diferencias entre pobres y
ricos, se podía  tener la esperanza de
cambiar las cosas. “Luego en Europa las cosas también evolucionarán”.

 

En la intimidad, Isabel
pensaba, meditaba  y se preguntaba reiteradas
veces:

–     
¿Qué hubiera pasado si  en  los
territorios que se encontraron se hubiera hallado oro y plata?

Con
frecuencia la acompañaba el miedo. Un temor natural de que más de alguno podía
beneficiarse de  su muerte. La posesión
de  tierras, sus  descubrimientos, la presunción equivocada de
que habría encontrado tesoros, y otros motivos la hacían objeto de envidia,
codicia, rencor y otros sentimientos que podrían motivar   un atentado en la que ella, sería víctima
fácil. Vivía presa de sustos y sobresaltos cuando alguien se acercaba. Las
damas de compañía, Lala y Victoria dormían más de una vez en el cuarto de
Isabel  y compartían su intimidad. Con su
juventud y pasión, hacían olvidar – dándole el calor de masajes  orientales – las tensiones de Isabel
convirtiéndolas en tentaciones.

 

El testigo de su soledad,
fue el sacerdote con  el que ella,
después de larga meditación, se confesó. Ella quería verlo,  para 
buscar la absolución que le había sido negada en Piura. El  sacerdote, al inicio del encuentro,  constató que la  religión 
tardo varios años en encontrar a Isabel Barreto en  el asilamiento y abandono espiritual, el
abismo mismo de los pecados. ¿Cómo te sientes?

–     
Alimentada solo de 
meditación – dijo ella – al verle.

–     
Esta espléndida, le contesta el  Cura, con 
ademanes de gentileza.

–     
El reflexionar y pensar con profundidad,  ha aumentado mi convicción de que sólo he
tenido la intención de hacer el  bien,
insiste Isabel pensativa y con la mirada al suelo.

–     
Esta vez he venido a confesarme, yo también conmigo
mismo. No es un acto religioso sino humano. Tú, con tu universo grande de ideas
y experiencias, me ayudas a pensar sobre algunas cosas, dijo el Cura
sorprendiéndola.

–     
¿Sobre qué? Interroga Isabel levantando la vista.

–     
He llevado una estadística íntima: De  cien personas que me pedían absolución por
haber matado, todos  eran españoles, que
además no se arrepentían. Esta Conquista es injusta e inmoral. Matamos indios y
les  robamos  su oro, sus tierras  y hasta sus mujeres. Ninguna española ha
venido a entregarse a un indígena… Ni permitimos que ellos vayan a Europa por
las españolas.

 

Siguen
conversando como amigos. El Sacerdote le 
comenta, que hay algunos religiosos que están escribiendo sobre los
derechos de los indígenas.

 

Se había preparado cuy con aji. Se cambia la conversacion “Los europeos
decían  que los indígenas eran crueles
porque comían un animal  bonito, con el
que se podía jugar. Los mestizos enterados de que en Europa se degusta el
conejo, veían similutudes en ambas actitudes” dijo el Cura.

 

Isabel permanecia callanda y pensativa
en tanto comía no del cuy sino de lo queacompañaba la tierna carne,   que es el 
mote. Este es  simplemente el maíz
hervido en agua. Se comía como el pan que se estaba  propagando por los negocios de Hurtado de
Mendoza con la importacion del trigo.

 

Luego vino  la Pachamanca. Comida cocida en la tierra. Cabeza
de vaca , aves y ovejas, asi como papas y 
maíz envueltos en  hojas y
acompañados con plantas aromáticas. Lala y Victoria actuaban de pachamanqueras
y ubicaban con gran destreza los alimentos  
bajo la tierra. Más abajo los que necesittaban mayor cocción. Los
cambiaban de lugar conforme debían recibir mayor o menor calor. Se auxiliaban
con  piedras calientes. Luego comprueban
la perfección del proceso hundiendo unos palitos en la tierra y asipitrando el
humo y aroma que salía de estos.

Para entonces habían las filipinas aprendido
la tradición indigena y la respetaban. Antes 
de  abrir el hoyo para sacar  los alimentos, pidieron permiso a la tierra
con palabras  que nadie entendia y
regaron, en rigor, un  jarron lleno  de chicha que tenía el efecto de apaciguar el
calor  convirtiendolo en vapor  blanco y oliente

Después
de comer juntos, Isabel le revela la intimidad de  sus tribulaciones y le susurra, sin
limitaciones,  su historia cargada de
incidentes. Ella se guarda – sin embargo – para siempre el secreto de toda la
verdad. El Cura sumamente complacido y totalmente satisfecho  le dio la esperada absolución.

 

Isabel se acuesta en la
alcoba, ahora en paz consigo misma. En la absoluta soledad se  abriga con 
sedas y  telas finas  multicolores. Se ilusiona nuevamente, como lo
había hecho en su travesía, con confeccionar una bandera en la que  estén reflejados todos los colores,
representando a  las  razas del universo. Lo cree ahora más
factible. Por qué no, si ella, con viajes que parecían imposibles,  mostró capacidad y valor para transformar
sueños en realidades?.

 

—–

 

Uno de
tantos  días solitarios para Isabel
Barreto de Castro, se presenta en el mural de la puerta de su  apartada casa, un quechua alto y fornido;
tenía la serenidad  de quien poseía
la  razón. Él la miraba con curiosidad y
desconfianza. En tanto se acercaba a Isabel con una  sonrisa lejana. Le comenzó a hablar de los
Andes con solemne y dramática vastedad. De la adusta y escarbada
cordillera  que ella  desde Huánuco sólo
veía a distancia.

 

No pudo
disimular sentirse fascinada por aquel hombre andino: musculoso, robusto, que
parecía indestructible. Isabel recuperó de inmediato su  vitalidad. 
El letargo abandona de pronto su cuerpo y la  palidez desaparece de  su rostro. En ese instante, cuando tiene
cerca a un indio y le siente el aliento, preguntó ¿cómo podían los incas – tan
fuertes –   haberse rendido a los
españoles? Lo hizo en forma tan baja que las palabras solo podían ser oídas por
ella misma.

 

Él
contestó, intuyendo la pregunta que Isabel casi no exterioriza: Nos encontrábamos
en  la puna, vigilando desde los cerros.
Las frías noches y el  hambre alimentaban
nuestra añoranza. En cada estrella y en la luna llena que en la plenitud de las
noches  nos  acompañaba, veíamos a nuestros hijos y
nuestras mujeres. Teníamos la serenidad de creer que  entendiéndonos con el invasor,  nos podría ir mejor a todos. Hubo una pausa
en la que Isabel se queda contemplándolo. Túpac II, que así se llamaba el nuevo
intruso en su vida  –pareciendo  adivinar 
la sensibilidad de la Almirante –  le reveló:

–     
Yo quise llevarme a un grupo de los míos a unas
islas lejos de las costas de nuestro Imperio: Ya mi bisabuelo Túpac Yupanqui
estuvo por ahí.

–     
¿Por qué quieres 
salir del  Perú que es un país muy
rico? Indagó Isabel.

–     
Prefiero vivir pobre en una isla, que estar aquí
sometido. Con los europeos  siempre
seremos, en nuestras propias tierras, solo unos pobres, más pobres que ellos y
aun más desgraciados.

 

Isabel
se sintió estimulada y entusiasmada de poderle contar a su visitante, que ella
había escuchado en la isla Anachumbi relatos sobre las  hazañas de Túpac Yupanqui. Nuevamente en la
Almirante despierta el sentimiento de sentirse importante, de contar cosas
que  otros no sabían, de haber vivido más
que los demás, de poder causar admiración. Esa misma noche, bajo la luz confidente
y oscilante de un candelabro,  Túpac le
confió:

–     
He sabido que usted conoce la ruta. Puede ayudar a
nuestra gente?, pregunta él, con aplomo.

–     
Yo estoy segura que los chinos vinieron acá. Porqué
no pensar que los Incas quieran migrar. No sólo a unas islas donde les dejen en
paz, sino tal vez el encuentro de otro gran imperio. ¿Estarían ustedes
dispuestos a hacer el gran viaje  y
llegar hasta la China?

–     
Lo pensaré. Se necesita mucha gente y una gran
preparación. No sé si lo podemos  hacer
en  tanto nos escondemos de los
españoles, contestó Túpac.

 

La
señora Barreto decidió prestarle abrigo, calor humano, protección  y contribuir al bienestar de Túpac II. Él, en
retribución, le confió cada día que 
pasaba mayores detalles de su 
descendencia directa de Túpac Yupanqui. Y  argumentó que, 
por eso mismo, su vida corría peligro. Le dijo entonces, que meses
antes  se había refugiado en  la oscuridad de la selva. Cuando escuchó en
boca de un acompañante de la presencia en Huánuco de la navegante, decidió
correr el riesgo  y  subir desde la  selva – donde se escondía bajo la espesa vegetación
– hasta las alturas de  comarca.

 

Ahora, en  más íntimo contacto con un indígena, se
interesa la Almirante, sobre el modo en que los Incas regulaban la transmisión
del  poder a sus parientes. Hay una larga
conversación sobre la forma de herencia. Él le trata de explicar el privilegio
de pertenecer a la Panaca, que es el
grupo  familiar descendiente de un
Inca  gobernante, que incluía tanto
a  hombres como mujeres. Estas siempre
están presentes desde los mitos de la fundación del Tahuantinsuyo. Así se
cumplen  las obligaciones internas,  como también las pretensiones  de expandir el dominio incaico. La panaca se encarga de conservar la
tradición oral que da cuenta de la vida y hazañas del Inca. Utilizan además
cantos alusivos en los rituales  y los
registros de los Quipus.

–     
¿Esto de las cintas con nudo, no lo entiendo –
interrumpió Isabel – me lo puedes explicar?

–     
Es un secreto que conocemos pocos, responde Túpac
II.

–     
Es el momento de decidir, si vamos a compartir,
además de nuestras inquietudes, nuestros secretos, afirma ella insinuante.

 

Luego
se enredan, casi como pareja de amantes, con unos tejidos llamados quipus. Los
Quipus, con sus nudos sucesivos en un orden preestablecido, esconden   información. Unos son simples,  que llaman flamencos, en tanto otros se
muestran compuestos. A estas formas enredadas de entrelazarse se suman, en
parte, los códigos de colores. Simboliza el rojo, la guerra o el conflicto. El
pardo o  paja,   gobierno o administración. Tonos de  carmesí, fucsia y magenta  estaban destinados a representar al Inca y
su  voluntad. El  negro 
los templos y el morado a los curacas.

 

Le habla, después de
terminadas las caricias y ajetreos,  de
la  formula compleja en el incanato de
ceder hermanas,  para que casándose entre
parientes no directos mantuvieran la dinastía. Así se hace posible dentro del
parentesco, guardando la distancia de tres 
generaciones, un nuevo encuentro de intereses.  Ella se estaba quedando dormida, envuelta en
un halo de fascinación. Se incorpora bruscamente y le pregunta al  hombre que tenía al frente: ¿Entonces noble
inca, rechazarías a una mestiza?

 

Túpac II se atrevió a más esa noche y se quita
el poncho y la túnica, dejando ver una pechera ornamentada en oro y piedras. La
jornada nocturna la pasaron en pecado. Al día siguiente,  muy 
temprano, el recio indio le dijo muy serio a Isabel “Acá se están muriendo
los nuestros. Los europeos han traído enfermedades contagiosas. Primero tocan a
nuestras mujeres y estas más adelante   transmiten todos los males a los niños.” Luego
agrega, “éramos muchos y ahora después de un siglo de presencia hispana,
quedamos pocos indígenas.”

Isabel algo asustada, con prudencia indaga la
razón por  la que  no se revelaban, sublevándose contra los
invasores. Túpac II  contestó que los
indo-americanos seguían una tradición de aceptar culturas e integrarse. Así lo
hicieron los Incas. Nosotros   estábamos
dispuestos a  engrandecer, a nutrirnos
mutuamente conlos venidos de fuera. Ahora 
nos han sorprendido y son ellos los que nos matan y discriminan.

 

“Creíamos que 
podíamos ir, con igual derecho, 
a  sus tierras. No se nos lo  permite. Cuando yo hablé con un Capitán
español, él me dijo amenazante  que debía
confesarme con un Sacerdote europeo. Este escuchó mi petición de viajar a
España y me declaró insano, enfermo mental, loco”…Luego a modo de confusión
agrega su lamento “Tuve que escaparme, a pesar de que tenemos una cultura, que
en las alturas de los collados se hizo fuerte desde hace cinco mil años. Ahora
acá, en este mi país, en mi propio territorio  
vivo  huyendo… Esto me duele, es
más, nos  humilla.”

 

La convenció para salir de noche y  caminar hasta 
la madrugada. Al aclarecer, la luz del día  iluminaba 
un bello paraje en el que 
aparecía un   misterioso templo de
la cultura que dijo llamarse Kotoch… Sobresalía en la construcción de
atormentados relieves una mística figura 
con las manos cruzadas. A  su
retorno, pasaron por impresionantes cataratas. Ya hacía calor y decidieron oír
de cerca el ruido del agua que se precipitaba chocando con las rocas. Ambos se
bañaron juntos, se dejaron acariciar de la espuma de las  aguas frescas y se alimentaron de los frutos
de la pasión.

 

Al
reiniciar  la caminata, Túpac II llevó a
Isabel a un paraje solitario. Ambos se 
detuvieron frente a una roca. En tono ceremonioso le revela. “Soy un altocmisayoc, que así se llama a los
sacerdotes de nuestro Imperio. Nosotros – que combatimos a nuestro modo a los
invasores –  tenemos que utilizar  argucias, convertirnos en allegados de la
noche y actuar en clandestinidad”. Y en tono ceremonial señalando una piedra,
le ordenó:

–     
Tócala.

 

Ella
obedeció, sin  hacer preguntas.

Ahora  cierra los ojos, le pidió  esta vez, en voz más baja.

–     
Concéntrate y oirás 
los vientos, que con su susurro,  calmarán tus ansias. Las gotas de lluvia
darán, una a una,  respuesta a tus dudas.
Y luego sentirás  una calma.

–     
Es maravilloso,  dijo ella.

–     
Si  este
será  el lugar donde encontraras la
verdadera tranquilidad. Podrás venir cuando quieras. Es un templo que construye
tu alma.

–     
Explícame tu religión, le imploró ella.

 

Le
pidió Túpac II a Isabel, que se pusiera de cuclillas.  Esa posición de descanso y meditación que
singulariza tanto a los  habitantes de
los andes como a los chinos. La agarró uno de los dedos de la mano y comenzó a
dibujar, con  otro de la mano derecha,
círculos concéntricos en el aire.

–     
Primero están las estrellas, luego los planetas.
Inmediatamente después vienen los cerros que nos rodean, que son conocidos  como apus.

–     
¿Así en orden jerárquico? Preguntó Isabel  interesada en la descripción.

–     
Sí, en ese orden. Ahora vienen los animales, los
seres vivos, y al final o al medio de los 
círculos esta el Hombre. Él vive rodeado del cosmos  que
es  su Viracocha.

–     
¿Y el dios Sol? Interroga ella con curiosidad.

–     
Es como en la religión de ustedes: hay un hacedor
supremo y un Cristo que  reinan y vigila
por todos. Además tenemos el ujuypacha,
el mundo de adentro, el koipacha. El
presente y el accaypacha, que vendría
a ser el  cielo.

 

Acompaña  a esta creencia, la ética y moral  que  se
practica en la realidad de las circunstancias. Estas nos  dictan; “No seas ocioso, no seas ladrón y no
seas mentiroso”. Bajo estas estrictas normas nos educaron. Túpac II no
terminaba de  hablar y así continuo:
“Somos gente  retraída pero servicial.
Atendemos a los invitados dándole todo lo que tenemos. Compartimos con gusto lo
poco. Trabajamos sin pausa ni tregua. Por eso estamos  expuestos a ser explotados por quienes no le
gusta el trabajo, ni el compartir.  Somos
condenados a  la pobreza”.

 

Ella
esperaba oír más, pero se quedó con las ganas. Un día, Túpac II – tal como  había venido sin  anunciarse – desapareció,  sin antes despedirse.

 

——-

 

Cuando
se encontraba sumida en la tristeza y la soledad de los recuerdos, fue
caminando al paraje que le había descrito Túpac II y se encontró con la roca.
Al tocarla, efectivamente sintió la paz 
y tranquilidad que tantos años buscaba. Él le había enseñado el camino a
reencontrarse con la naturaleza y consigo misma.

 

Semanas después, apareció
en casa de Isabel el Cura dominicano. Este 
sacerdote – intuyendo  la razón de
su melancolía – le  decía susurrándole al
oído, que ella podía sentirse orgullosa de ser una mestiza:

–     
No eres una pizca de menos valía que una europea.

–     
No lo sé. Pero así me lo hacen sentir, dijo ella,
buscando en el sacerdote los argumentos de 
la verdad.

–     
Los españoles 
somos unos brutos: No inventamos nada más que la arrogancia. Ni siquiera
eso, porque la petulancia, el saber argumentar con la soberbia y sacar
ventaja,  lo copiamos de los ingleses.

 

El
sacerdote calla largo rato, como si se arrepintiera de lo que había dicho. Los
ojos negros interrogantes de Isabel lo animaron a seguir hablando:

–     
Por eso mismo nos tenemos que aferrar en castas,
inventamos títulos, somos indulgentes con la nobleza, servimos como cortesanos.
A pesar de todo en Europa no respetan tanto, como desearíamos, a los españoles.

–     
¿Por qué? Indagó Isabel.

–     
Será porque nunca le ganamos definitivamente
ninguna guerra a otro país europeo: Lo intentamos, porque somos luchadores. En
otros nos han hostigado hasta el cansancio, por esa razón – tal vez-  nos hemos vuelto rejoneadores con  los animales y crueles con los  pueblos más débiles.

–     
En eso tienes razón. Algunos españoles que conocí –
felizmente no la mayoría-  confunden
sabiduría con soberbia, agrega ella.

 

Luego,  Isabel, tal vez para mostrar  también cierto arrepentimiento por el curso
de la conversación,  le recalca al Cura
las bondades de  quienes trajeron tanto
a  América.  “Debe de haber gente muy buena allá en la
vieja y grandiosa Europa, como acá también”. Asída por terminada la
conversación y se retira  para encerrarse
en su cuarto.

 

Al día siguiente, Isabel
agradeció la opinión del Cura y  adujo
que en América las cosas no son 
distintas: Se logró una síntesis de culturas que recibieron, asimilaron
y transformaron aportes muy antiguos. Por ello, tenían el mismo derecho de los
del Viejo Continente, a ser  parte
integrada y respetada – no como nueva ni descubierta – del Mundo. A pesar de
ello, en los  inicios del año  mil seiscientos recién  brotan aisladas  iniciativas 
para que un  país enorme como  el Perú, 
tenga una identidad propia.

 

No le  dejaba en paz 
los conflictos entre  razas que
ella  llevaba adentro. Sabe que los
mestizos son ahora aún la minoría, y pasaran siglos hasta que sean la mayoría.
No la liberaba su afán de encontrar respuestas justas. Se acordaba a cada
instante lo que el Sacerdote le había revelado, que los españoles eran, ante
todo racistas, porque  tuvieron durante
siglos que defenderse  de los Moros.
España era la frontera de Europa, – más culta, sólida y protegida – y  se vio en la necesidad de hacer suya una
Iglesia, la Católica Romana, para ser más fuertes, frente al desafío del credo
con el que venían los que pugnaban por asentarse en Europa. Así actúan  en búsqueda de su propia fortaleza  y se comportan como fronterizos.

 

La Almirante, se refugia
en los instantes vitales. Ella no se asimila a la costumbre andina de masticar
coca. Más bien  ha sembrado  un cactus, que a la vez de adornar el jardín,
atraía unas aves  traviesas multicolores.
Estas se nutren de la savia de las planta y 
emprenden, como alucinadas, divertidos vuelos circulares. Con el estímulo
de la profunda pena que le causaba su situación 
y la del país, Isabel se ve tentada a 
consumir el extracto del cactus. Entra en  un dulce trance  que la libera de toda inhibición. Así,
premunida  de  sus 
dotes de adivinación, anuncia que se le había aparecido  una 
figura serena, vestida  con capa
negra y sombrero de alas anchas,  que le
decía calmándola de sus ímpetus justicieros, que recién doscientos setenta años
después, su alma vivirá en otra mujer que se llamará  Micaela Bastidas,  y esta 
será conocida en el  Cuzco. En
la  antigua  Capital Inca y en sus alrededores, animará  un alboroto 
que será fuertemente 
respaldado  por indios y a la vez
arduamente combatido por españoles. 
Túpac Amaru  o  José Gabriel Condorcanqui,  el cacique de Tungasuca, descendiente de  incas, versado en  negocios y hombre rico,  se alzará contra el abuso que sufrían los
arrieros que transportaban  la plata de
las minas de Potosí. El Cuzcocreían los indígenas – igual que los chinos con su
enorme país- que era el ombligo del Mundo. Y ese será el escenario de una
revolución que se esparciría por todo el Continente. Los  aborígenes son los protagonistas.  Se desarrollarían los acontecimientos en 1780,  que dejarían 
mal parado al poder español. Micaela, que hereda el torrente de sangre
de Isabel,  luchará y caerá en contiendas  callejeras o en  campos de batalla, como tantas   otras mujeres anónimas, al lado de sus
maridos.

Eran sueños, cansados, animados
por una pasión por la justicia Isabel Barreto, soñaba anticipándose a la
historia, con la libertad de los pueblos. Ahora,  con las fuerzas que  decaían, repasaba en su memoria los consejos
del sacerdote. “Los  españoles con las
armas  – lastima – no hemos ganado aunel respeto
necesario para el buen gobierno. Sólo 
hemos esparcido temor, rechazo, miedo y hasta causamos pánico. Ahora los
curas tenemos que ser los fuertes: impondremos la Inquisición. Tú  podrías ser una víctima de ella, por eso
mantente alejada de cualquier provocación”.

 

Isabel sabia que la otra
Isabel,  la Reina Católica(la que inspiró
a su padre  Rodríguez Barreto  a que la bautizara con el su nombre) fue  quien 
pactó  en  1478 con el Papa para que la Inquisición se
utilice por parte de los españoles, como arma política-religiosa. Así fueron
ejecutados más de dos mil judíos. Nadie en verdad se atrevería a usar la Inquisición
en contra de una mujer llamada Isabel. Así su padre, como fue su
propósito,  había logrado  protegerla de las maldades del poder.

Solo en pocas veces se le veía
alegre. Sonreía cuando se acordaba de la cara de asombro del religioso, en el
momento en que ella le decía  su adiós,
que complemento con una frase  sincera:
“ustedes, castellanos y religiosos 
venidos acá, están siempre presididos por la tentación imposible de
contener: el deseo de compararse con Dios.” Su intención era, de este modo
provocador,  entrar  en confianza 
con los  canónigos. Ella  pidió luego al sacerdote  que la pusiera en contacto con algunos monjes
que podían entender de  sensibilidad y
amor a los semejantes y  apiadarse  de los indios. “Ustedes pueden con sus
escritos y enseñanzas, cambiar la historia acá y en el Mundo”, le insinúa.

Él le contesta con voz cansada y
tono aburrido “No sabes  lo que acaba de
pasar en  Florencia. Un   sacerdote llamado  Savonarola, que curaba enfermos y rescataba
almas,  se sublevó en Florencia contra el
Poder de los Medicci. Y terminó quemado en la Hoguera. El creía que  podía 
tomar poder de los pobres, pero estos no podían darle lo que no tenían”.
Luego agregó:

–     
Los sacerdotes 
somos ante todo europeos. Imploramos la gracia de Dios y  acatamos la voluntad  del Rey.

–     
Los indígenas no podrán – ni sublevándose – vencer
a los españoles. Lo harán gente como tú: que eres mestiza.

–     
¿Por qué no los pobres indígenas? Repreguntó
Isabel.

–     
¿Cuándo en la historia, los pobres ganaron
definitivamente a los ricos? Cuestionó pensativo el religioso.

 

 

 

 

 

 

CAPITULO   XIII

Isabel Barreto entre  delirios, sueños  y realidades.

 

 

–     
¡Alto! ¿Quién vive?

–     
El Rey

–     
¿Quién es usted?

–     
El Sacerdote Juan, vengo de Piura.

–     
¿A quién busca?

–     
A Isabel Barreto de Castro.

–     
¿Tiene autorización escrita?

 

Los
soldados le dan el pase. Los caballos rebuznan. Estaban en los predios cercanos
a la casa de Isabel Barreto. Fernando de Castro, el general que ella conociera en
Manila, ejercía el cargo de gobernador desde hace unos meses, luego de que
volviera con la encomienda prometida desde España, para administrar y explotar parte
del territorio peruano. Para perpetuar su fama, ese mequetrefe – que se casara
por conveniencia con Isabel – logró que le pusieran  el sugestivo 
nombre de Castro-virreina a la población que estaba bajo su mando, en
una provincia  de Huancavelica.  Era el reino, con nombre  propio, para alguien sin hazañas. Privilegio
de una rancia  aristocracia, acostumbrada
a usar en su provecho el esfuerzo de otros. Tenía que demostrar que
controlaba  toda la zona hasta Huánuco,
donde residía Isabel. Él había decidido – y ahora  sus esbirros 
aplican las medidas –  que doña
Isabel Barreto, quedara lo más  aislada
posible, en la  apartada hacienda de
Huánuco de la que no debía salir como tampoco mantener comunicación con extraños.
La deben de acompañar sólo sus sirvientas 
y las visitas estarán vigiladas. Le controlarían más de cerca a través
del envió regular de un religioso, quien a suerte de confesión o
conversación  la iría adoctrinando.
También formaba parte del encargo, que ahora empezaba a cumplir  el Sacerdote Juan, saber de ella, y  conocer sobre los planes que podía tener.

Para
Isabel el Cura Juan, quien la había 
bautizado, se encontraba en Huánuco invitado por ella. No tenía aun en
claro las intenciones de su marido. Le tenía confianza al religioso, y así  Isabel comparte con el visitante su propósito
de hacer, a través de la Iglesia, un último intento de influenciar ante la
Corona española, con  la finalidad de
obtener apoyo para realizar un nuevo viaje al oriente. Esta vez admite  que quiere ir a  la China. También se ofrece a  establecer durante el viaje en las islas
Salomón, donde estuvo acompañada de Álvaro de Mendaña, algún destacamento de
voluntarios peruanos – indios y  criollos
– o españoles.

 

La señora Barreto
guardaba celosamente, algunas piedras  
recogidas en los territorios que descubriera. Estaban guarnecidas  dentro de un cofre de madera,  que  le
regalaron en la Isla de las Mujeres. El Sacerdote Juan le escuchaba, en tanto
que ella arroja el contenido de la caja de madera en un hoyo que había
cavado,  para que se mezclara con tierra
peruana. Así le dice al Cura: de  la
fertilidad del mestizaje – de todas las tierras, razas y credos – espero algún
día que nazca algo provechoso. Él le da a entender que es necesario  nutrirse de la confianza, así como de la fe
suficiente. Del  encuentro con el
portador del  catolicismo, ella recibe
ahora nuevas  lecciones sobre la fortaleza
del credo. Éste le dice que su misión se empeña en  demoler cualquier  atisbo de 
orgullo o dignidad de los indígenas: “Yo les cuento que  los indios  
vienen a ser hijos de Cam, aquel 
segundo vástago de  Noé maldecido
por su padre. En cambio, los  europeos
descendemos del  hijo predilecto de Noé,
el más inteligente Jafet que engendro a su vez a Tubal,  que pobló España el año 131 después del
Diluvio Universal”.

–     
¿Todo esto es cierto?, pregunta Isabel.

–     
No lo sé,
pero hay que trabajar en el rigor de los dogmas, contesta el evangelizador,
frotándose las manos debajo de la sotana.

 

Juan  lee la carta – que más bien es un informe –
en la que ella transmite todos sus conocimientos y experiencias, y los pone al
servicio del Rey. Convenció  al cura que
escriba agregando; – Isabel  ya no tiene
fuerzas – que “los  italianos – porque
Colón era genovés –  no fueron los primeros
en llegar a América.  Después de mi largo
viaje estoy convencida de  que los chinos
arribaron antes. Es  factible cubrir
distancias tan  grandes.  El 
propio Colón admitió, que la Atlántica de Platón podría haber sido  el continente 
incazteca, la  enorme América de
la que  ya  habrían 
tenido noticias  antiguos
navegantes. Además, los vikingos Eric el Rojo y su hijo Erickson, habían
partido de Noruega hacia Groenlandia y de ahí 
exploraron en el año 999  unas
tierras nuevas  que llaman Helluland, a
las que más tarde denominan Vinlandia”. No, no 
apuntes tantas  tonterías – dice
ella –. Lo importante es,  y eso si debe
quedar por escrito, que yo estuve muy cerca 
de China: Puedes decir “El viento traía el aire que yo respiraba, y este
olía inconfundiblemente a los aromas que me había descrito Zcheen. Sí,  he visto también los ángulos rocosos de las
costas. Mi esposo  Castro, celoso y
desconfiado, me impidió llegar”. El cura 
nota que  Isabel   estaba apremiada  por dejar un 
legado,  de escaparse de ese modo
del olvido a que  está condenada. Le
prometió guardar con celo el escrito y hacérselo llegar a sus destinatarios lo
más pronto posible.

 

Luego el Sacerdote  le dice “Quiroz ha fracasado…  no se han encontrado las  Salomón. Eso es bueno porque  los españoles tendrán que recurrir a tu
experiencia”.

 

Isabel  como impulsada por una renovada esperanza, se
apura en  entrar a la casa para pedir a
Lala que prepare un almuerzo. El cura alcanza a decirle “mientras preparas la
comida, yo terminaré acá de mezclar las tierras y sembrar unas flores”.

 

Sentado en 
la cocina, Isabel ve a un joven que la mira con cara desconfiada:

–     
¿Cómo te llamas? Le interroga   Isabel usando los  tonos más 
suaves de su  voz  para ganarle la confianza.

–     
Silesiano. Vine atrasado porque mi caballo estaba
cansado. ¿Acaso no te acuerdas del monaguillo, sobrino del  Cura Juan?

–     
¿Entonces tú me 
conoces de Piura?

–     
Claro,  y
comparto contigo un  secreto.

 

En tono
de complicidad, jalándola a un rincón, le aclaró. “Tú no eres española, sino la
hija de Nuño Rodríguez y la mora 
Mariana. Fuiste criada por  una
india que murió hace años Yo, a pedido de 
tu padre  desaparecí tu Partida de
Bautizo”.

 

A Isabel  Barreto – la heroína acostumbrada a vencer- se
le salieron las lágrimas. No era por dolor, tampoco por tristeza. Menos aún por
la impotencia de verse descubierta. Sino por la rabia de  que no podía escapar de su destino de
mestiza. Silesiano le dijo: “Pero no te preocupes, yo tampoco soy puramente español,
ni mucho menos  sobrino del Cura Juan.
El  sacerdote que funge de puro y casto,
es mi padre y  mi madre es  de color tan cobrizo como tú”. Luego, como si
de pronto se alegrara Silesiano, se rasca el poco pelo que tiene en la cabeza
y  razona en voz alta: “Soy  una mitad 
indígena, en tanto tú tienes  sólo
una cuarta de impura”.

–     
Qué más da ser medio o una cuarta parte. afirma
Isabel.

–     
No cuenta  lo
que tú sientas. Lo que importa es lo que 
de ti piensan, como te valoran. 
Dices que a  ti te  recibieron como Almirante, con honores en
Filipinas, en tanto acá, en tu 
país,  no te dan ni la mano…

–     
Entiendo ahora 
la razón por la que eras más fanático que un español. Estas haciendo
méritos para que no te releguen, y no 
posterguen tus aspiraciones.

–     
Así es pues la vida, contesta él.

–     
Si, es la complejidad del encuentro entre mundos
muy distintos pero  a la vez con temores
y ambiciones  iguales, reafirma Isabel.

 

El cura
Juan entra al recinto y todos callan. Cuando los tres, la anfitriona y los
religiosos,  se  sentaron en una mesa para saborear los
potajes que habían preparado para los invitados, Isabel dice que estaba
consciente de que vivía  como una
mestiza. En contradicción,  para dar
mérito a un descubrimiento o destacar alguna hazaña,  pertenecerá a España. “Es la conveniencia de
otros la que nos marca el destino, sobre todo después de que no estaremos en
este Mundo”, afirma en tono resignado.

 

Al caer la tarde,
Silesiano y Juan montan sus caballos, y se alejan del lugar. El más joven le
dice al anciano cura, en la confianza de hijo a padre: “He visto por la
ventana, de reojo  en tanto yo conversaba
con Isabel, que tu enterraste un pergamino que te había entregado  ella. ¿Por qué lo hiciste?” El hombre adulto,
se mecía pausadamente sobre su cabalgadura, y  contesta: “Ah, ahí están escritos sus deseos y
creo que deben quedar bajo esta tierra  –
que pronto acogerá a Isabel Barreto – 
Las tantas  aspiraciones que  tiene la extraña Isabel. Para la paz y el
bien de todos”.

 

En su adulta inocencia
Isabel Barreto, la mujer ahora madura, pero siempre vivaz y criolla, creía
entender mejor que nadie los enjuagues de los grupos de poder, las intrigas
sociales, el uso hipócrita de la fuerza por parte de decadentes aristócratas,
los afanes desmedidos de los oligarcas. En tanto, sus pocos recursos económicos
alcanzan apenas para subsistir y no recibe apoyo de su  segundo marido, que se vuelve rico. Le
causa  preocupación, cada día más, las
noticias sobre  la actividad de Castro,
quien se dispone a incursionar en la explotación  de vetas de plata. El trabajo duro en
los  socavones era reservado para los
indígenas. Se les trataba como bestias. En las minas de Potosí, se realizan las
primeras protestas y  levantamientos que,
a sangre y fuego, reprimen sin compasión 
los colonizadores españoles  y sus
esbirros. Los indios morían  por exceso
de trabajo  o por la brutalidad en que
eran sometidos. Escasea la fuerza de trabajo porque los negros, venidos de otro
continente,  no se aclimatan a  esas alturas de tres o cuatro mil metros por
encima del nivel del mar, donde se encuentra el metal precioso. Las tribus
nómadas de la selva se escapan de los colonizadores, internándose en la
oscuridad de  la amazonía. “No hay
sentido de justicia y esto afecta nuestro futuro. Esto no puede seguir así”,
dice ella en voz cada vez más alta”. A nadie le conviene. Tampoco a los que
dejando todo, han venido desde Europa. Nos 
vamos a quedar sin fuerzas de trabajo. Por qué no se entiende  aquí que hay que hacer algo. ¿Cuándo
despertarán del sueño de la explotación 
y dejarán de usar cualquier coartada para interponerse a los cambios
necesarios?”

 

Estas ideas no eran
bienvenidas. Olían a pólvora y sonaban a cañones de rebelión. Los españoles
advierten  a Castro  que la mestiza y siempre rebelde Isabel, no
tardará en  ponerse al lado de los
nativos. Podía  intranquilizar, a pesar
de su aislamiento, el ambiente. Entonces 
toda esperanza de negocio, de ganar fortuna con el trabajo de los más
débiles,   quedaría frustrada. El
encomendero Castro se vería en la ruina y el mal ejemplo crearía una situación
crítica para todos. Hay quienes, sin contemplaciones, sugieren envenenarla.
Otros  decían que  sería mejor enjuiciarla. Algunos  recomendaban 
destinarla a la Inquisición, la que encontraría  en sus 
sueños de adivinación y fabricación de brebajes medicinales,
motivos  suficientes  para condenarla como bruja.

–     
Es una forma de castigarla ejemplarmente. De hacer
ver que somos los hombres los que mandamos, dice un oficial.

–     
Sí, eso es posible en Europa donde las brujas  son mujeres. Acá en América la brujería es
masculina y por eso se la tolera, contesta el General Castro.

 

En
realidad sabía que nadie que se llamara como Isabel la Católica,  seria condenada por la Santa Inquisición. En
verdad nadie  la defendía cabalmente,
pero tampoco se encontraba a aquel que verdaderamente se  enfrente a una mujer que demostró tener
valores y principios muy definidos,  y  más agallas que muchos hombres. Al cabo de
seis semanas, aparecen en Huánuco más soldados, que a prudente distancia,
cumplen la decisión de dejarla confinada. Ella cree, ingenuamente, que se
trataba de emisarios que venían a darle 
las buenas noticias, que recobraba su cargo de Almirante. Cuando se
entera, que era al contrario, le prohíben el uso del uniforme, tiene que
admitir que –  siendo una mujer
esencialmente libre que va siempre  más
allá de los límites de  cualquier
posibilidad – la han herido de muerte.

 

Transcurre
el tiempo en forma lenta y asfixiante. El 
Cura que la visitaba por tercera vez en el lapso de los últimos  dos meses, terminaría confiándole:
“Tanto  los escritores como los
religiosos – que ofrecemos más imaginación que realidad – podemos ser la
esperanza de España.  Esta Nación   se 
salvará con el aporte de la cultura de otros pueblos. Si no admitimos
esto, nos quedaremos tan desgraciados como Almagro o Pizarro y terminaríamos,
por nuestra incapacidad de conciliar, matándonos los unos a los otros”.  Ella apunta en un pergamino la revelación del
sacerdote.  Después de leerlo lo echo al
fuego, como para aliviar su cólera. Este, fascinado con  la personalidad de Isabel, se queda mayor
tiempo que el planeado. ¿Se había puesto al lado de su rebeldía? ¿Acaso
compadecido de su situación  – entre
perseguida y olvidada –  no le informaba
a  Fernando de Castro, como se había
acordado, de todo lo que acontecía  en
Huánuco?

 

Ella deposita cada  día más confianza en los sacerdotes y en todo
lo que parecía sobrenatural,  elevando
oraciones de esperanza a un cielo iluminado aún de ilusiones. No duerme tranquila,
porque se le aparecen imágenes de los hombres monos con colas largas. Tallanes
con un miembro atrofiado en la nuca, enanos en Chincha y gozotes atravesados
por una lanza  empujada por seres
barbudos, que protegían su cabeza con cascos de metal. La Barreto en sus
pesadillas trata de  imitar el grito
fuerte del dios amazónico Yus,
que  con su  voz potente 
creo nuevos mundos. Mejores que este, que  – a pesar de sus esfuerzos y logros –  no le prometía mucho. Ahora está convencida que los
mitos sobre figuras salvajes,  fueron
inventados, para confundir la atención sobre la 
verdadera historia oscura de los maltratos a los aborígenes. En esta
angustia aparecen llagas en su cuerpo. Isabel  
trata de disimular. No es posible. Sus heridas se llenan de pus y huelen
mal. La valiente mujer intenta de sonreír frente al  dolor. Le 
dice al religioso lo  bien  que le había hecho su presencia y consejo en
el transcurso del tiempo para fortalecer su alma. En tanto admitía que su  cuerpo decaía. Su salud estaba quebrantada.
Le cuenta a  su acompañante  lo mal que se sintió en Panamá. Como la
religión  la  había ayudado. Ahora dice: “me duelen los
huesos. Presiento –siempre pude adivinar el futuro –   que todo se acaba. Pero sigo teniendo fe.
Eso es lo  más importante que he
aprendido de los españoles. Me siento reconfortada de ser en parte  mora y orgullosa de mi  ascendencia 
europea y sentirme  sobre todo
peruana”.

 

Para
distraer su soledad, llena la vacía 
habitación con un imaginario gentío bullicioso, que calla cuando escucha
sus razonamientos: “Para  amar a los
indios – esos hombres y mujeres de miradas cortas –  y querer al Perú, no hay que aborrecer a los
españoles. Renegar de  otros porque uno
no tiene el  poder de estos es muy
simple.  Por  eso lo hacen muchos”.  “La codicia no sólo es de los españoles. Los
ingas también la tenían. Será  acaso un
mal que se adquiere cuando mucha gente 
vive junta. Es  para distinguirse
de los que nos rodean”.

 

Ella plantea las preguntas y se responde a sí
misma. Su forma de vida cambia. Porfiaba 
en  que estaba por encontrar una fórmula
con la que la piel  del indígena  tomará una tonalidad más clara. Sería la
receta para lograr, al menos  en
apariencia, la igualdad  y evitar  tanta resignación. Esta actitud, de aceptar
las cosas sin querer cambiarlas, abre las puertas a la explotación. Y eso es lo
que quería evitar. Así se pasa  horas –
sin distinguir día y noche – mezclando, hirviendo, probando diversidad de
sustancias. Utiliza el boliche, almíbar y otros preparados con las que se
unta  la piel. Luego adopta la manía de
bañarse seis, ocho y hasta diez veces al día con  los extractos vegetales  más extraños.

 

Se hace
a la lucha, a su manera, de acuerdo a las posibilidades del alcance de su vasta
imaginación. Un día se  le ocurre,
repentinamente, que el color de la piel  está
influenciado por la alimentación. Adopta entonces la costumbre de ingerir  solo lo que 
tiene colores claros. Se nutre principalmente  de yuca, maíz, leche y  clara de huevo, y arroz, que en la zona es difícil
conseguir- A veces un poco de nabo crudo Lala la cocinera, se mortifica
repitiendo  platos: unas veces huevo
con  harta sal y otras  yuca hervida con ajo blanco para darle  sabor. A tanto ajo el ambiente adquirió ese
olor intenso que ayuda a espantar los mosquitos. El arroz también lo combina
con azúcar blanca y leche, que con un hervor suave adquiere un agradable aroma
de dulzura. Elabora con mucho azúcar refinado hasta la blancura y leche de
cabra, un postre de masa espesa,  que
llaman manjar blanco.

 

Buscan las mejores frutas. Le sirven pulpa de Pacae que es
blanquísima y  cocos traídos de la selva.
Acepta además – cuando se le consigue – el plátano, así como peras de agua y
los riquísimos nísperos. Ella rechaza tajantemente el melocotón llamado
blanquillo, porque considera  que  el fruto carnoso no es lo  suficientemente  blanco. Isabel se vuelve intolerante: suprime
en su alimentación  totalmente las
carnes. Prohíbe la tenencia de animales de corral y otros en su predio.  Cuando ve sangre le da  náuseas, arcadas  y llega a vomitar. Come cada vez menos y solo
lo que es de color blanco.  Es una
impertinente forma de perder fuerzas.

Todos se esfuerzan por recolectar frutos blancos
Así  repite  la Guaba o Pacae

Y añade a su dieta la
Guanábana, la  fresca Guayaba, y la reina
de las frutas llamada

Chirimoya

Siente predilección
por el aroma y sabor a flor de la Pomarrosa, que crecía en  amazonía baja. Esta fruta fue  traída de Asia  a escondidas por la tripulación de  Isabel – tal vez entre las faldas de Lala o
Victoria-y es conocidapor su cáscara roja y consistencia carnosa. Fue bautizada
en algunas regiones del Perú con el nombre de  Arazá.Le dan también Leche Caspi, fruta
de  gran valor alimenticio que crece en
un  árbol de  más de cuarenta  metros de altura.

Las manos delicadas de
Lala y Victoria  le ofrecen cada mañana
el arilo carnoso y blanco de la Pitomba, que no es sino una boya ovalada que
crece en la selva

 

Duerme poco. Se despierta con sobresaltos bañada en sudor.
Aparece en sus pesadillas la cara de Alejandro ahorcado, que aun muerto le
increpa culpa a Isabel. Le dice que la seguirá espiado donde este. En ese
despertar brusco,  queda en el presente
la imagen rota – atravesada por la distancia del tiempo –  de un perseguidor implacable que tiene mil
caras. Ella siente – y es verdad – que estaba siempre  siendo vigilada, que  todos los pasos de su existencia  son registrados por alguien a quien no puede
ver con sus ojos, pero sí en los  sueños.
Esa persistente persecución se  convierte
en delirio. Le da frecuentes escalofríos 
y temblores en el cuerpo. Prueba diversas mezclas de plantas. Las
que  mejores efectos  le producen para olvidar esos sueños
aterrorizadores, son los aromas afrodisíacos. Experimenta y cae en los deseos de  estar en 
brazos de Zcheen, de  acariciarse
con el Zambo y  también de maltratarse
con Túpac II.

 

Al  pendiente que
arranco del cuerpo yaciente de  Zcheen
en  el río Viru, – que no era blanco – le
hizo dar una cobertura fina de plata y 
le mando hacer una cadena del mismo metal precioso. Dice Isabel
afirmando y porfiando, que la plata 
es   el color blanco  con 
brillo. Luego agrega a su dieta la Chirimoya, esa reina de las frutas
que produce los climas templados de las alturas medianas del Perú. Es  parecida a la guanábana  con que se 
deleitaba en Piura en su infancia. Ella persistía  en  que
la  sirvieran pelada, sin la cáscara
verde y quitándole las pepas o semillas  negras.

 

Está  ahora con
fiebre alta y se da cuenta que estas reflexiones tardias sobre la vida,  la alcanzan cerca de la muerte. A  Victoria 
y a Lala, con las que en los últimos años compartió más de un secreto,  les revela que se siente como un barco que se
está  hundiendo muy lejos de cualquier
orilla. No le interesa salvarlo porque no tiene sentido hacer ese esfuerzo.
Ya  está por abandonar su cuerpo. Ahora
busca  solo   reposo para su trajinada humanidad y un
nuevo destino al alma. Confía a las dos jóvenes filipinas,  que la cuidan con esmero, que en Panamá, se
dio cuenta del verdadero significado de su ancestro europeo y se
reconcilio  con la fe en la religión
Católica. Y eso  le dio fuerzas para
afrontar una realidad de  mestiza y  sobrevivir. Son momentos cruciales, casi  quince años después de retornar al Perú, en
que  el deterioro infrenable   del 
cuerpo de Isabel Barreto, anunciaba 
la  necesidad del éxodo de su
espíritu.

 

Isabel perdió rápidamente la  sensualidad que  envolvía irresistiblemente a quien se
encontraba a su lado. Pero  aún podía
persuadir con su fuerza de voluntad  y
penetrante inteligencia. La Almirante – en su lucha consigo misma –  decide vestirse solo con ropas de color  blanco. Su cabellera siempre negra, mirándose
al espejo, le incomoda. Pide a Lala que se la corte,  ella obedece.   Isabel se vuelve más estricta y rigurosa con
su quehacer diario. Ahora, ordena que le saquen 
todos los muebles – incluso el espejo – de las habitaciones en que  permanece encerrada. Solo quiere ver el color
blanco. Repite, constantemente,  que los
huesos son la esencia del hombre,  y
estos son  blancos. “Así después de
muertos todos nos ven iguales”

 

 

La vida, ahora lenta,
se asoma discreta a través de una pequeña ventana. Adentro de la casa Isabel
vive su estrecha soledad.

 

 

 

Todo cambia en su vida. Alumbra su cuarto con velas blancas.
La pálida cera sostiene llamas que van desde el amarillo cálido hasta  una transparencia,  que se vuelve a recuperar en forma de humo  blanquísimo, que va  desapareciendo. El fuego produce una
luminosidad viva, en la que se distinguen sobre las  sombras un fondo claro, casi blanco. Ella
observa, meditativa y taciturna, por 
varias horas,  y muchos días este
proceso inexorable de transformación y 
de consumación.

 

Cuando se bañaba 
junto con Lala o Victoria, comparaba obsesivamente el color de piel.
Ella veía que  su cutis se aclaraba, en
tanto que las acompañantes filipinas constataban que se iba poniendo cada día
más pálida. Tratan de convencerla de que 
normalice sus hábitos alimenticios y que salga a tomar sol. Ella insiste
que todavía no  ha alcanzado su meta de
pureza. Y seguía  hablando lo que la
imaginación le dictaba. A Pedro el Zambo, lo había visto – sin soñar como ella
contaba – envuelto un una capa de   agua
congelada  blanca. El no podía moverse,
porque estaba atrapado en algún lugar del Polo Norte. Tampoco alcanza ella
escuchar sus palabras. Luego piensa que 
el agua no era  blanca sino
transparente. Si  no hubiera sido así, no
lo habría visto. Claro,  lo transparente
es más puro que el color  blanco.

–     
¿Recuerdan la mariposa
transparente en Panamá, que se movía tan libremente? Pregunta a sus acompañes.

–     
Si, contestaron  Lala y Victoria al unísono.

 

Entonces con voz engolada, como si supiese ella misma  que estaba fantaseando dice:

–     
Yo voy a alcanzar, después
de  la blancura total, la transparencia.

–     
Esta no existe. Se
interponen  sus interlocutoras.

–     
Por supuesto que sí,   solo que no las ves. Ahí está el detalle. La
gente cree  que lo que no ve no existe.
Los Ángeles son blancos tan intensamente blancos que no se les ve. O tal vez
son transparentes. No lo sé ahora, pero estoy segura que pronto constatare
ello. En todo caso estoy convencida de que cuando las cosas se convienen en más
importantes, no tienen color. Si no lo crees recuerda al espíritu, que es incoloro,
o a lo más sagrado que es Dios.

 

Los trastornos que sufre tienen sus orígenes en el
conflicto de identidad, en la falta de reconocimiento a  los riesgos que asumió en la vida y a los
éxitos obtenidos. Al abandono a que es 
sometida. En contradicción, aflora la 
sin razón! Que absurdo  el pretender
ahora ser transparente!. Pero ella insiste, una y otra vez más:

–     
Victoria, Lala, no se dan
cuenta ustedes que el agua que bebemos que está en nuestro cuerpo, el aire que
respiramos,  así como todo lo más
importante en este universo,  es
incoloro.

–     
Cálmese Isabel y procure
alimentarse mejor, le aconsejan las filipinas.

–     
Si, entiendo….. de ahora en
adelante me alimentare solo de agua pura, cristalina y transparente.

–     
Se va a debilitar…

–     
¿Cómo que no tendré fuerzas?
Así bebiendo la transparencia, me volveré igual de fuerte que el aire, y puedo
como el viento llevar a los barcos a su destino, sin que nadie lo pueda ver. Es
la  voz de Isabel, pero parece que ella
no estaba.

 

La batalla por la vida se 
vuelve en las siguientes semanas más 
intensa. Vibrantes ataques y rápidos repliegues, constantes escaramuzas
y emboscadas a   la muerte.

–     
Las nubes tienen color blanco o
gris, y  flotan sin consistencia,
constata Isabel.

–     
Sí, pero  contienen agua, le aclaran.

–     
El agua es transparente, y es
ese elemento lo único que le da un atributo, una utilidad y  razón de ser a las nubes.

–     
Tienes razón, le dicen las
filipinas que ya no le discuten.

–     
No son  nada, uno atraviesa  la neblina. Tiene color pero de nada le
sirve. No el color no es nada  bueno.
Solo lo transparente es eterno. Así me estoy convirtiendo en eso. Eso que  nadie ve, pero si  existe, insiste Isabel.

 

Durante
la enfermedad que avanza, se le oyó – en  
la  lucha contra el dolor y la
incertidumbre – decir y contradecirse: “Que me entierren donde los apus puedan alcanzarme.  No, quizá mejor en una Iglesia. No, ahí tal
vez no quieran mi cuerpo. Sí, debajo de la piedra. Con el uniforme de
Almirante. Quiero muchas flores. No, no tantas, 
sólo las blancas.

 

No
quería mirar  ya por la ventana del
cuarto. El color de los cerros pardos y la vegetación verde le molesta. Cierra
todas las ventanas con espesas cortinas 
blancas.  Manda a construir
una  claraboya en el techo, para que
tragase la luz del día irradiándola en la penumbra de la habitación. Con mucha
dificultad Lala y Victoria le dan,  junto
con el agua,  aguardiente de anís, con el
que se calmaba y  dormía. Con paciente
afecto sirven agua de coco al despertar. Al medio día,  come desganada una masa transparente  lograda basándose en colapez, una sustancia que
ella no sabe es ganada de los huesos de los animales.

Procuran
traerle desde la costa por  hombres llamados
chasquisque corrían día y noche
escalando los Andes, algunas  merluzas y
frutos del mar  transparentes. Estos
perdían su calidad y cualidades durante el camino. Come  muy poco y casi todo lo que ingiere le cae
mal.

 

No
había perdido  con los anos que cansan
los sentidos, su fino olfato: así decía ella que se alimentaba solo del aroma –
sin necesidad de comerlas-  de frutas
frescas, ente las que prefería a los de la familia de los anacardiáceas, como
el intenso taperiba o el dulce mango que le hacía recordar sus anos infantiles
en Piura. También mandaba buscar el Marañón 
o anacardium occidentale, a
pesar de su difícil ubicación.

Casi  sin voz, Isabel  se reafirma:

–     
El calor y el frío recorren mi
cuerpo, sin forma ni color. Eso no importa. Luego de una  pausa, haciendo un esfuerzo Isabel agrega:

–     
La justicia, la verdad nuestra
dignidad y otros  valores se convierten
en buenos, si son transparentes. No tienen color ni tampoco formas definidas.
No se dejan palpar. Tampoco emanan olor ni producen sabor.

–     
Será porque no existen, dice
Victoria.

–     
¿Cómo  que no? Yo moriré digna y esos valores están
allí en un sitial muy alto, porque la gente lucha hasta la muerte por ellos.

Le suministran como último recurso frutas transparentes:
La lima, ese cítrico prodigioso, pelada en tal forma que le son sustraídas
todas las fibras blancas, las uvas verdes que sin cáscara parecen translúcidas,
y también la granadilla que tiene bajo su cáscara dura una mucosa incolora con
cientos de pepitas. Victoria se hace el trabajo de extraer las pepas o semillas
y  darle en los últimos días de Isabel,
una cucharadita de esa fruta a cada hora.

Tenía
el íntimo temor que podía terminar como Juana la Loca, la hija de la Reina  Isabel. Acá en el Perú  estaba condenada no al encierro como
Juana,  sino al destierro en esa región
apartada. Su único escape era la muerte.

 

Ante la nueva
presencia del cura Juan, dice: “Es inútil confesarse, porque las cosas
importantes no pasan por este mundo, sino 
suceden para ser – en ese falso concurso de prestigios –   imaginariamente recordadas,  de la manera más conveniente”

 

El cura percibe,
en estos instantes decisivos, que esa expresión de delirio no es el escape
angustiado de Isabel, sino un sereno recuerdo de lo mucho realizado por ella, y
lo poco reconocido. Y atina a  ensayar
una respuesta, afirmando, sin convicción alguna:” Escuchar tu pensamiento
resulta  un consuelo frente a  tanta distancia, indiferencia y silencio.”

 

——

 

Un día la señora Barreto
llamó,con voz  débil y calmada, a Lala y
Vicoria y  les  dijo:

”Hoy lograré detener el
tiempo. No se en este instante si llegamos al ano 1606  o 1612, y eso no me importa. Yo alncance
otras distancias y dimensiones. Presiento que dentro de unos instantes me haré
definitivamente invisible. Y sere inmortal”.

 

Isabel  Barreto, superando trastornos y padecimientos
logró su exitus y  murió de una infección, que la postro varios
días con fuertes dolores y altas fiebres. El calendario registraba el día tres
de septiembre de 1612, Cinco años después deja de existir otra peruana llamada
también Isabel. Isabel Flores de Oliva, igualmente fue criada por una indígena,
que la llamo Rosa. Esta joven  por
su  extraordinaria entrega a la causa de
la ReligiónCatólica, y su conducta distinta a Isabel Barrero,  si logró pasar a la historia  con el nombre de Santa Rosa de Lima.

 

La corta enfermedad no
dio tiempo a  mayor despedida. La muerte
fue el remedio para sus dolores. A partir de ahora los asuntos  más íntimos serán  contados, como versiones, por aquellos que no
tuvieron acceso a ellas. Van destruyéndose las intensidades  de las cosas. Se le abren nuevos espacios.
Ahora los apus le brindaran debajo
de la  tierra, el sostén para una
existencia más allá de este Mundo, en el que vivió con intensidad. Sin embargo,
no se olvidaron los que la conocieron bien y la acompañaron hasta  su entierro al pie de un cerro distante,
debajo de una roca,  de poner ahí bien
plantada una cruz blanca. Debía estar también, como le correspondía, bajo la
protección   del  símbolo de la cristiandad, tan simple como
dos palos  que se encuentran en  sus mitades y se fortalecen sosteniéndose
mutuamente. La Biblia ya mandaba a los hombres a echar y andar para descubrir
nuevas tierras con mayor bonanza. En ese sentido se había comportado como buena
cristiana.

Los árboles se
acostaron de copa en dirección al mar y los animales se posaron con sus cabezas
mirando al infinito. Aun así ese día fatídico  no se sabía si amanecía o atardecía.

No hubo anuncios, menos pompas ni
ceremonias. No tenía  posibilidades
Isabel, ni muerta, de ser aceptada en la clase dominante, a pesar de sus  esfuerzos y logros. El silencio que  la acompañó en los últimos años de su
vida,  era tan  fuerte que ese día tampoco  hubo alboroto. El ambiente era  triste, 
porque contrariamente a lo  usual
en la época   no salió el sol. Se daba un
marco adecuado  para un adiós  dentro  
del anonimato, al que había sido condenado por una sociedad que no le
perdonaría, ni después de muerta, haber 
hecho todo lo que   hizo   siendo 
mestiza y mujer.

 

Pocos  fueron 
al sepelio de Isabel Barreto, la Adelantada de los Mares del Mundo, el
que se realizó temprano  aquel día del
que no se guardo registro. Lala y Victoria llevaban el luto. Se habían puesto a
la usanza de los aborígenes filipinos collares de flores blancas. Los ritos
eran  indígenas. Quedaba su cuerpo en
el  Perú, patria que se estaba formando
sobre la base del Tahuantinsuyo y los aportes españoles, la que amaba con
fervor.   Entre los escasos presentes,
destacaban las figuras altas y señeras de tres frailes católicos. Nada extraño.
Ella había sido  en Piura bautizada, y  la Iglesia siempre estaba presente y  pendiente cuando había herencia que repartir.
Estos Sacerdotes católicos  no se  integraron a los rituales. Observan a
prudente distancia. Más bien, cuando todo se acabó, se acercaron a Victoria y a
Lala para preguntarles si  ellas se
habían  bautizado. Ya estaba en  manos de los 
sacerdotes el testamento – muy
escueto – de Isabel, en  el que deja 
como herencia de lo que poseía a sus dos fieles criadas, que la habían
servido en los últimos quince años. Estas les dicen a  los religiosos que se quedaban a vivir
en  esa casa más grande y retirada en el
recuerdo de Isabel. No  tenían por
delante  otra  cosa que 
cuidarse  y quererse entre ellas
mismas. ¿Admite tu iglesia a las lesbianas? Terminan preguntándole ellas dos al
unísono, a los  interesados sacerdotes
que se dan por sorprendidos por la abierta confesión de las jóvenes sobre sus
inclinaciones amorosas.

 

Lala y Victoria que son
las únicas personas que la acompañaron en 
la soledad de los últimos momentos, abrieron las puertas de  los aposentos donde murió. Las paredes  todas en 
blanco. El piso cubierto por una alfombra inmaculada de alpaca  blanca. La 
bañera de mármol. Una  mesa de
sillar, una piedra volcánica traída desde la lejana región de Arequipa. Los
cubiertos de plata y utensilios de marfil. Había hecho recubrir  de una capa de pintura  blanca el cuadro al óleo con paisajes
marinos, – que aún permanecía colgado – que recibió de obsequio del comerciante
árabe que pago, fleteando la embarcación,  su viaje de Filipinas a Acapulco.

 

En una extensa  carta que le escribe el Cura Juan, que le dio
a Isabel el último sacramento de la extremaunción,  a don Fernando Castro, comunicándole la
muerte de doña Isabel Barreto, le dice entre otras cosas:

 

Recordar
a Isabel, es rescatar una personalidad ejemplar y poner en relieve la
heroicidad de los hombres y mujeres que arriesgaron todo – vida, credo, honor,
familia – por buscar nuevos horizontes, para 
formar una comunidad  de razas y
naciones en él se amalgaman culturas, y se 
sientan las bases para la integración y, en definitiva,  el progreso: Por ello,  se debe de honrar  a todos, españoles, indígenas,
aborígenes,  europeos, asiáticos,
americanos, sin  olvidar a ninguno de sus
protagonistas, porque él no recordar es una forma sutil, cruel de discriminar.

A la vez, junto a esa misiva  le alcanza otra carta, que Castro mas
esperaba. La de despedida de Isabel a su marido, que con su último  esfuerzo – evidenciando que cuando era
preciso le venían las ganas de escribir- 
dice en la gramática castellana de Antonio de Nebrija:

“Recién
ahora me doy cuenta que el mestizaje hace 
a las personas más libres. Por eso advierto que en estas tierras de
mitos y creencias, se puede extender una leyenda negra sobre la conducta de los
españoles. Hay que trabajar juntos para evitar ello.

No  basta  
viajar a  tierras más alejadas que
la imaginación. Es necesario el viaje a la eternidad  que ahora emprendo,  del que nadie vuelve, para saber lo
verdaderamente sucedido,  y para   que uno ha existido”.

 

Castro
se  dio 
cuenta,  que varios fueron los
hombres que  intentaron inútilmente de
doblegar a Isabel, tratando de convencerla que se aleje de la ruta temeraria que
marcó su vida. El General, ahora que la férrea voluntad de Isabel  no estaba presente,  se 
ocuparía de su cuerpo,  de la
manera más provechosa para él, porque solo fue su esposo por  conveniencia. Así, para quedar  bien con 
los influyentes religiosos, acuerda con estos, que el último destino de
Isabel sea  la iglesia de Santa Clara, en
los llamados Barrios Altos, dentro de la ciudad de Lima. El General Castro
organiza todo y destina algunas barras de plata para sufragar los gastos. Hubo
que apurar la exhumación del cadáver. Se intentó embalsamarlo con técnicas  incas. El cuerpo ya estaba demasiado
descompuesto. La tierra de los Andes lo había aceptado y  asimilado con 
apremio.

 

El transporte a lomo de
mula hasta la lejana  Capital del
Virreinato es penoso. Acompañaban al 
cuerpo  – que es tratado como un
bulto, porque la caja era demasiado pesada y difícil de llevar – solo una recua
de  animales y  los guías. Por haberse presentado derrumbes
de tierra, estos toman el camino  más
largo de la localidad serrana de Puquio. Ahí hacen  estación. Al comenzar el amanecer del día
siguiente, cuando todavía casi todo 
estaba oscuro, emprenden la marcha. Una sombra aparece repentinamente de
un árbol saliéndoles al paso. Alguien embozado se les puso en el camino. Los
indígenas  se imaginaron, que bajo la
capucha que escondía la cara del intruso se escondía un rostro siniestro.
Sintieron miedo  a pesar de que estaban
en mayoría. Cuando acercaron la antorcha al intruso vieron  la mirada compasiva de Silesiano. El
encuentro es casual, porque él tomaba otra ruta para llegar al mismo destino.
El Cura no era querido por los indígenas, porque tenía fama de poco compasivo.
Él les advierte que deben de tener más cuidado con los indios, que quisieran
robarse el cadáver de Isabel, porque temían que los españoles necesitan de ella
para arreglar entuertos de herencia. Más adelante, el grupo marchante busca la
seguridad de  otros poblados donde
pernoctar, hasta  descender luego al
valle de Chincha.

 

Todavía estaban en las
frías alturas. En la siguiente noche 
tuvieron que acampar al aire libre. Al otro día, en la espléndida
serenidad de un cielo serrano, 
percibieron que estaban rodeados de 
gigantescas flores. Las más grandes jamás vistas. Las puyas tenían más
de dos metros de altura y se presentaban de diversos colores y  emanaban lúdicas fragancias. Sé sabía
que  esta 
rara especie  florece  solo cada dos años. Era  una 
bella casualidad de que la naturaleza rindiera  el tributo que los hombres  negaban a la 
mágica Isabel.

 

La
caravana seguía el camino de  bajada de
los Andes. Las mulas tantean con las patas el suelo  – que estaba resbaloso por la formación de
lodo –  antes de pisar, para evitar caer
al precipicio. La temperatura y humedad ambiental subía. Los animales  se espantaban   del olor 
penetrante  que emanaba del cuerpo
descompuesto, que estaba envuelto como una momia en varias túnicas. Hubo que
acondicionarlo nuevamente durante una parada en Chincha. En el lugar donde
había residido antes de emprender el viaje a ultramar, nadie la recordaba, a
pesar que  ella  daba protección a los indígenas y junto a su
primer marido administraron una productiva hacienda. Solo un antiguo sirviente,
al que ella había tratado con respeto, le obsequia  unos  
lienzos traídos de  Paracas, que
fueron tejidos hace cientos de años y mostraban aún sus vivas tonalidades y
coloraciones, así como otras   bondades.
Fue envuelto su cuerpo en el telar 
acompañado de  diversas yerbas
aromáticas.  La  marcha 
fúnebre se dirige hacia el norte en dirección a Lima. En  las noches, por gestiones de compasivos
monjes, se  permite que el cuerpo de
Isabel permanezca en alguna Iglesia. Así descansa  en los Templos que se construían con el
trabajo de quechuas y esclavos en los poblados de Quilmana, Cañete y Chilca, en
tanto los indios que la acompañaban fueron obligados  a dormir fuera de  la Casa 
de Dios. Regía una práctica  no
escrita  que  fomentaba, 
que los aborígenes sean 
evangelizados  para que formen
parte de los feligreses, que rindan pleitesías y tributos. Sin embargo, los
indígenas todavía no pueden tener cabida ni menos algún desempeño protagónico
en la Iglesia. Silesiano, el monaguillo que aspiró a misionero, lo sabía y por
eso se mantuvo al margen de los que transportaban el cuerpo de Isabel.

Pasadas  cinco 
jornadas forzadas, el cadáver, mecido por las fatigadas mulas andantes,  llega  a
Lima.

 

Ni el
Virrey como tampoco autoridad alguna en esa ciudad, donde todo lo que
acontecía  era conocido y comentado hasta
el cansancio, se dio la molestia de hacerse representar en el duelo. Toman
conocimiento además que el Virrey estaba bastante fastidiado y preocupado esos
meses del año 1612, porque el contrabando de mercancías  venidas de China hacía daño a  los negocios ya su prestigio. España tenía el
monopolio del comercio con el Perú y 
otras de sus colonias, y  los productos
chinos   costaban hasta diez veces  menos que los españoles. Si Isabel estuviese
viva, diría que la odiaran porque  ha
contribuido a que la  gente pobre tenga
acceso a más cosas, y ello engrandecería su orgullo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Era la
epoca de Santa Rosa de Lima, y un gran fervor religioso. Solo a traves de las
gestiones de los familiares del Arzobispo de Lima y las
recomendaciones de  allegados al Virrey
se ordeno al noble sacerdote que  permitiese un enterramiento que
estuviese lo  más cerca posible del altar. La cara distancia  era 
medida con los dedos de las manos y con  la cinta metrica de un
sastre asturiano y que la suma ofrecida pasara a los cofres reales.

 

Entrar
a la iglesia para escuchar la Santa Misa, era como penetrar a un lugar de
pesadillas ahogadas entre ceras encendidas y flores secas de los difuntos. Y
asi arodillados, entre el olor de los zahumerios y los recuerdos había que
escuchar la Santa Misa, tratando de no pisar sobre las sepulturas de los que ya
habían partido y sufrido. A los sacerdotes les gustaba este escenario
porque les servia para hacer recordar a la  atemorizada feligresia
que la visita a este mundo terrenal era precaria, evocando  que en ese transito el venerable sacerdote   era el camino a Dios.

 

Tan
solitaria fue asimismo la ceremonia fúnebre en el Claustro Religioso,  que en vida no la aceptó como humilde
monja,  cuando ella lo había pedido al
dejar su uniforme de Almirante a su retorno al Perú. Sólo el Padre Juan  con sus 
profundas arrugas que se veían bajo la luz y sombra de un cirio, condujo
la ceremonia religiosa en la que no se pronunció palabra sobre  la nacionalidad  y 
lugar de nacimiento de Isabel. Tampoco hubo salmos  ni menos cantos o elegías. Fernando de Castro
apareció con retraso e indiferente – acompañado de un empleado suyo más
acongojado que el viudo –  a  la ceremonia de  cristiana sepultura.

 

Silesiano llegó cuando el
acto fúnebre había concluido. Agotado por haber tomado otra ruta más  agreste, entra a la Iglesia en instantes que
los asistentes estaban por salir. Por decir algo, comentó que Isabel tuvo dos
funerales: uno con rituales indios que la acerca a los apus y otro con una Misa de la Iglesia Católica. Todos  los que le oyeron callaron.  Sabían y lo guardaban  para sí, que el espíritu inconforme, amplio,
innovador de Isabel no  permanecerá
ahí  encerrado en una Iglesia. Nadie puede detenerla. Es libre como la
imaginación.

–     
Lo que tenemos que evitar es que después de muerta
se le recuerde y adquiera fama, preciso el General Castro.

–     
Si otorgarle prestigio a alguien, es como darle
color y brillo a su espíritu. Recalcó Juan.

–     
Nosotros nos debemos encargar que siempre
permanezca, como ella quiso,  invisible,
puntualiza con ironía Silesiano.

 

Silesiano
cae de rodillas ante la tumba de Isabel. En su deseo de liberarse del cargo de
conciencia, –por haber borrado el registro sobre el bautizo de Isabel Rodríguez
Barreto en Piura –  suelta a modo de póstumo tributo, un
pensamiento sobre la Almirante: “El navegar, tal como el adivinar, es anticiparse
a los hechos – es  ilusionarse-, y  es también  una suerte de estar constantemente en el
infinito. Isabel  sigue  siendo ahora bajo tierra, aprisionada entre
frías indolentes y eternas piedras,  como
hasta en sus últimos días de vida la niña inocente que se perdía en los
misterios de los sueños y  los gritos  acallados 
de rebelión, en cuyo interior los mundos legendarios de la fantasía y la
justicia siguen su lucha. Ella, en el más allá, escuchará por siempre  la eterna campana sonora de la Iglesia
Católica Romana y Apostólica,  que ordena
a todos que entregaron su vida por los demás, a bajar de las pobladas cumbres
de  las esperanzas,  a las vastas y solitarias  llanuras de la indiferencia”.

 

Fernando
de Castro, con frialdad y cálculo, les dice a los  curas que la soledad en que está
descansando  Isabel en el Perú, va a ser un
buen argumento para afirmar que no es peruana. “La Historia la recordara como
europea, foránea a estos lugares. A su entierro vinimos los  españoles. Por quienes ella se preocupó y
arriesgó. Los indígenas no se lo merecen, ni se lo agradecen. La olvidarán en
poco tiempo”. Luego reclinado sobre el catafalco agrega, como  si hubiera conocido bien a  su difunta esposa, solemnes palabras de
despedida: “Cuando dominaba con la vista el mar abierto, Isabel solía cerrar los
ojos y desaparecer un instante en sí misma. Era un gozo íntimo que la
reconfortaba y le volvía a dar energías. Esta mujer  dejó a hombres que buscaban el relumbre de la
fama, rendidos en tierras en las 
que  encontraron una muerte sin
cruz.  Ella en cambio, encontró la paz
eterna en esta Casa de Dios”.

 

Castro,
aparentando estar arrepentido, pide al cura Juan que le permita confesarse ante
Dios.

–     
¿Cuál es tu pecado? 
Le pregunta el sacerdote.

–     
No sé si en realidad he pecado. Quién miente trata
de abolir el tiempo. Creo que ni siquiera he mentido. Simplemente he ocultado
la verdad.

–     
¿De qué tamaño es esa verdad?, inquirió el
religioso.

–     
De la  misma
dimensión que la Historia.

–     
Cuéntamelo, en 
secreto de confesión.

–     
Isabel es peruana, nació en Lima y murió en los
Andes. Llego hasta la China. Vimos juntos desde el barco,  los territorios  de Kaohsiung. Yo se lo oculte en tanto se
distraía con el arco iris que desapareció en el resplandor de un relámpago…
Como también escondí el Informe que la Adelantada le había escrito desde Manila
al Rey Felipe II.

 

Una
gruesa respiración de ahogo lo estremecía. El Cura Juan  dio finalmente la absolución, ordenándole
rezar repetidas veces. Instantes después, como si el religioso,
arrepintiéndose, recordara que el también había hecho desaparecer una carta de
Isabel, interrumpió al penitente en su oración y le dijo: “Suficiente, vamos
ahora a hablar de la herencia y a tomarnos 
una copa”. Luego ambos, el General con sus charreteras doradas y espada
al cinto y el  Cura con Sotana y Mitra y
crucifijo de oro al cuello, abandonaron la Iglesia y se retiraron a un aposento
cercano, donde   se abrazaron y alzaron
unos vasos llenos de vino tinto – 
español, desde luego –  y dándole
la espalda al pasado, dijeron al unísono: Salud!.

 

El Sacerdote hace en esos momentos una  sorpresiva revelación “Acaba de llegar a mis
manos un grueso ejemplar de un libro  que
se edito hace unos cinco años. Fue escrito 
por Cervantes, y relata la historia de un Don Quijote. En  la edición se consigna la fecha 1606. España
solo podrá mantener su influencia en los territorios conquistados con el idioma
Castellano. Servirá para promocionar nuestra cultura e intereses. La   aventura 
de Isabel es más dura  y notable
que la del hombre que  lucha contra
molinos de viento y los  sinsabores  y vivencias en La Mancha. La  historia de Isabel, aunque verdadera, nunca
se escribirá, en razón de  que ella es
mujer y mestiza”

 

Nuevamente, y con la copa bien  en alto! porMiguel de Cervantes!

No, no ¡PorDon
Quijote!El personaje de la historia, es mas importante que el autor!

Salud!.

E P Í L
O G O

 

 

Isabel  goza finalmente, después de su muerte,
de  la 
invisibilidad que reiteradas veces deseaba. No  existe una imagen clara sobre su persona.Si,
más bien  respecto a sus logros,
especialmente de que contribuyó a que se incrementara el conocimiento entre
gente de distintas  razas y culturas. Se
esforzó esta mujer empeñosa y valiente  para que bajo 
principios de  igualdad se
sentaran – con el respeto mutuo – las bases para la formación del  llamado 
Derecho de Gentes. En el Perú se germina la semilla de los Derechos
Humanos, que motivan al Padre Acosta, a Bartolomé de las Casas y finalmente a
Francisco de Victoria a  encontrar normas
que regulen las relaciones entre 
naciones  y personas. En ese
sentido, Isabel pudo sensibilizar  a  un grupo de sacerdotes intelectuales,  para que América del Sur no  siguiera el mismo destino que la parte
central y norte  del Continente, donde –
al igual que en África – fueron eliminados o esclavizados  las poblaciones aborígenes.

 

Según cuenta Fernando de
Trazegnies, citado por la Revista Caretas (junio 2011) entre 1862 y 63  tripulantes de  once barcos peruanos secuestran a mil
pobladores isleños…. Es decir el Perú ocupó 
las islas de Pascua. Indudablemente era la época en que se comercializaba
aun con esclavos venidos de China, y algunos creían que los de territorios
isleños más cercanos podrían trabajar en el Perú, ahorrándose los vaivenes de
una  larga travesía. Después la  Isla fue comprada, en operaciones no lo
suficientemente esclarecidas, a los aborígenes, que  cedieron poco a poco sus tierras.  Rapa Nui 
anteriormente fue poblada por habitantes polinesios provenientes de las
actuales islas Marquesas.

Anos después de los acontecimientos  en los albores del siglo diecinueve,  luego de la reducción de pobladores andinos,
ya  uno de cada dos trabajadores de la
costa peruana era de origen  asiático.

 

En aguas del Perú Isabel
sigue navegando. Un barco de la marina peruana lleva su nombre: Isabel Barreto.
Los que  recogen esta  historia 
se preguntan si hubiese sido española o portuguesa, como algunos
pretenden      . ¿Qué la pudo motivar
entonces  a  terminar su viaje en el Perú y no a Europa,
ni a residir en algún momento en Europa? ¿Qué la lleva finalmente a  morir en los Andes  y no en los 
Pirineos?

 

En la extraordinaria empresa
participaron también sus hermanos Lorenzo, Diego y Luis Barreto, y muchos
peruanos más. Queda aún  la duda  respecto a la 
razón por la que el Perú, que ha sido precursor en ampliar su soberanía
en el Pacifico, nunca ha reivindicado las Islas Anachumbi – Magrevas y  las Marquesas –    descubiertas por los incas, y otras más
allá que fueron conocidas gracias al empeño, financiamiento y  coraje de una peruana. Estos territorios
quedan frente a las costas tan o algo más distantes que las Islas Pascuas de
Chile, las Galápagos del Ecuador o Hawái de los Estados Unidos de México y  los Estados Unidos de América.

Si Isabel hubiera  encontrado China, las culturas antiguas del
continente americano y de Asia unidas, dificultarían la conquista  por parte de los europeos y quizá hubiesen
evitado el periodo tan oscuro e injusto 
de colonización.

Será acaso cierto que la historiografía es una magia que ha librado a la
verdad de ser mentira?. Fantasía o realidad deseada, Isabel Barreto no lograría
en vida su sueño de ser blanca e invisible. Pero después de su muerte se
convirtió en luz, que puede ser blanca e invisible a la vez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dic 2012

 

y

Reina del Mundo

Por; Ertnesto
Pinto Bazurco Rittler

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEL LIBRO

ISABEL,
es una novela histórica, basada en las hazañas de Isabel Barreto, una mujer
bella y mestiza nacida en Lima –según la historia marítima del Perú– y de padre
oriundo de Lisboa. Su destino la llevaría a acompañar a su marido, un navegante
español llamado Álvaro de Mendaña i Neira, a descubrir  territorios en el Pacifico Sur. Este, algunos
meses después de haber partido del Perú, moriría en circunstancias misteriosas,
el 18 de octubre de 1595 en las islas Salomón. Isabel, en secretos amores con
un tripulante, en vez de retornar seguiría la aventura, buscando una ruta a la
lejana China. Durante la travesía descubriría la Isla que lleva su nombre y
después de llegar a estar cerca de territorio chino, arriba a las Filipinas,
donde permanece seis meses recuperándose de la arriesgada y larga travesía, que
costó la vida de las tres cuartas partes de los 380 expedicionarios que
partieron del Perú. Isabel, se casaría  con el General Castro. Volviendo finalmente a
puerto peruano luego de haber recorrido treinta y cinco mil kilómetros.

 

Única mujer, Isabel Barreto,  que comanda una expedición náutica sometida a
tantas peripecias, y que lograra, sana y salva,  el viaje de retorno desde las lejanas islas
del otro lado del Pacífico. Sus aventuras evidencian que la Barreto fue una
mujer extraordinaria, totalmente fuera de las pautas y costumbres aceptadas en
la sociedad peruana en tiempos de la conquista. A pesar de tener el titulo de
Adelantada, y de sus logros sería, a su regreso al Perú, por ello enviada a una
suerte de exilio en algún lugar de Huánuco, antigua encomienda de su fallecido
primer marido, donde se perderían para siempre los rastros de su existencia.

 

La novela
abre interrogantes respecto a la posible presencia de navegantes vikingos y
chinos antes de la llegada de los hispanos. Asimismo recoge algunos datos
relacionados a una  expedición inca a la
Oceanía.

 

Plantea
además interesantes aspectos sobre la contribución de las distintas razas en la
formación de las sociedades en América. Recordando las relaciones entre los
conquistadores y los aborígenes, resaltando las similitudes y diferencias
culturales. Esencialmente va hasta examinar el derecho a la conquista, y el
papel de los  clérigos de la religión
católica.

 

Aun cuandio,
por los cambios frecuentes de nombres, los lugares geograficos de las islas no
son de rigurosa exactitud, la novela nos 
recrea  además con el ameno repaso
de ciudades y costumbres del Perú  del
siglo XVI. Isabel es un personaje que ayuda a describir el contexto social e
histórico y contribuye a desenvolver anécdotas de una época casi olvidada.

 

Desde el
punto de vista marítimo, el siglo XV había sido de los portugueses y en el XVII
destacaban los holandeses e ingleses. Pero el siglo XVI perteneció a los
españoles y a todos los que contribuyeron con ellos. Como Isabel Barreto, la
única Almirante de una Flota con Bandera de Su Majestad.

 

El libro abre la interrogante acerca del porque Isabel
no es tan conocida y lo relaciona con el hecho de que, a diferencia de
territorios similares que pertenecen hoy a Chile o a los Estados Unidos de
América, el Perú no ejerce derechos sobre varias islas que están frente a sus
costas.

Esta novela histórica resalta la
primera empresa hispano-peruana que se presenta ante el mundo con éxito.

 

 

 

 

DEL AUTOR

 

Ernesto Pinto Bazurco
Rittler no solo es un eterno viajero. Sino que su vida ha  sido marcada por contrastes. Nacio en Munich,
Alemania,  despues de la Segunda Guerra
Mundial. Se suponia que sus padres eran enemigos, porque el Peru le declaro la
guerra a Alemania. Pero, al contrario, ellos que estan alcanzando los cien anos
de edad,  formaron una familia muy unida
y viven ahora casi ochenta anos juntos.

 

Ernesto Pinto Bazurco
Rittler se mudo mas de cuartena veces. Vivio en la  Costa 
Sierra y Selva del Peru. Se desarrollo como diplomatico en la Mision del
Peru  ante las Naciones Unidas. Luego
ejercio la jefatura de las misiones diplomaticas en Cuba y China. Tambien abrio
el Consulado General en Frankfurt. Fue Consul General en Zurich, Suiza. Mas
tarde embajador en Bucarest, con concurrencias en Moldavia, Macedonia, Croacia,
Serbia ,Montenegro asi como Bosnia y Herzegovina. Asimismo integro la Mision
del Peru ante los Organismos Internacionales con Sede en Ginebra

Condujo varias
Misiones Especiales y conoce mas de medio centenar de paises.

 

Ademas ejercio la
Catedra Universitaria y escribio varios libros sobre  diplomacia y relaciones internacionales.
Publico, bajo la Editorial Humanitas, una novela titulada Encuentro en el
Paraiso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para  mis padres, 
en agradecimiento a una vida productiva y maravilloso ejemplo para todo,
y mis hijos  por la fuerza que me dan
en   la lucha por el futuro.

 

 

 

Un beso a media noche… otro
al  amanecer

CAPITULO  I

LA
GRAN TRAVESIA

 

El sol inunda de  dorada pulcritud el  ambiente. La pequeñez de lo humano se hacía
notar  en la generosa vastedad de los océanos

 

Olas erizadas
de espuma. Aguas revueltas que mezclaban tonalidades verdes y azules, cubiertas
por un cielo  que muestra  generoso  
todos sus colores acentuados por una contrastante  luminosidad. En medio del escenario y en forma
de una  bola de fuego, que brilla intensamente
hasta el atardecer, irradia el sol. Es la belleza  hecha paisaje, cuando el mar recibe en su
seno, en el horizonte, al astro mayor, Dios de los Incas. La puesta de sol en
alta mar. Distrae la atención sobre los fuertes vientos que levantan olas en borrasca,
en tanto se abre cansada la  noche.

Alzada
esta la luna en el cielo y brilla. La acompañan en  su vigilia  miles de estrellas queiluminan el espacio
enorme en el  que se desarrolla la gran
aventura de encontrar, en un viaje  lleno
de riesgos,  detrás de los misterios y
las leyendas, al país de Ophir, en que, segúnse afirma,   viven exóticas mujeres con pelos rubios
rizados, piel oscura y boca carmín encendido: Tierras alejadas, fantásticas, de
donde – se creía con firmeza – provenían el oro y las piedras preciosas  que adornaban el Templo a Salomón y se
especulaba sobre la maravillosa fuente de Juvencia

Sin poder poner el
espíritu en ninguna idea  Isabel   intuía que la fuerza vital– indispensable
para llevar adelante la empresa- venia de la naturaleza misma y esta había
que  aprovecharla. Mientras los marinos
escudriñaban los vientos ella se dedicaba a los alimentos.  Tenía muy 
en claro que la tarea de una mujer a bordo era más cercana  a la cocina que al timón.  Pero sabía también que para alcanzar su meta,
la de conducir esta gran aventura, necesitaba de todos los recursos. Incluso el
de disimular y luego  deslumbrar.

Unas aves  alzan vuelo entre la bruma acompañadas del
ruido de sus aleteos

–     

¿Que haces? le pregunto el capellán

–     
Dios le da 
la comida a todas las aves. Pero a nosotros sus hijos….no…..tenemos que
buscárnosla.

–     
No sea mal agradecida, el Señor  le doto a los hombres de la  fuerza y astucia para cazar a todos los
animales Y a las mujeres la sabiduría para preparar alimentos, cocinarlos, sazonarlos,
preservarlos. Y contentar a sus hombres.

Isabel  había observado que las aves se alimentaban
de peces y pero algunas preferían  a  los insectos lo que les daba especial energía.
A la vez los insectos  tenían mucha más
habilidades que el hombre. El Ser Humano, más pesado, se alimentaba de animales
macilentos, como el cerdo o la vaca. Pensó entonces  que si  
cambiara sus hábitos y se acostumbraría a saborear insectos podía
extraer de estos una energía mayor.

=-La misma que
mostraba la abeja, laboriosa, que podía poner su peso en vuelo zigzagueante a
gran velocidad.

-Si la gente como la
miel porque no se podía alimentar también de la abeja? Se preguntaba.

=-El secreto estaría
en   convencer a estos Hombres rudos que  tienen el placer de ser carnívoros y de
devorar con sus dientes una pieza  grande
de animal

Ya tenía todo preparado,
en el barco había llevado un contingente de grillos, que además se reproducían
rápidamente, así como una diversidad de 
otros animalitos que trepaban, caminaban 
y volaban. Era difícil mantenerlos en secreto en una embarcación en la
que la intimidad teníalímites no definidos.

Pero a la vez estaba invadida
Isabel por el temor a que la consideren loca o bruja/ Y esto no era cuestión de
broma porque imperaba aun la Inquisición.

 

.

Una noche  se despertó sudorosa. Había soñado que los
insectos de habían multiplicado de tal manera que terminaron por
sobreponerse  frente a los hombres a
bordo. Y estos animalitos habían crecido, 
declarando una guerra entre si y devorándose mutuamente, hasta
dimensiones antes no imaginadas.

Fue casi un alivio
comprobar  que  en realidad cada día que pasaba moría un
contingente o una especie a la que el aire marino no le permitía evolucionar.
Entonces se le ocurrió  someter los
cadáveres de los insectos a un proceso de cocción, secando y molienda. Y ese
polvo mezclare con otros alimentos. Especialmente con el puré de patatas.

 

Un calor de vudú, que
nunca había hallado a sus veinticinco años en plena  efervescencia femenina,  le hacía compensar la fría brisa marina, que
penetraba  en su cuerpo despertando
noctámbulos sueños de aventura.

Isabel Barreto se dio cuenta que  ya
hacía algún tiempo había convertido el sueno en vida y la propia vida misma
en  realizar un sueño  en el que pone, a cada instante y ante
cualquier adversidad,  a su  alcance el universo que descubría día a día,
protagonizando arriesgadas aventuras que la llenaban de exaltación.

 

 

 

Los
astros, como   observadores silenciosos
desde el firmamento,  se convertían en
destellantes guías de estas pequeñas naves 
que  llevaban dentro de sí, las
ilusiones y esperanzas – miedos y temores – de trescientas  ochenta y siete personas. Todas distintas,
pero unidas por un mismo afán .Herederos de una generación de descubridores, se
proponen  emular a sus padres y, a fines
del Siglo  XVI, en el que el Mundo es más
ancho para los conquistadores y mas ajeno para los otros,  emprender una 
empresa en la que juntos – europeos 
y nativos de  América – van al
encuentro de nuevos territorios. No en busca de especies como lo hiciera Colón
para mitigar el hambre del Viejo Continente, sino de riqueza, prestigio, poder
y placeres.

-Álvaro,
que somos conquistadores o descubridores?, pregunta Isabel en la intimidad del
camarote principal.

-El
verdadero poder consiste en crear reglas que otros respeten. Yo, personifico
acá y ahora  el Poder, que en Europa  lejana 
está bastante dividido…. Luego de una pausa, aclara a su mujer


Así que tenemos que  buscar nuevos
hombres, súbditos, a los que impondremos nuestro parecer. Hay que descubrir
primero y luego someter. Nuestra tarea es más compleja que la de Colón, que
solo descubría, o la  de Pizarro, que con
la certeza de donde se encontraba y el respaldo militar se dedicaba a la
conquista, y a la extracción de las ganancias que ella daba.


Entonces la labor de mis hermanos acá a bordo es tan importante como la
tuya.  Afirma Isabel dándoles respaldo a
los   recién
ascendidos militares que  formaban parte
de la expedición.

– Si,
pero  si nosotros los navegantes no
descubrimos nuevas tierras, ellos no tienen nada que conquistar.

Para
Isabel  era claro que  habría una constante  disputa por el Poder, pero que esta se
acentuaría al momento de llegar a territorios importantes. Entonces ella y
su  familia tomarían el rol más
importante y Álvaro y los navegantes  ya
no serian  tan necesarios. Pero había
mucho tiempo aun adelante para ajustar los propios acomodos de poder en un
espacio tan ancho del Mundo y a la vez en una reducida  área, aun 
bajo el dominio de  españoles, de
las pequeñas embarcaciones.

 

 

Esos  días 
que serian interminables en alta mar habían comenzado con el embroque un
diez de abril de 1595, día de San Macario el Armenio.La flota había partido del Callao hacia el norte del litoral.
Luego de reparar algunas embarcaciones  y
aprovisionarse en el  puerto de Paita
cercano a Tumbes localidad donde desembarcara Francisco Pizarro, se hacen a la
mar nuevamente, rumbo al sur, o sea regresan. Ello ocurrió   una madrugada del mes de julio de 1595,
posiblemente el día 18,  
circunstancia  de la queda no
queda registro exacto.

Hoy, día 28 del
mismo mes, lo hacen abandonando la caleta de pescadores al sur de Lima
llamada  Cerro Azul.

 

El puerto se llenó de
ladridos de perros vagos exaltados por el movimiento y la adrenalina que
expiraba de los aventureros. Por encima de los ladridos  se escuchaban las órdenes y algunos quejidos.
Para unos era una aventura para otros una despedida del ser querido, o un
abandono.

Isabel. En el primer
viaje al norte ya se había sentido un poco reina a bordo de aquella fragata
cargada que navegaba entre olas de ancho regazo

 

Con el apremio de la vigilancia de barcos leales al Virrey
García Hurtado de Mendoza Tercer Marques de Canete y posibles espías de
este,  habían hecho  por corto tiempo jarcia, para alejarse
definitivamente de las costas. Las velas desplazadas, así como blasones,
banderas y estandartes, mecidos por el aire, expresaban, con color y sonido, la
presencia y voluntad sin límites de un grupo de expedicionarios.

La
niebla le da al ambiente su mágica luz. En alta mar, el Almirante  Marqués Álvaro de Mendana i Neira y su
esposa, la temida Isabel Barreto, deciden bautizar a las naves, así como
realizar algunos   matrimonios  con las pocas mujeres que se habían embarcado  siguiendo a sus hombres.  Era la primera misa dicha por el
capellán desde lo alto del castillo. El credo y la fe debían estar presentes
para calmar las almas

Isabel  Barreto sabía 
muy bien  que cuando los faroles
se mecían en lo alto de los mástiles, en las noches cada vez más estrelladas,
centenares de hombres soñaban con ella en los camarotes,  y sollados. Ella lo  estaba aprendiendo a disfrutar. Compensaba
las penurias de estar sometida a un anciano porfiado y otras inclemencias
propias del viaje.

 

 

 

 

El Capellán
estaba recargado de trabajo  y la
tripulación entretenida. La nave Capitana, se llama desde ahora en adelante San
Jerónimo. Era una fragata de cuatro palos, igualmente aparejados, es decir con
bregas, juanetes y sobres. La otra moderna fragata, temerariamente incautada
meses antes, se bautizó como Santa Isabel. En tanto la galeota, un buque pequeño
redondo  en proa y popa,  recibe la denominación de San Felipe  y la  comandaba el joven Pedro apodado El Zambo, por
rasgos africanos, Era unode  los africanos que lograron sobrevivir las
inclemencias de la travesía y el mal trato de la esclavitud. Su fortaleza
evidenciaba  cierta superioridad porque
en el comercio de hombres del continente negro solo llegaban los más rudos y
los que tenían ganas de vivir, porque 
cinco de cada seis morían en el 
agobiante trayecto.

.
Por último, después de largas cavilaciones, bautizan al galeón – un bajel grande de alto bordo –
con  el nombre de Santa Catalina.

Todo
parecía estar quieto en un gran espacio sin término. El Marqués estaba  agotado, y aun le asomaba en su rostro
antiguo y agrietado, una sonrisa. No vestía la chaqueta de Almirante, adornada
de charreteras,  que debió confeccionar
Isabel. Lucia festivamente jubón de raso rojo y toca de pluma verde. Atrás
quedan la ansiedad, los temores  y los
sinsabores  para lograr los  vastos recursos necesarios para la expedición
y absolver un proceso de preparativos inseguro e irritante… Los participantes
se mostraban, en estas primeras horas, desbordantemente  entusiastas.

 

Este
fosforescente ánimo, vórtice de ocultas alianzas encauzaba la aventura, a pesar
de que su rumbo no había sido claramente definido. Hombres y mujeres de
diversas razas, que no se conocían aun bien, estaban impacientes por vivir, o
morir, en  las emociones más
fuertes.

El olor a agua que se condensa en el aire, abre
los ánimos y despierta los sentidos, procurando una sensación de inmensidad. De
un  infinito inigualable, aun para los
constructores de la irrealidad o los hacedores de ficciones más imaginativos.

El océano 
se delata como puerta abierta al más allá, a ese infinito misterioso, a
lo que no tiene formas ni  fronteras y
que  cada uno a su manera desea convertir
en destino maravilloso. Los labios 
húmedos, el sabor a sal y las constantes mecidas de la embarcación,
recuerdan a Isabel sus juveniles 
cabalgatas  con los caballos de
paso que ella entrenaba  en las  blandas arenas cercanas al mar en el norte
del Perú, en las que el viento impactaba en su 
joven rostro, del  que brotaba una
sonrisa de felicidad. Ahora en alta mar, las corrientes de aire producidas por
los cambios atmosféricos, que parecían penetrar en todo su joven terso y
resistente cuerpo, soplaban con ímpetu.

Los expedicionarios tenían que aprovechar la
tramontana, que venía del norte para sostener 
las velas llenas, y reunir fuerzas del llamado viento Aquilón, para
mantener la proa al oeste. Todos, timonel, pajes o grumetes,  tienen de aquí en adelante,  que capturar los vientos encontrados,  enredar su fuerza en los velámenes, y administrar
con habilidad este juego constante entre desenfrenos  y resistencias,  para impulsar – con la  ayuda de los dioses – los  galeones a 
un destino incierto. ¿Acaso no se dijo que los dioses nacen de los
océanos?

 

Afrontaban  los expedicionarios – hombres y  mujeres – 
las nuevas disposiciones, así como algunas disputas y rencillas,  por los acomodos en las naos.  Emplazaron a los marineros donde más se le
necesitaban: Los encargados del trinquete y bauprés en la segunda cubierta,
arriba de ellos algunos grumetes en el castillo de proa. En la popa los  militares, el Contramaestre Pedro Merino y su
gente. Encima de ellos, en el mejor lugar, cerca al puente de mando, los
aposentos amplios, en que estaba Isabel Barreto, el Adelantado Mendaña, el
Piloto Mayor Quiróz, su esposa Ana Chacón, el Vicario y el Capellán, así como
la servidumbre de esa élite. En ese lugar estaba prohibida la entrada de las
personas que no contaban con la autorización de Isabel.

Los
hombres se distribuyen en faenas de 
manejo de vela y mantenimiento de la barca. Las mujeres se dedican  a vigilar la cocina.  La limpieza era todos los días, a cada hora,
en cualquier instante,  en una lucha
contra la corrosión,  las algas, los
moluscos y cuanta forma se servía el aire y el mar  para bregar contra ese intruso, – la
nave  y sus tripulantes – que conspiraba
contra la paz de la  naturaleza.

 

Era
necesario  viajar en conserva, es decir,
sin alejarse una nave de la otra, manteniéndose siempre a la vista. En las
cuatro embarcaciones están distribuidos 
soldados alistados para la defensa o el ataque. No estaban en la ruta de
piratas, pero una expedición bien organizada demanda cubrir todas las
eventualidades. Cuatrocientas pipas  de
agua dulce, en cada embarcación, era la carga más pesada. Unas garrafas de
aguardiente y pocos litros de combustible y un aceite espeso de pescado, que
servía de lumbre para  las lámparas de
alumbrado.

 

Una
novedad a bordo: el aparato que permitía medir la temperatura del aire, recién
inventado hace tres años por Galileo. Las mediciones se hacían todas las  horas y causaron gran entretenimiento al
Almirante y sus allegados. Para  que
todos se  diviertan, era obligatorio
llevar  barajas de  naipes para los juegos de cartas,  así como dados. El azar en el juego donde se
pueda ganar,  distraía  la poca fortuna en la vida. Se buscaban en
este viaje  modos de unir a los marineros
– hombres rudos de pisadas firmes- con 
los soldados de tierra, que eran bravucones de otra laya. Mas estos, los
soldados eran los primeros que, no acostumbrados a los frecuentes cambios de
clima, fueron  víctimas de  romadizos
o pechugueras, como eran denominados
el resfrío o la bronquitis respectivamente. También, por la calidad del agua,
sufrían del mal de cámaras o diarreas
que los debilitaban.

Los
marinos  cuando encontraban una cucaracha
en una botija de agua, suministraban esta a los soldados y esto ya no era juego
ni broma. Atrapados estaban todos por igual, hombres y mujeres,  en una misma ilusión y condenados a distinta
suerte. Unos –o tal vez  ninguno-
llegarían a su destino, a  realizar sus
sueños. Otros  se irían quedando en el
camino.  Dentro de sus  cuerpos, corazones acelerados  latían, apresurando chorros de sangre. La
cabeza buscaba constantemente  el  equilibrio, hasta acostumbrarse al bamboleo y
espantar los mareos. Las nauseas, provocadas por intestinos revueltos
impulsaban  los alimentos en vómitos y
arcadas. Se buscaba hacer frente a estos males 
con diversos medios. El caimito – traído de la selva –  contenía 
vitamina con la que se  combatía
el escorbuto.  La lima, – cítrico entre
amarillo  y verde de cáscara dura y  jugo 
amargo – es resguarda por su efecto contra el mareo,  como un tesoro. Papa seca  y yuca, una raíz que aguantaba los trastornos
del tiempo, se habían almacenado en cantidades suficientes para una larga  travesía.

El
experimento con los insectos se había acabado pronto. El alimento principal
debería provenir de la pesca, si  la
suerte así lo proveía. El oro y la plata en cantidad moderada, son
transportados en la nave   comandada por
el Marqués. Estaba previsto que sería usado como medio de pago a los
tripulantes y soldados, así como  para
compras y sobornos. No se sabía con que 
pueblos  se encontrarían los
expedicionarios, por lo que también llevaban objetos de poco valor, como
espejos y coloridas prendas de vestir, 
para intercambiar por alimentos.

 

El
papagayo multicolor tenía asignado un valor especial: Sería una muestra de que
venían de un mundo superior,  en el que
todo es más bello. Los pueblos a descubrir, creerían  que los expedicionarios  llegaban  
de la parte de la tierra más cercana a los dioses. De ahí emana el
poder, ese que necesitaban para imponerse a los hombres que se encontrara. Un
mono  frailecito, traído de la selva,
debió ser el  tripulante  más travieso. Pero este escapó, aprovechando
la confusión  de los momentos tensos
previos al embarque.

 

 

Mar
abierto, perfil abstracto de imágenes. Pasan, después de la primera  jornada  
de  navegación, a catorce grados
escasos de la equinoccial, por Paracas. Esa bahía de la costa peruana donde los
vientos, por misteriosas razones térmicas, soplan tan fuertes, que son
necesarios  todos los esfuerzos para que
los veleros no  se arrimen a las costas.

A Isabel se le  veía esbelta, por un viento que le pegaba el
vestido al cuerpo. Y ella disfrutaba de las miradas insolentes. Todo hacía
pensar que lo más importante vendría  más
adelante, quizá en pocos días

Esa noche el mar era verdecido por
extrañas fosforescencias. Al alba, el vigía descubrió, con grato desasosiego,
la presencia de una mujer desnuda. Erizada por el aliso mañanero, exclamó, sin
mayor pudor.

 

 

¡Qué
maravilla!, grita  Isabel,  cerrando los ojos para  que no se llenen de la arena, que impacta con
la fuerza del viento en la cara. A la vez señala con el dedo  hacia 
cerros  que se  veían cerca dibujados en tierra firme. Se
aprecia  en ellos  claramente la figura de un tronco,  con tres ramificaciones.

–     
¿Un tridente que porta
Lucifer?, pregunta alguien.

–     
No,  yo veo más bien un Candelabro. Afirma Álvaro.

–     
Estoy convencida que es el
árbol genealógico de un Almirante chino, 
figura  que viste tú y yo hace un
año, cuando regresábamos de las islas Ballestas, dijo Isabel.

–     
¿Cómo no se ha borrado de la
frágil superficie  de  la arena, a pesar de los fuertes vientos?

 

El tripulante que se había entrometido en la
conversación,  era el indígena Avelino,
el más  locuaz de todos los cuarenta y
cinco descendientes del incanato que iban a bordo. Explica  entonces, 
en perfecto idioma castellano, que más al Sur en una pampa  llamada Nazca, floreció una antigua cultura
que hacía  gigantescos dibujos
geométricos. Estas, que representaban aves, monos y otros signos, estaban
hechas dando a la superficie salitrosa de la arena en alto relieve que se podía
medir con cuatro dedos de la mano. Si bien los ventarrones eran fuertes, estos
se mantenían a mayor altura  por encima
de  la tierra, porque de ella emanaba
calor y no rozaban por lo tanto  el relieve
del dibujo. Así no llegaban a dañar a las figuras que estaban  grabadas 
en una arena aparentemente floja, pero dotada de una costra fortalecida
por sales marinas.

 

Lo  que no se
explicaba Avelino, es como se habían hecho dibujos tan  grandes, que sólo  podían ser vistos, en su forma entera,  desde la lejanía de una altura considerable.
En la pampa no había cerros. Entonces 
alguien las  debía observar desde
muy arriba, es decir de algún misterioso objeto volador. Esa  noche 
Isabel y Álvaro no durmieron. Al amanecer llamaron a Avelino para que
les explique más detalladamente. El indio introvertido, se atrevió a afirmar
que cada  figura sería una  alegoría y 
regalo de despedida a un  Cacique
importante.

–     
¿Quiere decir que esa
personalidad está enterrada en el desierto, debajo de la gigantesca  figura? Interrumpe Isabel.

–     
No,  al cadáver se le  amarraba a un globo  hecho 
de caña  y forrado en tela
finamente labrada. Con fuego se lograba la térmica necesaria  para que 
esta ligera construcción se elevase.

–     
¿Para qué, a donde  iba? Indagó Isabel.

–     
Hacia  el Sol, que es el Dios Padre. El Cacique
muerto retornaba de donde había venido su espíritu. La figura gigante marcada
en la arena en su homenaje, la podía ver desde las alturas del cielo  y lo conectaba con  su mundo terrenal pasado.

–     
Entonces el   viaje que emprendemos  sobre las 
olas del mar es, en comparación, 
una  tontería,  nada extraordinario… dice  Álvaro resignado.

 

Al día  siguiente –
después de  pasar otra noche casi sin
dormir, pensando en una nave  voladora
–  se divisa la Isla de Lobos, junto al
puerto de  Sangallan. Los lobos marinos,
en grandes cantidades, miraban con indiferencia las naves que pasaban cerca.
Uno de los marinos

sevillanos llamado
Rodrigo, se rascaba el cuerpo con vehemencia. Aparecieron en  la cara algunas manchas. Los primeros
momentos se le atribuya a la intensidad de los rayos de sol y la sal marina.
Luego tuvo fiebre. Álvaro adivinaba  que  Rodrigo tenía varicela, una de las tantas
enfermedades como la viruela o la sífilis, que fueron importadas de Europa. La
posibilidad de contagio era  mucho mayor
que el de curarla. Sin embargo, Álvaro 
tenía dudas sobre que hacer. Luego toma una decisión que se escapa como
una orden

–     
Hay que arrojarlo al agua,
recomendó Álvaro.

–     
Esperemos, dijo 
Isabel.

–     
No podemos  poner en riesgo  la expedición y nuestra propia  salud. Si
tú no decides lo harán los tripulantes. Dijo, ahora en tono insistente, Álvaro.

Isabel  hizo un gesto poniéndose las manos sobre las
orejas, como si el viento no le permitiera escuchar lo que le decía su marido.

–     
Regresaremos a  las islas de los lobos, decidió el Jefe,
luego de adivinar en la mirada de Isabel su desacuerdo.

–     
Si no llegamos  antes del amanecer,  a Rodrigo se le echará al mar, sentenció
Isabel, sabiendo perfectamente que  eso
no sucedería y que más bien  acaba de
tener su primera victoria en alta mar.

La batalla por el poder entre ella,
con sus hermanos  al lado, y los  peninsulares recién comenzaba y  decidiría los rumbos de esta  gran aventura

 

Amanece
entre  friolentas penumbras, y comienza
la  brega de otro día. Pocas horas
después, encontraron una protuberancia rocosa que emergía del mar, una peña
perteneciente a las islas. Rápidamente, cuando Rodrigo  despertaba de su sueño,  fue 
echado a la fuerza, por tres compañeros, al agua. Su grito, que casi no
se oyó por el ruido del oleaje,  se
confundió con el estruendo del impacto del cuerpo con el mar.  Él sabía que debía alcanzar a nado tierra,
aunque de  llegar ahí no salvaría la
vida. Estas enfermedades  tenían pocas
posibilidades de cura. El barco, hinchando las velas,  desapareció en  la bruma, antes de que Álvaro  pudiera ver si su compatriota había logrado
salvarse de morir ahogado. La tripulación 
comentaba la posibilidad de que la enfermedad se expandiera. Álvaro
decidió  seguir adelante. Isabel habla
sobre la eventualidad de que estén transportando a los territorios a descubrir
terribles males. Para evitar eso, estaban dispuestos a las medidas más
drásticas.

 

Los de la embarcación 
San Felipe, que había observado a prudente distancia lo acontecido en
la  Santa Isabel, a la que siguió en  toda la maniobra de retorno a las islas Lobo,
discutieron  sobre lo que pasaría si  en los próximos  días en alta mar, si se presentase un nuevo
caso de enfermedad contagiosa. Zambo, que tenía el titulo y sueldo de
Contramaestre, con voz de Capitán, decidió que el enfermo podría escoger en ser
echado al mar – con una muerte segura en unos minutos – o  puesto sobre una balsa,  que  a
la deriva,  aguantaría algunos días
terribles,  en los que estaría sometido
al hambre y frió antes de sucumbir. Esto 
era válido para todos, sin discriminación, así se tratara de indígenas o
peninsulares.

 

Estaba previsto un sistema de comunicación entre las
naves sobre la base de banderas,  que de
acuerdo a su color, transmiten mensajes conforme a códigos previamente
establecidos. Durante la oscuridad y 
cuando la  neblina quita  la visibilidad, se hacían oír  las campanas, que con su  sonido a veces grave y otras agudo,  son portadoras del intercambio y coordinación
entre los capitanes. Más éstas, labradas en 
bronce, tenían que ser fuertemente amarradas, para evitar que el
bamboleo constante del barco, suelten incontroladamente al aire  sus llamados.

 

En acorde con recónditas brisas bate sus alas que parecen
de seda. No pudo volar ni escaparse de su propio destino. El papagayo con
plumas multicolores que embarcaron como amuleto de buena suerte murió, callando
así su entusiasmo. El Marqués está triste. A cada instante  imita al ave tropical, hablando en la forma
que imitaba el animal a los seres humanos. Durante varias  horas repite la entonación del plumífero con
su garganta carraspeada por el alcohol  y
el frío. Isabel, que le contemplaba dijo: “Lástima, ya no le podemos contar a
los nativos en los territorios donde lleguemos, que venimos del paraíso”.

 

El
oleaje aumentaba de tamaño y el entusiasmo también. Más optimismo que buen
planeamiento.  Todo era   producto de cálculos aproximados, sin
exactitud ni certeza. Por ello, nada era estable en esta aventura. Todos
querían seguir adelante y saber lo que vendría. Estaban conscientes ahora más
que nunca,  que sus nombres
formarían,  con un poco de suerte a la
vez, historia. O algún día, quizás pronto, serían parte de los miles de
ahogados anónimos y olvidados  en aguas
de la corriente azul oscuro, que navega dentro las tonalidades malaquita del
mar, abriendo su propio surco  profundo
en  el 
inexplorado Océano llamado por Fernando de Magallanes,Pacífico.

 

Siempre
asidos a multicolores firmamentos, están penetrando – en esta primera semana de
agosto- el hemisferio Austral. El astrolabio alcanza la Cruz del Sur, y se
orientan con todos los medios posibles en este mar peruano, descubierto por
Balboa pero aún inexplorado. Se estaban dirigiendo al Sur,  buscando las rutas y  el viento que 
los llevara al  extremo   oeste. Atravesando la inmensidad de los
océanos, ahora se alejaban cada vez más de la costa. La nave se movía a la
merced de las olas. Su rumbo lo establece el Almirante y lo define  la voluntad de los vientos. Álvaro,  en las  
noches más oscuras, cerraba los ojos y comprobaba que los párpados se
iluminaban de una claridad que venía de adentro. El poder de su imaginación
hacía  aparecer  la figura del Candelabro o Árbol Genealógico,
que habían visto  grabado sobre un morro
de arena en Paracas. Cuando se quedaba dormido, soñaba con su carabela   navegando por los aires, sostenida por un
gigantesco globo hecho de multicolores 
mantos.

–     
¡Nos caemos! Nooo, paren.
Grita sobresaltado, incorporándose de una pesadilla.

–     
¿Qué pasa?  Pregunta Isabel, despertándose de un frágil
sueño.

 

Si la tierra es redonda y 
nosotros buscaríamos las mismas islas navegando por el aire, nunca
llegaríamos, porque  si se sigue una línea
recta en el espacio… no se llega a ninguna parte… ….  No  me
vas a entender, querida Isabel.

 

En
este mágico viaje a lo desconocido, menos provechoso que deseado, los
hombres,   con el transcurso del tiempo,
comienzan a mostrar los primeros estragos, 
por la escasez de alimentos adecuados y agua dulce.  Y están muchos de ellos en peligro de perder  también el equilibrio mental, metidos en tan
angustioso ambiente, con la única posibilidad de  satisfacción 
– al sentirse hombres –  de tener
cerca, casi acorralada, a una hembra en sus mejores formas. Isabel lo sabía. Ya
se sentía rozada por las miradas penetrantes de los marineros y las tocadas – a
cinco dedos –  provocadoras. Veía en su
imaginación broncas y reyertas. Sangre y agonía, por una pasión.

 

Ella – de esas mujeres, que con la mirada acarician y con
la voz mandan – es  la promotora y figura
central de la aventura. Pero, para que esta funcione, debía delegar toda
apariencia de iniciativa y  comando al
Marqués.  A la señora Barreto de Mendaña  se le 
confió, con su complacencia, la tarea de velar por el bienestar  de todos, sin descuidar la del Marqués. Al
comienzo del viaje, rara vez  se
transbordaba a la goleta o a las otras embarcaciones, ahora tenía el pretexto
de hacerlo con frecuencia.   La ventaja  de administrar bienestar, le abría la
posibilidad de congraciarse con la persona que más le interesaba. Estaba
siempre pensando, calculando, como podía llevar adelante sus planes, para los
que necesitaba la fuerza o el silencio de muchos. Les compraría su complicidad
a cambio de comida bien elaborada, medicina 
o  curanderilla. Sabía de las dos
artes y como combinarlas.

 

En su  bagaje
personal, llevaba más de cuarenta envases con preparados diferentes. No tenían
nombre. Sólo siglas que ella conocía. Cuando se le preguntaba – y eso sucedía a
diario – se daba ella misma importancia, diciendo que eran recetas que se le
había confiado sobre la base de conocimientos venidos de muy lejos.

–     
Quizás, cuando lleguemos a esas tierras,
encontraremos  plantas extrañas con
poderes mágicos, decía ella como si supiese que ayudaría a descifrar un enigma.

–   
O las fuentes de  la sabiduría, afirmaba el Marqués, que no
quería atribuirle a ella más potestades.

 

Extractos de
cactus en  polvo y otras plantas secas,
completaban un botiquín. La boticaria y administradora de bienestar,  se estaba haciendo  así indispensable. Aparecía pulcra, con el
pelo amarrado y atravesado con una peineta. En realidad, era un alfiler
tan  grande y puntiagudo, que servía de
arma punzante. Tenía el tamaño suficiente para 
llegar, con acertado impulso, hasta el corazón. Labrado  en plata con la punta quemada, para hacerlo
más resistente. Isabel recibió esta arma disfrazada de adorno de manos de su
padre, antes de partir de Piura. Debía usarla en defensa de su honor o cuando
su vida este  en peligro. Ella,   no obstante, confiaba más en su argucia y en
las combinaciones de yerbas, que podían envenenar a una persona y hacerla caer
muerta en minutos.

 

Sumergida
en el susurro del silencio, Isabel 
utilizaba, solo su prodigiosa memoria para las cosas que ella
consideraba interesantes, así como su incansable  instinto innovador, alimentado por una
inagotable imaginación, que  la llevaba
a  transportarse en forma más rápida a
las lejanías  tan  distantes, que jamás  serían alcanzadas por las naves más osadas.

 

——

 

Un beso alargado, intenso,  a media noche…. otro, cansado,  al 
amanecer. Ha nacido la pasión. Ésta vence al tedio  y la desazón, rompe la monotonía y mata el
aburrimiento. No era el afán de la marquesa por el Marqués. Tampoco lo era al
revés. No. Ojos traviesos habían descubierto bajo la luna que se insinuaba, el
rostro de un mulato. Era el Capitán del barco San Felipe, que  había acercado la nave tanto, que hacía fácil
su traspaso a la principal, lanzándose sigiloso,  aferrado a una cuerda desde el mástil de su
embarcación  a  la cubierta de la otra. Así frecuentaba  a Isabel mientras su esposo dormía.

 

Proveedor
de alegorías impensables, Zambo, el 
hombre de piel oscura, – que 
había  tomado el nombre de Pedro,
cuando se convirtió por conveniencia al catolicismo –  conocía mejor que nadie  los secretos de los mares. Él mismo los había
surcado de niño, cuando fue traído  desde
el África en uno de esos barcos que contrabandeaban esclavos. Este trayecto que
los europeos forzaban a realizar – pese a su miedo al mar – a los negros. En
contraste,  cuando estos africanos
toman  sus propios medios para llegar a
Europa,  siempre los blancos  se  lo
impiden. Pedro no era esclavo, tampoco negro, sino un hombre de razas ungidas,
piel oscura y rasgos arabescos.

 

Isabel  intuía que su noble gratitud de un alma
sencilla ante los generosos empeños de la ilustración que le impartía Álvaro,
tenían que luchar frente a otras pasiones que le insinuaba su cuerpo. Se  subleva tratando de contenerse, pero no tardaría
– lo sabia ella y lo adivinaba él-  en 
sucumbir   con el ardor juvenil de
algún guapo oficial

 

Este
ya estaba presente y se hacía notar. 
Alardeaba de su disposición de afrontar 
al peligro, amortiguando y dominando el miedo. No se debía hacer fuego
abierto en los barcos de madera, que era material fácilmente inflamable. El
Zambo, los capitanes e Isabel, eran los únicos autorizados para hacerlo, para
cocinar o prender una antorcha. Había que tener paciencia y tener el valor de
apagar – si éste se extendía – hasta con las propias manos, cualquier amago o
amenaza de incendio pero eso no lo hacían los capitanes. El Zambo exhibía, con
el mismo orgullo, cicatrices en el antebrazo, que demostraba su valor o
experiencia en el manejo con el fuego y combustible. Era un arte encender la
lumbre y ver arder, bajo los vientos fuertes, una tea. Adivinar observando el
humo, como se domesticaba el peligro. Tenía un tatuaje grabado en la
espalda,  que se decía era la  marca de familia. Dibujaba  la cabeza de un león, animal que solo
habitaba entonces el continente negro. No había dudas de que Zambo naciera ahí,
y de lo que contaba sobre sus aventuras en la travesía  y experiencias con el mar, era cierto.

 

No tardo el
día en que el zambo e Isabel contemplan su mutua esbeltez. Lo que sucedió
después se un  hizo secreto

 

Los tripulantes se cuentan sus sueños, que es la otra
verdad de sus vidas. Isabel que guardaba para sí muchos secretos, se torna por
un momento introvertida.  Conversa con sí
misma. Con voz apagada se pregunta – en tanto su pensamiento se debatía entre
el deseo y el temor a la mirada de los tripulantes – la razón por la que se
entregó a Pedro el Zambo.

–     
¿Acaso sus músculos, su
fortaleza física?

–     
No.

–     
Entonces sería el misterio
de  su sonrisa.

–     
Tampoco.

–     
¿Ah, quizás  su color de piel?

–     
Pueda ser: Junto a él,  mi cuerpo luce más blanco.

 

Los
ruidos de la madrugada, opacados por el frío llegaban para acompañar el
insomnio. No fueron pocos los que en la estrechez de la embarcación no podían
dormir. Los sobresaltos y la  aparición
de monstruos en forma de camarones con cabeza de caimán  y otras figuras espantosas, hacían  que el sueño sea  un frágil tránsito entre la vigilia y la
imaginación. Al  Zambo, el capitán de la
nave San Felipe, no parecía importarle que lo descubrieran con Isabel. Mejor
así para él. Porque  siendo él más
fuerte  de todos,  estaba seguro que sabría defenderla. Además
de aclararse una situación, que podría resultar ganando el comando y
compartiendo con Isabel,  toda la
empresa. Se sentía cómodo con ser una especie de  Pirata del amor.

 

En
la última cuenta, había sólo ciento dieciséis a bordo de la nave  del Almirante. A un  tripulante que amenazó con delatar al Zambo,
con el afán de congraciarse con el Marqués, lo dieron por desaparecido. No se
sabe quien fue el responsable del hecho. Tampoco se indagó lo ocurrido. ¿Si
hubiese sido Isabel por guardar su pudor?, ¿El Marqués por vergüenza? O ¿el
Zambo en razón de conveniencia? Pocos 
días después se suma otra baja. Fue degollado un mestizo de pequeña estatura
y torso grueso,  que se atrevió a afanar
a Isabel. Nadie atina a decir una palabra. El poder era la justicia, y lo justo
lo que  decidiera quien detentaba en
alta  mar, el poder y la capacidad de
ejercerlo sin dudas  ni arrepentimientos.

 

Cuando
se acabaron las ganas de voltear el reloj de arena,  el tiempo se registraba  con una marca en el mástil  mayor, hecha con machete. Un corte por
jornada  pasada, para no perder la noción
de los días, semanas o meses  
transcurridos  en ese viaje al
infinito. El corte vertical con uno transversal, simbolizando una cruz, marcaba
la desaparición de un  tripulante. No se
registraban nombres.

 

Se estaba 
bajando   hasta el paralelo de
diez grados, para aprovechar mejor posible los vientos australes, que  debían caer por  popa. Ella, Isabel,  era la única que podía utilizar el agua dulce
para su aseo personal. Los  demás  se refrescaban con cubos de agua salada que
curtía aún más la piel. Para ella también había sebo de culebra, para cuidar el
cuerpo de la fatiga de los  rayos  solares. Salía  pocas veces del camarote  cuando calentaba el sol. Así, su  piel lucia más clara que los demás. Aparecía
siempre lozana y soberbia. Había logrado dominar, con su entrega y pasión a los
dos hombres, que a su vez,  tenían   bajo 
control la expedición. De ellos, aprendía los secretos de la  intriga, del manejo del poder, del
sobreponerse a las circunstancias. Y también 
el cómo se conducía una nave. En buena cuenta el  destino y 
futuro de todos.

 

——

 

La tarde seguía su turno
diario. Fue primero un  viento más
fuerte, luego se sentía un brusco  cambio
de temperatura. La mirada al cielo obligada, les advirtió que  nubes de colores distintos  se 
desplazaban a velocidades inusitadas. Felizmente era  de día. Cuando el horizonte se oscureció, un
frente de  color azul plomo, anunciaba
una tormenta en proporciones  que nunca
habían visto.
En la costa del Perú, donde  siempre
había vivido, apenas llovía. Recordaba en esos instantes peligrosos que solo
una vez  cayó sobre  su cuerpo un aguacero – que por las
dramáticas circunstancias  casi no
percibió – el día en que  encontró muerto
a Zcheen en el  lecho del río Viru. El
había sido su primer amor, y el hombre que aun inspiraba la aventura de su
vida. Ahora le abrazaba   la angustia de
enfrentarse en alta mar a lo 
desconocido. Álvaro le había contado que una tempestad no  se ve, sino se siente. Antes de que aparezcan
las descargas de agua y el soplido del aire, el ambiente cargado de energía se
hace notar sobre el cuerpo de las personas. Los animales más  sensibles cambian su comportamiento. En el
barco solo estaban las dos tortugas que se habían refugiado dentro de su
caparazón.  Isabel percibía que los
vellos sobre  su piel se encrespaban, a
la vez que una  enorme emoción la invadía
haciendo que su corazón latiera a grandes impulsos.

 

Ordenó
entonces cerrar  las escotillas y
compuertas, así como todas las vías de agua por donde  podría producirse una  inundación 
en las bodegas. Los pañoles todavía estaban llenos de  alimentos. En ese momento en que debía
enfrentar la verdad, busca con desesperación el 
silbato de mando. Lo había mandado a confeccionar en  dos ejemplares en oro – uno para ella y el
otro para el Almirante – así como en ocho piezas más en plata, que deban
otro  sonido menos agudo, para que el
resto de la tripulación pueda retransmitir, sin confundirse con las del
almirantazgo,  las órdenes de mando. Desesperada
sigue buscando los silbatos. Temía que con el ruido de la tormenta no se
escucharían las voces con las instrucciones. Y ahora estos objetos tan pequeños
pero útiles no estaban a su alcance.

 

Su momentánea
preocupación  fue alcanzada  por un temor más profundo: el Marqués  parecía sentirse  mal. Indispuesto para sumir cualquier
responsabilidad, se había recluido en el castillo de popa. El Piloto Mayor
Quiroz estaba en otra nave, y no podía calmar los ánimos  ni aportar con su experiencia de marino…  El primer aviso  vino en una embestida grande que hizo remecer
la nave  con tal fuerza que  todos cayeron al suelo. La ola  había pasado encima de la cubierta.

 

Los marineros permanecían
de rodillas, tratando de  sacar con
cubos, el agua que se almacenaba en distintos compartimentos. A la vez rezaban
– cada uno en su idioma y credo –, pidiendo al
Todopoderoso que cese la furia de la naturaleza.

 

El
pendón real  fue arrancado por la furia
del viento del mástil mayor. Esta madera, de 
la más noble y mejor calidad, 
parecía exclamar sus gemidos cuando se retorcía. Isabel miró a lo alto.
El  mástil ahora  se mostraba con   la fragilidad de un bastón de ciego, que se
movía buscando en el cielo orientación. En la punta de los velámenes, que
tenían catorce metros de alto, se podía divisar 
los estragos de las ráfagas de aire y agua.

 

La  escasa visibilidad impedía el contacto con
las otras naves. Toda la fuerza y ánimo 
estaba concentrada  en  tratar de rescatar lo propio. No había tiempo
para ocuparse de los demás. Estos en caso de un naufragio podían hacer muy
poco. Isabel pensaba en lo peor, pero no dio muestras de temor.

 

El mar 
parecía  por un instante calmado.
Una enorme ola se veía  venir. A tiempo,
el Piloto Mayor Quiróz maniobra para enfrentar con la proa  a la masa 
de agua. Isabel, que divisaba los acontecimientos dramáticos desde su
barco, pidió que le amarren las manos al timón. Se le obedeció, aun con dudas
sobre su fortaleza para conducir, es estas circunstancias, la nave. El Marqués
se refugió instintivamente  en el
camarote  y apenas se salvó del embate
de  la gigantesca ola. En la
embarcación  San Jerónimo, que estaba
cerca, se mezclan el estruendo del embate 
con el crujido de la madera que anunciaba su herida. La nave se inclinó
peligrosamente hacia babor. Apenas se escuchó el grito de un tripulante, que
desde uno de los mástiles en los que arriaba 
las velas, caía a un mar, que en su furia,  se lo tragó en un instante.

 

Pasada
la tormenta la cuenta fue lenta. Sumaban ahora nueve  docenas 
los tripulantes en la nave principal y sólo una veintena en la comandada
por Pedro. Las otras dos naves llevaban en su conjunto más de doscientos
cincuenta personas. Veinte  habían
desaparecido ese día. Alguien anunció: más alimentos y agua para repartir entre
todos los sobrevivientes. El Capitán Zambo tuvo que dar  otra  
noticia: se habían perdido treinta 
barriles de agua en su barco, el San Felipe.  Con desesperación agradecían ahora la lluvia
que aún caía, y comenzaban a almacenar agua en 
cuanto recipiente se encontraba a bordo. Isabel ordenó utilizar los
trapos para que se mojen. Luego se les exprimía y se ganaba  agua. También 
dispuso que ya no se comiera la cancha, – maíz seco – porque este
producía sed.

 

Isabel pudo contraponer
su  férrea  voluntad a 
la fuerza del miedo. Y así, 
hacerse respetar. Vuelta la calma, 
provista de varias enaguas lila – color de la inocencia – que  blindaban sus piernas de las miradas y el
frío, se paseaba impaciente en la cubierta de la Capitana, dirigiendo, sin
disimulo,  su mirada intensamente
apasionada  hacia la  San Felipe.

 

——

 

¿DÓNDE NOS DIRIGIMOS?;  suena la pregunta en la voz más alta. Acaso
se han perdido las Islas Salomón. Cuanto faltaría aún  para llegar a algún sitio. Alcanzarían las
provisiones. Era un secreto que sólo compartían el Marqués e Isabel, y que
ahora también sabía el Zambo. Los demás tripulantes solo trabajaban y dormían
en ritmos espaciados irregulares. Comían tan 
poco como hablaban. Ambas cosas eran racionadas. Solo se comunicaba lo
necesario. No se comentaba  sobre lo que
hacían o dejaban de hacer los demás miembros de la tripulación, ni menos se
escuchaban palabras respecto a lo que sucedería al día siguiente. Se tomaban
los sorbos de agua indispensables, mezclados con una  hoja de plantas llamada coca, que se
preservaban con todas sus cualidades durante el viaje. Otros la masticaban
directamente, extrayendo su  sabia. Esto
les daba fuerza, quitaba el mareo y les permitía  abstraerse de una realidad que les era
adversa.

 

El oro
tenía menor valor ahora que el agua dulce. Y ese líquido indispensable aún
menos que  las hojitas de coca amargas,
que  parecían emanar magia de los Andes.
El encanto de aferrase a la  vida  y 
vencer la angustia del ánimo, para 
estar dispuestos a entregarse a la faena, que les extraía a estos
hombres rudamente todas sus fuerzas. El Marqués, no perdía su compostura, a
pesar de recrearse, cada vez más frecuente con el aguardiente. No se preocupaba
por la pérdida del número de tripulantes. Estaba dentro de su cálculo. Pensaba,  – pero no lo comentaba –  que podían prescindir  de la mitad de los que  quedaban. El viaje lo hacían para llegar
nuevamente a  las Salomón y encontrar
oro, pero si fracasaban, podían  esconder
su poco éxito, trayendo  nuevos trabajadores.
Conociendo la ruta y  calculando las
provisiones,  las naves  grandes podían acoger a unos ciento treinta
esclavos. El botín se haría  rentable, si
estos incrementaban  el  trabajo de los campos de Cañete, en que la
agricultura florecía gracias al regadío de un sistema de canales  construido en las épocas del Incanato, que
repartía las aguas  que venían de los
andes. Estaba por efecto del alcohol borracho, y preso de ansiedad,  al pensar en un posible  retorno sin 
haber llegado aún a la meta. ¿Pero dónde y cuándo se alcanzaría esta? Al
borde de la desesperación, los tripulantes católicos comenzaron a rezar: “El
dador de  todos los bienes es Cristo,
nuestro Dios y Señor, en todas partes tienen su verdadero poder. Nos otorgará
fuerzas para suplir estas necesidades”. Luego se escucha un cántico: “Arriesgamos, porque hay algo más en la vida
que el solo vivir. Todos unidos en una esperanza vamos  buscando un horizonte. Arriesgamos y no
vacilemos. Ningún camino es largo para el que cree en la meta”.
Repetían la
canción, sin alegría, por varias horas. La fe les dio, por el momento,  la calma necesaria y el valor para seguir
adelante.

 

El cielo era para todos
ahora azul, En el trayecto, los  de la
nave Capitana, podían observar  en el
horizonte,  como  la  San
Felipe, al alejarse parecía que se sumergía. En efecto, al acercarse ambas
naves,  se  divisaba primero la punta del mástil y luego
– rompiendo la línea del horizonte – 
aparecía el casco. Con ello, se explicaba la redondez de la tierra. El
tema  era 
aún  discutido. Algunos creían –
como los indígenas que estaban a bordo – que 
en esa curvatura visual, estaba 
la  constatación de que  los océanos caerían en algún momento en un
abismo.

 

Por eso,  se 
alegraron sobremanera, cuando exactamente  el día treinta de la partida del Puerto de
Cerro Azul, divisaron algunas pequeñas embarcaciones  a vela de pescadores. Además,  aves marinas que surcaban el cielo a baja
altura, anunciaban esperanza.  Se estaría
cerca de tierra. Se bajaron   velas y la
nave se movía lentamente. La impaciencia crecía. El Marqués, llevado por la
emoción, cometió un descuido. De una de las botas que nunca se  sacaba, ni para dormir, extrajo un lienzo que
contenía un mapa. Él se distrajo e Isabel 
pudo por un instante, ver el dibujo y marcó en su memoria  las señales impresas. Más tarde, habló de
ello con el Zambo, con el que compartía todos los líos y  secretos. Éste, interpretó que se trataría de
un croquis  atribuido al príncipe  Túpac Yupanqui, importante guerrero y
conquistador inca, que había llegado – con naves construidas con   la totora que crecía a los bordes del lago
Titicaca – hasta las Islas de Ninachumbi.

 

El Zambo, en medio del
entusiasmo y algarabía se anima a contarle a Isabel: “Ciento cincuenta años
antes del viaje de Álvaro – y quizás por el mismo tiempo que  lo harían los navegantes chinos – Túpac
Yupanqui, hijo de Pachacutec  y la Colla
Mama Anahuara, habría surcado los mares del sur con un ejército de  dos mil 
hombres, repartidos en  cerca
de  doscientas naves. Su odisea lo llevó
tan lejos como a los territorios, que denominó en memoria de su madre, Anachumbi, antes de encontrarse en su
retorno con las  Islas Ninachumbi.”
Ahora, estaríamos,  haciendo la ruta
pasando primero por las Ninachumbi para luego enfilar  la proa en busca de la Anachumbi.

Cuando, muy cautelosos, bajaron a tierra, se
impresionaron de las figuras de piedra, registran una lucha entre los hombres
de orejas cortas y largas, evidentemente, los orejones pertenecían a la nobleza
de los Incas, y a los guerreros que  lo
acompañaron y dejaron ese testimonio en esas alejadas Islas. ¿Serian las Islas
después conocidas por Pascua? Ahora había en ellas menos habitantes de lo
que  habían calculado. Estos, que por su
color a tierra oscura, parecían inexpresivas figurillas de barro, los trataron
con indiferencia. Con la misma actitud, recibieron el pago de  tres monedas de oro por llenar los barriles
de agua, abastecer el barco de leña seca y proveer   catorce canastas, con tres docenas cada una  de huevos de aves de corral.

——

 

Con el entusiasmo fortalecido por el éxito de
haber llegado, sin contratiempos mayores, a islas desconocidas,  el Zambo y Álvaro estudian atentamente el
cuero de  piel de la Iguana – una
lagartija grande de aspecto prehistórico, que puebla  el norte del Perú –  que contenía otros secretos de la ruta.
¿Sería  entonces cierto, todo lo que  podría interpretarse de estos grabados, que
tuvo en su poder Zcheen? La tinta no era conocida. Después se supo, que la
llamaban tinta china, que era hecha con la mezcla de sustancias – tan
concentrada, que su color era negro intenso – que solo se encontraban en los
conocimientos de escritura y dibujo, que poseían los chinos. Ahí, en esa
piel,  se habían marcado con un dibujado
a alto relieve,  cuatro continentes.  El país que destacaba en la parte central del
mapa,  era  Chongo – o el país del medio – como se
llamaba  a la China. Y  del otro lado, a gran distancia, otro
territorio de enormes extensiones atravesadas 
por la Cordillera de los Andes y 
un río caudaloso, que recibiría el nombre de Amazonas. Estas
tierras,  – le contaba el Marqués al
Zambo con voz de erudito –  que “emergían
para los  navegantes,  eran 
descritas como Milu o costas misteriosas”.  Más detalladamente explica, que “las aguas
del Océano Pacifico  cercanas al  ecuador, tienen que  ser 
muy calientes. Pero, una corriente fría 
– seguía aclarando Álvaro de Mendaña en forma paternal –  venida de la región austral, hace que  pierdan su temperatura,  evaporando 
una niebla que se cuelga  en el
cielo, como si  quisiera propiciar un
escenario brumoso, en el que se pueden esconder o perder los navegantes”. Con
la licencia del entusiasmo, Álvaro interrogó a los presentes:

–     
Si fuera cierto que vinieron  al Perú los chinos: que aportaron?

–     
No lo sé exactamente. Debe estar afianzado en la
cultura, desde hace años, contesta Isabel.

–     
Quizás no trajeron algo  ostensible, pero tampoco se llevaron el oro y
las cosas valiosas. Intervino Pedro. Y luego de un instante tenso  – que los presentes creían que se arrepentía
–  agregó:

–     
Tampoco mataron. Y eso es lo principal. Quitarle la
vida a un pueblo es lo peor que se pueda hacer a la humanidad.

 

De pronto, como salidos
de la nada,  aparecieron unos nativos en
canoas armados con lanzas y flechas, que rodearon las embarcaciones. Estaban
dispuestos a enfrentarse. Pero ese día, con desgarrones de tormenta, los dos
bandos  habían perdido ya el sentido
oportuno para atacar, así  como la
ligereza para huir: Así, en medio de la tempestad, y arrastrada por esta, se
hicieron nuevamente a la mar. Pedro el Zambo, en contraste con lo que
aparentaba, poseía una gran sensibilidad y sabía  de todo. Por añadidura, trepaba mejor que
nadie en los mástiles. Antes de aprender a caminar en el frondoso continente
africano, se trasladaba con habilidad entre los árboles,  afianzándose a las lianas, como  ahora lo hace con las  sogas que abundaban en la embarcación. Todos,
sin distinción de lo que  hacían o
sabían  como tampoco de rango,  raza, credo o color  se mojan por igual en cubierta, por las
olas  que salpicaban y por el sudor que
emanaba del trabajo intenso.  El Zambo
también tenía mejor  equilibrio que los
otros para  trabajar sobre la resbaladiza
cubierta. Andaba pisando fuerte y meneando los 
talones como si sacara de sus recuerdos los momentos que trabajaba en
las tierras de Chincha,  cosechando
camotes con los pies.

 

Después
de haberse librado, gracias  a los
vientos y la lluvia, de los nativos que los perseguían, lo  apremiante era enrumbar hacia el noroeste,
hacia Anachumbi. El nombre de estas islas no exploradas emocionaba a Isabel,
porque le evocaba el recuerdo de la mujer que la crió, – la concubina de su
padre – que llamándose Adriana, ella  le
decía Ana. Sabían que las distancias eran grandes, pero no exactamente cuánto.
Contaban más las noches que los días, en los que trabajaban arduamente. En la
oscuridad dormían la mayoría. Los que se dedicaban a la vigía probaban suerte
con la pesca.

 

Nubarrones
en el cielo, fuertes vientos y el cielo que caía en forma de agua. Truenos que
retumbaban y los rayos que deslumbraban. No sería ni la primera, como tampoco
la última tempestad en alta mar. Luego de la tormenta,  el mar y todo el ambiente se sobrecogió en
una calma, que hacía parecer que el tiempo se había detenido. Las barcas no
avanzaban por falta de viento. Todo era silencio e incógnita. Isabel, estaba
entrando en trance de fiebre y sufría alucinaciones ¿había acaso tomado  en demasía el líquido en el que se hervían
las  hojas de esa rara planta prodigiosa
de los andes? Llamada coca, esta planta crecía con  las energías más complejas, extraídas de
tierras llenas de  vitalidad detrás de
los Andes.

 

Ella
comienza a cantar. Y a contar, en melodías entonadas con una voz  dulce, 
las angustias y amarguras por 
haberse entregado, como  mujer
codiciada y bella, a un hombre feo y cruel. 
En trance de sufrimiento, revelaba a los presentes,  su martirio de  cada día y la callada vergüenza de  haber claudicado, por llevar adelante una
empresa, que ella sola no  podía
realizar. En un ambiente, en el que parece que el aire y el tiempo se hubieran
detenido, los demás tripulantes escuchaban. 
En la anchura de los mares y con la soledad, cada uno hacía
reminiscencias de un  pasado que echan
ahora al viento. Es la forma más  simple
de protegerse  de un  futuro 
tan incierto. De tal modo, en ese ambiente, el Marqués se desinhibió
contando ante todos, que él había escogido a la joven Isabel – aun  dadas las circunstancias de que ella era de
alma mestiza –  en razón que la joven
mujer es hábil y útil para todo. Y enseguida se quejó porque la decisión no le
fue fácil, ya que en el Perú se la segregaba de una sociedad que estaba
acostumbrada a la  porfiada constancia
de  discriminar y disimular, para engañar
y actuar con discreción para esconder su mediocridad.

 

Isabel
en cambio,  había aprendido el arte de
encantar. No se le podía atribuir 
brujería, pero atraía adivinando. Era conocida también como curandera de
cuerpos y almas. Confidente y consejera. Una mujer que se ganaba la confianza.
Pedro el Zambo, como recolector de enigmas, dejaba saber poco de él. Se decía
que venía del Continente Africano. No sólo por la raza y  color, sino porque sabía contar aventuras del
mar y de animales que vivían en  esas
lejanías. Lo hacía con gracia y naturalidad que se mezclaba con una fe,  que – él decía –  le
transmitían los dioses. Ojos grandes que 
emanaban confianza y sonrisa amplia que mostraba dientes blanquísimos.
No se sabía cuántos años tenía, – se calculaba que estaba  iniciando los veinte – y ya estaba prestando
servicios a la Corona, conduciendo una nave, con enigmáticos conocimientos,
hacia tierras que le darían más prestigio y gloria a España.

 

Estaban
conscientes el Zambo e Isabel, que a pesar de los atributos que ambos
mostraban, ellos quedarían en el anonimato. No eran castizos. Sus hazañas nunca
se las atribuirían. Los que detentaban el 
poder, cuidarían de que no aparecieran en ningún libro de historia.
Ellos lo sabían. Por eso decidieron, casi por instinto, vivir  la mejor oferta que se les presentaba: la
dulce y placentera  debilidad de dejarse
atraer  entregando su cuerpo a frenéticas
sesiones de amor.

 

La
noche de luna llena, ven  reflejados en
los brillos del mar algunas formaciones rocosas. Varias balsas con indígenas,
que no se les veía armados, rodearon a las naves. Pedro Merino, el militar,  ordenó hacer fuego. Felizmente, solo
impactaron los proyectiles en una de las frágiles embarcaciones, que se hundió.
No hubo muertos ni heridos. Mendaña y Pedro el Zambo, se esfuerzan por
encontrar el diálogo haciendo señas. Las frágiles embarcaciones vuelven a
acercarse a la fragata. Los aborígenes llevan fruta en unas canastas. Hay un
abrazo entre los expedicionarios y el jefe del comité de recepción, que sube a
la San Jerónimo y se presenta con el 
nombre Don.

–     
¿Don te llamas?,
pregunta el Marqués.

–     
Si, así me dicen todos.

–     
Nosotros te llamaremos Dongo,
la palabra Don está reservada para los gentiles, los generosos, los que
tenemos  dignidad y estirpe. Fue una
afirmación altiva.

En los
primeros contactos  con los pobladores,
se enteraron con sorpresa,  que   un estrecho que separaba las islas, llevaba  el nombre de Túpac. Lo habían bautizado así,
en honor a los hombres colorados, que llegaron hace muchos años  en balsas a vela. Los  indígenas 
quechuas, que viajaban en la San Jerónimo, se entendían con los
aborígenes del lugar, con quienes compartían una raza y los significados de las
palabras principales. Los nativos, se mostraban confiados e interesados en
hacer algún intercambio. Les dieron unas baratijas. Unos espejos a cambio de
cien gallinas y  doce cerdos, que los
tripulantes comieron en dos días.

 

Las noticias dadas a
gritos acompañaban  las armas de filo
amenazantes. Pensamientos encontrados sorbían las tibias brisas del estrecho de
los vientos. El Marqués ordena seguir el viaje. Antes de embarcarse los
soldados, a modo de probar  puntería,
mataron a los restantes ciento veinte cerdos que se encontraban en la Isla,
condenando así a los aborígenes al hambre. Isabel estaba enfadada con la
actitud innecesaria de  la
soldadesca,  a órdenes  del 
Maestre de Campo Pedro Merino. No hubo sanción alguna. La isla o el
atolón de  Marutea no estaría lejos, y de
ahí  tendrían que emprender otro  largo, muy largo viaje, hasta Tuvalu, si las
cartas eran exactas.

 

Tropiezan
con otra isla pequeña. Ahí, después de 
entonar – un coro de doscientas 
voces exaltadas –  el Té Deum de
Laudamus, agradeciendo al Todopoderoso por 
la  ayuda recibida, deciden enviar
al Maestre de Campo en un batel con 
ocho  soldados,  para que antes de explorar la isla,  llenaran las 
botijas de agua  y trajeran
algunos cocos. Los expedicionarios se encontraron con algunas piedras  labradas en estatuas. Figuras humanas con
rostros serenos. Parecían estar en un mundo despoblado, en el que  sólo las piedras hablaban y reconvertían a
los hombres.

 

Una estrella fulgura y un
ave canta. Nadie sabe dónde. Transcurren varias horas y recién al amanecer  ven 
habitantes. Estos eran   más parecidos
a  los quechuas. Estaban en los
territorios llamados por los Incas, Anachumbi
.Ahí se sabía  lo que  había pasado con Túpac Yupanqui. Después de
los saludos  les cuentan, con detalles,
que convierten  una leyenda en  historia, 
que Tupa Yupanqui retorna a Paracas, y de ahí al Cuzco, donde lo
proclamaron Inca, en reconocimiento  de
tamaña hazaña. Como tal, siguió ensanchando el Imperio, haciendo campañas en
Chinchaysuyo y en Continsuyo. El Incanato se había convertido en síntesis de la
cultura  del continente. Si los
Incas  ya estuvieron acá  y no se 
quedaron, será por algo, acotó el Marqués.

–     
Tampoco era para alarmarse. No se había encontrado
nada valioso, dijo un marinero español primo del Marqués.

–     
Si no hay
oro y plata, aquí tampoco  habrá codicia.
Sin ella desaparece la  pelea.

–     
¿Por qué 
no?, pregunta Isabel.

–     
Tenemos que 
guardar fuerzas para más adelante…Ya se presentaran enemigos con los
que nos enfrentaremos. Total, vamos en busca no de isletas,  sino de una cultura grande como la China.
Lo  afirma – para asombro de todos – el
propio Álvaro de Mendaña.

 

Isabel,
que esa tarde cálida emanaba de su cuerpo un olor como si transpiraba los
aromas de Madreselva – la exótica flor que crea ilusión –  interrumpió el diálogo iniciando  un monólogo. Con voz suave y pausada
enfatizó: Túpac Yupanqui venía de una tierra donde el  sol 
brillaba. Tenía  una civilización
que, como todas las grandes,  sintetizó
las culturas de los Andes. No se quedaría sólo para gobernar una isla en medio
de un océano. Centro de la nada. El príncipe Inca, se detuvo en esos
territorios, porque iría en busca del Gran Continente. De aquel, de  donde 
habrían venido los enormes 
barcos. Los antepasados de Zcheen y de los Incas,  estaban en lo mismo que nosotros, con
similares empeños  y propósitos. Túpac
retornó y cosechó la gloria. Lo nombraron Inca, Jefe Supremo de vastos
territorios  y  millones de súbditos. Fue un poderoso
soberano, que le dio el último esplendor al Gran Imperio.

 

También
les habían contado que pasaron por ahí expedicionarios con  cien 
barcos y miles de personas. Como las islas ofrecían  solo un poco de agua dulce y  productos agrícolas, estos se iban pronto. El
Marqués y Zambo mantenían ahora sus cabezas cerca, intercambiando
interpretaciones de los distintos  mapas
– el inca, la piel de iguana y otra cartografía del Marqués – que se tenía para
orientarse y seguir rumbo hacia lo desconocido. El Marqués estaba
impaciente….. “A nosotros, con solo cuatro embarcaciones, nos van a ignorar.
¡No nos van a temer, y por lo tanto  no
nos  respetaran! Caminaba con pasos
apurados de babor a estribor en la pequeña nave. Estarían por partir
nuevamente, pero ¿dónde? Una voz 
femenina se escuchó: “Lo que unen los cielos, juntan los mares” afirmó
Isabel con un grito de angustia, que a la vez, 
sonaba a gloria. “Este  territorio al que llegamos por casualidad es
la continuación del Imperio Incaico”.

 

Isabel se sintió confirmada en sus apreciaciones y
se  atrevió  a comentar: “Ya ven, no  solo son inventos de Zcheen o cuentos  de los Incas. Estos viajes se realizaron no
por dioses, sino por personas emprendedoras como nosotros”.

 

Estaban
-sin saberlo entonces- en la región de las 
Mangarevas, perteneciente al
grupo de  las islas Gambier.

 

Álvaro
no estaba interesado en lo que ella pensaba. Álvaro Mendaña decidió llamar a
estas tierras – como contradiciendo cualquier vinculación al pasado del Perú –Marquesas en
honor a Teresa, la marquesa de Cañete, esposa del Virrey.

 

PASAN TRES SEMANAS; Divisan a lo
lejos,   con su fondo de
imágenes que difícilmente se  visualizan,
unas   montañas difuminadas

En el  amanecer llegan a unas costas de arena blanca
que emergían de un mar picado. Era el atolón que los expedicionarios llaman Magdalena. A corta distancia – unas
diez leguas –  divisaron una isla  que 
bautizan con el nombre de San
Pedro
y cercana a esta otra, 
que  por ser vista un domingo, la
denominan Dominica. La cuarta a solo
una legua de distancia,  recibe el nombre
de Santa Cristina.

 

Agua dulce necesitamos. ¿De dónde la sacan? Indagaron una  y otra vez.

 

Es ahora  más necesaria que el oro.
Ningún nativo dio respuesta. Intuían  que
si  encontraban los  intrusos la fuente o manantial de agua dulce,
estos se quedarían. Solo  con su fino
olfato – que podía ser de un felino en acecho de sangre- Isabel,
acompañada  por doce soldados,  encontró 
las  vitales fuentes de agua  en esa isla inhóspita. La expedición se había
salvado. Llenan las pipas y se abastecen para un mes.

 

Por
la contextura de la tierra arenosa,  se
podía percibir  que no encontrarían oro.
Tendría que ser en otras islas cercanas. Por ello, decidieron seguir el ímpetu
de los aborígenes en despachar a  sus
visitantes, marchándose pronto.

 

En aquellos dominios, de un invisible
infinito, pasaron dos días  navegando ¡Oh
sorpresa! Otra isla, grita exaltada Isabel. El viento  soplaba con 
fuerza, los marineros silbaban acercamiento y en la angustia de pisar
tierra nueva, fértil, temblaban sus corazones.

 

No, que pena, era una noticia falsa. No es
tierra lo que  había divisado Isabel. Era
una formación densa de nubes que  emergía
del horizonte. El Marqués, piensa en ese instante, si debe castigar la falsa
alarma. No,  a ella tampoco le podía
quitar autoridad. De otro lado, estaba consciente que el  hermano de Isabel, Lorenzo, con hombres
armados a sus órdenes, estaba en el barco cercano, la Santa Catalina.

 

No obstante, El Marqués,
versado en vivencias  y creencias – más
que en  alguna ciencia – y  dispuesto siempre a  envenenar las 
glorias, se enfrentaba por primera vez a su mujer, delante de una   tripulación que lo observaba desde la
cubierta. Entonces Álvaro de Mendaña, ensaya antes de actuar una mirada directa
al  Zambo – como un desafío a un impostor
o un ánima oscura.

 

El silencio
más profundo que la soledad de los océanos, fue interrumpido:

–     
¡Zaasss!

 

Un
hachazo cortó con fuerza el aire y acertó su destino. Partió en dos el  caparazón de una de las dos tortugas, únicos
animales vivos que por ser longevos, llevaban en la embarcación como reserva de
carne. Pero no solo para ello: Álvaro había aprendido de su anterior viaje a
las islas Salomón que los nativos ponían en la 
proa de sus embarcaciones a tortugas marinas hembras. Estos nobles  animales los ayudaban a encontrar las islas,
porque  estaban dotados de un
instinto  para otear los lugares donde
depositarían sus huevos que les permitía rastrear  tierra – y orientarse hacia ella- a muchos
kilómetros de distancia.

 

Dispuso
con gesto altanero, casi de desprecio, 
repartir el animal  entre todos.
Isabel no comió. Estaba consternada. La tortuga Ana le había lamido con esmero
las heridas  que le produjeron  las amarras del timón en los antebrazos,
cuando Isabel  mantuvo firme el curso del
barco  en 
aquella pasada tormenta. En agradecimiento, Isabel la alimentaba y se
había encariñado con la tortuga.

 

Trató
de escudriñar si el Marqués había escogido a la tortuga hembra – la que  puso 
huevos  hasta el décimo día de  viaje – para darle un mensaje ¿Cuál sería
este? O solo  como una señal de que él
podía decidir sobre la vida y la muerte. Esos gestos de crueldad no eran
frecuentes en los primitivos guerreantes peninsulares para demostrar un valor
que no  tienen.

 

Entonces Isabel decidió hablar  en voz alta – para que todos oigan- sobre las
cualidades de la tortuga hembra, 
destacando repetidamente, que  con
su olfato podría en alta mar encontrar 
tierra firme. Y comparó  esto  con los atributos que ella tenía. Isabel se
sintió confortada con la reafirmación de que existían  cosas que parecían sobrenaturales pero que se
repetían en la naturaleza. Luego recordó que 
el animal de aspecto 
prehistórico, actuaba para poner en seguridad a sus crías, es decir  por el instinto de perpetuación de la
especie. Entonces Isabel – ya en callada intimidad – se  sintió más mujer, y por primera vez pensó en
tener hijos. Se sentía en la necesidad de enmendar esa vida llena de misterios
y ausencias. Se  hizo en ese momento la
pregunta: ¿con quién?

 

Fue interrumpida en su abstracción
por la fuerte  tos de Álvaro.  Comprobó al instante  que no lo deseaba a  él como padre de sus vástagos. Solo como
compañero  de sus ilusiones que se
estaban contagiando de codicia

 

Las
huellas de 67 machetazos marcaban en  el
mástil principal los días pasados….. Otros vestigios en los cuerpos – surcos
en la piel – revelaban el maltrato físico 
al que  se sometieron  los aventureros. El cansancio mental,  se notaba también en manifestaciones de  mal humor, 
así como en  indiferencia  y falta de 
voluntad. Isabel, en contraste con la mayoría, estaba fuerte, sana,
radiante.  Pasados unos días cambió de
pronto su ánimo. Se le nota melancólica, triste y cabizbaja. El recuerdo de
Zchenn, y sobre todo la cartografía que había dejado en la piel de iguana, la
que ella  escondía en la intimidad de su
cuerpo, le servía de abrigo y esperanza, que fuera donde estén o donde
llegaran, ella no estaría perdida. Su instinto o intuición de mujer, confiaba
en el  hombre de origen chino que había
cambiado su vida, pero él no estaba para alentarla.

 

Álvaro
le pregunta:

–     
¿Qué 
pasa  con tu  estado de ánimo tan cambiante?

–     
La melancolía es el placer de estar triste. Es mi
parte mestiza. Nos educamos en esa contradicción.

 

Isabel
se sentía cada vez más vigilada, 
asechada, espiada por ojos 
escondidos detrás de la barba de 
algunos españoles. Lo intuye y a la vez, disimula. Estaba ahora Isabel
Barreto con un impulso que le venía del alma, y una fuerza que se alimenta con
un corazón ardiente,  más que nunca,
dispuesta a afrontar todo. Isabel sentía nostalgia, de la Piura que la vio
crecer. Por ello a diferencia de los españoles que empeñaban su conquista  con  
la voluntad de quedarse en los nuevos descubrimientos, ella prometió a
su familia regresar. Ese sentimiento confirmaba, que era distinta al Marqués
y  a los 
insulares. Esto le hacía sentirse más fuerte. Ahora  creía que no tenía límite alguno.

 

Sobrándole redaños,
Isabel  adivinaba – porque creía que
podía predecir el futuro – que quedaría viuda, 
en algún lugar perdido, a  miles
de  leguas de distancia de  todo control y sospecha. Presentía  también, que mientras se disiparían rumores
de  un posible asesinato, estarían varios
años envueltos en una aventura que los llevaría a lejanos lugares. Escucha un
adagio y se nutre de los símbolos que alimentaron su infancia. No podía
vislumbrar  fecha de  regreso a la tierra que la vio nacer. Había
soñado varias noches seguidas, que partía de puertos peruanos casada y que
regresaría ahí mismo  con otro marido.

El Marqués la vuelve a la
realidad con su voz ronca, que sabía entonar suavemente cuando le convenía:
Isabel, sabrás  que te maldigo… Aun
así, por tu belleza y valentía, te corono de bendiciones. Deseo lo mejor para
ti, que ello es también lo  menos
peor  para  nosotros. Ella contesta, llamándole  por primera vez,  por su nombre: Álvaro,  tú también debes de saber que en mi silencio
guardo mucho rencor. Es mi profundo deseo el salir de esta jaula enorme  de injusticias. Parece  que estamos frente a una fiera salvaje que
queremos domar o engreír… a pesar de 
que   en algún momento, sin
piedad, nos va a tragar.  Pero  soy tu esposa, porque  ante la iglesia contrajimos matrimonio. Asumí
los deberes y las responsabilidades para estar aquí, junto a ti,  en esta empresa que  es  más
tuya que mía.

 

¿Quién viene ahí?
…interrumpió una voz alarmada. El Zambo trepaba por la borda, con habilidad y
rapidez, valiéndose de una soga. Sacudiéndose el agua salada, trato de
interrumpir este acercamiento entre Isabel y el Marqués, entonando con voz potente  un anuncio:

–     
He visto la serpiente  marina, con escamas verdes y rojas y dos
cabezas de dragón.

–     
¿Qué tamaño tiene? 
indagó Isabel, incrédula.

–     
Dos veces el 
largo de tu barco. No sé, en todo caso más grande que nuestra
embarcación.

 

Pedro
el Zambo  se persignó, como si quisiera
espantar un demonio. En realidad era para acentuar su argumento y darle
dinamismo a la situación. La reacción de sus interlocutores le hacía  notar que 
dudaban de su  afirmación. Las
rencillas, la lucha por el poder y las 
fantasías eran los acompañantes necesarios de los viajes. Son
útiles  para combatir el cansancio o el
aburrimiento de la  fuerte rutina. El ver
y hacer siempre, cada instante, lo mismo. Ahora que estaban cada vez más cerca
de las orillas de una tierra que se avizoraba poco fértil, servirían solo como
sustituto, suplente transitorio y accidental pero siempre presente,   de un temor mayor a lo desconocido.

 

 

 

 

 

Recorrer el Perú al encuentro
de mitos y leyendas:

¿Por qué no ir en  busca de la tierra de Zchenn, de dónde venía
gente buena y dócil?

CAPITULO  II

QUIEN
ES ISABEL

 

 

–Quién es Isabel?  Pregunto una voz ronca

La casa abierta de
puertas a su propia ruina, daba libre ingreso a un personaje venido de lejosEra
alto de amplia frente,  nariz de gancho y
la escasa melena la llevaba despeinada.

 

–     
Soy yo, se escuchó en el ambiente como un eco
claro. Hablaba como si todo el Mundo lo conociese. Y como si tuviera el derecho
a tratar a todos como el quisiese.

 

–     
¡Ah, Señoritinga, 
que sorpresa tan agradable!, dijo al ver una muchacha que le venía al
encuentro, en  una actitud de sorpresa ante
la presencia de un forastero

 

 

Sus ojos subrayan su
gesto varonil. Una  amable venia
acompañada de un deseo aguantado es la respuesta femenina. Que le ínfulas a
seguir siendo el protagonista que se escenificaba

 

–  Ando por donde me guía la fortuna. Y parece
que la he encontrado, al menos viéndola a usted.

 

Buena catadora de
varones, a pesar de su juventud, la joven mestiza, se sentía deliciosamente
halagada por la creciente codicia que ocultaban las reverencias y  de que era objeto por el hombre desconocido.
Se le veía noble, acontecido y deseoso de seducir.

– Es usted osado, y cuénteme que
lo trae por acá?

-Si, si  yo 
regentaba en los andes del Perú una encomienda, en la alejada y casi
desolada localidad de Huánuco,

– Que  recuerdos lejanos, ahí    esperaba amasar alguna cantidad suficiente
de oro, que lo sacara del lugar y lo devolviera a la aventura de los mares, con
esperanzas a fama y fortuna. – – Conquistaba la confianza de los aborígenes con
sólo cuatro palabras quechuas, Ana Mancha
Noca Ingá
, diciéndoles a los indios con voz calmada, que no tengan miedo de
él, porque también era de los suyos, era Inga.

 

Aun cuando era difícil
sacar una orientación precisa de su desordenado monólogo. Isabel lo escuchaba
con atención.

 

 

Brusco en modales y
severo en expresiones, con una voz  que
se interrumpía con una tos seca, repetía, refiriéndose a sí mismo en tercera
persona:

El Marqués sabía cómo
ganarse la voluntad de los aborígenes. Aunque, luego, como era común en los conquistadores,
los declaraba – sin que los indígenas 
supieran en qué momento – sus acérrimos enemigos. Y desenfundaba las
armas para desencadenar la violencia, y sobre la base de ella, construir un
sistema de dominación justificado por la confrontación.

Había llegado
a fines del año 1592,  seguido sólo por
un sirviente arrastrando una mula. Efectivamente se trataba de un  Marqués llamado Álvaro de Mendaña y Neira.
Venía de Quito y Guayaquil, donde había celebrado con un grupo de españoles
afincados, el centenario del descubrimiento de América.  Álvaro sabía que el año 1492  no solo era importante para su lejana
Patria  por la hazaña de Colón. En agosto
de ese mismo ano Antonio de Nebrija introdujo la primera gramática del
castellano, idioma con el que  España
ganaría fama. Y en enero del mencionado 
año el Emir Abu Abdallah, llamado Boabdil, deja el sitio a Granada.
La  trascendencia  de estos acontecimientos en su vida familiar
lo guarda el  Marqués como un secreto
hasta el fin de su vida.

 

Era el  día de Navidad y por ello todos estaban
dispuestos a celebrar. Incluso la llegada del Márquez ataviado de ostentosos
trajes. Permanecía abierta la puerta de la acogedora morada de los Rodríguez
Barreto. Con soltura, aplomo y don de mando 
había ingresado – o irrumpido- en la tranquilidad de una familia
apacible aquel forastero. Como si lo hiciera a su propio hogar – que el viajero
no lo tenía –  dio órdenes, con su voz
carrasposa,  de que le  sirvieran algo de tomar.

 

Como si bailara sobre un volcán en erupción,  Isabel se quiso hacer de la situación. Ahora
es ella la que tenía la voz para accionar¿Quién es este extraño? Indagaría
enseguida la curiosa Isabel.

–     
No lo conoces acaso eres muy joven. Tiene gran
fama de navegante.

–     
¿Otro como Colón o  tal vez parecido a Pizarro?

–     
Veinte años atrás, estuvo él recorriendo mares
desconocidos. Había descubierto unas tierras muy alejadas, a las que llamó
Salomón. No las conquistó.

–     
Bueno, entonces más parecido a Cristóbal Colón,
sentenciaría ella, con un sarcasmo que le era natural

–     
A Christophulos Columbus lo escogieron sólo
porque tenía el nombre de Cristo, y la iglesia católica apostó por él. A mí en
cambio, me apoyaron por eficiente. Pedí poco y me dieron casi nada. Sólo el
valor de un banquete que daba la Reina Isabel y su corte. Y he llegado más
lejos. Con voz ronca, sonora y segura, diría, Álvaro de Mendaña,
introduciéndose en la conversación

–     
Eso es especulación, porque cuando Colón salió
de viaje, no fue para evangelizar, sino para buscar la ruta a las indias con el
afán de encontrar especies, anotó don Nuño Rodríguez Barreto, que escuchaba el
intercambio de palabras entre Isabel y Álvaro.

 

Este amigable
encuentro de ideas se desarrollo con tanta intensidad, que todos se quedarían
hasta la cena. Los aromas se entremezclaban, porque se utilizaron todas las
técnicas de cocinar que  la anfitriona
indígena había heredado por tradición familiar desde el incanato: así  ese día 
se había hervido, estofado y tostado. De diversos recipientes de
cerámica emanaba el olor a fermentación. De las piedras calientes o del
rescoldado del fuego en terrones o adobes se percibía el tufo del asado. Todo
era percibido con mayor sensación por Isabel. A ella no solo le ardían los ojos
cuando el batan trituraba especies que contaminaban todo el ambiente, sino la
estimulaba enormemente algunos olores exóticos

 

A pesar de
que todos estaban sumidos en los sabores y percepciones aromáticas de diversos
potajes servidos en hojas de plátano y 
acompañados de bebidas que se tomaban de curiosos recipientes con
figuras y alegorías  incaicas, ya se
podía vislumbrar interés recíproco entre Isabel y Álvaro, el que aumentaba
conforme se quedaban solos y entraba la noche.

 

Las luciérnagas se
deslizaban juguetonas en la oscuridad que acompañaría a Álvaro hasta el amanecer. No había podido dormir bien con la
imagen grabada de Isabel y el tono de voz dulce que le repercutía en su
solitaria imaginación. Le despertaba curiosidad lo que se hablaba en Piura,  sobre la relación de la muchacha con el exótico
Zchenn. Ese mismo día, Álvaro buscaría a Isabel. Delante de su padre, iniciaría
la conversación comparando las dos culturas. Trató de ser prudente. Así, en
tono de broma para ganar confianza dijo:

–     
En Huánuco los ingas me aprecian. Al comienzo me
miraban con extrañeza.

–     
¿Por qué? Se interesó Isabel.

–     
Llevaba pantalones, una prenda no conocida.
Además se interesaban por las hebillas de la correa que sujetaba los
pantalones, como las de los zapatos.

 

Anotó luego, que los nativos creían que las mujeres
españolas también llevaban igual prenda de vestir. No estaban seguros de ello,
porque aún no habían visto mujeres europeas. Estas entonces, no llegaron hasta
lugares tan lejanos. Cuando Álvaro les contó que ellas usaban faldas, los
aborígenes – con festiva algarabía – le dijeron que ambas culturas, la europea
y la inca, eran básicamente iguales. “Lo importante, es que las mujeres lleven
vestimentas abiertas hacia abajo. El hombre, siempre debe tener así libertad de
acceso a las partes íntimas”, anoto Álvaro. La familia celebra la anécdota, en
tanto que Isabel se sonrojó. Ella toma el relato de Álvaro como una
insinuación. Lo sorprendente era que estaba descubriendo que esto le estaba
gustando. En precaución prepara esa misma noche unos remedios florales contra los
males del amor.

 

Su propósito en Guayaquil, habría sido
informarse sobre el descubrimiento de las islas Encantadas, conocidas después
como Galápagos. Y especialmente respecto a las posibilidades, que – estudiando
las corrientes marinas – desde ahí se alcancen las islas que estarían frente al
Perú, denominadas, en el imaginario de los emprendedores,  como Fantásticas. España debía realizar
nuevos viajes de descubrimiento. Mendaña 
tenía  los conocimientos y la
voluntad de afrontar el riesgo. El empuje decisivo que aún faltaba lo daría el
dinero a conseguir. El poder colonizador debía extenderse hasta los más
apartados rincones. Si no lo hacían los españoles, lo harían los
flamencos,   portugueses o británicos, o
tal vez británicos. Y algún día los criollos.

 

Álvaro de Mendaña
y Neira, era conocido pero no famoso. Se sabía apenas que había nacido en
Zaragoza en 1541, en tanto que otros decían que su cuna era Neira, provincia de
Lugo.

Era una persona avara, no gastaba
mucho en sí mismo y menos en los demás. Su codicia no sería la ambición de
poseer, sino más bien de no desprenderse de lo que tenía.

 

 

Todos no eran
iguales, sin embargo, se sabía que  los
emigrantes que dejan  su  país son los más osados rebeldes  o atrevidos, o los que no encontraron espacio
en su propia comunidad. De Europa  no
vinieron los nobles o acomodados, sino, muchos de aquellos que compartían su
morada en pesebres con los  marranos.
Acá, en tierras nuevas, estaban animados a construirse palacios y a comportarse
como  nacidos y educados en alcurnia.

 

No era el caso de Álvaro. Lleno de ideas y planes,
Álvaro de Mendaña visitaría algunos frailes en Piura para discutir, con la
mayor discreción, la posibilidad de reunir una cantidad suficiente de dinero
para financiar otro viaje expedicionario. Por su parte, Isabel también tenía
sus planes de recorrer el Perú en busca de los mitos y leyendas. Deseaba
encontrar gente  como  su primer amor, el misterioso  Zchenn, que le despierte encantos, le dé
fuerzas y motivaciones para viajar.

 

 

A pesar de la diferencia notoria de edad Álvaro se
convertía  raudamente, en ese hombre que
Isabel esperaba, para salir a recorrer el mundo que ella ansiaba conocer. Otros
la veían como desesperada aspirante a ganar marido. La sociedad que la rodeaba,
no le interesaba el talento ni el temperamento de una persona: Alguien como
Álvaro se le presumía posición y riqueza. Lo que, a pesar de ser tacaño, valía
y definía: el  ostentar como marqués, y con algún
dinerillo, o posibilidades de ganárselo,  
mejor. Y estos son escasos en esta tierra, en la que nacían las nuevas
hijas de españoles,  llamadas criollas.
Dentro del misterio de Isabel, estaba su encanto que hacía posible relacionarse
y convencer a otras personas. El Marqués veía en ello una ventaja  para sus planes de recolectar el dinero que
necesitaba.

 

Tenía, Álvaro el propósito de permanecer escasos días
en  Piura. Las conversaciones para reunir
dinero, no daban los  resultados  esperados. Esperó  las 
celebraciones de Año Nuevo; y nada. Logra  sólo 
promesas. Él, necesitaba  algo
más  que 
pudiera animar sus planes de 
volver a  navegar.

 

Bajo el manto confidente
de la noche, Isabel lo alentaba diciéndole que hay que interesar a la gente, no
sólo con la posibilidad de encontrar oro, sino contándoles cosas que ellos no
conocían. Isabel, que a la vez quería convencer a Álvaro que estaba madura en
conocimientos, le recuerda  – con voz de
confianza, casi susurrando –  que los
aborígenes de las Islas Salomón tenían piel oscura, pero no eran negros como
los africanos y que andaban con el pelo rapado a los costados y se pintaban de
diversos colores. “Habrá muchos que se interesen por la gente y su modo de
vivir”, acota. Él le hace saber que eso, poco les importaba a los europeos. La
ambición de fortuna, sumada a la necesidad de combatir las enfermedades con
nuevos alimentos, no fuerzan a los científicos, sino a los empresarios de
Europa, a incentivar a los gobernantes para emprender viajes larguísimos, y
estos cuestan dinero

 

Algo especial
había en él. Además de hablar en castellano, usaba algunas expresiones en
quechua, y para  causar admiración,
empleaba palabras en un idioma desconocido. Así relataba, que para los
navegantes llegar a las costas del Perú, significaba envolverse en los
misterios de la neblina. En ese trance solía leer de su memoria una frase: Ein dünner Nebelstreifen fing mich ein und hüllte zärtlich mich
umwogen. Nur ein Weilchen bist du mein.Wieder wird der Sonnenstrahlenschein
dich küssen.
Und du wirst mich nicht
vermissen.

El Marqués era culto y 
había viajado mucho. Algunas ideas las podía concebir en alemán. ¿Dónde
lo habría aprendido? Como sucedía con 
casi todos los conquistadores, a pesar de  cierta 
fama, no se  sabía mucho de su
pasado. El presente era el  que contaba.
Si algo más  se quería de él, se le
revestía de algún título o se atribuye abolengo. Porque  la caballerosidad no admitía dudas. Estas
eran tomadas inmediatamente como una afrenta. Por esa misma razón,  era 
prudente no ceder, sino expresarse con la mayor firmeza. Y si era
necesario, había que defender el argumento o la posición – por absurda que sea
– con la  espada: la valentía  encubriría la sin razón.

 

Después de gastarse el oro de los
Incas, los gobernantes en España estaban dispuestos a vender los títulos de
nobleza y los cargos públicos estaban en subasta.  Todos menos el de Almirante de la Escuadra
Eran épocas en que  se ponía mucho
énfasis en recuperar el prestigio en ultramar La Grande y Felicísima  Armada fue 
confiada por Felipe II en 1588, solo después de la muerte de  su Almirante, a Alonso Pérez de Guzmán,
séptimo Conde de Medina Sidonia, un joven de 38 años que no tenía ninguna
experiencia en el manejo de responsabilidades tan importantes. La historia
seguía su curso y España, en su grandeza, pagaría caro la improvisación frente
a Gran Bretaña. Las cosas no parecían desde entonces tan felices.

 

Con su capricho
inocente Isabel dejaba que Álvaro se le acerque cada díamás.  Isabel,  había alcanzado un estado arómico en su
personalidad, en el que las sensaciones y percepciones de un olor que
transitaba  inquietando todo su cuerpo, y
le abrían un horizonte de distancias
ilimitadas. Estaba ahora cada vez más interesada y decidida en madurar, lo más
pronto posible, las ideas  de viajar.
Estas que   había concebido junto
con  Zchenn.

Álvaro que no tenía fortuna  propia la convenció para la gran aventura, y
le dijo a la joven mestiza que nunca había viajado másallá del Puerto de Paita

–     
La persona más rica no es la que mástiene,

–     
Sino? Contestó ella, interrogando

–     
Es la que menos necesita. La que  tiene todo para ser feliz.

–     
Eso me parece muy interesante. Me persuade. Eres
un hombre inteligente Álvaro

–     
Con algo de experiencia que es la sabiduría práctica.
Y  suerte de haberte encontrado  a ti

–     
Pero yo no puedo vivir sin algo  que  me
es importante…

–     
Qué es:

–     
Adivina, pues 
dijo  Isabel con coquetería
natural y  luego de una pausa agregó

–     
Sin amor, y esa expresión  tan tierna que es el cariño.

Ahí se juntaban varios
intereses. Los ideales de ella, la ambición de los hermanos Barreto, y  la exaltación de Álvaro por poseer una bella
doncella y poder con ella emprender a estas alturas opacas de su vida, una
nueva aventura que le daría brillo a ambos.

 

 

–     
¿No te parece, querida que serán días gloriosos?

–     
y no olvides que muy pronto, yo seré tu amante y
fiel esposo

Isabel se sentía
mimada,  pero a la vez dudaba de la   versión amorosa. Sin embargo le convenía
seguir en la aventura de la superposición de supuestos. Y  con 
encantada voz le dice a Álvaro

–     
Que sincero eres mi amor!, Que oportunas tus
palabras! Tú esperas tanto de mí

que me siento intimidada. Obligada a corresponderte

Todo parecía una
celada, una trampa, en la que ella entraba voluntariamente, para ponerle más
adelante otra a su marido. Saldría con éxito? Debía enfrentarse a todos los
poderes de la época.  El Imperio español,
la Iglesia católica, las convenciones y prejuicios respecto a las mujeres, aun
hombre más avezado y rudo que ella. Y por fin a la inmensidad de un mundo aun
no conocido.

 

De pronto, como atraída por un olfato instintivo, más
fuerte que su voluntad, se vio determinada a irse con el viejo. Se le está
presentando la oportunidad de realizar sus deseos, con un hombre de experiencia
que conocía el mundo.

 

Con  la nitidez de una alucinación y propósito de
eternidad asumían ambos, cada día y a cada hora, la responsabilidad de
conocerse y reconocerse, para ser el uno para el otro. Llegó el momento en que
ella se perdió y él anduvo a tientas por su cuerpo guiado por un perfume
indefinido. Era como si el tiempo se doblegara bajo sus fantasías, y le ofrecía
inesperadamente sus riquezas para multiplicar 
sus sensaciones bañados en esplendido pecar.

 

En circunstancias de íntimo apremio, y sin pensarlo
mucho, Isabel se comprometió, entregándolo todo a  aquel que tenía la posibilidad de hacer
realidad sus  sueños, porque el Marqués había demostrado capacidad y ganas de viajar.
Muy joven ella, constató  que  las posibilidades de aventura que su cuerpo y
espíritu deseaban, la llevaban –Solo una semana después de haberse visto por
primera vez- inevitablemente una  y otra
vez, donde Álvaro. Su
tendencia a reparar en lo extraño, configura un carácter, un compendio de todas
sus histerias conjugadas con la dulzura y la alegría, – ese saber perder y tratar de nuevo –  que a la vez, le permite no engendrar las exclusiones a la que estaban
condenados los que tenían la piel centrina. De sangre exótica e indefinida,
Isabel era guapa, sensual, ingenua, indolente y apasionada. Y al mismo tiempo
impulsivamente licenciosa.

 

Enterada de las mañas y trucos de la vida, Isabel se
involucra con sus encantos, y le regala en público, el mayor respeto  al Marqués, llamándolo por su titulo y no con su nombre.
El acepta y entra en una combinación de argucias en las que él se convierte, en
una de las tantas presas que había engullido en su vida. Mirándole a los ojos
primero, ganándose la confianza, compartiendo y ofreciéndole a pesar de su
edad, el placer íntimo de lo nuevo. Para luego, hacer de él lo que a ella le
apetecía. A pesar de la presencia de Álvaro en su vida, seguiría a su lado,
inspirándola, la figura de su romántico y tímido amigo Zchenn, totalmente
diferente, tanto en apariencia como en modo de pensar, al avezado y pragmático Marqués. Este, a fuerza de
las presiones de Nuño y de las circunstancias, se hizo responsable  de la joven. Para ello, en complicidad de
todos, se escenificó una especie de boda, un matrimonio simulado, sin la
presencia de un Sacerdote. Pero si se sirvió la acostumbrada comilona con
invitados. En el festejo se brindó con arrayanes, macerados en aguardiente y se
bebió durante tres días y sus respectivas noches, la fermentación de distintas
sustancias, que hacían sentir la sensación infinita de lo  más agradable.

–     
Yo me junto con tu hija, tal como tú lo hiciste
con Adriana, la mestiza, le planteó  Álvaro.

–     
Sólo te pido que respetes sus caprichos y ella
te hará  aún más feliz y famoso,  le respondió Don  Nuño.

–     
Cuando tenga una dote que pueda pagarte,
veremos  lo del verdadero casamiento por
Iglesia, reafirmó Álvaro, cuando en realidad estaba pensando mas en alguna
herencia.

 

Nuño Rodríguez, que se había convertido en apostador
apasionado, no supo en ese momento que se aferraba a una botella de licor
vacía, al amanecer del cuarto día de juerga, si al entregar a  su hija Isabel a Álvaro, había ganado o
perdido la gran apuesta de su  vida.

 

Luego  se apuró
el viaje de la pareja. Querían escapar de 
los comentarios  que hacían
tanto  indígenas como criollos  y europeos afincados,  exteriorizando  su escepticismo,  respecto a 
esa unión en interés, que superaba razas y otras diferencias, pero
escondía otras dificultades.

 

Duermen todo
el día, a media noche, Isabel se despierta y con una vela en la mano va a
despedirse de su padre. Algo muy vago le había quedado en el recuerdo,
cuando  con  su papá Nuño recorrió las muchas leguas que
separan Lima de Piura. Ella le pedía ahora, que le vuelva a contar lo más
emocionante de ese viaje. Cuando escuchaba al cansado anciano, Isabel irradiaba
emocionada alegría. En tanto su íntima voz le pregunta.

–     
¿Por qué deseas tanto viajar? Ella misma se responde
dialogando.

–     
Es una manera de hacerse invisible, de
desaparecer de un lugar para volver a aparecer en otro.

–     
Que ansias de desaparecer tengo. Es la forma más
elegante de huir, de escaparse.

–     
¿De quién quieres huir y por qué quieres
esfumarte? Interviene Nuño en el diálogo consigo misma que deja escuchar su
hija.

–     
De toda esta mentira, de la hipocresía de una
sociedad dual en la que debes de acomodarte a cada instante, transformándote de
india a mestiza y luego a europea. No contenta con eso, procuras ser española
de aquí o de allá, con más o menos alcurnia.

 

Así  se queda la joven desposada finalmente
dormida, entreteniéndose con sus propias preguntas.

 

Se partió al amanecer, cuando el clima era aún fresco.
Toman juntos el camino al olvido o a la gloria. “Toda gran aventura comienza
cuando se abandona la casa o el pueblo donde uno ha crecido” dijo Isabel a modo
de despedida. Con caballos de sangre andaluza – recibidos como obsequio de boda
– llegarían más rápido. Ella montaba en un 
corcel negro. El Marqués un caballo blanco. La carga  era transportada por mulas y burros.
Bordearon las costas hacia el sur en busca de Trujillo, luego Lima, con la
esperanza de encontrarse con personas interesadas en un nuevo viaje a las islas
Salomón.

 

Esa primera noche de camino, de pronto como si del
instinto tenebroso estallaría un aullido, escuchan pero no ven como un puma se
hace de una presa. Les roba a los caminantes una cabra. Soberbio, después del
festín de carne, el animal aguarda  en su
territorio soberano, la próxima víctima. Isabel había percibido, por su olfato
el peligro y a penas ella con Álvaro 
apuran hacia un lugar seguro, para guarnecerse.

–     
¿Cómo te orientas en la oscuridad Isabel?,
interroga Álvaro, después de pasado el susto.

–     
Es mi secreto, contesta Isabel.

 

Emprendieron  la
marcha. Después de recorrer un camino muy trabajoso entre arenales  y rocas que sobresalían  hicieron estancia en Motupe, un poblado que
ofrecía protección. Toman jugo de una fruta grande conocida con el nombre
de  tumbo, que siempre se le siente frío
en contraste del calor del ambiente. Observan entre tanto, que la poca agua que  baja de la sierra, se  absorbe y esconde en los arenales antes de
llegar a formar un río.

 

Los Tallanes,
las criaturas con un rabo en la nuca, no aparecían en las palabras de los
tímidos aborígenes, que encontraban en el camino. ¿Sería acaso sólo un invento
para asustar a los forasteros? A ella ya no le importaba. Había recobrado la
vista y conservaba su agudo olfato. Ello junto con el  andar por lugares poco transitados con la
ayuda de indígenas hábiles de orientarse en el desierto, lleva a Álvaro y a sus
acompañantes al valle de Saña. Clérigos y frailes se empeñaron en
construir  ahí, en una zona que parecía
alejada de todo, con la mano de obra quechuas, grandes templos. Se estaba
erigiendo, junto del río, muy pegado a sus escasas aguas, una ciudad colonial.
Más allá, estaba cerca al mar, un poblado llamado  Pacasmayo. Al lado, los  católicos construían el caserío San Pedro con
varias iglesias, en tanto que demolían las huacas o entierros de los
antepasados  señores del lugar.

 

Ahí se enteran, que un hermano mayor de Isabel,
Lorenzo,  se afincó en la región, dedicándose
al comercio y a la agricultura. Cuando los hermanos se ven, después de casi
veinte años, pasan muchas horas calmando la emoción de contarse, hasta los
detalles más íntimos de sus vidas.

 

Él los entusiasma relatándoles a Isabel y Álvaro –
interrumpido por la carraspera de Álvaro – 
la leyenda del Naylamp, que se originaba en la época de la cultura
Moche. Esta  transmitía  la llegada de un extranjero fuerte – con
rostro distinto a los conocidos –  a
quien  le atribuían   poderes divinos, porque  había logrado surcar los mares y llegar de
muy lejos. Esto le recordaba a Isabel lo que su padre le  contó cuando era niña sobre los Tallanes.
Luego Lorenzo les invita a su hacienda muy cercana al Convento donde había crecido.
En la noche cuando comen tamales y cabrito, se habla de las Amazonas del  Mar Austral. Se porfiaba la existencia de un
grupo de islas, en las que las mujeres habitaban solas en una de ellas, en
tanto que los varones  en otra. Cuando
las hembras decidían  buscar pareja,
viajaban en un atolón rodeado de corales. 
Si deciden quedarse con el hombre que ellas escogieron, se trasladaban a
una  cuarta isla, que era el destino  para los matrimonios y la crianza de los
hijos. Ellas, aguerridas, que montaban 
animales  – los caballos no eran
entonces aún  conocidos en América –
decidían hasta cuando acompañaban a su pareja y a sus niños.

 

Isabel inhala
varios aromas de Genciana, para recobrar fuerzas. Pero estaba cansada.

 

Los viajeros se quedaron en Saña más tiempo que el
pensado, e hicieron planes  para
conseguir apoyo para la expedición en los Mares del Sur.

–     
Cuando tenga unos quince mil pesos les avisaré,
dijo al despedirse Lorenzo.

–     
Necesitamos algo más, pero de todas maneras
muchas gracias respondió Isabel conmovida.

–     
También podré reunir una tripulación de veinte
voluntarios.

–     
Gracias, pero necesitamos algo más, dijo Álvaro
dándole un agradecido  apretón de manos a
su cuñado.

–     
Sobre la mesa quedan botellas vacías, miradas
cómplices, y mil  promesas bulliciosas.

 

Al hacerse nuevamente caminantes,
Isabel le confesó a Álvaro, que este viaje por tierra estaba reforzando su
peruanidad. Le enseñaba  la grandeza y la
diversidad  del país. Avanzaban el
viaje  hasta el extenso valle de Chicama.
En él están los cañaverales que proveen en abundancia de dulce azúcar y amargo
aguardiente. No lejos de ahí hay un Monasterio llamado Santo Domingo, que fundó
el fraile Santo Tomas. Habían recorrido cerca de  sesenta leguas desde su partida de Piura.
Estaban  – a pesar de su permanencia
en  Saña –  cansados y los huesos  dolían de tanto cabalgar. También los
animales  necesitaban un descanso
reparador. Buscaban  un lugar seguro para
acampar.

 

De súbito, en la claridad de un  ancho 
rayo de sol, apareció en el horizonte despejado una  ciudad 
amurallada. A pesar de que  las
altas barreras eran de barro, parecían macizas: Fueron recibidos sin
resistencia por un grupo de indígenas armados. 
Esos  pobladores les confirmaron
que  antes – hace unos doscientos años
–  ya habían llegado otros  emigrantes, que descendieron de  embarcaciones y se entendieron, sin que se
presentaran conflictos,  con los
habitantes de  la fortificación. Esta –
era visible –  encerraba formas de vida
muy civilizada y armoniosa. Los visitantes de entonces, Caracterizados por sus
ojos pequeños y pelo lacio, luego de beber de las reservas de agua y saciar el
hambre con los alimentos, decidieron marcharse al cabo de dos semanas. En ese
corto tiempo, los hombres venidos  de
misteriosas tierras habían dejado, como regalo, algunos dibujos marcados
en  los muros. Pelícanos y otras aves,
que aún no eran conocidos en las tierras de las civilizaciones llamadas
Mochicas y Virus, quedaron grabados en trabajo de alto relieve. Huellas de otra
cultura que permanecían, hasta la llegada de Álvaro e Isabel, sin borrarse,
porque en esos valles que parecían sagrados, 
nunca llovía. Isabel comenta reflexiva que, estos artistas no se
retrataron a sí mismos en sus dibujos. Tampoco 
mostraban interés en destacarse frente a los otros, ni  tenían 
afán de conquista o de adueñarse de lo extraño.  Sin quererlo, repitiendo la palabra Chan
Chan, que en su idioma significa muralla, 
dieron  nombre a  la ciudadela, la que así fue llamada también
por los otros visitantes.

 

Dentro de la
ciudad amurallada, construida en un arenal 
que el cielo no dotaba de agua, sus habitantes – con la ayuda de los
visitantes –  cavaron una posa inmensa de
la que extraía el líquido vital. En ese lago artificial, los venidos de
continentes lejanos – que regresaron 
otra vez  después de dos años –
dejaron  unas plantas de agua exóticas.
De ellas, brotaban  unas flores sin
aroma, muy vistosas y conocidas en China, con una palabra que se
pronunciaba  Hai room.

 

Entre los
hombres de ojos ovalados que habían llegado sin sus mujeres, nació el amor con
las aborígenes y se quedaron por espacio de dos lunas llenas. Los  hijos que engendraron tenían los mismos
rasgos orientales que Zchenn. Ahora, muchos años después, Álvaro e Isabel apreciaban,
casi borradas en las murallas de barro, algunas grabaciones de figuras que
tenían una cola  larga enredada en
círculos, similar a la dibujada en el mapa de Zchenn.

 

Los aborígenes les explicaron además, los
venidos del mar,  habían visto  seres extraños de marcados rasgos humanos, que
no hablaban y tenían un rabo largo. Eran muy apacibles y colaboradores.
Isabel  recordó, que  en  San
Miguel de Tangarara o en  Saña, cuando se
hacían referencias al Mar Peruano o al Mar del Sur, se hablaba de islas
misteriosas situadas entre el trópico de Cáncer y el de Capricornio, en  las que se encontraban hombres-mono. Un
navegante había dicho que dentro de las costas del mar peruano, habían visto en
una isla, una mujer llena de vellos y 
cola larga. Otra más alta fue descrita por un viajero como hija de india
y oso. Ella era guardada celosamente por un Cacique cerca de Quito. Los
mono-mujer, eran la  fogosa
tentación  en los sueños de los
conquistadores, y ahora lo serian las exóticas habitantes de la Polinesia

 

Chan Chan terminaba en una ensenada que algunos
llamaban Huanchaco. Ahí se veían  unas
pequeñas embarcaciones que sólo podían ser tripuladas por una persona. Eran de
totora, una paja que crecía en las cercanías, que se trabajaba amarrándola con
pitas y sogas hasta darle la forma 
puntiaguda adelante. Del tamaño de un caballo, estas embarcaciones  también se las montaba. Y así podían  pasar sobre las olas hasta mar adentro.
Servían  para las faenas de pesca y dotar
así a los pobladores de Chan Chan de los alimentos complementarios, a lo que
les negaba  la árida costa.  La forma de las embarcaciones  le hacía recordar a Isabel los dibujos que
hacía Zchenn, para  explicarle el diseño
de  los barcos,  que en dimensiones   mucho más grandes, trajeron a su abuelo a
estas costas.

 

Entonces a Isabel le
pareció ver entre la multitud de esos parajes aledaños a Chan Chan, a un joven
que le recordaba, o hasta podía ser Zchenn. Luego a otro con los mismos rasgos
orientales. Pensó que estaba perturbada por el sol ardiente que enardecía su
pasión. Luego de ver repetirse las figuras, comprobó que esto no era producto
de su imaginación. En ese lugar se encontraban varios habitantes, mujeres,
hombres y niños que se parecían al exótico amigo que  había dejado en Piura. En uno de ellos, vio
un objeto que le colgaba  amarrado a una
cinta de cuero, que le circundaba el cuello. Tenía raras formas de dragón con
cabeza pequeña y un cuerpo articulado, que terminaba en una cola. Sólo había
visto algo igual en los dibujos que hacía secretamente Zchenn, para explicarle
los encantos de la cultura y las creencias de sus ancestros. Isabel, en su
búsqueda de darle más sentido a su  vida,
se prometió, no por primera vez, que iría al encuentro  de esa fascinación.

 

El acecho celoso del
Marqués, la inquietaba y aumentaba su pasión y deseo de dejarse arrastrar por
la inocente fuerza del joven Zcheen. Isabel soñó esa noche, cuando perdidos
ambos amantes sin rumbo en la arena suelta se entregaban al esplendido y tierno
pecado. Al despertar, percibió en su cercanía – con marcada intensidad – el
aroma de Zchenn. La estaba espiando. O era simplemente el fantasma del amor,
orillada de ilusiones o simplemente atrapada en la pasión y el deseo.

 

Estaba
concentrada en el abstracto pasado. Saltó al presente cuando escuchó la voz
ronca y determinante del Marqués, 
que ordenó  seguir  viaje al Sur. La caravana compuesta  por ellos dos, ocho indígenas, sirvientes transportados
por corceles y los animales de carga, emprendería el camino. Arribarían luego
de ocho horas, a una población grande. Deslumbrados deciden hacer una larga
posada en esa ciudad,  que llevaba el
nombre de Trujillo. En contraste  con la
arena que rodeaba a la ciudad amurallada de Chan Chan, Trujillo se presentaba
abundantemente irrigada y con una rica y visible vegetación.

 

Sus propios ojos lo están viendo: Esta
ciudad estaba asentada en un  llano, que
nace del valle cerca de unas sierras de rocas. Bien trazada y edificada, con
calles anchas y una plaza grande en medio de arboledas y  la frescura de una brisa templada, que proviene
del mar distante a sólo media legua. Su 
permanencia en Trujillo fue para entablar  conversaciones con un  marino, a quien se  le había concedido  – por parte de la Corona española – la
potestad de viajar a las islas Salomón. El señor,  natural de Trujillo, tenía un nombre – eran
tiempos en que éste valía – tan largo como su extendido prestigio: Juan Roldan
Dávila y Fernández de la Reguera. A éste, había que agregarle el apelativo de El Mozo, para diferenciarle de su padre,
que fue uno de los que acompañó a Balboa en el descubrimiento del Océano  Pacifico. Y su abuelo traía la fama de haber
sido compañero de Colón. Así, El Mozo,
en sociedad con  un hombre pobre pero
ilusionado, de nombre Alonso de Fuentes – que fue el que incitó a las
autoridades a descubrir las islas, entonces llamadas Fantásticas, frente al
Perú – había logrado  del Virrey  García Hurtado de Mendoza, que lo nombraran
Capitán General con facultades  para
conquistar y poblar. Tenía además una embarcación  moderna a la que daba poco uso, que  costaba cerca de  treinta y seis mil pesos.

 

Nuevamente Isabel se
sintió atraída por el olor a Zcheen que no podía establecer exactamente de
donde venía. No, no era su imaginación. El amor de su vida tenía que estar
cerca, quizá escondido detrás del árbol. De aquel o del otro. El Marqués e
Isabel decidieron, a pesar de los encantos y los gestos amables, sin lograr
nada concreto y apurados por algo que no podían explicar,  dejar el agradable lugar  y 
reanudar  el tortuoso viaje, esta
vez en busca de Lima, la ciudad capital.

 

Revisaron las
herraduras de  sus caballos y se
ajustaron los arreos. Se aprovisionaron de frutas y  siguieron 
camino  vadeando las playas. Antes
de llegar a ellas,  pasaron por un
poblado llamado Moche, en el que todos los indígenas  andaban descalzos. Ya tenía una iglesia con
dos torres, y se decía que el lugar era propicio para encontrarse con las
almas. Detrás de  este  pequeño 
pueblo, había unos montículos  de
tierra seca muy grandes. Los pobladores, más 
simples en trato que los arrogantes trujillanos,  les 
contaron que eran unas huacas en las que se habían enterrados valiosos
tesoros. No tenían nombre conocido. Ellos decidieron  recordarlas, como  las huacas del Sol y la Luna. Y supieron,
desde entonces, que el Perú, es un país 
donde las maravillas detienen al tiempo.

 

Tres jornadas más adelante, toparon con otro valle muy
fértil.

–     
¿Por fin Virú? Pregunta ella.

–     
Sí, así parece. El recuerdo de Zchenn, tu amigo
misterioso, te distrae, dijo  sin sana
ironía el marido, dando muestras de  que
la celaba.

 

Frutas de 
diversa clase y colores recibían a los viajeros. Parecía que todo les
sería como en  Trujillo,
especialmente  relajante. La gente los
miraba con desconfianza  a su paso: No
hubo saludos ni  intercambio de palabras.
Se notaban semblantes ocultos que emergían de espíritus oscuros. Álvaro –
conteniendo una risa que le producía más tos – le hizo una broma  a Isabel diciéndole: Qué suerte tuviste de
casarte conmigo. Sabías acaso que aquí, en la tierra de tus antepasados,  enterraban a los grandes señores después de
su muerte  con   tesoros, comida y bebida suficientes. Y
además,  las ceremonias culminaban
con  la sepultura de sus mujeres.
Ellas,  – continuo diciendo aguantando la tos y la risa
tragándose su saliva –  luego de beber y comer  en abundancia,  hasta perder el conocimiento,  eran sepultadas aun vivas al lado de sus
maridos.

 

Isabel se tomó 
poco  tiempo para pensar una
respuesta: Se distrajo un instante, 
pensando en las leyendas de las Payas de Corongo, mujeres que eran más  hábiles en el diálogo y la diplomacia, que
sus hombres con las armas. Es así como le contó, que luego de un levantamiento
en una provincia que llevaba ese nombre, las mujeres denominadas Payas,
pudieron detener al poderoso ejército del enfurecido Inca, brindándole agasajos
y distracciones. Luego, incorporándose de lo absorbida que se encontraba en sus
reflexiones, le planteó al Marqués, que una expedición  que  se
disponía a  descubrir nuevos territorios,
necesitaría buenas embajadoras. El Marqués 
toma esta afirmación como una insinuación de Isabel de serle útil,
pero  le recordó que esto funcionaba
entre aborígenes, mas no con los españoles. Así de nada le sirvió a Atahualpa
en entregar a sus hermanos a Pizarro en misión pacificadora.

 

Los 
Conquistadores son estrategas militares, y desde muy antiguo, vale la
premisa que es necesario matar, no por el gusto de hacerlo, sino para crear
desconfianza en los súbditos, sobre la capacidad que tiene su gobernante de
protegerlos. En otras palabras de esparcir el terror para sí poder aparecer
como protectores.

 

La joven Isabel, en la 
que tambiéncorría sangre indígena, dudo en decirle a Álvaro que cerca,
en  un lugar llamado Magdalena de Cao, se
encontraba enterrada una  mujer aborigen,
adornada con mucho oro, como persona principal en una tumba suntuosa. “No, a
los españoles no les revelan sus secretos”, se dijo a sí misma. Luego en un
pensamiento íntimo se reconforta diciéndose: “algún día la encontrarán y
sacarán la conclusión de  que las mujeres
fueron  grandes y respetadas, aquí en
este Continente”.

 

Sin  reflexionar
mucho se le escaparon de los labios unas palabras: “Yo no  permitiré que nadie, en estos  lugares me separe de mis propósitos. Por eso,
estamos marchando para  abandonar mi
pasado y enfrentar el futuro. Seguiremos andando hasta encontrar por las rutas
de los mares,  la felicidad”.

Si no hay oro y plata, no 
habrá codicia. Sin ella tampoco habrá 
guerra.

Álvaro de Mendaña

CAPITULO  III

¿Si hay alguien más  blanco 
y grande que el Marqués andando por estas tierras nuevas,….. el
noble  español se le  sometería?

 

 

Un día,
cercano a la anterior partida de la isla que dejaban atrás, llega la más
increíble noticia. ¿Tierra a la vista? 
Otra vez? ¡No, sí, sí,  claro…!
Se acomoda Pedro en un ángulo de visón. Agudiza la vista. La orilla del mar
parecía que  delimitaba un pedazo de
tierra. ¡Confirmado! Se ven algunos árboles y 
muchas rocas. ¿Habrá  ahí entonces
agua dulce?

 

Ojos alertas, que aún
recitaban ciertos sueños del desenfado de meses anteriores. La algarabía era grande, con sabor a triunfo. Aún
cuando la idea era sólo recoger bastimentos de los pueblos indígenas que se
esperaba encontrar antes de llegar a las Salomón, todos se llenan de  entusiasmo. El oro y la riqueza deben de
estar en territorios más alejados, que eran para el Marqués y los europeos el
propósito y la meta esencial del viaje, que sólo sería interrumpido por unos
días.

 

Sin
esperar que se acercaran  a la
costa,  Pedro el Zambo,  salta al mar en señal de alegría. El esclavo,
que adquirió su libertad hace unos  meses
por decisión de un juez, había triunfado. Era verdad, entonces lo que se decía
de su experiencia, intuición y destreza en el mar. Otro lo siguió. Al final; el
Marqués e Isabel se quedaron solos en la 
cansada barcaza,  que se mecía
suavemente en un mar tranquilo.

 

Isabel
seguía concentrada en su  afán de
enfrentarse a cosas  grandes, de vencer
lo que para otros sería imposible. Lo que 
le daba impulsos y arrebatos de ansiedad. Se recrea entonces,  para 
calmarse, en un diálogo con el Marqués.

–     
¿Cómo se sienten los que
llegan a otro territorio?

–     
Con  afán de superioridad intencionado,
exterioriza el Marqués.

–     
Para   afianzar la voluntad de dominar, hay
que   darse la seguridad  de no caer en la tentación de ser generoso
con el  ser humano   desconocido.

 

Así
prosiguió la conversación en una atmósfera algo densa.

–     
¿Qué color tendrá la piel  los habitantes de estas tierras?

 

Al
no escuchar respuesta, insiste. Pregunta sorprendiendo tanto al Marqués como al
Zambo, que acababa de regresar.

–     
¿Será más clara que la tuya
Álvaro o más oscura que la de Pedro?

El viento soplaba con fuerza, produciendo ruido al cruzar
las velas detenidas. El Marqués y  Zambo
habían entendido   que se trataba  de algo que se llevaba  bien adentro: los criterios sobre
discriminación racial. Asunto tan 
delicado  del que no se hablaba,
por no lesionar  sensibilidades dentro de
una tripulación,  que a pesar de las
notorias  diferencias, tienen que
trabajar uniendo esfuerzos.

 

Isabel  insistió una vez más,  dándole una entonación de broma, para zafarse
de  cualquier responsabilidad.

–     
¿Zambo  si la gente que encontraremos  acá es más 
oscura que tú,  también  tendrás el derecho de someterlas?

–     
¿Cómo dices?

–     
Repito, ¿Si la gente que
encontraríamos  tiene la piel más
oscura  que la tuya, te  sentirías con el derecho de  pedirles que se sometan a ti?

 

La cara de Pedro se iluminaba con la blancura de sus
dientes; la boca se queda abierta por largo tiempo, en tanto que su  mirada parecía incrédula. Pedro el
Zambo,  pronuncia una frase en voz tan
baja, que  parecía dicha  para él.

–     
“Si hay alguien más  blanco y grande que el Marqués andando por
estas tierras nuevas, ¿acaso él se 
sometería?”.

 

Se estaba planteando un problema pocas veces afrontado,
el del derecho a  conquistar. La
sensación íntima,  aproximación personal
que tenía cada individuo hacia las exigencias de una sociedad, que – en su
expansión – exigía reglas de conducta dentro de las que se  generalizaba, la aceptación  de que habrá explotadores y explotados. Cosa
tan natural  como admitir que siempre hubo
pobres y ricos, o que la desigualdad entre seres de una misma especie, es algo
normal.

 

Sólo
a Isabel, un alma rebelde, eso no le parecía que se conducía con la religión ni
con los principios éticos,  bajo los que
se había educado, ni mucho menos con su constante lucha por la libertad.

–     
¡No  puede haber libertad, donde no existe la
igualdad!   Afirma con convicción.

–     
Algún día se caerá la máscara
de los colonos: la culpa dejará ver la vergüenza, afirmaba Zambo.

 

Zambo
se rasca nervioso e inquieto  la
cabeza.  Sus dedos  abrían surcos en  la rizada cabellera, crecida en los días
de  navegación. Renegaba  a la vez de su  raza, que hasta ahora no le proporcionó
ventajas en su vida.

 

Están  en territorios en los que nunca pensaban
estar. No aparecían en sus  diversos
mapas y  esquemas. Saben  por lo que le cuentan los habitantes,  que  la
isla se llama Hiva Oa. Otra
cercana   era denominada  Nuku
Hiva
.  Los vestidos de los aborígenes
del lugar no ocultan, solo protegen los genitales. Desconocen el culto a la
simulación. Hablan poco pero claro. Invitan a los recién  llegados 
a ser presentados ante el pueblo, que reunía a más de doscientas
personas. El Jefe de ellos, que se reconocía a la vista por los llamativos
atavíos,  – que
incluían oro –  se sentó al lado de Álvaro. Y entre Isabel y
Álvaro, se acomodó una mujer con cabellera 
rubia y los mismos ojos vivaces, color azul de Nuño Rodríguez, el padre
de Isabel. Era muy joven y bella. Miraba con curiosidad a Álvaro y comenzó a
tocarlo. Isabel, – muy segura de sí misma y sin 
sentir celos –  pensó que 
podría ser una descendiente de algún navegante extraviado. ¿Habrían
también llegado los Vikingos hasta el 
Mar del Sur? se preguntó.

 

Isabel se da cuenta que la felicidad de estos
estaría basada, en que no se  complican
la vida con  elucubraciones   ni 
entretelones sofisticados en su manera de pensar o interpretar. La forma
simple de vivir, dedicados a tareas de alimentarse, evita los conflictos que se
dan por diferencia de interpretaciones, opiniones y ambiciones, que  procuran las civilizaciones más avanzadas.
Los aborígenes, sin buscar  nada a
cambio, les facilitan la recolección de frutos, así como el almacenamiento y
transporte al barco del agua.  Les
ayudaron, con la fuerza de todos los pobladores al ritmo de tambores y
cantos  de Ob.-, Abobo- abobo.

Entusiasta
por  haber visto el brillo del oro en
dichas islas, el Marqués Mendaña conjeturó la existencia de mayores riquezas en
la fabulosa Aterra Australes, que
creía más al sur y ansiaba reclamar, ahora para la corona, lo que le podría dar
mayor fama  y beneficio.

 

Partieron sin despedirse,
de madrugada. Adivinan sombras mar adentro. Este tramo del viaje sería
posiblemente el más largo, si no se encontraran por sorpresa  otros territorios. Tendrían que recorrer  seiscientas leguas marinas y estar varios
meses en el agua, si lograsen  la suerte
de encontrar Tuvalu. Esta isla era difícil de ver porque casi no presentaba
perfil en el horizonte, por su poca 
altura. Si el nivel del mar aumentaba unos metros – se decía- Tuvalu
podría desaparecer  Había que estar
preparados  para  las eventualidades no previstas. En los  días siguientes no pasó nada importante, aun
cuando las diferencias y pleitos entre la gente a bordo se hacían cada vez más
notorias y preocupaban a Isabel.

 

SEIS SEMANAS DESPUÉS estarían en las
cercanías de Tuvalu. La isla que
tienen  frente a sus  ojos tendría que ser  Funafuti. Ya se percibía desde el mar, traído por
la brisa, el olor a sándalo, el aroma de cocotales y frutas fragantes.

A
prudente distancia  de la playa se garrea
el ancla. El barco hizo una parada brusca. Las maderas  rechinaron, como si se quejaran de que no les
permitieran  la libertad de seguir
navegando. El Marqués dijo: “Los barcos 
son para surcar las aguas y no para 
estar  parados en las bahías, así
que nos quedaremos solo el tiempo indispensable para repostar agua y
alimentos”. Seguidamente, alzando  aun
más la voz de mando, grita ¡Al agua, a 
alcanzar las suaves  arenas  y conquistar 
las duras y extrañas tierras… 
en nombre de Dios y de España!

 

El batel  no pudo ser bajado. Las olas reventaban cerca
de la playa que se podía alcanzar a nado. Con 
gestos de comando, utilizando la espada empuñada, seleccionaba a
los  setenta  hombres que 
irían en avanzada a la conquista. Empujan al agua a los más  débiles primero. En caso de que hubiera
tiburones  cerca de la playa u otros
animales de los que solo habían 
escuchado, estos servirían de carnada. Pedro Merino dice que es el
principio de la  supervivencia, así se
hacen las  cosas  cuando sé está dispuesto a ganar. Los más
fuertes, para los  que está reservada la
gloria vendrán después. El Almirante e Isabel, 
abandonaría la nave con  la
seguridad proporcionada por el riesgo que asumen  sus 
subalternos.

 

Tuvo el Marqués
dificultades para la maniobra de descender. Se había ataviado con una media
armadura. El metal  le cubría el pecho y
los hombros. Un casco del mismo material complementaba  su indumentaria, que parecía más adecuada   para imponer 
su categoría de Jefe de la expedición que  impresionar a sus posibles contrincantes, o
para defenderse acaso de las flechas lanzadas por los  aborígenes. Con el resabio de sus ojos,
instantes antes de dejar  la borda,
vio  a Amadeo. Uno de los  tripulantes españoles que escondía sus
expresiones detrás de una poblada barba. Se incorporó  a la cubierta e increpo severamente a Amadeo
con una andanada de palabras, espetadas con fuerza. Interrumpió  pronto, al notar que  el hispano botaba abundante espuma por la
boca a  la vez que convulsionaba. Recordó
entonces, que padecía este tripulante la enfermedad rara que solo  era frecuente en los europeos:
Epilepsia.  Una de los tantos males  traídos por los españoles y portugueses a
América.

 

Medita sobre el miedo,
esta angustia del ánimo que acompañaba este instante de  inseguridad a todos, y se pregunta si
esta  sería la causa que desencadenó en
el soldado  este síntoma de enfermedad.
El Marqués vuelve de su pensamiento, y le grita “púdrete”. Una mueca de
desprecio acompaña esta palabra que sonaba a sentencia. Luego, como  si se arrepintiera, le  lanzó 
– guardando una prudente distancia – un frasco con una sustancia
tranquilizante que había preparado Isabel. El Marqués está sumamente  indignado. Así con  voz enfurecida dio la orden: “Éste individuo
no debía bajar de ningún  modo del barco.
Mejor  sería  amarrarlo”.

–     
¿Por qué? Preguntó Isabel.

–     
Nosotros, los blancos, no podemos dejar ver
nuestras debilidades. Si no estamos perdidos frente a los que debemos mostrar
superioridad.

–     
Nosotros o ustedes, 
repreguntó la  peruana
recordándole su  mestizaje.

–     
La conquista se debe hacer  a toda costa. Por eso debemos ganar primero
la playa. Asegurar nuestra posición  y de
ahí internarnos para buscar agua dulce. La 
playa  y nuestro acceso  al barco – por si tengamos que escapar –
deberán estar  resguardados por la mitad
de nuestra gente.

 

No sólo
se debía actuar, sino también  pensar
bien    respecto al sentido que había que
darle a las cosas. El descubrimiento de tierras desconocidas abría el espacio a
un  Mundo Nuevo, con ideas más amplias.
El Marqués, adivinando lo que ella pensaba 
insistió. “Los blancos nunca cometemos errores, por ello seremos  guía y ejemplo. Dentro de quinientos años,
estos pobladores buscaran – ciegos  en
conocimientos – emigrar y conquistar a su modo nuestra Europa. Nos toca a
nosotros, ahora, enseñarles como vivimos”.

 

Amadeo, atado, imploro a los compañeros que le
daban la espalda “Perdónenme si soy demente, y no quiero volver a mi cordura.
Es que este viaje en si es una locura”.

 

Al atardecer, finalmente
descendieron a tierra, con los ojos abiertos por la curiosidad y el temor,  los de la 
nave Santa Catalina. Sin incidentes, por ahora, nadan cuarenta tripulantes
hacia la orilla. Con dificultad se ponen de pie. Todos estaban  ahora bajo el efecto del mareo de tierra.
Sentían que el piso se les movía. Se balanceaban tratando de fijar  primero en la arena sus pisadas y luego
afianzarse,  aferrarse como sea,  a suelo firme para mantener el equilibrio. La
mayoría opto luego  por sentarse y
después de un rato todos se echaron a reposar. Los ánimos no eran de
provocación ni de histeria.

 

La búsqueda de agua,
apenas llegados a  tierra,  se hace 
apremiante. Estaban tanto tiempo navegando  sobre 
masas de  líquido  salada. La sed era más grande que el hambre.
Sólo Inga, un  indio de los andes,
lleva  una bota de cuero con
aproximadamente  un litro de agua dulce.
El Marqués se apropio de este 
indispensable elixir y se lo entregó a Isabel. No hubo tiempo más para
descansar. La organización fue rápida y las 
directivas se dieron sin contradicciones. Todos querían sobrevivir. El
peligro no reconocía  jerarquías ni posiciones.
El castigo de la naturaleza, frente a los que 
deseaban conquistarla y modificarla, amenazaba a todos por igual. Tres
grupos de veinte  personas salieron
en  diversas  direcciones. Acordaron regresar dos noches después,
en caso de no encontrar  nada. Si
hallaban una fuente de agua retornarían inmediatamente. Los que anduvieron
hacia la  puesta del sol regresaron esa
misma noche. No habían encontrado  el
líquido elemento  tras caminar cuatro
horas. En su ruta de retorno  se
tropezaron con aborígenes. Era de noche. Las 
sombras se saludaron. No hubo más intercambio.

 

Álvaro recordó,  como cerca a Viru, la nariz de  Isabel había distinguido – aspirando –
el  agua salada de la dulce. Le pidió que  ahora pusiera 
a prueba sus dotes. Isabel, recordando la trágica escena de haber
encontrado a Zcheen  en las aguas del río
Viru, se negó. Fueron largos los ruegos de Álvaro. Intervino luego el hermano
de Isabel. Ella accedió. Fue así
que por  las indicaciones de Isabel  se encontró finalmente agua. No podía
ser  casualidad…… ¿Tendría la peruana
poderes sobrenaturales que otros no poseían?

 

Aliviados y revitalizados
los expedicionarios  organizaron otras
exploraciones y recolectaron frutos. Cazaron unas aves. Algunas carnes  se conservarían secadas en sal. La  mayoría de las presas fueron rápidamente
engullidas por esqueletos flacos y hambrientos. Isabel, la mejor nutrida,
recibe las porciones mayores y seleccionadas de carne. Los días pasaban sin
novedades. En las noches sospechaban que eran espiados por las miradas  temerosas de 
aborígenes. Todos  se mantenían en
un refugio construido por  hojas de
palmeras, que de día los protegían del sol y en la oscuridad les guarnecía de
lo desconocido.

 

El contingente  reunido en grupos hablaba poco. La ansiedad
estaba reflejada en las expresiones de cada rostro. Zambo entonaba unas
canciones  que  había aprendido en el África. Estas
melodías  encantaban a los animales y
agradaban a las plantas, con las que, decía, podía conversar. De cuando en
cuando, soltaba un relato sobre vegetales carnívoros. Hojas de arbustos  que devoraban insectos. El Marqués, que
siempre era bueno para  exageraciones, no
descartaba la posibilidad de que nos encontremos con palmeras grandes que
podían   convertir en  presa 
a una persona. Por ello, cuando divisaron  una plantación de plátanos, se acercaron con
mucho cuidado, los árboles tenían las hojas más grandes que habían visto.
Los  frutos, bien protegidos por una
cáscara a la que se le atribuía 
virtudes, siempre estaban  frescos
y contenían  sustancias que daban
fuerzas.

 

Pedro el Zambo, recolecto
algunas  semillas de colores que se  creían venenosas. Las atravesó con un clavo y
luego con una cinta, encadenándolas 
hasta formar una pulsera. Se la regalo a Isabel, esa noche   acariciada por el fuego y alumbrada por la
luna. El Marqués notó rápidamente, que en el territorio tropical  en que se encontraban,  Zambo tenía 
ventajas sobre los demás. Instintivamente se orientaba mejor, y parecía  que efectivamente intercambiaba mensajes
secretos – conversaba como  decía el
mismo – con la naturaleza. Isabel se sentía más protegida por Zambo que por el
Marqués, a pesar de los esfuerzos de éste 
por demostrar superioridad, para lo que 
recurría  frecuentemente a  expresiones de  autoridad.

 

El Jefe de la Expedición
ordena así  subir a un montículo. Desde
el se observa una población de aborígenes. 
Decide estudiar, sin ser visto 
sus movimientos. Pasan  varias
horas espiándolos, hasta que anochece. Ahora  manda  atacar.

–     
¿Para qué guerreamos?, se preguntan  sus acompañantes.

–     
Ustedes no están 
aquí para preguntar sino para cumplir órdenes, responde el Jefe.

 

Como si
temiera un acto de desobediencia por parte de los españoles a su mando, Álvaro
de Mendaña ordena a los indios peruanos que integran la expedición, preparar
sus arcos y flechas. Imparte su estrategia. Utilizaran las flechas amarrándoles
un trapo de tela impregnado en 
combustible. Prender el fuego  y
lanzarlas hacia los techos de paja da las casas de los habitantes lugareños.
Debe hacerse en forma rápida y sincronizada. Los aborígenes  saldrán espantados y  sorprendidos. La tropa española los apresará.
Cumpliendo la orden, un quechua  lanzó
una flecha  que cayó en medio de la paja
seca, que se inflamó al instante. Las 
sombras se escapan  apenas de la
luz que propaga el fuego. Desde el humo intenso se oye el grito de un infante.
Este no puede ser salvado y  la noche
escucha como se apagará su voz.  Los  otros cuatro 
quechuas que integraban la avanzada se quedaron inmóviles y confundidos.
No estaban acostumbrados a utilizar las flechas con fuego. En la manipulación
de  una tea que ardía, esta cae al suelo
y propaga el fuego por el  pasto seco.
Varios proyectiles salen de la oscuridad del bosque  y dan en los cuerpos visibles por el
resplandor de  las llamas que crecían del
suelo. Los quechuas huyen. Dos de ellos 
quedan derribados y son tomados presos.

 

Álvaro de Mendaña duda un
instante. Luego ordena, con debilidad de voz, ahora a los soldados españoles,
bajar de la montaña para atacar. No hubo disposición de ánimo  para salvar a los  quechuas. No 
arriesgan  su vida para ello.
Hacen la finita, o pose de dar unos pasos adelante y solo van al encuentro de
los dos  ingas  que 
huyendo trepaban  la  elevación topográfica. El grupo pasa la  noche en vigilia. Al amanecer divisan entre
las cenizas  dos troncos. En ellos
están  amarrados los dos  quechuas. Uno mostraba una herida en el
muslo  y el otro un  orificio sangrante en el hombro.  Tambores hacía  sentir la gravedad del momento y un coro de
voces elevaba una canción  de lamento.
Están enterrando al niño, cubierto de 
mantas multicolores, en una fosa abierta a  poca distancia  en la que están los prisioneros. Estos  deben de presenciar el acto fúnebre.
Concluida la ceremonia   cargada de
ritos  y lamentos,  los aborígenes, en un  grupo de veinte o veinticinco, se dirigieron
a los quechuas prisioneros.  Formaron un
círculo  e intercambiaban voces con
expresiones  no  entendibles. No obstante se podría deducir
que están  discutiendo  el modo de castigar a los culpables de
haberles quemado sus casas y matado al 
infante.

 

 

Álvaro y los hombres  a  su
mando observaban  en silencio. Isabel se
pone de rodillas, agacha la  cabeza y
suelta unas lagrimas. Dice  en pocas
palabras: no hemos combatido, sólo matamos gente inútilmente. Nadie se atreve
a  proponer una acción de rescate de los
camaradas presos. Pasa el tiempo en forma lenta.  Los ojos de todos ven desde la distancia como
son  soltados de sus amarras  los dos 
quechuas  cautivos. Para sorpresa,
se les devuelven sus arcos y flechas. Demostrativamente, con gestos expresivos,
los aborígenes  quiebran y destruyen,
estos proyectiles, que estaban acondicionados 
para portar fuego. Así con estas posturas  exageradas, dan a entender las consecuencias
y las desgraciadas que causa el fuego. Pasan unos minutos de incertidumbre, y
dejan finalmente en libertad a los prisioneros. Un comportamiento que los
europeos  califican como infantil, pero
luego perciben  la combinación de
inocencia y bondad  en estos hombres y
mujeres que vivían simplemente  como
niños.

 

Álvaro
discute con Isabel  la actitud de los  aborígenes. Ella, reflexiva le dice:

–     
Son 
aborígenes, pero no salvajes.

–     
Recién ahora me 
he dado cuenta que los que nos llamamos civilizados  nos podemos comportar en forma primitiva.

–     
Los salvajes están más cerca, a veces, de
contemplar y preservar la naturaleza. Y de respetar  a
los hombres.

–     
Esto queda acá, entre nosotros. No lo repitas a
nuestro retorno, sino  nos quita el  fundamento ético de la conquista, le dijo en
forma amable, buscando la complicidad, el Almirante.

 

El
retorno a los barcos, cuando todo estaba listo 
demora: Los barriles llenos de agua, no se dejaban transportar
fácilmente desde la orilla a la nave Capitana, que estaba anclada a unas cien  yardas. Se construye una balsa. De pronto en
plenos preparativos para partir se extiende una diarrea que debilita  a 
todos. Se quedan  en  tierra. Sólo Isabel se mantiene sana.
Insectos invisibles cruzaban el aire. 
Hacían  daño hincando sus ponzoñas
y sólo se  anuncian con zumbidos. Los
hombres  que comieron todo lo que
encontraron en esa isla hasta saciarse, sospechan que el mal viene del agua.
Habría que acostumbrarse a esta calidad del 
líquido  que contenía animalitos
diminutos, y sustancias minerales desconocidas.

 

Cuando
la expedición,  recuperada del mal
estomacal, finalmente  regresa  a la fragata Capitana,  encontró a Amadeo muerto.

 

Pálidos de hambre y de miedo,
estaban  todos en silencio. La horda de
expedicionarios había participado pasando junto al cadáver hinchado en un
rictus de indiferencia ante la muerte. Una horrible pestilencia  enrarecía el ambiente, y les hizo recordar lo
cerca que estaban de un final.

 

Una sangre hedionda, a
medio coagular  era cotizada por moscas.
Una mueca de  dolor  se  dejaba de ver detrás de los pelos que le
cubrían la cara. No se  sabe si  a consecuencia de la  enfermedad que lo había acompañado hasta  sus veintidós años de edad o  por efecto del preparado, hecho por Isabel,
que también hubiera podido tomar.

 

Resignación
e indiferencia entre los compañeros de Amadeo. Nerviosismo e incertidumbre en
Isabel y Álvaro. Se mordió ella los labios y juntó el pelo amarrándoselo
hacia  arriba. Quería parecer en ese
instante, más alta de lo que era, o escapar hacia el cielo de una situación que
le era incomoda. ¿Qué hacer con el cuerpo? ¿Echarlo al agua  como un marino? ¿Honras militares? No.
Preferible transportarlo – aunque fuera dura la tarea – y enterrarlo  más allá de la playa en tierra.

 

Una voz aconsejo:

–     
A la orilla del mar nomás.

–     
Así la marea alta se llevará su cuerpo y no quedaran más posibilidades
de verificar la causa de su muerte, asintió otro tripulante.

 

Estuvieron de acuerdo los demás soldados cercanos a él,  con guardar silencio. Isabel levanta aún más
la cabeza, altiva. Los indígenas heridos por las  flechas 
estaban   mejorando y piden una
alimentación  especial para recuperarse
más rápido. El Marqués y Zambo se miraron e intercambiaron, sin cruzar palabra,
sus  dudas, temores e incertidumbre. Y  a la vez, 
su mutua admiración hacia Isabel. La señora Barreto de Mendaña,  dijo entonces 
con  entonación  que sonaba a ironía y a la vez advertencia:

–     
Qué fácil es morir cuando se está lejos de la tierra que nos vio nacer.

–     
O lo que es más difícil aún es sobrevivir, respondió Álvaro, que dejo
sentir que podía estar siendo aludido.

–     
Recordar sin  rencor, es el
verdadero perdón, afirmó ella, para llevar el diálogo a otro tema.

 

Nosotros
vivimos todos los días y cada día más, la segregación, el mal trato, la
poca  paga, la falta de oportunidades y
muchas cosas más. Por eso, ni necesitamos recordar como tampoco perdonar, se
escuchó decir en voz aguda y quejosa. Era el indio Inga que se entrometía, sin
permiso, en la conversación. El Marqués le cortó el entusiasmo  de opinar con una mirada y la mano bien
puesta en la empuñadura  de la espada.
Luego como afirmación definitiva dijo:

–     
Es harto sabido, y ya lo dije,  que los 
castellanos  trajimos  la escritura. Así como  una religión que permite la convivencia con sentido
de ética….. ¿Qué más quieren? Insistió
el Marqués.

–     
Ni la escritura, como tampoco los números, es un
invento español. Más méritos se pueden atribuir a los árabes. Hasta los
caballos los domaron mejor. Se atrevió Isabel.

–     
No te he preguntado tu opinión.

–     
Tampoco la religión 
católica es de origen europeo: se la impusieron y ahora ustedes hacen lo
mismo con los aborígenes, insistió  en
forma impertinente y provocadora, Isabel.

 

Luego
de una   pausa en la que los presentes se
miraron atónitos, el Marqués agregó: “Isabel es una mujer histérica. Estoy
harto de ella, siempre anda quejándose. Toma 
té de coca, luego se intoxica con no se qué semillas y nos falta el
respeto. Cuando llegue a China insultará a los habitantes de esos territorios,
como lo  hace ahora con los europeos”. Yo
hablo de  lo que he visto, replica
Isabel. “Y reconozco que los castellanos trajeron un idioma bello y con una
gramática útil, a América”.   Isabel se
explica:   “Estoy poniendo mis joyas, la
fortuna de nuestra familia, mi honra y hasta la 
vida por España, para  que con
nuestros descubrimientos sea más grande y su riqueza crezca. Así que tengo el
derecho de decir lo que me venga en gana sobre los españoles”. La frase la  dijo sin estar  molesta. Más bien, Isabel no pudo contener una
sonrisa que quedo flotando en el ambiente. Álvaro lo toma como una burla y esto
es  una afrenta. El distanciamiento entre
ambos era cada vez más notorio en el pequeño espacio que compartían Isabel y  su marido.

 

Los
tripulantes procuraban  esta vez no tomar
partido. Era  evidente que de hacerlo,
sólo  lo harían a favor de quien
resultara ganador. No podían arriesgar, estando 
lejos de todo,  aunque era de
pensarse que Isabel  estaba más cerca de
sus  aspiraciones y corazones. El Zambo
trataba a todos bien. Incluso a los 
tripulantes  peninsulares que  se mezclaban entre los  indios. No había rencor a  pesar de que se  sabía que a ellos se les  ofrecieron mayores premios en la repartición
del  botín de la conquista. Si algo le
sucediera al Marqués, la empresa solo podía seguir adelante si la comandaba
un  español. Entonces ellos, los
europeos,  estaban dispuestos a tomar
parte en cualquier conspiración.

 

En esas
circunstancias se elevaron las anclas. Con los primeros  embates de la alta mar haciendo equilibrios
para mantener las naves a flote y los hombres en pie, pasó la tensión, el
trabajo en equipo concentraría voluntades y esfuerzos en una causa común. Esta
vez partió primero  la  San Felipe, la más lenta, y la nave Santa
Catalina y la Capitana  la seguía a
distancia prudente. Las sombras de pobladores 
que vieron  la noche del asalto
quedaron en el recuerdo y eran ahora materia de nueva discusión. Si el
propósito del viaje  fuera solo el de
reclutar trabajadores para los campos de Cañete y Chincha, entonces se hubiera
podido retornar con éxito,    seduciendo
o capturando  dos docenas de aborígenes.
Una  voz, como no dando importancia al
asunto, dijo que los  seres humanos  vistos, 
eran  de baja estatura  y débil estructura. No servirían como los
africanos para el trabajo. Ya casi todos sabían que otra era la intención de
los viajeros, aunque sus intereses  se
distanciaban cada día  más.

 

Para
los registros, Mendaña había realizado, con la suerte que lo acompañaba, el
descubrimiento de Tuvalu, una isla de gente pacífica que nunca tuvo
conflictos. Esta se encontraba  en la
ruta hacia el extremo suroeste del Océano Pacífico. A pesar de que la
gente  del lugar no  era peligrosa, decidió, ahora al final  del mes de 
agosto de 1595 seguir adelante, en busca del oro y  la gloria, 
hasta conseguir volver a ubicar las Islas Salomón.

América vivía bajo el
signo telúrico de los grandes acontecimientos: terremotos, ciclones, sequías y
otros tormentos de la naturaleza que impulsan la capacidad de sus habitantes de
improvisar para  sobrevivir. A ello se
sumaba ahora el desafío de la Conquista.

CAPITULO  IV

¿Isabel,
niña que se está poniendo  ciega,  y desarrolla 
un olfato de aventura?

 

 

En un ir y venir de voces en el viento que hace
difícil descifrar significados. A sus tres años de edad, ISABEL estaba  recibiendo su nombre en un acto de fe, de la
que ella era aún  ajena. Estaba parada al
lado de la pila bautismal que fuera improvisada en el patio de la casa que
compartía su padre con una concubina indígena. Apenas, quien sabe, en
melancolía – ese qué sé yo de ausencia – miraba a esa fuente de agua bendita en
sollozante  orfandad. En la superficie
del líquido, imaginaba el reflejo de la cara de Mariana, su madre, para ella siempre  ausente. Instintivamente la pequeña se
agarraba con fuerza de la mano de Adriana. De la otra mano con gran firmeza, la
cogía su padre, don Nuño Rodríguez Barreto, quien mientras rezaba, no escondía
en su rostro el temor de que la niña se le pudiera escapar. Isabel, sin
pronunciar palabra alguna, exteriorizaba en sus ojos una ansiedad aún ingenua,
de ese éxtasis de cuanto absurdo existe.

 

Adriana, la concubina indígena, de Rodríguez Barreto
nunca se peinaba con la trenza que caracterizaba a las aborígenes y tampoco
llevaba vestidos a la usanza nativa. Aun cuando se decía que Adriana  provenía de una estirpe nativa encumbrada de
la que podía sentirse orgullosa, ella se esforzaba en comportarse como una
europea. En circunstancias  como
esta,  escondía  su rostro cobrizo detrás del abanico que  complementaba su vestuario ajustado y
abotonado a la moda  del Viejo
Continente. Aunque cuando estaba sola, gustaba más usar poca ropa, y andar sin
zapatos. Sin duda ejercía con su comportamiento una sutil influencia en Isabel.

 

En el amplio terreno arenoso, destacaba la casa frente
a las del vecindario, por estar forjada en troncos de madera de algarrobo
antiguo,  plantados sobre  adobe – barro secado al sol – y moho. El
vidrio, traído por los españoles, dejaba pasar la luz por las amplias ventanas.
Grato ambiente en el que permanecía  el
aroma  dulce de  algarrobina, que se combinaba  con suaves fragancias de flores de cactus,
que crecían en el desierto desde que los tiempos tienen memoria.

 

Isabel, siempre haría
notar de algún modo su presencia. Quizás fuera la irradiación de su alma o ese
fenómeno extraordinario, que a corta edad definía su personalidad, la que se
difundía envuelta en distintos aromas. Las fragancias más encantadoras. Los que
las inhalaran – sin darse cuenta – estaban poseídos de un ánimo de admiración por
esa  niña que con el transcurrir del
tiempo se convertiría en mujer grandiosa.

 

Isabel había
nacido en  la Ciudad de los Reyes, como
se llamaba la capital del Perú. En el barrio de Santa Ana conocido también como
El Chirimoyo. La finca, construida con amplitud, con sus enormes portones y
ventanas enrejadas, mostraban un aire de misterio. A gusto de Mariana de
Castro, madre de Isabel, se la adorno con algunos azulejos moriscos y columnas
de estilo arabesco, tras las que  se
pueden apreciar patios techados. Mariana tenía fino sentido estético, que le
venía de su ascendiente que se ligaba a un cultivado califa, arraigado al norte
de África. Un suave olor a cuero se mezclaba en los vastos jardines de la
propiedad, con el aroma de plantas frescas. Isabel  era – y eso de su verdadera madre lo supo
recién poco antes de casarse –  hija
legitima del lisbonés, Nuño Rodríguez Barreto y doña Mariana de Castro. Él
partiría de joven de la capital portuguesa y se criaría en Galicia, territorio
septentrional de España bañado por el mar Cantábrico y el Océano Atlántico.
Mariana, como era costumbre entonces al tener sangre mora, sería de las
primeras mujeres que accedían acompañar a los colonizadores europeos a tierras
en las que prevalecían las razas oscuras.

 

Por el  mal
clima húmedo y carente de sol de Lima, mamá 
Mariana enfermó de los pulmones. Esta situación se pondría más grave, al
nacer su hijo Lorenzo. Fue cuando hubo que trasladarla a la ciudad de Jauja,
ubicada en las serranías peruanas, en el departamento de Junín. Nuño, temeroso
de la salud de sus hijos, viaja al norte del Perú, a San Miguel de Tangarará,
conocida después como Piura, llevándose  a Isabel consigo.

 

Isabel  creció
fuerte y con cara al sol. Como si desde que viera al Astro-Dios de los Incas, –
especialmente candente en  Piura –
supiese que su destino sería el hacer frente a los más grandes desafíos. Piura – por la que discurría el río Chira – era la primera población en el Perú forjada e
integrada mayormente por convencidos cristianos. En aquella aldea que se
convertiría paulatinamente en ciudad, se estaba 
empezando a construir, con el trabajo sudado de los indios y la enérgica
dirección de los clérigos, una imponente Catedral, cuyas torres desafiaban al
cielo y se sobreponían a los vestigios de ancestrales pirámides.

 

El Sacerdote
que le administró el Primer Sacramento en idioma español, era  un mozo rollizo de la lejana Castilla.
Respondía al nombre de Padre Juan, y ya, desde el mismo instante que piso
tierra del Perú, se le respetaba como a un privilegiado. En el Perú disfrutaba
de la mejor comida, y disponía de una numerosa servidumbre nativa. Los
Rodríguez le obsequiarían una cruz hábilmente labrada en oro y recargada de
filigrana, trabajada por manos laboriosas de los artesanos del pueblode Catacaos,
gracias a lo cual mantendrían muy buenas relaciones con este enviado de Dios.

 

En casa de
Adriana, propiedad sin aspiraciones de ostentar la familia materna, quedó
acondicionada desde el día de la ceremonia de bautizo, en contraste, sólo  una cruz 
de madera. Estas diferencias entre riqueza y pobreza y las  similitudes entre el poder y la fortuna, se
comenzaban a afianzar en América como permanentes. Y la Iglesia se acercaba
mucho más a los ricos que a los pobres.

 

El padre de Isabel, Don Nuño Rodríguez Barreto, lleno
tanto de esperanzas como de inquietantes dudas, no escogió por casualidad el
nombre de Isabel, para su primera hija. Pues la recién nacida era hija de padre
europeo, madre árabe Nord-africana y ahora educada por indígena americana. Por
lo tanto, no tenía la mentalidad ni el color de piel, de europea.  Importaba muchísimo ello en estos años
primigenios  de la conquista.

 

Entonces
Rodríguez Barreto, porfiaba en la conveniencia, que la hija a la que le decían
desde su nacimiento  Nena, tuviera ahora
por el bautizo, el nombre español de Isabel, que le diera así una denominación
de pertenencia al grupo que dominaba, que eran los emigrantes blancos. Este
nuevo nombre, la identificaría con  una
figura fuerte y prominente. Isabel La Católica, 
entonces vigente en el Mundo en el que crecía la influencia de España
por la campaña de sus intrépidos capitanes. Isabel  II, a semejanza de la reina madre, sería
también un ejemplo, y a la  vez manto
protector. Llevando el nombre de estas damas que habían demostrado  fortaleza y capacidad de negociación, los
españoles  – creía el padre de Isabel –
la  respetarían. Además, la no pura
europea debía ser educada con esmero en todas las artes y ciencias, para hacer
frente a cualquier dificultad, especialmente las de ser discriminada o relegada,
no sólo por los por los propios europeos, sino en el amplio y poco
conocido  ámbito de los indígenas, que
entonces sumaban  más de dos  millones.

 

Vetusta y
encorvada como una mecedora de mimbre, Adelaida Abarca, madre de Adriana,  compartía 
cuidados para la pequeña Isabel. Era una quechua más baja que alta, que  vestía como india, con túnicas  amarradas 
y sin botones. Ella contaría a su modo, con contenido orgullo,   cuando Isabelita apenas tenía cinco años de
edad, corría detrás de las gallinas, a las que no dejaba escapar; luego,
conforme iría creciendo, su fortaleza  y
agilidad  la  haría 
enfrentarse a  animales  con más peso. Con  un cuchillo en mano, Isabel daba cuenta de
pequeños chivos, a  los que, en vez de
mimarlos como lo hacían otros niños, 
aniquilaba de un certero corte en la yugular. Les succionaba la sangre
para  saciar su sed, que en el  calor de Piura, en la que por la cercanía a la
línea ecuatorial, el  sol  cae en forma vertical. Por las casas cercanas
en las  que  Isabel jugaba, habitadas  todavía por los indios,  se ven 
muchos perros del tamaño de un gozque, 
que son  diferentes a las razas
conocidas en España. Estos animales con poco pelaje y piel oscura,  se integran a las manadas de cabras que se
desplazaban levantando nubes de polvo casi blanco. Detrás de estas aparecían
los pastores, siempre vestidos de blanco. Y aún más atrás venían andando
despacio, macilentos, los borricos acarreadores de leña.

 

Isabel intercambiaba 
caricias con los  animales con inocencia
y temeridad. Cuando llegó una tarde a casa con la mano sangrante por la mordida
del perro, ella no lloraba. La lavaron con cuidado y preservaron con una  venda. A los pocos días Isabel se quejaba de
que  veía las cosas en forma distinta.
¿Se había envenenado, habría cogido la rabia? Su estado de salud se mantenía
estable en tanto su visión decaía. Después de un mes podía ver las cosas con
mucho esfuerzo.

 

En el norte
del Perú se esparcían versiones – que Isabel escuchaba ansiosa –  sobre los Tallanes. La mitología decía que
eran unas criaturas audaces, que tenían un rabo del grosor de un dedo en la
nuca. Eran además en su mayoría tuertos. En realidad, la ceguera parecía  haberse esparcido por la mordedura de esos
perros flacos de piel liza que pululaban por el antiguo Perú. Y  los Tallanes eran indígenas que habitaban en
Tumbes al norte de Piura, de los que se decía que habían venido de unas islas
lejanas, montando las olas y ayudados por fuertes vientos. Fueron los primeros
que se encontraron con Pizarro y sus huestes, que desembarcaron en  la comarca entonces llamada Tumpis. Pero
además de generosos con los foráneos sabían del manejo de embarcaciones a vela,
para lo que a pesar de  su ceguera
parcial habían desarrollado especiales atributos.

–       
¿Puedes ver Isabelita esta cabra que viene hacia
ti?

–       
Sólo percibo un bulto en movimiento. Pero sé que
es una cabra porque la huelo. Y también me doy cuenta que viene hacia mí,  porque el olor se intensifica.

–       
¿Estás segura?

–       
Claro, yo sé donde están todas las cosas, porque
de estas emana un aroma. Puedo percibirlas detrás de un muro o a una distancia
en la que ustedes  no la verían.

 

Isabel creció, así con un instinto sobre
dotado del olfato. Un brujo le contaba a su padre que los perros, esos que
vivían ahí desde la época de los Tallanes, transmitían a través de la mordedura
una sustancia,que hacia a la víctima más 
sensible – como ellos- a los olores. Eso compensaba su ceguera parcial.

 

En el quehacer diario la niña Isabel
parecía no estar limitada. Solo se apreciaba 
unos ojos grades – muy abiertos como si tuvieran ansias de ver todo –
pero a la vez inexpresivos en razón de que no reaccionaban al no poder percibir
con intensidad. Eso le regalaba una marcada 
expresión de inocencia y  belleza.

 

Interesada
además en saber todo, ella indagaba sobre Europa. El padre de Isabel le
aclaraba que si bien  habían pasado unos
trescientos años de las sangrientas cruzadas, la intolerancia religiosa,  junto con la división social, la hambruna
y  las epidemias de enfermedades
contagiosas eran la carga más pesada de las carabelas que  atravesaban los mares, empujadas por los
vientos de la ambición alimentados por la civilización greco romana. La niña
prestaba especial atención cuando don Nuño Barreto repetía, reiteradas veces
que en América los recién llegados no eran perseguidos por los aborígenes. Así
era posible que unos cuantos forasteros 
conquisten a millones en su propio territorio.

 

Decían – y Nuño se lo repetía a su hija – que
en el Nuevo Continente, la tierra parece desprenderse con facilidad de la
superficie. Un ligero viento o la pisada de un 
animal,  puede elevar la fina
tierra convertida en polvo que se mezcla con el aire.  En América todo – el  hombre y su medio – está en evolución  y no tan asentado como en Europa. El paisaje
es sosegado, y se viven momentos en que la conquista en sí no peligra, por
la  pasividad de los aborígenes y su
disposición de adoptar lo bueno y distinto – incluso la religión – que viene de
un continente  al que se considera
jerárquicamente más  antiguo.

 

El aire se respira aún  limpio en Piura, esta población peruana en
que estaba  creciendo – y desarrollándose
– Isabel. Piura es entonada con casas, vegetación y cielo, que combinaban
armónicamente el ocre, los distintos verde, el blanco y azul, como si fuera una
acuarela paisajista en la que los contornos no son más importantes que el
conjunto. Esta agradable conglomeración de 
construcciones de campo en una aldea que aspiraba a ciudad, que con el
transcurso del tiempo, se quedaba con menos sombra.

 

Adriana, que no aparentaba interferir en la
formación  hispana de la hija de su
conviviente,  rara vez opinaba. Pero  se animó en recordar, que la  improvisación de los quechuas,  se complementaba con el afán  de construir 
grandes obras, para  lo que  se 
considera permanente: Una 
vida  después de la muerte. Así lo
testimonian las tumbas de los caciques, que – como en otras antiguas
civilizaciones –  utilizaron su poder
para proyectarse al más allá, en la 
creencia de alcanzar  la vida
eterna.

 

Así el padre de Isabel
para contrarrestar cualquier inclinación indígena, seguía instruyendo a su hija
sobre la Europa que ella no conocía. Sin embargo, percibe  la fuerte 
influencia del Viejo Continente en todo lo que acontecía en su
alrededor. Eso le causa  mayor
curiosidad  respecto a la existencia de
otros pueblos en latitudes lejanas. Supo entonces  a corta edad, que la codicia que vence a la
silenciosa caridad, determina el rumbo político de Europa, en la que el hambre
y la angustia alimentan el afán de aventura. Había en Europa un
refulgente entusiasmo por viajar al Perú. Míseros como Pizarro, sin
educación  ni fortuna, venían de un país
pobre a otro rico, un Imperio más grande que Europa entera. Ahí, sin las
fronteras de la ley ni barreras morales, se habían hecho de mayor riqueza los
habitantes a los que pertenecían esas tierras. Esa carencia de ética la
resolvieron aliándose con la Iglesia Católica – que soportaba  una lucha interna, con la aparición de luteranos
y calvinistas y una externa con los infieles – 
para, de algún modo, justificar sus fechorías. Era como un cuento de
hadas, en que se podía volverse uno rico y noble – argumentando que se es el
bueno que mata a los malos – que querían hacer realidad muchos europeos.

–       
¿Por qué el pueblo quechua  no opuso resistencia a los invasores?, era
una pregunta que Isabel hacía con frecuencia.

–       
El incario era un estado social, en el que el
Soberano velaba por el bienestar de huérfanos, ancianos y desposeídos. El
pueblo vivía una disciplinada pasividad. Entonces, se creía que muerto el Inca
vendría otro gobernante que seguiría resolviendo los problemas de todos. Era una de las respuestas que ella prefería.

 

Don Nuño Rodríguez que se había convertido en su
maestro, le decía que Europa se desangraba en luchas internas. Se
necesitaba  mucho oro para cancelar
deudas a soldados impagos. El papel de una Nación había sido trastocado. El
Gobierno no ofrecía protección ni estabilidad en el propio país. Más bien
proponía que sus habitantes  –
ingleses,  holandeses,  portugueses 
o españoles – se dediquen a la rapiña en territorios ajenos,
obligándoles a que parte del botín sea enviado a la Metrópoli. Como propaganda,
se decía que en los dominios de España nunca se ocultaba el sol. En realidad,
el brillo del Imperio  había decaído a
tal punto, que cientos de miles de personas tenían que matar o morir para
sostener esa falacia. Se buscaba consolidar una 
sistematización de la explotación. Así el poder invasor en América no se
limita al expolio de riquezas materiales. Para perpetuar su dominio, se
esfuerza en  aniquilar cualquier vestigio
espiritual, así como  toda hechura
material que vincule o recuerde  a los
vencidos con sus culturas ancestrales. Se adoctrina y presiona al indio para
que  sienta a su propio ser como una máscara,
un signo exterior y visible que lo avergüence de su raigambre. Surgen así – con
el aporte de  gente temerosa disfrazadas
de valientes, como Nuño – por doquier de monasterios, capillas, iglesias y
templos decorados con mucho brillo, que contrastan con la sencillez y el recato
en que viven los aborígenes convertidos. Pocos son los  que se resisten. Más bien,  se atreven solo en fiestas populares llevar
mascaras, para encubrir en cantos y ritos 
sus verdaderos  códigos  celestiales.

 

——

 

El padre de Isabel y jefe de familia, don Nuño, salía
poco de su nuevo  hogar  mestizo, donde se le respetaba y hasta
veneraba. Rumores que él mismo  había
esparcido, decían que era hidalgo, afincado en 
el Perú con la espada desenvainada para hacerse de una posesión. Eran
tiempos  de conquista, en la que se
formaban reducciones, y las tierras eran repartidas en encomiendas y otras
formas en las que las autoridades españolas pagaban mercedes. La propiedad de
tierras  aseguraba prestigio social y
aristocracia. Combatiendo consiguió la recompensa de que se le asignara campos
para la agricultura y el ganado. Sabía 
algo de ello, porque al igual que Pizarro y otros aventureros en España,
crecieron familiarizados con la crianza de cerdos. No había sido  formado en un ejército regular, a pesar de
que llegó, por fanfarrón  y valiente a
ostentar el grado de Capitán.

 

Perdió tejuelos y reales en apuestas y en
reyertas,  luego tuvo que ceder  parte de 
sus tierras, y finalmente  su
único  semental. Al borde de la ruina
económica, le seguía distrayendo  el
juego de azar, la bebida  y el estar
orgulloso más allá de la ostentación de ésta hija, con la que jugueteaba y
engreía hasta el agotamiento. Bajo el efecto del alcohol, reafirmaba que  había traído a Isabel de España. Nadie le
creía. En la aldea, la mayoría sabían bien que Nuño por  precaución, más que por convicción, bautizó a
su hija ahora casi ciega en Piura, para quedar bien con los influyentes
clérigos, y mantenerla en la esfera de influencia europea.

 

Alejado de la
capital del virreinato del Perú, las licencias eran mayores, como las que se
toma Nuño con el concubinato, estando aún casado. Eso no era importante en
tanto la concubina fuera indígena. Con el transcurso de los años se le llamaba
casi a fuerza de costumbre, con pausado acento provincial, caballero Porque
simplemente poseía un caballo árabe, que lo montaba poco. Más  servía el animal  como padrillo, para cruzarlo con burros y
engendrar las mulas muy aptas para el trabajo. El Don  que llevaba antes de  su nombre no era título nobiliario,
menos  grado académico,  como tampoco rango militar. Simplemente se lo
ganó por su gentileza, al tratar de ayudar 
sin recursos económicos, sólo con 
su presencia o palabra, a los más necesitados.

 

Ahora  Rodríguez
Barreto  se empeña en rescatar a Isabel
de  su condición de criolla, y hacerla
sin ninguna duda,  nacida en  España. Habían pasado  ocho años desde que recibió el primer
Sacramento. Era el momento para ello y Nuño insistía, haciendo ofrecimientos
tentadores para la comodidad y orgullo del religioso, que vivía en el esplendor
del respeto y la duda. El Sacerdote 
Juan, sin decir palabra, 
sólo  con un gesto con la mano, le
señala a Silesiano, un monaguillo 
que   moraba  en la Sacristía de la Parroquia,  y que fungía de ayudante del Cura. El niño
que tendría unos  once años de edad, con
una  sonrisa de complicidad, se
comprometió en hacer desaparecer  todo
rastro de la partida de bautizo de Isabel Rodríguez. En la que figuraba, en
letras góticas que habían nacido en Lima. Y así liberó a Rodríguez de su
angustia.

 

Isabel,  con el
apremio  de los años  e 
influenciada por su ancestro árabe, logró ser hábil en adiestrar y
montar caballo. Para ello no se necesitaba buena vista. El animal sabía guiar a
la persona. Ella se empeñaba en hacer caminar potros sobre la arena con un
singular paso, con las patas al costado, lo 
que hacía una cabalgadura más 
suave. Con la educación afectuosa pero estricta, Isabel mostraba una
desarrollada personalidad.  Pasadas las
épocas de juegos inocentes,  y si no
hubiese sido por los senos y las caderas protuberantes que le crecían a la
velocidad de su adolescencia, podría creerse que – por su carácter fuerte – se
convertiría en hombre. No obstante la joven, entrada a la edad de  quince años, deja de lado los mimos caseros y
comenzaba a dar muestras de sus inclinaciones como mujer, que busca a un hombre
que la desee.  Edad temprana, en la que
los  padres  se preocupaban de que  las hijas mujeres,  en esas tierras olvidadas,  casaran a algún varón prometedor. Él debería
– aunque venido de  lejos –  estar provisto de abolengo, que les
garantizaran honor y  fortuna.

 

Nuño Rodríguez, logra con algunas relaciones
hechas  en el ambiente del juego de azar,
un trabajo en la oficina de correos del Puerto de Paita, cercano a Piura;  que crecía en importancia y había sido
designado  por el Virrey como centro de
operaciones postales. Isabel se llevó sus caballos a esas playas. Ahí procuran
darle a la joven mujer una alimentación en 
base a huevos de tortuga marina, que según decían, le haría recuperar la
vista.

 

Zchenn aparece entonces, como varón en la vida
de Isabel. Jugando a las escondidas, se contaban todas las experiencias
infantiles. Ella, a  pesar de que estaba
mejorando de la  vista, mantenía su
costumbre de tocar todo para percibir mejor las cosas. Ahora – en el aroma que
percibía Isabel –  el niño con que jugaba
se había convertido en un hombre, y ella en su 
deseo. La piel de Zchenn era cobriza pero algo más amarillenta, que  lo hacía parecer pálido. Eso comenzaba a
percibir con la vista Isabel porque lo tenía cada vez más cerca. Así le llama
atención sus ojos  estilizados, que lo
confundían con un aborigen de los Andes o un nativo de la tribu de los
aguarunas, que puebla la ceja de la selva amazónica. Sin embargo era distinto,
tanto de los indígenas como de los europeos. De 
espina dorsal  larga y piernas
cortas, parecía un niño grande o un adulto débil. Su carácter apacible,
escondía una  forma cultivada, hasta
reservada de expresarse a través de maneras finas: como si no quisiera
entorpecer a los demás. Prefería pasar desapercibido.

 

Fueron las historias que él contaba,  – oídas según afirmaba  de boca 
de su abuelo –  las que cautivaban
a la joven. El estaba reemplazando la figura paterna y nutría la curiosidad de
Isabel por conocer el Mundo. Ella había nacido para servir las cosas nuevas,
fuera de lo común, para lo 
extraordinario y quizás para lo superlativo. A orillas del mar de Paita,  Zchenn 
relataba las odiseas de un marino que había llegado desde muy lejos,
remontando durante meses los océanos en un barco muy grande a estas costas
misteriosas.

–     
Las que había 
bautizado precisamente con ese nombre, acentúa Zchenn.

–     
¿Cuál nombre? Preguntó intrigada Isabel.

–     
Milu, el misterio detrás de la bruma.

 

El joven con
aspecto infante, que nadaba mejor que los peces,  ya 
había crecido como hombre de frágil figura y amplia sonrisa. Pero
ahora   se puso serio. El  repetía que Perú se encontraba, según
los  viajeros,  tras la neblina, debajo de una capa de nubes
que bordeaban el mar. Escondida tras estas masas suspendidas, que los vientos
llevaban a cubrir  vastas extensiones,
dormía este  país, maravilloso y
exuberante, cobijado en  colosales
montañas y grandes   misterios. De las
montañas donde se esconden épocas perdidas, crujen ruidosas fuerzas que quieren
romper con los atavíos de inútiles recuerdos de una civilización de hombres
poderosos. Se conocía que  ahí  también 
poblaban animales de  diferente
tamaño y colores, que no se veían en otras partes; así como una  vegetación exuberante en  selvas 
profundas,  surcadas  por los ríos más caudalosos, así como
enigmáticos habitantes. Isabel escuchaba asombrada. Le fascinaba  el entusiasmo que ponía su amigo en contar
con adornados detalles,  cosas que le
resultaban a ella desconocidas y cada vez más interesantes. Le hablaba con un
poder cautivante de otro país grande, muy alejado, donde habitaban muchos
hombres y animales. Ella lo anima a 
seguir.

–     
Repíteme, Perú ese nombre que los soldados de
Pizarro en Panamá, comenzaban a usar para las tierras  del Imperio Incaico, viene entonces de Viru
ese valle que no está tan lejos de acá en dirección al Sur,  interrogó asombrada.

–     
Yo diría 
que de Milu, este país es en sí, 
misterioso y tiene las costas nubladas. Afirmó Zchenn  reflexivo.

–     
Misterioso, contradictorio, complicado y bello
es pues Milu o Perú, asintió ella.

 

Evidente era 
que  Isabel no sólo escuchaba,
sino que comenzaba a asimilar  y
compartir los criterios de Zchenn. A veces se compenetraba tanto, que  con el aporte de su imaginación, engrandecía
los relatos de Zchenn. Veía con los ojos cerrados en el horizonte de su
creatividad cerros altos, de los que emanaban llamaradas de fuego  y denso 
humo. Quería llegar a las lejanas islas de  donde venían 
los  antepasados  de Zchenn, 
en las que los volcanes  serían
una señal de tierras  primitivas en  evolución. No importan las distancias  ni los peligros a  que podía 
enfrentarse. Intuía, y así se lo decía a su joven amigo, que donde ella
llegaría, se la recibiría bien.

 

Conservaba Isabel, joven y pura aún,  el secreto de la  inocencia. Lo compartió de pronto,
instintivamente, con Zchenn. Ambos comprobaron, acariciándose,  que 
poseía  un cuerpo hermoso,
adornado por una cabellera frondosa y 
sedosa, color pantera, que cuando 
se iluminaba con los  rayos de la
luna llena, irradiaba colores rosa y azul. Ella la meneaba, la lucia  con gracia y habilidad. A veces escondía sus
ojos que se estaban convirtiendo – en la medida de que los huevos de tortuga
hacían efecto en traviesos. Los
cuidados del pelo – con ungüentos que guardaba con celo – mostraban,  que 
Isabel  desarrollaba la magia de
utilizar plantas y sustancias de animales, para combinarlas hábilmente con
buenos  resultados para recuperar su  vista. Para complacer  los otros sentidos, y complementar los
manoseos y tocamientos, Isabel había descubierto las  bondades y efectos de la utilización sutil de
aromas, olores que se transportaba para transmitir sensaciones agradables. El
joven Zchenn la admiraba e Isabel le tenía plena confianza.

 

El día de  dolor
llegó semanas después, Rodríguez Barreto le alcanzó la noticia de la muerte de
Adriana, que la había criado, y con la que se había encariñado. Hacía días
que  la pus  emanaba de su cuerpo y que le habían tratado
los curanderos de su  pueblo natal,  bajados de las serranías de Ayabaca. Fue
asistida espiritualmente por la Iglesia Católica  en sus últimos  momentos, como correspondía.

 

Después  del
entierro, el padre de Isabel  la
preparaba para sus responsabilidades de adulta, dentro de lo que debía
reemplazar a  Adriana en  algunas tareas domesticas. “Al fin, debes de
seguir ahora las costumbres españolas y olvidar las indígenas”, le dijo. Luego
le reveló, en confianza, que  ella podía
sentirse libre  en declarase  como hispana. La partida de nacimiento, en
San Miguel de Piura, había desaparecido por 
amistad o complicidad de un monaguillo. “Más te convendría decir que te
traje de pequeña y que  Adriana
simplemente te crió”. Eso es importante acá y en otras partes del mundo, porque
tú – estoy seguro –  viajarás muy lejos.

 

Apenada porque
se le exigía decir lo que no pensaba, ella pregunta: ¿Dónde en verdad nací? En
Lima, fue la respuesta.

 

La tristeza pasa al poco tiempo. Estaba feliz con
Zchenn. Se  sentía  orgullosa de él. Le contaba el mozuelo en la
intimidad con voz suave y seria, sus secretos, acompañando sus palabras con la
expiración de humo, el que inhalaba instantes antes. No era  difundido 
entonces  el fumar, lo que se  apreciaba como un acto de magia. Lo había  aprendido de su abuelo, “El navegante chino”.

 

En la mayor confianza 
– y eso sería lo más interesante en él para la  curiosa Isabel –  le dijo Zchenn, que guardaba  una  
carta de orientación oceanográfica, heredada de su abuelo, en el que se
describía la ruta que lo había traído a estas costas. Se  expresaba repitiendo palabras que había
escuchado de niño, de  tierras
fantásticas, en la que habitaban muchos hombres. Las dimensiones  eran enormes. Parecía que exageraba, cuando
su relato lo acompañaba extendiendo sus brazos flacos, en la forma  más amplia posible para graficar
grandeza.  Tenía este misterioso mapa
enterrado debajo de un árbol, frente al cual 
dormía una enorme piedra. Algún día, cuando  ella esté 
convencida de poderle dar buen uso a ese secreto, iría  en busca de 
la  cartografía,  y se 
lanzarían juntos a  buscar las
rutas descritas.

–     
Me causa gran ilusión  la idea de viajar.

–     
A mí no se me había ocurrido eso, dice con  sencillez natural Zchenn.

–     
Hay que estar poseída de un poder extraordinario.
De una fuerza convertida en voluntad, 
que te da la energía  para vivir
en un lugar desconocido. Trasladarte; muriendo un poco aquí y nuevamente
revivir  allá, sin ser otro. Es en fin,
proyectarse a vivir más  acercándose a la
eternidad.

–     
No  te
entiendo, le dice el joven a Isabel.

–     
Es como multiplicarte, es ser tu mismo varias
veces y en distintos sitios.

 

Zchenn
acariciaba a Isabel, en busca de tranquilizar su impetuosa impaciencia. Sentía
ahora que  ella se  le escapaba. Isabel, como adivinando lo que
él pensaba  le dijo:

–     
Antes eran los dioses los que nos guiaban al más
allá. Ahora serán los descubridores los nuevos orientadores de las sociedades.
Serán los héroes a emular.

–     
Yo no pretendo ser Dios ni héroe, quiero ser
sólo feliz, dijo el joven hombre.

–     
Es que no te das cuenta Zchenn – insiste ella –
donde radica el verdadero poder, con el que se puede cautivar. Luego agrega:
la  hazaña de tu abuelo no es conocida.
Son los religiosos los que no están interesados en tener competidores. Sólo
como lo hizo Isabel la Católica, aliándose y haciendo concesiones con los  que se creen representantes de Dios en la
Tierra, se puede descubrir 
verdaderamente lo que hay aquí en este Mundo.

 

A partir de ese día, cada  amanecer crecía  sus 
ansias, alimentadas en 
sueños  nocturnos de emprender la
gran aventura. Ella siente – comparte – con 
el juvenil Zchenn,  que   habla como un experto en muchas cosas, sus
deseos de  construir una barca,  ponerle velas y dejarse llevar por los
vientos en afán de libertad. Corren a la playa y convierten sus  jóvenes energías en pasión. Luego, cuando
descansan sus cuerpos, contemplan como las olas repiten su lealtad a la orilla,
que las recibe una y otra vez. Se hacen cómplices de  la naturaleza y  entran desnudos a las aguas tibias del mar de
Paita; sin saber que sus sueños se extenderían por la inmensidad de los
océanos. Hasta que se hizo de noche y la luna como una bola de fuego,  los iluminaba alimentando su encendida
pasión.

 

Otro
acontecimiento feliz: Isabel estaba recuperando rápidamente su visión, en tanto
que mantenía su mirada incrédula de criatura inocente, con los  ojos bellos bien abiertos sin mirar
definitivamente nada. No se  sabe en razón
de que. Es  parte del misterio. Esa  mujer demostraría que podía llegar más lejos
que cualquiera. Hacerse fuerte ante 
todas las tentaciones. Sufrir las intrigas más audaces. Soportar el
dolor más intenso. Enfrentarse a un toro y vencerlo. Comerse un pavo entero o
quedarse dos semanas sin probar alimento. Asombrosa era su belleza y, más aun,
su fuerza de voluntad.

 

 

 

 

No tenía sentido descubrir solo unas
islas,  si se venía de un  país tan grande como el Perú. “Los que
venimos de un imperio  buscamos otros,
como  China o la isla japonesa”, se había
dicho reiteradas veces la señora Barreto de Mendaña
.

CAPITULO
V

Ni
las noches terminaban porque hubiera amanecido.

 

 

 

Tanto de día como en
la oscuridad se percibía la cercana sublevación de las pasiones

Los expedicionarios fueron venciendo
el océano de distancias. Andaban 
recordando los  ajetreos antes de
su partida, y los avatares del camino recorrido, a trescientas leguas de Hiva
Oa, por donde les quería guiar la fortuna. Se abandonaron a  merced de las olas en espera de las ráfagas
de aire. Los  vientos  los llevarían al norte, si las corrientes
marinas no se ponen en contra.

-Tendremos que llegar hasta el
paralelo  20 y de ahí  doblar al oeste, afirmaba Isabel

– Para eso falta aún mucho,
reflexionaba  Álvaro.

Ya no era un secreto para la
tripulación entera que  el Marques  compartía 
con el Piloto Mayor  más dudas que
aciertos sobre la dirección en que iban.

 

Importaba mucho cuantos
días habían transcurrido, mas aun si estos se convirtieron  en largas semanas y estas se transformaban en
meses. De pronto, dentro de la 
informe  penumbra descubren, a más
de   mil cuatrocientas leguas  del Callao, otra isla  que llaman San Bernardo. Los pocos habitantes eran visiblemente  pobres y las posibilidades de aprovisionarse
muy escasas. Por ello, sin demora, siguen el viaje. No ven, porque  pasan de noche,  las islas Nakunono y Fakaofu, y
por eso cuando llegan a   la Niulakito, denominan esa 
isla   Solitaria.

–     
Ah, qué extraño todo esto, dice Isabel.

–     
Uno presencia el cosmos en  sus propias pupilas, pero alrededor no hay
nada ni nadie, interviene el Zambo.

–     
Si hubiera gente acá, los españoles no tendrían que
viajar hasta el África para buscar esclavos, enfatiza la señora de Mendaña.

–     
Y nos dejaran tranquilos, acentuó Zambo, recordando
su origen y el poco tiempo que trabajo como esclavo.

 

Quiroz,
que  recién se une al grupo, no sabía
exactamente de que hablaban, dijo alterándose visiblemente:

–     
¡Nuestro 
propósito ahora es  conquistar más
territorios, y por eso se seguirá a vela extendida! Luego en voz baja suelta el
comentario desalentador: “no estamos 
siquiera  seguros de que
encontraremos las islas de Salomón”.

 

Isabel sabía que  su destino era llegar a las tierras lejanas,
las que estaban al otro extremo del Mundo. Se lo había prometido a Zcheen  y a sí misma. No tenía sentido descubrir sólo
unas islas,  si se venía de un  país tan grande como el Perú. “Los que
venimos de un imperio  buscamos otros,
como  China o la isla japonesa” se había
dicho a si misma reiteradas veces la señora Barreto de Mendaña. Ahora rodeada
de  personas que la miraban
interrogantes, ella decide callar.

 

En ese instante aparece
Pedro Merino visiblemente borracho. El Piloto Mayor Quiroz, reprime  al Maestre de Campo Merino, porque éste  había amenazado repetidas veces, con la
espada en mano,  a los marineros,
propiciando aún una mayor división entre la tripulación. Los soldados y la
gente marinera comparten espacios reducidos, pero no los mismos ideales. Hay
reproches porque  nadie sabe donde se
encuentran exactamente. Él desafió, los peligros comunes mantenían una precaria
paz y unión entre los embarcados, tal vez solo hasta llegar a un lugar más
seguro. En tanto  Isabel quería guardar
algunos recuerdos. Acumular datos del viaje. Ella era la más entusiasta.
Siempre trato de ocultar, que si bien leía con asiduo, no tenía práctica en
escribir, y le  invadía el temor de
hacerlo con faltas. Un mal que se presentaba con frecuencia en las mujeres
mestizas, que escuchaban en  las  primeras voces venidas  de la madre, una lengua distinta a la que se
expresaba el padre. En Isabel se contraponía la educación  europea que le daba su padre con la que
recibía de la concubina indígena de este. Isabel se animó a pedir a un español
que  tomara una pluma. Te voy a dictar lo
que  me sale del alma:

“Me zambullí en las aguas,  y conversé con ellas en paz. Agradecí al
océano, en  intimidad, el habernos
mantenido en vida. El proveernos de alimentos. Cuando salí – casi olvide que
me  faltaría el aire – de la penumbra verde
del silencioso mundo de los peces, me 
rodearon   arenas blancas.
Descanse   bajo las hojas de las palmeras
que contenían  la  fuerza del sol……”

–     
¿Oyes bien?

–     
Si, escucho, dijo Gonzalo,  un castellano fornido y barbudo.

–     
¿Por qué no anotas lo que te digo?

 

Después
de una larga pausa se oye   la voz de
Gonzalo:

–     
Es que ¡como se lo digo! No me preguntaron  antes si sabía escribir.

 

Isabel, desesperada y
montada en cólera pregunta.

–     
¿Entonces, quién en esta expedición  sabe escribir?

–     
Solo el Marqués, Lorenzo, Quiroz, el Capellán y el
Vicario, los capitanes de la Santa Isabel y el San Felipe, así como el quechua
Huayna.

–     
¡Caramba!  
los grandes conquistadores, hábiles con los cuchillos, eran tan
analfabetos como Pizarro.

–     
No sé si Pizarro supo leer, asintió Álvaro. En todo
caso  sabía afirmar y firmar, es
decir,  suscribir  con su puño 
y letra documentos importantes. Nosotros, como Capitanes,  conquistamos y allanamos el camino:
Otros  transportan la cultura occidental
a los aborígenes.

 

Recién
ahí, Isabel toma cuenta, que dentro de la tripulación, los indígenas podrían
tener un  desempeño más importante del
que se le había asignado. Definitivamente en ellos podía confiar algunas cosas,
sobre todo las que debían quedar en secreto. Huayna se la quedo mirando, y  al momento 
repitió  en su memoria la frase
que ella había dictado.

–     
Escríbela pues, le dijo alcanzándole la pluma y el
lienzo.

–     
No es necesario. Nosotros los quechuas confiamos
más en nuestra memoria.

–     
¿Por qué nunca escribieron?

–     
Los escritos, sin testigos, pueden ser
interpretados como se quisiera. Los Incas gobernaron temiendo que algún día,
una huella de sus actos pueda ser utilizada por sus enemigos. Así fue en
efecto, la suerte que corrió  Atahualpa
al que le alcanzaron una Biblia. Al no poderla leer, usaron el argumento para traicionarlo.

 

Sumidos en la
conversación, esperaron – mirando la luna que se escondía detrás de las nubes –
que el nuevo día llegue vestido de suerte. 
El viaje se hacía largo. El tedio envolvía a los que no trabajaban.
Isabel, siempre dispuesta a probar algo nuevo 
mordió   las semillas,  que en un collar  para adornar su belleza le había regalado
Zambo. Tenía curiosidad de comprobar si las 
pequeñas y multicolores pepitas 
concentran  propiedades  aún desconocidas. Ella  enriquecería su tesoro de secretos  e incrementaría su poder. El resultado  fue que 
quedo posada en  un  sueño 
profundo por varios días.

Su despertar fue lento.
Se incorporaba al quehacer  con poca
voluntad  y sin energías…. En  tanto estuvo 
dormida,   habló pausadamente.
Dijo cosas, que en plena conciencia, jamás exteriorizaría en forma tan clara.
El efecto de una sustancia 
narcótica  y a  la vez, desinhibida, quedo en la intimidad del
camarote. Sólo trascendió que durante todo ese 
tiempo, Isabel no se  dejo tocar.
Al Marqués, su marido, lo  rechazaba
con  palabras que trasmitían odio. Un
sentimiento acumulado por una natural rebeldía.

 

En
su delirio,  coge  el  psalterium que  lleva un tripulante dentro de su bagaje
personal. Mira con pasión el instrumento musical, de ancestro africano traído
de Europa, en el que se podían tocar dos octavas y media. Rasgó sus cuerdas sin
encontrar una melodía. Más bien 
quería  expresar la música  pentafónica 
que  tenía origen en la altura de
los Andes, esas paredes enormes que la geografía planta en América del Sur, en
las que el eco hacía que los  sonidos se
repitieran. En un arrebato de melancolía dijo, en forma de canción:

 

Yo le vi., sí, yo lo vi, con mis ojos  de niña que nunca había visto un pecado.

Yo lo vi, como mataban los  conquistadores a los  indios,

Porque estos 
se  negaban a trabajar para el
Patrón.

Si yo  lo oí, eran
las  voces de los indios.

Que se resistían a trabajar para los que les castigaban,

Porque decían que de todas  maneras 
irían a  morir.

A morir trabajando o a morir resistiendo.

Sí,  yo lo oí,

de los gritos desgarrados de quienes recibían látigo,

Solo se puede escuchar una expresión sincera,

Y esa era  y será
la situación verdadera.

Mientras todos obedezcan por miedo y

No por respeto. Al extraño intruso en nuestras  tierras

También percibi el olor a sangre a carne humana
chamuscada. El hedor de pelos que había sufrido al fuego.

Si yo lo oí, y no quiero escucharlo más.

El Marqués perdía la paciencia. Semanas antes, con las
hojas de coca, Isabel se había comportado como una rebelde .Y en estos momentos
difíciles del viaje – en circunstancias tensas – su comportamiento, por efecto
de las semillas,  era aun más
preocupante.  El Marqués cae en la
desesperación. En un arranque de ira le dice, sin  frenar su profundo malestar, a su esposa  que estaba tentado de acertarle una puñalada.
Isabel le contesta, para que se calme: “Todos los pueblos, así como muchas
personas han tenido  en su historia una
fase oscura….”

Álvaro no le dejo terminar la frase- Le interrumpe
diciendo, a gritos: “No te disculpes. Ultrajar el buen nombre de los de
Castilla y Aragón, no tiene perdón. Te 
mataré  si es necesario para que
tu voz traidora se calle”. Pedro el Zambo, que estaba providencialmente en la
nave Capitana,  le contuvo con
fuerza  la mano que el Marqués ya había
levantado con el arma.  El Almirante,
ante   la circunstancia de cometer un
crimen  o perder su autoridad, opto por
una explicación, que  expreso, como si se
arrepintiera de pronto, en forma pausada: “No lo hago, no le clavo el
puñal  que se merece,  porque de todas maneras ella, en pocos días,
se morirá”. En efecto,  el veneno
contenido en las semillas, había 
transformado a Isabel el semblante. La piel  de color amarillo verdusco,   parecía darle la razón  a Álvaro de Mendaña. Isabel, a partir de
entonces, era cuidada y  asistida con
esmero por Pedro el Zambo, quien la alimentó con una sopa espesa  hecha de los ojos de un pulpo gigante que
lograron atrapar. Entre  cucharada y
sorbo,  recobra  su prestancia. De pronto, con su
habitual  ironía, la señora Barreto
de  Mendaña  – como si nada hubiera sucedido –  dijo que no 
se había muerto, porque todavía no existía una bandera con la que la
puedan enterrar,  en la que estén  los colores del arco iris, representando
a  las diversas razas  que viven en el Perú. El Zambo comunicó
la  notoria mejoría a todos. La
tripulación del barco que surcaba a la velocidad del fuerte viento,
aplaudió  – ese gesto de aceptación tan
espontáneo y extendido en todas las culturas – y celebró su recuperación con
comentarios, risas y otras expresiones altisonantes. El Marqués se quedó
en  su recamara de la que no salió por
varios días.

 

La
discordia  se hacía visible en el nivel
del Comando. No tardaría entonces a hondar, día a día, la división de las
huestes aventureras. La mayoría se había embarcado, porque suponía que irían a
encontrar tierra grande ignota, con riquezas tan importantes como las vistas en
el Perú. Después de veintisiete años, Mendaña se encontraba perdido, tratando
de encontrar lo que le había dado fama. No solo eso, ahora estaba afanándose
también de escapar de la muerte. Al inspeccionar víveres en el pañol de babor,
Isabel le preguntó confidencialmente a quien confiaba:

–     
¿Crees Zambo – tú que  navegaste tanto – que estamos perdidos?

–     
Si comenzamos a zigzaguear, corremos el riesgo
de  enredarnos en la ruta. En tanto
sigamos  un solo rumbo llegaremos, tarde
o temprano  a  algún destino.

 

Ese
mismo día, detrás de  cerrazones y
nubes  espesas, aparece un volcán que
echaba fuego. El monstruo eruptivo estaba al centro de una isla y ocupaba
casi  toda su extensión. Estaban en la
isla Tinakula. Una lluvia torrencial
se  desencadeno  y un monzón hace zozobrar,  cerca de la orilla a la Santa Isabel. El
volcán, que era un faro natural ilumina la escena del naufragio con siniestro
fulgor. Ante la tragedia se quedan los expedicionarios, a pesar de las
erupciones volcánicas  y sus largas
lenguas de fuego, varios días en Tinaluka. Abrigaban la esperanza de que alguno
de sus tripulantes haya alcanzado a nado la isla. La tierra tembló por varios
minutos y el mar se conmocionó. Estaban todos asustados y decidieron entonces
apresuradamente marcharse  del lugar. La
nave Santa Isabel comandada por Lope de Vega, y sus ciento ochenta  pasajeros – casi todos peruanos –   envueltos en la turbada del mar, nunca más
aparecieron.  Parecía que los rezos del
Sacerdote afectado por la incautación de sus mercancías, meses antes en el
Perú,  había surgido efecto.

 

Álvaro
el Marqués, se queda muy compungido por el suceso. Mostraba en cada instante su
carácter faccioso, como perturbado de todo lo que le rodeaba. Irritado  por 
palabra o simple mirada ajena que él mal interpretaba. El Zambo trata de
mejorar el ambiente. Cogió la última botella de aguardiente – con  alcohol concentrado extraído de la caña de
azúcar – y se puso a hacer gárgaras. Luego expectoro el líquido y lo  acerco el mechero incandescente. Se produjo
una llamarada que por un instante ilumina la 
bodega del barco, asustando a todos los que  estaban reunidos. Pasado el susto inicial, el
escupidor de fuego fue  aplaudido por la
ocurrencia y la lograda imitación irónica, y de burla, al temido volcán. El
Marqués, se incorporo, y distanciándose de la mayoría, le increpó a Zambo su
proceder, diciéndole que podía incendiar la nave. En verdad parece que  más le molestaba que el Zambo esté
consumiendo  la escasa bebida
alcohólica.

Era
para los espectadores un caso de desafió prudente. Zambo no desobedecía la
orden dada por el Jefe de la expedición de no consumir alcohol: no estaba
tomando la bebida. Solo la mantenía en la boca y luego la escupía. Sin quitarle
la mirada le dijo el  joven a Álvaro de
Mendaña: “Estoy ensayando una forma para ahuyentar mosquitos e insectos. Mi
instinto me dice que llegaremos a territorios poblados de ellos”. El Marqués le
contestó  con tono  de voz segura. “Cuando   arribemos, el verdadero peligro,…si,   el 
mayor  riesgo, será  Isabel”.

 

Ante  esa publica acusación, Isabel  se 
pasa a la nave Santa Felipe. Ahí 
se acomodo con pocas prendas y su 
bolsa en la que guardaba las pócimas, esperando llegar a la próxima
isla. Ahora Isabel sabía, que al pisar tierra firme en algún lugar, en el
paraje más solitario, el Marqués podría pretender deshacerse de ella, de la
mujer que se había atrevido a cuestionar su autoridad y prestigio. Arma
más  fuerte aun que su espada. Sin el
blindaje de la fama, y la vestidura del orgullo,  no lo respetarían y su viaje terminaría en un
fiasco. El Marqués  tendría que actuar, a
pesar de que Lorenzo, el hermano de Isabel, y el Zambo la protegían.

Por su parte, Isabel  debería adelantársele a cualquier plan
del  Marqués. Para esto necesitaba  no sólo del apoyo de los demás, sino de toda
la magia de sus encantos y toda la fuerza de 
persuasión. Además de la convicción suficiente para que no la traicione
el miedo o la  prudencia.

En
las próximas islas que descubrirían algo importante y determinante ocurriría.
Isabel lo había presentido por segunda vez en este viaje. Los oráculos y  otras corrientes misteriosas de las que no se
libraba un alma en contradicciones, la disponían a creer  con firmeza 
en la posibilidad de adivinar el futuro. Una forma de librarse de las
mortificaciones e incomodidades del presente. Ya sabía ahora – porque lo sintió
en carne propia –  como actuaba el  veneno, 
haciendo perder la conciencia, apartándose de la realidad, dejando un
vacío entre lo vivido y lo que vendrá.

 

La
agresividad se acumulaba en la estrechez de la embarcación. Isabel, por primera
vez – y con el propósito de centrar poder sobre la base de su conocimiento –
comenzó a hablar sin recato. Dijo que 
Zchenn  le había confiado  las historias contadas por un antepasado. En
estas aparecía una navegante chino, con el pelo amarrado en una trenza, que
dirigía  una nave en la que  trabajaban doscientos tripulantes. Esta  era 
parte de una flota de ciento cincuenta naves similares. Avanzaban
utilizando los vientos, las corrientes marinas y la fuerza humana. Una vez
remando, otras amarrando velas gigantescas. Se alimentaban de pescado  crudo, 
sazonado con hierbas. Los que la escuchaban con atención, se entretenían
con los relatos. Aun cuando no todos le 
daban importancia – Isabel todavía 
deliraba por efecto del veneno – para 
la mayoría de los tripulantes, la señora Barreto  estaba ganando respeto, porque ella conocía,
o aparentaba saber,  la ruta a seguir.

 

Los machetazos en el
Mástil principal marcaban surcos cada vez más profundos. Delataban  desesperación y furia. La alimentación
decaía. Se estaba recurriendo a algunos tubérculos y raíces. El camote era una
delicia. No se le podía  conservar  tantos meses como la papa o la yuca. Lo
último que se debía comer, eran los granos 
que se  destinaron a  servir de semillas para   nuevas plantas, en caso de que los territorios
a descubrir  ofrecieran alimentos
insuficientes.

 

Todos miraban al
arponero, que no había encontrado una presa mayor durante varios días. Él
llevaba por dentro cada hora de  su vida,
el deseo de quitarse el miedo a la muerte 
intentando dar caza a esos inmensos cetáceos. Era un hombre que
observaba el mar constantemente y analizaba cuidadosamente cada cambio. Solía
decir “En el misterio de los océanos, 
cuantas sorpresas nos reservan todavía  
las temperaturas de  las aguas,
sobre el comportamiento de los peces y los tripulantes. Sabemos todos  lo mal exploradas que están las regiones que
se dibujan en nuestros mapas y los peligros que aparecen en cada instante”.

 

——

 

La
noche se presenta oscura y sin estrellas. Nadie oye ni ve algo. De pronto, con
el estruendo de un trueno viene el impacto. Es lo suficientemente suave para
que el barco no se hundiera. La nave  
Santa Catalina  encalla, y se  sostiene 
en un banco de arena. La tripulación se afana en enviar señales a la San
Jerónimo que lo seguía de cerca, para evitar que esta también tocara con su
fondo tierra. Era además la posibilidad de salvación, en caso de que – aún
aferrada – los vientos la moviese  y la
embarcación  se fuera  a pique.

 

El miedo y la prudencia
se mezclaban comprometiéndose para 
ayudarse mutuamente,  en   cada circunstancia que se venía venir. Era
la  mejor forma de estar  preparados 
para la adversidad,  que
llegaba  sin anunciarse. Los allegados a
la  oscuridad, llenos de argucias  – aun siempre reprimidos y postergados –  preparaban nuevas alucinaciones. Era una
forma de contrariar el despertar que siempre es imprevisto. Quizás al alba se
presentaría un Dragón Milenario  y la
noche  quedaría abolida. Al amanecer  se insinuaban 
dentro de la niebla los perfiles de unas montañas de arena. Sin duda
habían tropezado con alguna isla, cuya existencia no conocían.

Cuando el sol alumbra
desde arriba, se presentaban los perfiles de unas dunas  dentro de la niebla. Niulakita, y no Funafuti,
era el lugar al que habían retornado. Ya habían estado ahí semanas antes  sin haber visto nada.   Se sorprenden ahora al  lograr bajar a tierra – abandonando la nave
encallada que se inclinaba peligrosamente a babor-, porque los habitantes del
lugar llevan adornos que indudablemente eran de oro con resplandor cobrizo.
Entonces los recién llegados  les llenan
de halagos y pretenden  sacarles información
sobre el lugar en que habían extraído el precioso  metal. 
En forma amable, con tonalidades 
cantadas en un idioma que  no
conocían, acompañadas de ademanes expresivos, los nativos les dieron a conocer
que no sabían donde había oro. Entonces preguntan por alimentos, y el Jefe de
la Tribu dispone que algunos lugareños acompañen a los extranjeros, para
guiarlos a los lugares en que crecían frutas. Isabel aprovecha que los soldados
al mando de Merino  van en busca de
provisiones,  para  ensayar 
el diálogo con los  nativos. Estos
llevan el pelo rapado con un mechón sobre la frente que  pintaban de diversos colores. Sus canoas  estaban adornadas de objetos vistosos. Más
ellos  desarrollan costumbres  en 
forma simple. De modo 
primitivo  se comunican con
sonidos que transmiten ideas elementales.

 

La teta  ta, leche-flu, lengua – sa, es la cadena   básica
de la alimentación, de la dependencia  y
a la vez la filiación y lealtad. Esta identificada con esos vocablos
simples  de  ideas primarias. Después esta Ba, la edad de  la floración, BaBa o juventud.  El
desarrollo de fuerzas, Bo no para combate sino para carga de objetos
o  la agilidad para la caza de animales.
La vejez, que se identifica con el suave 
sonido redundante Dada, está
ligada  a la idea de respeto  y sabiduría. Lo que no comprenden lo dejan a
otros, los espíritus o Dioses, el DadaBaba.
Se auxilian  con la combinación
de  sonidos onomatopéyicos y gestos para
facilitar una mejor comunicación.

 

Siente  en ese momento la mujer fuerte y empeñosa,
con esta  experiencia, que en su fuero
más íntimo, cuestiona y rechaza la conquista. Esta es para ella ahora injusta,
a pesar de los padecimientos propios de 
quienes se aventuran en estas empresas a someter a pueblos pacíficos.
Sabe, como  mestiza,  del constante desencuentro, incomprensión y
padecimientos  que  produce el sojuzgamiento para quien, como
ella, lo sufre  en cada momento
importante de su vida. No obstante, se recupera y se pregunta  ¿si esta falta de pertenencia a un lugar, a
una cultura, esa libertad de compromiso con una casta, es la que la lleva más
lejos? Tan lejos  que forja el deseo –
que ahora ella siente –  de conocer  nuevos mundos.

 

No hay mucho tiempo más
para cavilaciones. Los marinos les avisan a los que están en tierra que las
olas pasan con facilidad sobre la borda de la 
carabela.  Sus bodegas se llenan de
agua. Hay peligro de que se hunda. ¿Tal vez algún daño irreparable después de
haber encallado? Era de  noche y no se
podía ver. Un tripulante al que llamaban El Gallego, acompaña a Álvaro de
Mendaña en hacer una inspección. Tiene en sus manos una antorcha. Había que
andar con mucho cuidado, porque los pies estaban hundidos en el agua   empozada y se tropezaban con objetos que
flotan. El Gallego coge una canastilla de mimbre  y de ésta salta desde la oscuridad un animal,
que  le muerde la mano y queda prendida
de ésta. Al acercar el fuego viene la comprobación: ¡una rata!  El grito no es de dolor, sino más bien  una alarma de asco y peligro. La peste
bubónica había arrasado en Europa a muchos parientes de Álvaro y de El Gallego.
Ambos se miran a los  ojos. Se miden e
intuyen lo que sucedería. El gallego baja la 
vista, cierra los ojos  y acepta
la decisión  no anunciada del Almirante.

 

¡Aaaaaaaay!. Grito seco: la mano junto con la
rata  vuela por los aires. Las órdenes
del Almirante son rápidas. Al tripulante español hay que vendarle el muñón para
detener la hemorragia. Si es necesario coserlo. Isabel se encarga de ello. La
asiste  Juan Leal, que  fue carnicero y luego se entrenó en el Hospital Santa Ana de los Naturales que fue  fundado  en 1549. Este hospital fue dedicado
exclusivamente a prestar servicios de salud a la población indígena, diezmada y
severamente afectada por las diversas enfermedades traídas por los españoles al
Perú,  que el
Arzobispo Loayza erigió en Lima. A este personaje que no hablaba -solo oraba en
silencio -le decían el Ermitaño, y era el más avezado en tratar asuntos, cuando
la sangre y los huesos se hacían visibles. Le dan al gallego un aguardiente
fuerte. Isabel le prepara además un brebaje de plantas.

 

Los otros tripulantes se
afanan en  botar al mar todo el lastre.
Las reservas de agua dulce y leña.  Con
la primera luz del día, se descubre y repara la vía de agua que producía  el anegado en la bodega. La nave recobra  después del 
amanecer su línea de flotación.

 

Se ordena doblar la
ración de manteca a los enfermos. Al día siguiente el anuncio sobre el número
de estos se triplica. Los tripulantes querían trabajar menos, guardándose las
fuerzas para la posibilidad, cada vez más 
cercana, de que las  necesiten en
caso de que una de las naves  se hunda.

 

Cuando El 
Gallego se reincorpora,  agradece
a  Isabel y al Capitán. Urge una nueva
curación y un cambio de vendaje. Ahora se le suministra ceniza, ganada de la
quema de leña. Eso ayuda a cicatrizar, más no a calmar el dolor. Otra bebida,
esta vez con más  hojas de  coca, 
es concebida por Isabel. Ella 
le  ayuda al paciente a tomarla
hasta que se queda dopado. Pasado el peligro, 
todos están de acuerdo que había que ser drástico, en evitar cualquier
posibilidad de que  una mordedura de rata
pueda transmitir la temible peste, la que acabaría con la tripulación y  esfumaría 
todos los esfuerzos y esperanzas de formar colonias en los nuevos
territorios.

 

Transcurren los días con
angustia y desesperación. No se  sabía
nuevamente, y una vez más en esta  larga
travesía,  si alcanzasen las provisiones.
Otra vez  en  zozobra. A El Gallego le llaman desde algunos
días El Manco, por faltarle la mano derecha. Él ahora con menos fuerzas, se
incorpora en las labores de la cocina para el Alto Mando, donde  se preparaban los alimentos para el
restringido grupo más cercano al Almirante, que no eran más de diez personas.

 

De pronto, en una noche
muy oscura, el barco Santa Catalina lanza una alerta. La tripulación se ha
amotinado, aprovechando que todo estaban distraídos festejado un cumpleaños.
Anuncian, que  deciden regresar al Perú
por la misma vía en que vinieron y no seguir más adelante. Los peligros y la
incertidumbre calaron profundamente los ánimos. Se notaba que el Almirante se
ponía débil – ¿estaba enfermo del estomago 
o lo estarían envenenando lentamente? – y eso lo aprovecharon los más
avezados.

 

Álvaro  organiza una represión. Estaba dispuesto a
realizar una matanza entre su propia gente, antes de claudicar. Un
arrebato  íntimo de cólera lo  estimula 
frente  al abismo del fracaso y la
muerte. Isabel se interpuso en el problema ofreciendo resolverlo  pacíficamente. Felipe, un piloto español que
secundaba en el mando de su nave a El Zambo, por primera vez abre la  boca diciendo que  ofrece apoyo a la señora Barreto. Ella se
traslada sola al barco rebelde, en tanto que el Zambo se queda en la Capitana
tratando de controlar los ímpetus del almirante. Habla Isabel con la gente  y les anima 
diciéndoles que estaban muy cerca del éxito. Acuerdan  conversar 
las posibilidades de retorno de un barco, el San Jerónimo, con aquellos
que  decidan libremente regresar, en
tanto que  los demás  seguirían su camino.

 

La propuesta resultaba
peligrosa. En  la manifestación de
deseo,  que se hace por mano alzada, sólo
ocho  hombres expresaron su voluntad  de seguir acompañando a los expedicionarios,
a cambio que se les aumentaran la paga. Otros ciento veinte abandonarían.  La empresa está a  punto de fracasar. Lo que era peor, tampoco
se tenía el dinero suficiente para cancelar la deuda con los marineros, que
exigían al momento que se le hagan efectivos los adeudos. Con  los pocos que quedaban,  era imposible suponer que llegarían a
conquistar las Islas Salomón, en las que se encontraría oro y aborígenes
dispuestos a defender sus riquezas.

 

Las rachas de optimismo
se habían convertido en un hábito morboso, auxiliado por el amparo a una
ciencia o  de alguna leyenda o
simplemente  como reflejo intuitivo.

 

A Isabel se le ocurre
entonces poner  en práctica lo que sabía:
esa misma noche, puso en el barril de agua del que tomaban todos, una  porción 
grande – todas las que tenía mezcladas – 
de yerbas alucinógenas y anesteciantes. El horizonte se hizo rojizo. En
la noche todos durmieron menos ella que se la pasó en vigilia.

 

Apareció una luz clara y
luego el sol.  El día amaneció  con los tripulantes en un estado de ánimo
pacífico. Se despertaron poco a poco 
mostrándose   anodinos,  indiferentes y algunos hasta colaboradores.
Ella estaba agotada pero, con el  aliento
que da el poder, muy despierta y dispuesta, 
reparte algunas monedas y prebendas. También organiza los trabajos y
pone nuevamente en marcha la expedición.

Así el viaje pudo
continuar. Isabel Barreto es ahora frente a Álvaro y a los otros hombres
acostumbrados –hinchados de  vanidad
–  a luchar contra todo, la mujer que
mantenía  independencia de criterio e
iniciativa propia. Así hace gala de su altiva y   garbosa insolencia. Entonces, sin pensarlo
dos veces Isabel empuña la espada de acero que había pertenecido y era símbolo
de mando del Marqués.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Isabel
Barreto o Isabel Rodríguez?

CAPITULO  VI

 

 

Una muerte que
renueva  la vida  de Isabel.

 

 

Habían pasado
dos días en las arenas de un desierto que parecía  tragarse todo lo que  había antes cobrado vida. Sentían  una sed desgarradora que angustiaba su ánimo.
Estaban  agotados en la búsqueda de agua
Ella señalo el rumbo. Álvaro no le creyó. Pero ante la insistencia de todos los
que integraban la caravana, El Marqués 
decidió adelantarse, en tanto que los otros acampaban. Había decidido
tomar la dirección que  el olfato de
Isabel le señalo. ¿Estás segura? Repregunto Álvaro antes de partir. Ella aspiró,
en gesto ceremonial, aire por la nariz. Se concentró en una cavilada evaluación
y, luego con firmeza  afirmó: En esa
dirección hacia adelante – no tan lejos – hay agua dulce. Si vamos a la derecha nos
encontraremos con el mar. Ahí se percibe agua salada.

 

Pasada una
hora retorno un indígena que había acompañado a Álvaro en su avanzada, con la
buena noticia. Efectivamente la indicación era correcta. Habían encontrado un
río. Todos los demás  integrantes de la
caravana fueron a su encuentro.

 

De pronto, al cruzar el río, entre piedras y aguas
turbias,  apareció  un cadáver. Isabel, como si adivinara algo
que no quería  que suceda,  no lo mira. Se puso de espalda. Un instante
después volteó la cabeza.  Una fuerza
superior domina su férrea voluntad y su  mirada se encontró  con los ojos ovalados de Zchenn. Estos  estaban inmóviles. Hubo un largo y profundo
silencio, que se interrumpe.

 

Ayayyayay,
gritó mirando al cielo,  una indígena que
integraba la caravana. Nos van a echar la culpa de todo, agregó.

 

¡Ay! se escuchó un eco en
voz femenina. El grito de rebeldía temblaba en los labios de Isabel.

 

En el
recuento del olvido, la muerte acaba de arrebatarle un ser muy querido… ¿el
encuentro por estas latitudes estaba  ya
fijado por el destino? Isabel esta angustiada y más aún  asustada, 
ante esa  espantosa sorpresa.
Ella  trata de sobreponerse y respira profundamente.
En ese trance, aparta del cuerpo yaciente de Zchenn, esa  medalla que llevaba en el cuello y  la escondió dentro de la manga de su blusa. A
la vez, en su fuero íntimo,  prometió que
buscaría el lugar de origen de la joya, y así también  encontraría los ancestros de Zcheen, del  que seguía enamorada en forma secreta.
Convertía en ese mismo momento al brillante objeto en un talismán, que le
traería la protección y la inspiración 
que necesitaba. Estaba segura 
que  lo llevaría a destinos
desconocidos donde siempre necesitaría, además, 
la compañía de la buena suerte.

 

Repentinamente
comenzó a caer un aguacero. El cielo se pone muy oscuro y cargado de nubes
gruesas. Eso es inusitado en una región casi desértica, irrigada por ríos que
creaban, a su paso sinuoso, fértiles valles. Isabel suspira y callada
derrama  lagrimas, muchas lágrimas. Asida
desesperadamente a un  llanto escondido,
ella mira al Marqués y le mostró con una expresión enhiesta en el
rostro,  las dudas que inquietaban
su  alma. 
Él volvía al lugar, después de haberse separado unos instantes antes de
la columna de viajeros. Álvaro no dijo palabra alguna.

 

El destello invisible de la luna, es esa noche farol y
guía. Más adelante en la cabalgata, Isabel – algo repuesta de la congoja –  preguntó directamente a uno de los
sirvientes:

–     
¿Acaso fue el Marqués que se tropezó con Zcheen y lo mató?

–     
El indígena calló.

 

Ella repite, con más ímpetu,  la interrogante. El quechua no  dijo 
palabra alguna y los  gestos de la
cara no revelaron lo que otros 
esperaban. Se mantuvo así inexpresivo. En una actitud pasiva de quien
tiene una religión, un credo, que le permite no temer a nadie. En la
desesperación   le  acompaña el 
consejo  de su padre,  al  que
había escuchado decir, que los indígenas sospechan cuando hay engaño e
intención de daño. Por eso, rehúsan 
hablar  la verdad. Están dotados
de una  especial habilidad para eludir lo
verdadero que muchas veces les es ingrato. Lo 
hacen con tal seriedad e imaginación, que   saben adornar la mentira y hacerla parecer
veraz. Es así como guardan sus secretos, envolviéndolos con otros hechos que
desvían la atención de la realidad,  la
que no sale  a relucir   aunque les peguen o los maten.

Dos días
después, enclavados en melancolía, Isabel y los otros remontaron, caminando por
las laderas del río. Todos juntos  –
en  silencio como si se tratara de una
marcha de procesión – seguían las aguas abajo de ese río poco caudaloso, en
busca del mar. Cuando habían avanzado una legua y el nivel del agua lo
permitió, se subieron a una balsa que es llevada suavemente  por la corriente. Era la primera vez que
Isabel navega y se complace con la sensación de ser transportada, en tanto
discurre agua  bajo sus pies. Contempla
ensimismada,  el paso por su vista
de  la vegetación, así como el discurrir
del líquido que  al  chocar 
con los bordes de los maderos 
forma remolinos.  En la bocana,
donde el agua dulce  se mezcla engrandeciendo
al Océano Pacifico, ella  preguntó –
porque quizás había querido olvidarlo – 
el nombre del río.

–     
Milu, Vilu o Viru, según quienes lo
pronunciaban, le contestaron.

–     
Se parece al nombre de 
un  cacique llmado Birú que
gobernó una pequeña región al sur  del
golfo e san Miguel.

–     
No, ese nombre viene de Milu, que en chino
significa algo así como costas misteriosas detrás de la niebla.

–     
Me acordaré siempre de esas aguas que se
llevaron la vida de Zchenn, que quizá dieron nombre a este país, añadió Isabel,
con tono inflado de valentía

 

Llegan a  la
playa en la que algunos pescadores  les
ofrecen  mariscos y pescado,  en una abundancia que nunca habían visto.
Isabel Rodríguez, – que todavía se apellidaba igual que su padre –  recién entrelazada en un matrimonio ficticio,
con  Álvaro de Mendaña,  insistió en quedarse en el  lugar. No quería seguir caminando  por esos inseguros  parajes solitarios. Le había dicho al Marqués que 
dentro del grupo posiblemente se encuentre un asesino. El que mató a
Zchenn, podría ser alguien muy poderoso 
y  sin escrúpulos. No había en
esos apartados lugares, ni a muchas leguas alrededor, autoridades relevantes.
Menos aún,  alguien que se atreva a
acusar a un Marqués.  En todo caso intuye, como mujer, que debe
tener  más cautela que temor.

 

Durante días, busca algo
que ignora y que no quisiera encontrar: la certeza de haber perdido a
Zchenn  para siempre. Ahora trata de
recuperarlo como compañero imaginario en sus aventuras  y por eso se aferró al amuleto y a los
recuerdos que proyecta, incluyéndolos en sus planes para el futuro.

Se conversó
en cómo seguir  adelante. Los indios,
cansados del caminar lento por parajes inseguros,  proponen 
reforzar el convoy de transporte con llamas y alpacas, auquénidos
diestros en  las alturas. El Marqués insistía que los camélidos sudamericanos  no eran, como sus parientes del norte de
África, buenos andantes en las arenas de 
la costa. Propone entonces construir una carreta, a pesar de que no
había caminos. Isabel alza la voz sobre el ruido del viento que soplaba y dijo:

–     
Los españoles se sienten orgullosos de haber
traído la rueda. En los andes, en zonas escarbadas,  no tiene utilidad práctica, en tanto acá en
la costa creo que sí.

–     
No sólo eso. Yo me  siento bien porque trajimos un idioma que se
puede escribir, acotó Álvaro de Mendaña.

–     
Creo que lo más importante podría ser la
religión Católica, añadió el mismo.

–     
Es cuestión de  ética. No puede haber una  religión buena, si ésta permite matar, acota
Isabel.

 

Álvaro, como
era su costumbre cuando escuchaba algo que le resultaba difícil explicar,   no se daba por aludido.

 

Pero esa misma noche, al pie de una fogata,  se decidió seguir un trecho de la ruta al sur
por barco. Ello entusiasma a Isabel, que 
inmediatamente se  mostró
dispuesta a colaborar.  Se tenía que
comenzar por la concepción de una embarcación. Álvaro  diseño los planos. Desenfunda de su equipaje
algunos dibujos de galeras, glorietas y otros tipos de embarcaciones de
distintos tamaños. Retoca los garabatos alargando barandas y mástiles más largos.
Toma como referencia su experiencia  de
navegar  a alta mar y comenta airoso las
cualidades de la  nave  que tiene en su imaginación.

 

La barca, que
tomaba la forma de galeón, comenzó a construirse rápidamente, combinando las
maderas más duras y resistentes conocidas. 
Traídas  estas  de la selva, entre las que estaban la caoba y
el palo de rosa, demandaban un gran esfuerzo y tiempo en el transporte. Indios
Chachapoyas las habían escogido con esmero y dado su bendición. El trabajo para
cortarlas y moldearlas era arduo.

 

Después de
algunas semanas, cuando el material se agota, Isabel viaja a  la región de las buenas maderas, ubicada
detrás de las Cordilleras. Esta vez sin la compañía de Álvaro. Esa era la
excusa. En realidad quería apartarse del Marqués e indagar por el paradero del cuerpo de
Zchenn, encontrar su sepultura y ponerle flores. No  hubo referencias sobre el joven. Ella insiste
y un anciano  le dice que el Brujo del
cercano pueblo de Chao  sabía donde se
encontraban las almas. Lo buscó y encontró a esa persona a  la que le entregaban los lugareños las
pertenencias de los muertos desconocidos. Tuvo al ver al brujo miedo de
enfrentarse a un hombre con el pelo totalmente blanco que no la miraba a los
ojos. Sentados en el suelo frente a una baraja de naipes desplegada, este
hombre de arrugas profundas le dijo, que el alma de Zchenn se encontraba
viajando. Estaba ahora cerca del archipiélago de las Filipinas. El destino
final, donde encontraría la paz el espíritu errante,  sería una isla  en la 
China.

 

El hombre viejo
le entregó – como prueba que sabía de quien hablaba – un  mapa que ella 
reconoció. Era el mismo que el joven Zchenn le había enseñado en Piura.
Ella le paga al anciano con un prendedor de oro, que heredó de Adriana. ¿Tanto
vale la información?, preguntó el brujo, guardándose  la joya entre sus ropas. Y para justificar el
alto precio de su servicio, le contó  que
el joven Zchenn lo había buscado, un día antes de su muerte, para indagar  dónde podía encontrar a  su 
mujer amada. Le dio además – explicando con palabras lo que apenas se
veía en el mapa – la ruta para llegar a la China. Isabel memorizó las
indicaciones del valioso documento cartográfico, que estaba ilustrado con una
serie de caracteres que parecían contar una historia.

 

Entusiasmada Isabel, 
apura su marcha para encontrar 
las maderas. Oteando el  ambiente
en la humedad que emanaba de una selva en la que la vegetación era la
protagonista, resultaba difícil diferenciar una de otra y buscar la mejor
calidad. Los indígenas cortan los árboles que ella husmeaba con detenimiento y
placer. Isabel les paga el transporte (que duro seis días y sus noches
transponiendo – a lomo de bestia-  los
Andes) con  las otras prendas de oro que
había recibido como regalo de bodas: tres collares, cuatro  brazaletes y un prendedor de oro. A su
retorno le contó a su marido que ya no tenía como adornar su cuello y –
haciéndole ver su desprendimiento para favorecer económicamente la empresa –  obtuvo del Marqués la autorización para  usar, en 
reemplazo de las joyas, la medalla que había pertenecido a Zchenn.

 

Después de  dos
meses de construcción se le dieron los últimos acabados a la nave.  Esta imponente,  parecía 
más grande de lo necesario. Se había invertido la totalidad  de los recursos disponibles. El Marqués decía, como para justificar el gasto, que era
adecuada  para  el cabotaje 
costero con el que se iría ganando – en tanto se preparaba el gran viaje
–  algún dinero y experiencia. Podía
transportar personas y carga, uniendo 
los valles costeros, para lo que se tenía que  desafiar arrecifes aún desconocidos, en busca
de las  bahías  con aguas calmadas para anclar.

 

Por fin llego el día en el que la embarcación toca
agua. La partida fue esa misma tarde. La primera prueba. Resulta difícil salir
de las olas. Los vientos soplaban con fuerza. Ese lugar el Marqués lo bautiza como Malabrigo. Durante la  riesgosa faena algunos tripulantes inexpertos
cayeron al mar, pero pudieron ser rescatados.

 

Isabel volaba con su imaginación más allá que los
vientos. Solía concentrarse 
profundamente y pensar en lugares que nunca había visto, disfrutar de
colores y percibir olores que no existían, sino en sus deseos. Por eso, se
sentía cómoda en esta barcaza con la que ya planeaba hacerse a la alta mar,
tragarse los horizontes y engullirse de peligros, para salir airosa en la
conquista de lo inesperado, lo  nuevo, lo
desconocido y que ella  creía ya conocer.
En el mar vienen a la mente 
siluetas  y visiones. El que se
ocultó, vive sin haber sido descubierto. A bordo todos se encuentran  en un espacio 
pequeño – del que no puedes escapar – incluso los asesinos de
Zchenn,  mirándole la cara todos los
días, a cada instante a la dolida Isabel. Los 
tres pescadores que conocieron en las playas, a los que
convencieron  para ser marineros, no
podían ser malandrines. De los seis indios que los acompañaban desde el inicio
del viaje en Piura, ninguno tendrá  un
motivo para matar. Quedaba como principal sospechoso, Álvaro.

 

 

——

 

La  joven
Isabel  descubrió de pronto,  que el compartir la intimidad con la
incertidumbre y el  peligro cercano,  le producía no sólo un estimulo, sino la
excitaba. Estaba  ahora realizando su
primera travesía sobre el mar. Siente la fuerza del agua  no sólo debajo de sus pies, sino ésta le
penetra por todo el cuerpo y hace más intensiva su estimulación y la exalta.
Busca con una chispa  de burla en su
expresión, el difícil equilibrio. Tal como lo hizo  de pequeña 
con los caballos que domaba. Sabía – desde ese momento –  que  lo
hacía bien y que se convertiría en una gran navegante, a  la que no se 
le podría  ocultar ningún secreto
de los mares.

 

En su cutis y
otras partes más escondidas del cuerpo de Isabel, se  podía aspirar la humedecida brisa del mar que
había tomado  un olor a mujer. En 
el transcurso del viaje, pegados a la costa, cuidando de que  los vientos no lleven a la nave contra las
rocas  ni a  varar en bancos de arena, discutían todos los
tripulantes sobre el  nombre de los
lugares.

–     
Sólo la ciudad de Trujillo, cerca de Chan Chan,
tiene nombre auténticamente español, dice Isabel.

–     
Y es la que debería progresar, sentenció el Marqués.

–     
No, San Miguel de  Tangarará 
o Piura  también  es española, afirma ella que ahí se crió.

 

Los indígenas acompañantes recordaron que otros
poblados fueron llamados por sus habitantes aborígenes  Chepén, 
Chiclayo y  Paiján. Estos,
alejados de  la influencia hispana,  mantendrán sus  nombres de los que no se sabe si son
quechuas. O fueron, como el caso de Chan Chan, traídos por otros viajeros que
la historia no registra.

–     
¿Por qué pusiste el bíblico nombre Salomón
a  las islas que descubriste?, indagó
Isabel.

–     
Los próximos territorios les pondremos el nombre
de santas, de mujeres importantes de la Iglesia Católica. Sí, nombres de mujer,
que resuman sacrificio, valentía y ejemplo, dijo pensativo el Marqués.

–     
Qué buena idea, expreso Isabel.

–     
Además de la tenacidad y el dinero,  hará falta un milagro, para que alcancemos lo
que nos proponemos, agregó Mendaña.

 

Isabel no dijo 
una sola palabra más, en tanto que se ilusionó pensando que de
descubrirse algo, se le pusiera el nombre de Isabel. Divisan desde la baranda
de la nave, la extensa costa que es de sierras peladas y arenales donde nunca
llovió. El puerto de Santa está  a nueve
grados. También el río del mismo nombre de muy sabrosa agua que está en el
camino.  Álvaro había escuchado, que  una legua adentro se  encontraba los restos de una barca que había
intentado remontar ese caudaloso río. El lugar se llamaba Chino-bote,  en alusión a 
que en esa nave – un bote grande – 
habrían venido algunos de la China. A unas leguas de distancia esta
Casma, donde hay leña y  asimismo agua de
la buena. Ahí hacen  una corta parada
para abastecerse. Ese  mismo día siguen
navegando al sur sin despegarse de la costa. Desde Casma corre la rivera  hasta los 
farallones, que forman un acantilado o 
barranca. Isabel imagina que así podrá ser el paisaje cuando llegue,
algún día, quizá no muy lejano, a la China, que ahora sabía que quedaba al otro
extremo del Mundo.

 

Desde el  mar,
aún cuando esté despejada la neblina,  no
se divisa las lomas de Lachay ni tampoco el pueblecito llamado De las Perdices.
Para orientarse, se toma como referencia 
el brillo que se refleja de las blanquísimas salinas. Un indígena que
los acompaña,  cuenta  de una ciudad llamada  Caral, que había  dado vida a la región mucho antes de que se
conociera  otra civilización. Debía
ser  la más antigua en el continente.
Tan  antigua, que se  habían 
perdido los  primeros rastros de
las grandes  edificaciones, porque se
acostumbraba  construir encima de estas
las nuevas. Como no  se usaba la  escritura, la forma de enterarse y
comunicarse, era con la presencia de ceremonias o actos religiosos, donde la
participación de todos era muy importante. Era una forma en que todos
gobernaban. No le interesó a Isabel ni a Álvaro de modo especial,  el pasado. Ellos  miraban al futuro y sentían que podían hacer
su propia  historia.

 

Una luna temerosa de las
nubes los acompañaba en la travesía. Después de  dos días más de navegar a vela, arribaron a
un atracadero de embarcaciones. Su nombre 
sonaba casi  igual  al 
puerto  chino, Schangay. En el
Perú, con lengua más floja se le decía Chancay. Cuando Isabel y Álvaro  se informaron sobre si el origen de la
denominación del puerto, podía tener relación con la cultura del también
conocida como Chancay, algunos antiguos habitantes  les informaron que antes de la llegada de
extraños navegantes,  a este  lugar se le conocía con el  nombre de Susulachumbi. Además  dijeron que era raro que ciudades del
antiguo  Perú llevaran  la nomenclatura de una cultura.

 

En la espera de los rayos
de sol de cada día, de pronto se encontraban solo a unas leguas al
norte de Lima, la Ciudad de los Reyes, 
entonces  ya  conocida 
como  la capital en la que  los españoles y sus seguidores gobernaban.
Tienen mucha  hambre que los angustia y
se deleitaron con un  pan sin sal – o
bizcocho  poco dulce – muy suave,
elaborado con bastante  yema de huevo. De
sabor agradable que invitaba a comer uno tras otro. Ellos le ponen el
nombre  de chancay, y encantada con
el  sabor, contextura  y fácil preparación,  Isabel promete  elaborar cada día esos panecillos para el
desayuno del Marqués. Él esta
entusiasta por haber logrado, con la ayuda de ésta mujer empeñosa, volver a
navegar en una nave construida sin necesidad del crédito de la Corona española.
Era un buen comienzo para la empresa que se proponía, porque había pasado de
tantas grandes promesas a una primera, aunque pequeña realización.

 

En Chancay
ven a unos hombres mujeres y niños con rasgos extraños. No parecían  quechuas. Les explican que  vinieron 
de la selva. Isabel  se interesa
en ellos. Había visto a habitantes así cerca de los lugares donde adquirió la madera  para construir la barca. Un hombre culto,
maestro de una escuela del lugar, les contó que estos indígenas tenían
creencias religiosas similares a los católicos. Una cosmovisión parecida. Los
cronistas Juan Santa Cruz Pachacuti y Felipe Poma de Ayala habían intentado,
reproduciendo dibujos para tender puentes de comprensión, explicar que los
silvícolas creían que todo el mundo se sostenía sobre inmensas masas de
agua.  Debajo del agua había otro
ambiente de vida donde moraban los Tsungki.
Luego  estaba la superficie donde se
vivía actualmente. Más allá habitan las estrellas y las nubes, así como los
hombres karakam.

 

Pusieron
especial atención los oyentes, cuando se explicaba en la creencia de los
aborígenes Dios Yus. Éste, antes que
existiera todo, creo la tierra con un grito poderoso. Luego, con otro
estruendoso grito, puso a los hombres en ella. 
Para vigilar  este Mundo, envió a
su hijo Ersa que toma la forma del
Sol.

 

Isabel y
Álvaro coinciden en decir, que hay cosas 
similares en casi todas las religiones. Además se entusiasman y pregonan
que quedaba  también mucho por descubrir
en este mundo, sobre todo por la ruta de las inmensas masas de agua. Ahora en
Chancay tienen que hacer frente a problemas inmediatos. En tanto, discutían si
siguiesen  a pie en busca de Lima o
dejarían la embarcación para  hacerle
algunas reparaciones. La construcción 
apresurada en Viru no era  tan
buena. Más importante aún, era 
mantener  la nave  resguardada 
de apetitos de otros  que pudieran
adivinar sus planes. Al puerto de Chancay habían llegado viajeros de Panamá. En
una posada con vista al mar, en la que se alojaban ricos comerciantes europeos
que compraban sal, un desconocido 
conversó con Mendaña, sin saber 
que éste era el Marqués. Alentado por un buen vino portugués recién
desembarcado le dijo:

–     
Después de una extendida y arriesgada
navegación, los expedicionarios descubrieron, en el extremo suroeste del
Pacífico, un archipiélago que denominaran Islas Salomón, Mendaña regreso sin
oro. Ó, el astuto, se habrá guardado los planes para retornar por el tesoro.

–     
Como capitán de una de las naves subalternas de
la primera expedición, participó en la proeza el navegante e historiador de los
Incas del Perú, Pedro Sarmiento de Gamboa. Este habría tenido, sobre la base de
sus estudios, conocimiento de los viajes y las rutas de Túpac Yupanqui. Tal vez
ahí está el secreto, había que buscar entre los indios, quién sabía  la mejor manera de encontrar los tesoros.

–     
¿Qué se estará tramando ahora? ¿Serán los
portugueses los que están  tentando a
Quiroz? Dijo el forastero.

 

En la  borrachera, Mendaña mantenía su cabeza fría,
y así pudo enterarse por boca de los informantes recién llegados, que el
portugués  Quiroz, quien había  sido su piloto,  estaba presionando en Lisboa, para comandar él
mismo  una expedición. También se le  había visto probando suerte en la Casa de
Contratación de Sevilla.  Ahí el  sueldo anual de un Piloto Mayor era la
importante suma  de 70,000 maravedíes. Si bien ahora en Lima,
también se expedía el título de pilotos mayores y menores, estos  ganaban mucho menos, aun cuando podían
conocer más  sobre los mares del sur.

 

Al día siguiente,
Álvaro invito a cenar a los marinos a su barco y les reveló su identidad.  Estos en tono conciliador le contaron que
Quiroz tenía una ventaja  que facilitaría
la ubicación de las islas. Había tomado conocimiento de un sistema  que utilizaron los chinos, que complementaba
los paralelos usados ya por los navegantes. Este se basaba en la
aplicación  de líneas perpendiculares o
lo que se llamó después meridianos. Álvaro estaba impaciente y desalentado. A
pesar de que había tenido años atrás, en 1567, 
el apoyo  de las clases
gobernantes por  su parentesco cercano
con el  gobernador y Capitán  General del Perú, licenciado  Lope de Castro, ahora temía que su
proyecto  sea emprendido por otros. Él
sabía, por vivencia propia,  las argucias
y confabulaciones en torno a las decisiones. Su sola presencia en la Ciudad de
los Reyes, levantaría conjeturas  sobre
sus propósitos de emprender una nueva expedición.  Esto levantaría  suspicacias sobre  el oro y otras  riquezas. Provocaría envidias y  ajustes de cuentas olvidadas.

 

Varios días
se discutió al respecto en el puerto de Chancay. Ahí finalmente se entera de
que Mariana, la madre de Isabel, había amasado una nada despreciaba suma de
dinero, debido a su habilidad de administrar, sin la presencia del jugador y
despilfarrador Nuño, tierras de cultivo en la localidad llamada Humay.

 

Rápido toma
la decisión de dejar el barco en reparación e 
ir a conversar con Mariana, así como 
con las autoridades en Lima. Empaquetaron sus pertenencias y montaron.
Había que cruzar – según les señalaron – sembríos,  ríos  y
grandes extensiones de arena, en la que las pisadas de las bestias se hundían
hasta las canillas.  Sabían  que llegarían muy agotados y exhaustos,  a la 
ciudad fundada por Pizarro, que tenía, a pesar de que estaba en tierras
del cacique Taulischusco, por nombre   Li
– ma. Se preguntaron entonces, ¿de dónde venía ese nombre, acaso de la fruta
ácida que no crecía en  los arenales
cercanos?

 

No. La
versión que le interesaba a Isabel, era creer lo  que parecía una leyenda: En efecto, una
anciana indígena le  contó,  que un señor de tierras  lejanas al que llamaban simplemente Li,  se había asentado en este punto estratégico
como referente  cercano a las costas,
para encontrar tierras más ricas en los valles 
serranos. Él forastero, de ojos ovalados, se había quedado esperando
pacientemente que otros  vinieran a
buscarlo. Isabel, que  recordaba  lo que Zchenn le contaba, se animó a
esclarecer: “Era entonces costumbre de los foráneos, preguntar por el  habitante casi solitario de apellido Li, que
conocía esos parajes”.

–     
¿Quién era ese Li?, pregunto Álvaro que se había
distraído.

–     
Uno llegado 
de otras tierras, que  merecía la
confianza de los viajeros que  arribaban
a ese lugar de costas misteriosas, dijo Isabel.

Todo era muy
confuso, hasta que Isabel se  animó a
esclarecer  que en idioma chino, el
preguntar por Li  sonaba   algo así como Li-ma. El sonido Ma al final de una  palabra o frase equivale a una interrogante,
precisa ella, hablando como una erudita.

 

Esa misma 
tarde, Mendaña interesado por el 
dinero  e Isabel alentada por la
posibilidad del encuentro con su verdadera madre,  indagaron 
reiteradamente  por las
posibilidades de utilizar la  ruta
marítima, que podría ser más rápida. Un lugareño les dijo a media voz, casi en
tono de complicidad: “A medio camino, algo más cerca de Lima que de los
farallones,  hay una  baja – un banco de arena- conocido con el
nombre de Salmerina la cual está de estas tierra a unas nueve leguas”.  Y continuo, tímidamente, precisando: “Esta
Isla hace abrigo al  puerto de la Ciudad
de los Reyes. Callao se llama ahora y esta a doce grados y un tercio,” Álvaro
lo conocía bien y sabía del peligro  que
entrañaba la gente de ese el principal puerto de Sudamérica,  que antes tenía la denominación de Santa
María. Las personas que habitaban ahí se habían hecho temidas por su
comportamiento criollo, ambiguo, oportunista, pícaro y vivaz.

 

Por muchas razones se proponen, entonces
definitivamente, seguir a pie y entrar de este modo discretamente a Lima. Así
no se exponían a preguntas en la Capitanía del Callao sobre el propósito de su
visita a la Capital, que  no podrían
evitar si  escogieran  la vía marítima.  Ella, a pesar de haber nacido en Lima, no
tiene un claro recuerdo de la ciudad. Muchos años transcurrieron desde que
había sido llevada por su padre al norte del país. Así, su ansiedad por
encontrarse con Mariana  y  la curiosidad por ver Lima, aumentaba en cada
legua que avanzaban. Nuevamente  en
marcha miraban al cielo,  oteaban el  horizonte y fijaban  la vista 
buscando las  huellas de sus
pisadas. Estas estrujaban el Tilansial, 
comunidades vegetales herbáticas sin raíces, que  languidecen sobre la floja  arena de la costa peruana y que se observan
en las lejanas lomas. Un escenario, un paisaje, algo aburrido. Deciden,
alcanzados por el cansancio, pernoctar en los arenales antes de divisar la
ciudad. Álvaro comandaba a los indígenas – y les corregía – sobre la forma de
armar una tienda de campaña. Isabel, que había 
visto estos procedimientos desde 
la partida de Piura, ahora  se
anima a hacerle  la pregunta:

–     
¿Dónde aprendiste a acampar, en el desierto?

–     
Estuve en el norte de África con los beduinos.

–     
¿Qué hacía un marino en  tierras Nord-africanas?

–     
Es un secreto. Es una parte de mi vida que no la
compartiré contigo.

 

Una
fogata  ahuyentaría animales salvajes.
Alguna mirada quedaría en vigilia.  Los
indígenas que los acompañan,  parecían
tener un  temor sobrenatural. Uno de
ellos dijo haber oído al  qarqar, un animal mutante, que  aullaba como el lobo, emitía el cacareo de la
gallina, rebuznaba como el asno, pero en realidad era uno de esos mitos  andinos transformados en fábulas, que
representaba al hombre-mono, espíritu del mal reencarnado en  ser viviente, 
para vengarse por haber muerto.

Isabel parecía estar
arrepentida de haberse preocupado por las salvajes creencias de gentes que
adoraban una serpiente…

 

En el albor
de la madrugada, todos estaban despiertos, 
aún cuando no había aclarecido plenamente, Álvaro dijo: “Después de
andar tanto, parece que los fantasmas se ponen resueltamente de nuestra parte.
Llegamos pronto a la ciudad más importante de estos territorios”.  Un halo de humo, hacía presumir que estaban muy
cerca a las primeras casas que rodeaban la zona urbana, y se pusieron a marchar
con el entusiasmo de quien alcanza  la
meta. Llegan a Tambo Inga, unas chacras en las que se cultivaba plantas
llegadas de distintos continentes. Isabel aprovecha para indagar  sobre personas que puedan descifrar los
escritos heredados de Zchenn. Sabía que las escrituras eran chinas, pero hay
tantos dialectos. En los predios cercanos, encuentran en una choza a alguien
que decía podía leer Mandarín. Él, que se llamaba Chao, no habla. Como
recibiendo un dictado de una fuerza superior con dificultad traduce y escribe:

Año
1421. Bajo las órdenes del Emperador Zhu-Di, el día ocho de marzo, la gloriosa
dinastía Ming comienza a hacerse presente en los mares del Mundo, con treinta
mil de sus mejores hombres. Estarán dos años bajo las ordenes de Zheng He.

 

Al entrar el Marqués, en forma casi desapercibido al recinto, el
intérprete dejo caer su utensilio de escritura. Isabel le  había explicado a su marido, que ella  estaba en busca de un chino, que le adivinara
la suerte y le diga dónde ubicar a su 
mamá Mariana. Álvaro la tomó del brazo y sacándola  del lugar, 
le hizo notar con la expresión de 
sus ojos, que no le creía lo que 
ella le había dicho.

 

——-

 

Isabel, se quedo mortificada por su curiosidad de no
saber todo lo que decían los escritos. Estaba ahora aproximándose montando
garbosa su cabalgadura,  cada vez más
a  Lima. La ciudad  tenía cerca de catorce mil habitantes. Se
prestaba a celebrar  sus sesenta
años  de fundación. Para ello, las calles
fueron adoquinadas con piedras labradas. Era 
de noche cuando hacen su ingreso y ella buscaba entre las sombras,
imaginando un rostro desconocido, a Mariana. ¿Sería su mamá blanca o de piel
color aceituna? ¿Baja o alta, gorda tal vez? ¿Qué diría cuando le presente a su
marido, que la duplicaba en edad? Unos faroles en las esquinas daban  tenue alumbrado público:

–     
¡Qué belleza! 
Exclamó Isabel, cuando – abriendo aun mas  sus enormes ojos -vio salir de la oscuridad
el primer carruaje que transportaba pasajeros.

–     
Deberíamos 
construir algo así, dijo Álvaro para complacerla o complacerse él mismo.

–     
Sí, vamos a 
probar  dando un paseo en uno de
esos coches. Algún conocido nos lo prestará.

 

En el camino se cruzaron con García Hurtado de
Mendoza, Marqués de Cañete, éste Virrey reconociendo al Marqués de Mendaña, detuvo su carruaje y les convido
subir al lujoso medio de transporte. Quería hablar, el octavo representante del
Rey de España en el Perú, detenidamente sobre la administración de la
encomienda en Huánuco y otros asuntos. Los dejó en el alojamiento de la familia
Aldaa  que quedaba frente a Palacio de
Gobierno.

 

Al día siguiente se estaban realizado los preparativos
para el encuentro. Ella,  ayudada  por sirvientas, se ajusta sobre el tronco la
chupa azul oscura y se acomoda las faldillas, 
a la vez que revisa las apretadas mangas, sin mostrar apremio, como
correspondía a las mujeres de categoría.  
A las diez de la mañana cruzan el Marqués y su
esposa la calle  y entran por la puerta
lateral del Palacio. En el pasillo resplandecen azulejos multicolores, de tonos
azules  y verdes  finamente trabajados sobre espacios ocres.
Destacaba una larga alfombra   roja, lila
y verde, con los dibujos incaicos de ángulos rectos,  que descansaba sobre piedra labrada que conducía
a un  salón dorado. Ahí aparece el
Virrey, personaje  intrigante y petulante,
solapado cultivador de adeptos lujuriosos. Al ver al Marqués acompañado de Isabel, hizo un ademán al  ujier, quien entendiendo los deseos del
Virrey, propuso a Isabel, con la mayor delicadeza y firmeza, que se quedara en
uno de los corredores, en tanto los 
caballeros podrían  entrar a  otro 
salón  más íntimo para  conversar:

–     
Tenemos mucho aprecio por todo lo  que usted 
hizo, hace unos años en el Pacifico Sur. Pero especialmente  por lo que hará  hoy para la Corona, querido Álvaro, enfatizó
el Virrey.

–     
¿Qué más puedo hacer después de lo que ya  he hecho? le preguntó el Marqués.

–     
Decidme, con la mayor confidencia,  si hay oro en las tierras que descubriste.

–     
No lo encontré aún. Puede que sí, pueda que no,
contesta el Marqués.

–     
Si  somos
positivos en nuestro entender, entonces no debemos  renunciar a las esperanzas ni negarle a la
Corona, las posibilidades  de  engrandecer su riqueza, enfatiza el Virrey.

 

Testigo de la conversación eran las paredes labradas
en piedra. Monumental y atrevida 
arquitectura colonial  de un
Palacio en el que – tal como la sociedad peruana – se sobrepone diversos
estilos,  que  van hasta el escondido morisco.  La graciosa portada interior, de barrocas
molduras y arco mudéjar, es el acceso a los altos. El Virrey   conduce a su invitado  hacia sus aposentos privados, y  en  la
elegante escalinata, le confía acercando su cara:

–     
¿Por qué no organizamos las cosas acá entre
nosotros?

–     
¿Cómo debo entenderlo?, le pregunta  Álvaro de Mendaña.

 

Caminan,
paso a paso,  en  silencio, como si les faltara el aire para
subir  los tres vuelos de gradas  – de piedra el primero, de madera los
restantes –  y miran de reojo los
singulares y llamativos azulejos sevillanos, que recubren el vuelo inferior de
la escalera y replican el tallado del barandal. El Virrey insiste concretando
una oferta: “Quiero  darle unas tierras
de mi dominio  al sur de  Cañete, en el siguiente valle que se llama
Chincha. En ese lugar  podría descansar trabajar
en los planes y darme la respuesta, precisando que es lo necesario  para volver a las islas  Salomón”.

 

Ascendidas las gradas, pasada una verja de torneada
madera, se llega a las galerías  que
circundan el patio y bordean las estancias señoriales. Ahí se despidió el
Virrey con un apretón de manos del Marqués. Éste, ante la mirada de Isabel, que
los esperaba parada, dio su aprobación a la oferta del Virrey, con un
gesto  de asentimiento. Pero Álvaro
estaba disgustado, – más que ella – por lo que consideraba una falta de respeto
al dejar a su mujer en los corredores de Palacio.

 

Por ello 
decidió desagraviarla, adquiriendo un coche. Contrataron a Ignacio
Santisteban, un constructor de  carrozas recomendado
por personas cercanas al Virrey, hábil artesano criollo  que 
había acondicionado un taller cerca al río. Quería  armar una grande, dotada de  cama y comodidades, que sería – de acuerdo a
su diseño de forjador de naves – montada 
sobre grandes ruedas y  jalada
por  ocho 
corceles. Al poco tiempo abandonaron el proyecto, porque  no había caminos adecuados  para sus propósitos.

 

Los contactos con Mariana se habían realizado. No fue
tan fácil ubicarla como se creía. Ella vendría de sus chacras en Humay a Lima
en dos días, y se encontrarían en la misma 
casa de los Barrios Altos, donde Isabel había nacido.

 

En tanto esperaban, Isabel descubrió que le
gustaba conversar bajo los sauces, plantados en la Plaza de la
Inquisición,  o también llamada Plaza del
Estanque. Ella con la posición de su cuerpo y la disposición de su mente, daba
la espalda al local de esa horrible institución, creada para amenazar – con el
pretexto de la religión – a los enemigos del Poder, o influir en la vida
cultural, poniendo atención en los trabajos intelectuales para dictaminar si
eran compatibles con la doctrina de la Iglesia. En tanto, Isabel ofrecía su
cara y su mejor atención a la Universidad desde 1574 llamada Universidad Real y
Pontificia de San Marcos o Universidad de Lima, A partir de esa casa de
estudios se implanta en el Perú un especial modo de vivir: Las artes y ciencias
venían con la influencia  árabe, en tanto
que p ara fines del siglo XVI, la cátedra de leyes estaba divida  en Derecho Civil y derecho  Canónico. Toda enseñanza se fundamentaba en
la escolástica. La filosofía Griega tenía poca importancia frente a la religión
Católica. “Me  instruiré   con las experiencias de  la vida, porque no tengo tiempo para aprender
de aquellos que sólo han estudiado lo que era permitido enseñar” le dijo Isabel
a su marido.

 

Álvaro le explica que en Europa prevalecía  el llamado 
Humanismo, como una corriente de  
atención hacia el hombre y su modo de pensar y crear. Isabel le señala  con el dedo el local de la Inquisición. Terminan
ambos visitando esa noche  El Corral de
las Comedias, donde ven una obra escrita por un criollo sobre el Cusco, que el
público celebró con prolongados aplausos. Ella 
le dice  a su esposo, que le gusta
el arte mudéjar, que llegaba a Lima en busca de nuevos entronques indigenistas.

 

Camino a su alojamiento, – observando las carretas  jaladas por bueyes, que animaban las oscuras
calles – Álvaro de Mendaña trataba de explicarle a la inteligente e intuitiva
Isabel, la compleja conducta de las autoridades españolas. Cuando el actual
Virrey era joven, su padre  Andrés
Hurtado de Mendoza, tercer Virrey del Perú, lo envió a pacificar  Chile, lo que hizo con éxito. Ahora tres
décadas después,  vinculado con
comerciantes de ese país, impone a las panaderías el uso del trigo venido del
sur en sustituto de la  harina de maíz,
que se producía en el Perú a costo más bajo. El precio del pan en Lima se
triplicó, pero nadie protestó. Cosas de la administración del poder en un
entorno  sumiso y  distraído.

 

Se quedaron Álvaro e Isabel hasta el amanecer sentados
frente a unos pilones, que proveían de agua potable – recién instalada en Lima
–  a la población en una plaza aledaña a
un Convento, comentando que en el Perú se concentraban  diversos valores: la valentía  de los españoles; que con su accionar –
sumando algo más de veinte mil en el extenso Virreinato del Perú –  transformaban las circunstancias. La
resistencia pasiva de más de dos millones de indígenas. Su  postura  
evitó, como en otros lugares del continente  más al norte, sean esclavizados o diezmados.
Hubo que importar esclavos del África, que llegaron a ser más de treinta mil.

 

De esta
convivencia bajo  convenciones,
compromisos, claudicaciones, acomodos  o
normas de comportamiento  no escritas,
emergen conductas ejemplares. Algunos Sacerdotes se interesan por la mejor
armonía entre todos, como el Padre Acosta, que escribe unas crónicas sobre la
vida en la Colonia. Una mujer simboliza la 
fe  de la nueva clase criolla:
Isabel Flores de Oliva,  se está
convirtiendo por sus méritos religiosos en Santa Rosa de Lima, la Patrona
Espiritual de América. Se abren las posibilidades, que la Iglesia Católica
reconozca  un moreno  de origen africano como Santo.

 

La entonces
denominada Tres Veces Coronada Villa, a pesar de los esfuerzos de los españoles
para  que se llamara Ciudad de los Reyes,
se  queda simplemente con el nombre  de poco significado y fácil pronunciación:
“Lima”. No tenía el clima agradable y primaveral de Trujillo. Lima estaba casi
todo el año cubierta de garúa – una lluvia fina – y nubes color panza de burro.
Por eso, se propuso varias veces cambiar la capital del Perú a la ciudad de
Xauxa o Jauja, en las  alturas de los
andes,  donde las estrellas brillan y el
aire es limpio y puro. Sin embargo, la cercanía al puerto del Callao, que
controlaba la entrada y salida de 
mercancías, era y sería lo más importante para una clase criolla y
colonos españoles, que – a diferencia de los que se asentaron luego en Santiago
de Chile, Bogotá o Quito – más les agradaba comerciar o vigilar, que trabajar.

 

 

En Lima los acontecimientos de la Metrópoli
repercutían. Hace solo unos años,   España
había visto diezmada su flota. LaFelicísima Armada no había logrado  su cruzada contra Inglaterra, y los costos
para  mantener el dominio en los mares
eran enormes. El Marqués daba una opción de triunfo, tan necesaria en esos años.
Pero también podía ser que su expedición, de no 
tener el éxito deseado, ahonde las diferencias y disputas en la
Corte  que arrancaron desde la  suerte del Sétimo Conde de Medina  Sidonia, 
y sus dos mil cuatrocientos cañones que no dispararon.

 

 

Álvaro se volvió crítico. Luego de beber en abundancia
el ron que había traído de Trujillo – y toser reiteradas veces –sorprendió a
Isabel  confiándole:

–     
Acá se dan una enorme importancia los súbditos
de Castilla.  En Europa los que vivimos
al sur de los  montes Pirineos
debemos  luchar constantemente para
lograr nuestra unidad y reconocimiento.

–     
¿Por qué?, interrogó  su esposa.

–     
No tengo una respuesta convincente.

–     
Vayámonos de acá, dijo ella en forma de ruego.

–     
Si, es curioso, acá algunos peninsulares tratan
a los nativos tal como son  tratados
ellos mismos  en Europa o peor, dice
Álvaro como si estuviera hablando consigo mismo.

–     
¿En una conducta típicamente colonial? Pregunta
ella. Álvaro no contesta.

–     
Partamos sin demora, insiste ella.

 

Álvaro no responde. Finge sumirse en un prolongado
ataque de tos. Todo su pensamiento estaba concentrado en el modo de
conseguir  parte de la Dote que le
correspondía a Isabel por matrimonio, de obtener dinero para  navegar en busca de más fortuna. Decide,
argumentando que Isabel no es conocida en Lima, 
casarse – esta vez por la Iglesia –  
y presentarla en sociedad.

 

Llega el día
Domingo y  el Marqués con Isabel son  recibidos 
en  la amplia casa en El
Chirimoyo, en la zona que posteriormente
seria conocida como Barrios Altos que estaba conformada por  la reducción llamada pueblo de Santiago del
Cercado y el barrio de Santa Ana,  cuya fachada
aún se veía pintada de color rosa.  Antes
de  entrar, él contemplaba los bienes
desde un montículo en la Plaza Santa Ana, que había quedado como resto de la
Huaca Grande, que  años antes había sido
destruida para evitar el culto al dios nativo Rímac.  Al  
ver frente a él, a  la elegante
Señora Mariana ataviada en valiosísimas 
joyas, no pudo ocultar  su  deseo de 
obtener la fortuna, que lo había hecho cortesano  y amable y hasta sumiso. Isabel en cambio,
estuvo fría y distante con la madre que la había abandonado y que recién conocía.
Mariana, que logro ganar mucho dinero haciendo administrar con rigor y eficiencia
propiedades, al ver a  la hija, se puso a
llorar. Calmado el llanto y después de mirarse, sin tocarse, preguntó: ¿Qué los
trae donde mí? Álvaro, solicitó, haciendo un esfuerzo para sobreponerse a  su tos persistente, y respondió:

–     
Deseo, anhelo firmemente,  casarme con su hija. No lo podría hacer sin el
asentimiento de su agraciada madre.

–     
¿Por qué no siguen conviviendo sin el
casamiento?

–     
Necesitamos para decidir el futuro de ambos y el
buen nombre de la familia, el importante apoyo suyo y la bendición de la
iglesia. Lorenzo ya nos dio más de lo que esperábamos, su entusiasta
contribución para realizar una gran travesía por los Mares del Sur.

–     
Entonces 
necesitan una fortuna  mayor que
la Dote,  accedió la astuta Mariana.

 

Y paso a sus exigencias para que el matrimonio y la
Dote se pudieran  materializar,  detallando 
había una caprichosa condición: Isabel  no debía llevar el apellido de su padre
Rodríguez, por entonces bastante endeudado y 
emocionalmente distanciado de todavía su esposa oficial, Mariana.
Tampoco se llamaría Isabel de Mendaña, sino simplemente Isabel Barreto. Hubo un
largo silencio y miradas que buscaban el recíproco consentimiento

 

Entonces Mariana dio por aceptada su condición. Se
alzo de la silla de terciopelo con un ademán de despedida. La madre y
principalmente Señora Mariana,  vestía
golilla de tela blanca almidonada, – que ayudaba a mantener su rostro a cierta
distancia de las circunstancias –  con
una frialdad de un témpano de hielo le dice a su hija: “Te prometo ayuda económica
para que sigas tu  camino. Tienes juventud y por lo tanto  energía, coraje y suerte. Tu destino será el
multiplicarte en distintos lugares. Te bautizarán varias veces. Otras tantas te
casarás. Serás enterrada en distintos lugares. Pertenecerás a todos y a nadie.
Así  serás una mujer  difícil de 
encontrar, porque a la vez serás vasta e invisible”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Olvidarse de Mitos y a enfrentar realidades. Los mestizos tienen que
buscar nuevas tierras  donde puedan ser
protagonistas. Recoger el dinero para organizar el viaje. No sólo a las Islas
Salomón, sino encontrar la ruta por el Mar del Sur a la China.

CAPITULO  VII

Preparativos
y peripecias para emprender el Gran Viaje.

 

 

En su corta  permanencia en Lima en 1593 Isabel se había
convencido de que China debía ser similar al Perú Incaico. Ambas eran culturas
milenarias que los conquistadores no podrían destruir del todo. Los
europeos  tendrán tarde o temprano
convivir con esa realidad. Pero eran tiempos en los que unir ambos imperios
podría  parecer muy peligroso a
estrategas europeos. Ella tendría que buscar la manera más sutil para  encontrar la ruta, que su intuición de mujer
sería para bien de muchos en el futuro

 

Isabel – en
tanto conversaba con su marido – estaba con el pensamiento ausente. Ella quería
encontrar a alguien que podría verificar la traducción de los escritos en
chino, que había heredado de Zchenn. Y sobre todo, que terminen de interpretar
todo el documento. Un  profesor de origen
árabe de la Universidad, ofreció ayudarla, pero no estaba cumpliendo.

 

Por ahora le interesaba  entender 
la razón por la que ingleses y españoles 
sólo habían llegado hasta las Filipinas y Hong Kong, en tanto que los
portugueses se atrevían hasta Macao. Sin atreverse a enfrentar los desafíos del
milenario imperio que se encontraba en la China Continental Si el Perú hubiera
tenido islas frente a sus costas lo suficientemente grandes y cercanas,
entonces quizás los españoles se hubieran quedado ahí. No, no, – reflexionaba –
acá han venido por el oro y éste está en los Andes.

 

Para realizar el viaje que lo veía más cercano, había
entonces que enfrentarse, además de los intereses y conjeturas políticas,  al 
Océano más grande – del tamaño de todos los continentes juntos – y menos
conocido del Mundo. A una  masa de agua,
corrientes  marinas, vientos y
condiciones climáticas sobre las que se tenía muy escasa información. Y
especialmente a distancias  pocas veces
recorridas.  Estaba ahora más claro,
después de haber conversado con estudiantes y profesores de la Universidad de
San Marcos, había que  ir a la China, y
en el camino – para abastecerse – 
constatar la existencia de las islas 
sobre las que las leyendas 
informaban. Ahora  tenían que
reunir todos los esfuerzos posibles. Las talegas llenas de plata habían sido
entregadas por Mariana. “Partimos mañana”, fue la afirmación de la pareja
después de la socialmente poca exitosa boda. Tenía presente el recuerdo de la
voz potente del  Sacerdote, que con su
estruendo trato de llenar el vacío y la notoria ausencia de invitados en la
Iglesia.

 

Isabel pidió permiso a su marido para ir a rezar sola
a la vistosa Iglesia de  San Francisco.
En verdad enrumbo hacia una posada cercana en la que sabía se divertía el  Virrey. Fue directa al enrostrarlo “En
Palacio no me recibes. Pero acá soy yo la que te voy a acoger y recibir”. Bajo
sus enaguas de seda blanca, y dejo lucirsus muslos y caderas pronunciadas. Al  notar que lo había perturbado, soltó su
cabellera negra. Ya totalmente desnuda 
se puso a lamer  con pasión la
piel áspera del varón. El cuerpo de Isabel era 
aun tierno, y  comenzó a  temblar. El la remeció  con un viril maltrato. Ella lo convierte en
gozo, y por primera vez obtiene la victoria de un orgasmo. El olor era a sexo.
La tarde parecía quieta La esposa infiel vuelve a recorrer el camino del
placer. Se escuchaba  solo los gemidos de
amor. El  Virrey, pasada la ternura,  exhausto, le preguntó:

–     
¿Qué buscas en verdad? ¿Qué quieres a cambio del
fuego que me diste?

–     
Estar lejos de ti, contesto provocadora. “Mi
fuego voraz puede causar una gran hoguera y llevarte al infierno. Mantenme
lejos, ayúdame a ir a la China”.

El anciano estaba
fisicamente agotado. El no  queria ante
la ricahembra claudicar. Eso era inevitable si se volverian a encontrar.
Entonces, con fuerza  en la voz, dijo de
modo soberano:

–     
Te irás,  hoy mismo, al Sur con tu marido. Después
veremos. Ese viaje a las Islas  Salomón
cuesta una fortuna. Vamos a ver como lo financiamos a la brevedad posible. Con
una mujer así no creo que el Marqués dure muchos años, dijo el Virrey con voz
cansada.

 

El día seguía su turno, en tanto que Isabel se vestía
lentamente. No hubo más palabras.

 

Una hora después, los 
viajeros, Isabel y el Marqués, 
recogieron sus vituallas del alojamiento frente a Palacio, y decidieron
darle la espalda a la majestuosa catedral, que a semejanza de la de una
importante ciudad española, se  terminaba
de construir en la Plaza de Armas. Buscaban ahora, a caballo,  tierras más al sur prometidas por el Virrey.
Tenían que revalorizarlas para obtener el dinero faltante para un viaje tan
largo.

 

Álvaro estaba convencido de que necesitaba la
fortuna  de la familia Barreto y el apoyo
del Virrey. Pero principalmente a Isabel. Le perturbaba la habilidad con que
ella se orientaba. Sabía que le podía ser útil en la expedición. El quería
estar  seguro que  Isabel era una sobre dotada, y  por eso con cierta frecuencia incitaba a un
diálogo que se desarrollaría así:

–     
Tú tienes una nariz tan  larga que se te debe de atribuir un buen olfato,
le  dice Isabel a Álvaro: ¡Que Baah! Tal
vez tenga un  buen sentido para
orientarme por los vericuetos de  la
búsqueda de Poder, contesta el Marqués.

–     
Isabel, 
con tu nariz  pequeña, muy
chica,  puedes descubrir el mundo detrás
de  la cortina  que te puso la prematura ceguera infantil,
agrega el hombre maduro.

–     
Por la nariz solo se aspira parte del aire. El
verdadero contacto con el ambiente que te rodea lo percibes por diversas
sensaciones. Los labios, la boca, toda la sensibilidad de la piel que capta las
variables temperaturas o los  roces de
los vientos más leves. Eso te penetra hasta el alma.

–     
Cuando termina esa frase Isabel se contornea
mostrando toda su sensualidad. No estaba 
coqueteando con su marido, sino con sí misma.

 

Isabel  en ese
instante, ya sabía que dejaría al Marqués, en las Islas Salomón, en tanto que
ella convencería a los pilotos, que  el
destino será encontrar una ruta para llegar por el Mar Peruano o Mar del Sur,
al Gran Imperio de la China. Con brío emplaza Isabel los desafíos. Pasaron a
caballo por Lurín. En el  valle se
elevaba, desde tiempos remotos,  como
emergida de una visión fantástica,  la
fortaleza de Pachacamac. Pizarro había estado en este santuario famoso de los
Yungas y los estragos eran aún visibles. Siguieron hasta unas  salinas 
formadas de lagunas con aguas, a las que se la atribuía cualidades  curativas. Hicieron estancia ahí por cuatro
días. Se enteraron que el Virrey Marqués de Cañete, estaba entregando en arrendamiento
las salinas a los indios, para que ellos puedan disponer de la sal y además,
pagar tributos. La habilidad comercial del gobernante enviado por el Rey de
España, se hacía evidente: Quitarle a sus propietarios sus pertenencias para
volvérselas  a dar en arriendo, y encima
cobrar un tributo, era cuestión de señores nobles y poderosos.

 

Contemplaron la naturaleza: diversas aves marinas
volaban cerca de Chilca en tanto que en la playa, sobre la arena se podían
encontrar cangrejos, langostinos y rastros de distintas variedades de la rica
fauna marina. En ese pueblo  se planeaba
construir una Iglesia grande, que contrarreste las ceremonias que  los indios hacían en un cerro, que daba a un
acantilado sobre el mar, conocido con el nombre de Lapa Lapa.

 

Tres leguas más
adelante  esta el valle de Mala,
donde  se decía que  el demonio por los pecados de los hombres
metió el mal a esa tierra. En estas extensiones 
agrícolas,  los gobernadores
Pizarro y Almagro guerrearon en disputa sobre 
su hegemonía de la ciudad de Cusco, muy distante de ahí. Asombró a
los  viajeros, que los indios cultivaran
maíz en las extensas zonas en las que no llovía. Los nativos hacían unos hoyos
anchos y hondos en los cuales siembran. Con el rocío y la humedad nace y crece
el grano. Como fertilizante echaban a los pozos unas cuantas sardinas que  pescaron del mar cercano. En una tierra donde
escasamente llueve, el alimento  estaba
así asegurado.  Mala estaba ubicada en
una región  llamada  Asia. A Isabel  todos estos nombres  le seguían llenando el entusiasmo de llegar a
China, donde estaba segura que encontraría una cultura más antigua y
desarrollada que la  de los incas o los
europeos.

 

En su avance hacia el sur, vadearon el río Lunahuana,
que, como una serpiente de plata que se extendía sobre el arenal,  traía 
torrente de agua limpia proveniente de los glaciares  andinos. Isabel no puede dejar de recordar su
trágico paso por el río Viru y volver a pensar en Zcheen. Como casi todas las
semanas, y ahora con más intensidad, reafirma su promesa de buscar a las
Filipinas. En tanto, repite en su memoria algunos nombres que había oído de los
profesores de la Universidad San Marcos: “Tuvalu, Anachumbi, la Papuasia, y
Filipinas. O no, el orden sería las Islas de Pascua, luego…. ah… o, ya
veremos”.

 

Días después 
entraron en Chin – Cha. El valle se abría extenso, generoso para el
foráneo. Les llamó la atención una población en su mayoría africana recién llegada.
Decían los españoles que los negros generaban desconfianza. Los emigrantes
europeos y algunos criollos que  ya habitaban  ahí 
establecieron un puesto permanente 
de vigilancia, que se turnaban 
con Postas armadas y bien organizadas bajo el régimen militar. Isabel
recordó  – como lo haría en casi todos
los instantes importantes de su vida – que 
su amigo Zcheen,  le  susurraba 
a los oídos algunas palabras aprendidas 
por  boca familiar, de sus
ancestros  orientales, y que dentro de
estos sonidos  que combinaban o repetían
monosílabos, fáciles de aprender, estaba 
la palabra chin cha,  que
significaba policía o comisaría, en referencia al lugar resguardado por el
orden oficial.

 

Se decía que la gente que  poblaba Chincha era pequeña. Cieza de León en
sus crónicas, escribiría  que  los habitantes del valle “no tenían más de
dos codos de altura”. Pero que se habían 
nutrido  en épocas pasadas, con la
fidelidad a la bandera de un capitán rebelde que era muy dado al servicio de la
religión. La realidad es más cruel en ese valle, que  es  uno
de los  más grandes de todo el Perú.
Supera a cualquier mito o leyenda sobre hombres que se parecen a animales. O
que los tratan como tales. El maltrato al trabajador y el comportamiento del
terrateniente es cuestionable. En contraste, es una cosa hermosa ver en Chin
Cha sus arbolados y acequias siempre llenas de agua. Las frutas olorosas y
sabrosas, no pueden compararse con las insípidas del Viejo Continente. Las
florestas estaban adornadas por bellos 
pájaros,  que alegraban el
ambiente con su cantar muy peculiar. En los secadales del valle  se veían los 
montículos de tierra, debajo de los cuales se encontraban numerosas  sepulturas antiguas, de donde los españoles
habían sacado gran cantidad de oro. Cada vez más, en  esas tierras lejanas de las que se hacían
propietarios,  se  sentían los llegados algo fuera de lo común y
poderosos.  Cabalgaban orgullosos, como
si fuera el jinete y su corcel una sola anatomía. Osaban  presentar 
figuras y piruetas con la  bestia,
para impresionar – o  asustar – a los
lugareños. El europeo se hace llamar 
Patrón  y  decidió ser férreo  en poner orden – su orden que le convenía – y
no vacilaba en castigar físicamente y con brutalidad a quienes les
desobedecían. Los azotes se repartían, para reprimir la falta de voluntad en el
trabajo, las borracheras, los  juegos de
azar o las mentiras. Hasta cien latigazos podían marcar el cuerpo y el alma de
los  que tenían el color más oscuro,
simplemente por hacer lo mismo que le estaba permitido a  sus amos. La tortura  era llamada entonces  tormento y se aplicaba sin restricciones por
parte de quien tenía el poder.

 

Eran tiempos 
difíciles en el Nuevo Continente. Se  
propagaba la noticia de que en las minas de  Burias, en  
Venezuela, se había alzado el negro Manuel. Tuvo la aprobación de
algunos de los miembros de la Iglesia, tanto que pudo nombrar a un Obispo.
Otros africanos, que llegaban como mercancía, se comenzaban a sublevar. En
Brasil las autoridades  escuchaban a los
cimarrones,  que en el palenque de
Palmares  fundaron  un reino independiente. En Chincha, como
contraste, – para olvidar las penurias – la gente bailaba con marcado  ritmo y vivo entusiasmo.   La esclavitud, aceptada para  los africanos, sería  un ejemplo de ordenar una relación laboral,
en que  al amo le correspondían todos los
derechos como Patrón. Los indígenas 
parecían mantenerse indiferentes, a pesar de que con su pasividad
también aceptaban al sistema foráneo. Por ello, la autoridad española en el Sur
del Perú, – que no se distraía – ordenó instalar calabozos  de castigo bajo tierra, para negros rebeldes.
Y después  para algunos indígenas.  Allí 
el hacinamiento ofrecía condiciones deplorables para la salud. Eran
cuevas  o socavones que parecían
catacumbas, donde  moraban familias –
hijos y mujeres – de aquellos  que vivían
en esclavitud o bajo el oprobio de ser dominados. Así, al poco tiempo, la
población trabajadora  queda diezmada.
Otros, los que pudieron,  huyeron a las
alturas frías de los  andes o se  internaron en las  oscuras selvas.

 

Isabel  no
compartirá la dureza del trato. Tenía 
sentido común  para darse cuenta,
que el maltrato los había dejado sin trabajadores. Ellos, los españoles y también
los criollos  – más cercanos a alinearse
con costumbres foráneas – no podían asumir 
tareas que demanden esfuerzo. Se sentían nacidos para mandar, más no
para trabajar. Isabel concibe la idea  de
traer de las islas, que querían descubrir, a trabajadores voluntarios, que no
serían negros ni indígenas. Y por lo tanto, recibirían mejor trato por una
labor de siervos. ¿Pero aceptarían los colonos criterios de equidad y justicia?

 

La justicia estaba condicionada por poderes, que
ilustraban su impresionante biografía de pactos y premoniciones secretas, y el
actuar diligente de influyentes autoridades. Es cosa común en  los 
nuevos territorios,   que el
Derecho sea considerado en el contexto de la gran represión,  impuesta por la cumbre política del poder. Los
asuntos jurídicos  son una formalidad
del  quehacer,  administrado desde arriba, que reduce las
situaciones al convenido juego de lo lícito 
y lo ilícito, dejando  el criterio
de equidad al lado. La búsqueda de justicia, 
toma su forma más primitiva de una silenciosa y despiadada  guerra, reglamentada por y para  el que detenta el poder. En el Virreinato se
trata de ordenar, a conveniencia, 
algunas cosas. Era un tránsito entre el poder de los conquistadores –
dividido por  reyertas – y de los
colonos, que buscaban afanadamente los 
caminos más cortos para lograr o afianzar posiciones de dominio.  No es claro si los ingas, como eran llamados
los nativos por los cronistas,  podían
aparecer ante tribunales de justicia españoles. Menos aún como demandantes.
Así, en situaciones que no eran de interés para los europeos,  regían las normas, que entre los indios se
habían acordado. Sólo en los asuntos que involucraban   colonizadores o conquistadores, se  le dedicaría atención.  Los criollos 
estaban en un territorio de nadie, al medio de indios y españoles, en
una situación  no definida que ellos
mismos debían conquistar. Por eso, se identifican con un modo distinto de
hablar, en forma desbordante y utilizan la afabilidad y galantería de buen tono
como recurso.

 

El comparecer en Chincha ante un Tribunal, era un
espectáculo que destruía cualquier 
esperanza  sobre la justicia.
Álvaro se  involucraba en uno. En un
local policial, acondicionado en una dependencia de un  hacendado, – en el que habitualmente se
repartía la cosecha de verduras y frutas entre los terratenientes –   se realizaba un juicio. A los  frailes de un Convento  agustino, había confiado Álvaro de
Mendaña  la educación de un joven de
origen africano. No era tan negro como para ser considerado como esclavo, pero
tampoco lo necesariamente blanco para que le alcanzara la posibilidad plena de
vivir  tranquilamente en libertad.
Tendría cerca de  veinte años, y tampoco
tenía edad de ser liberto. Los frailes agustinos tuvieron que dejar
repentinamente el Perú. La situación de estos religiosos era de paulatina
pérdida de poder, por diferencias que se arreglaban o desarreglaban en  las metrópolis europeas. Los jesuitas, con su
Orden,  estaban en boga.  El joven Pedro había quedado, al retiro de
los curas, así desamparado. Y como tal en manos no amigables ni protectoras de
una familia llamada Mascafierro. Para ellos trabajaba dieciocho horas  por jornada.

 

El Juez y  la
Corte escuchan del Marques Álvaro de Mendaña el siguiente alegato:

“A
vuestra Señoría  pido y suplico se
sirva  haber por obrado los citados  ciento 
ochenta duros y por presentado el citado testimonio, y en consecuencia
mandar  hacer según y cómo  llevo pedido en el Cuerpo del Escrito, sobre
la conformidad de lo solicitado, no procedo con malicia, jurando a Dios nuestro
Señor y a esta Señal de la Cruz y en lo necesario. Álvaro de Mendaña contra
Basualdo José Mascafierro. Escribano Publico de Cabildo da testimonio de la
Escritura de Venta del susodicho Esclavo Pedro, por haber en forma y conforme
Derecho bajo  la Cláusula Guarentigia,
para la Renunciación  de la Ley del
Engaño y del Fuero; el susodicho Álvaro de Mendaña aceptó esta escritura a su favor
y habiendo realizado el pago respectivo, 
recibe dicho Mulatillo Pedro.

Este joven de piel aceitunada estaba presente y
al  notar que quedaba libre de
esclavitud, abrió   los ojos en  tal forma que parecían que se salían de la
cara. Sonrió  enseñando todos sus
dientes  blanquísimos y abrazo a Álvaro
que lo había salvado de la esclavitud, legalmente, comprándolo. En el camino de
retorno a casa, Isabel que llevaba jubón – una vestidura negra que cubre desde
los hombros  hasta la cintura – con la
que se había puesto elegante para la actuación judicial,  se 
detiene un instante para leer un letrero pegado a un árbol.  En el que   ofrecía 
en venta a un esclavo “que sabía afeitar, cocinar y hasta tocaba  un instrumento musical”.  Pedro miró de reojo, enderezó la cabeza y
dirigió la mirada adelante,  hacia el
futuro…   Había recobrado, de pronto,
la libertad que  perdió hace un año
y  medio. Ahora   se 
abría  su espíritu a todos los
vientos.

 

Isabel no se explicaba  del interés 
de Álvaro por el joven Pedro. Sin embargo, notó la profunda alegría de
su marido cuando lo tuvo cerca, trabajando en libertad para él, sin horario ni
tarea.  Pronto Isabel supo que lo estaba
preparando para el viaje, y que incluso le confiaba el comando de una  nave. Ella le increpa  la falta de responsabilidad. Tiene celos por
la confianza que le brinda el Marques a quien ella recién conoce. Pedro al
darse cuenta de ello le dice:

–     
Isabel, yo he navegado desde
niño. No me mareo ni me asusta el mar. Tampoco temo a lo desconocido. Respeto y
quiero al Márquez. Puedo ser una buena ayuda.

–     
Ni siquiera sabes por qué y
para que, ni donde vamos, le dijo Isabel.

–     
Lo que sí sé, Isabel,
es  que en el mar tienes que olvidarte de
los mitos, de los que tú siempre hablas y enfrentarte a realidades.

–     
¿A qué cosas reales te  refieres?, pregunta ella.

–     
A nosotros  – sí, tú y yo – que no tenemos la piel clara,
se nos presenta un futuro incierto en el Perú. Por eso debemos de descubrir
otras tierras. Mejor aún si son islas menos codiciadas, porque entonces allí
tendremos cabida y seremos los protagonistas.

 

Isabel se queda, como poc